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Por las ventanas rotas del apartamento, Alex notó el estremecimiento en el aire antes que el trueno lo partiera en dos. Abajo, la distorsión eléctrica de la noche cruzaba las avenidas como olas de un mar embravecido. La ciudad, Sidera, tenía décadas temiendo estos disturbios: momentos en que el cielo, en un arrebato caprichoso, descendía con zarpazos de luz a reclamar sus derechos sobre el asfalto, y la vida subterránea florecía como respuesta espontánea.
Pero Sidera no era solo cables y rascacielos, ni tampoco su historia podía escurrirse como lluvia por una alcantarilla. Alex lo sabía y por eso nunca dormía del todo. Había leído las crónicas grabadas en el metro, allí donde los mosaicos aún resistían el musgo y los mensajes clandestinos se mecían bajo las vías. Un símbolo se repetía: el círculo abierto, atravesado por una línea quebrada.
Las historias decían que existieron tiempos en que la ciudad flotaba. No era metáfora: enormes plataformas de piedra tallada sostenidas por fuerzas olvidadas. Cayeron cuando el trueno aprendió a pensar y a elegir sus blancas. Desde entonces, Sidera fue una urbe de subterráneos: reinos menores, grandes promesas y huellas de dioses desterrados.
Aquella noche, el resplandor azulado de los rayos no era natural, y Alex lo sentía en su estómago, esa presión de quien sabe que está a punto de comenzar algo o de perderlo todo. Bajó a la calle con la determinación somnolienta del insomne, colocando los auriculares para filtrar el trueno, aunque era inútil, pues las vibraciones viajaban a través de todo.
La primera estación era Báltica, en la frontera de los viejos barrios de ladrillo rojo y los zigurats modernos. No había tráfico, ni humanos ni criaturas. Solo la presencia de las jaurías eléctricas: perros-luz que se alimentaban del fulgor, apareciendo y desvaneciéndose como imágenes fijas entre parpadeos de neón.
Alex era cartógrafo clandestino. O eso decía a los pocos que podían necesitar sus servicios. Mapear la ciudad era un acto de resistencia. Desde el Gran Colapso, nadie tenía una cartografía fiable. Las calles mutaban, los túneles nacían y morían en noches como esa, donde la tierra se retorcía bajo el martillo celeste.
De pronto, un destello lo dejó ciego. No fue relámpago natural: se materializó frente a él una mujer cubierta con una capa de filamentos metálicos, su piel urdida de destellos y cicatrices semejantes a circuitos. Sus ojos eran gemas de cuarzo fracturadas.
—No deberías estar aquí —su voz era múltiple, como si varios canales se abrieran y cerraran a la vez—. El delta de la tormenta va a cruzar tu sendero.
Alex se quedó sin respuestas. Había escuchado rumores sobre los Errantes, custodios de puertas móviles, pero nunca había visto uno.
—Tengo que llegar a los Silos —balbuceó—. Llevo algo que devolver.
Ella sonrió, y por un instante, docenas de pequeños relámpagos se dispersaron desde la comisura de su boca, flotando en remolinos.
—Los Silos solo existen cuando el trueno los nombra. ¿Por qué un cartógrafo jugaría con lo inestable?
Alex sacó un estuche de cuero y lo abrió. Dentro había un fragmento de la llave original, la que, decían, podía abrir cualquier parte de la ciudad antigua si se encontraba la cerradura correcta.
—No juego. Debo terminar un mapa inconcluso.
Un trueno, ahora seco y rotundo, se arrojó sobre una torre cercana, haciendo vibrar el acero y el vidrio como diapasón. Ella bajó la vista y asintió.
—Te lo enseñaré una vez, pero luego tendrás que olvidar el camino —le advirtió, y extendió su mano de dedos traslúcidos.
La siguieron a través de calles que se abrían y cerraban como costillas, por barricadas de metal fundido y ruedas oxidadas. Bajo la metralla eléctrica, vieron gente congregada alrededor de aparatos prohibidos: dispositivos caseros que absorbían la energía del funcionamiento caótico del clima, arriesgando cuerpos y cordura a cambio de luz un poco más pura.
Finalmente, accedieron a una compuerta oculta bajo un graffiti convexo, cuyas trazas solo aparecían bajo los relámpagos más jóvenes. Bajaron por una escalera helicoidal, y la presión del trueno se atenuó, sustituyéndose por un vaho animal, como de multitudes anónimas en el sueño de una bestia dormida. Llegaron a un vestíbulo vasto, repleto de cilindros que una vez almacenaron datos y, ahora, sueños de concreto y óxido.
—Aquí está —dijo la mujer—, los Silos. Pero la cerradura que buscas es otra. Debes atravesar la memoria.
En el centro de la sala había un agujero, alrededor del cual multitud de siluetas buscaban sin mirar. Todas tenían algo de la mujer: fulgores, fracturas, circuitos. Todas y ninguna eran la misma.
Alex se acercó al agujero y apoyó la llave. La vibración se hizo intolerable; la memoria de la ciudad le golpeó con imágenes: una plataforma elevándose entre nubes, niños riendo en acantilados artificiales, el primer trueno azul rompiendo el horizonte y expulsando a los dioses menores a la periferia. El círculo abierto, la línea quebrada: la promesa incumplida de un refugio seguro.
—¿Quién eres tú para abrir esto? —preguntó una de las figuras, y su voz era aún más antigua que la de la mujer.
—Solo alguien que quiere devolver el mapa a quienes lo necesitan.
La figura rió —un sonido de caños rotos y sillas arrastradas— y la sala entera pareció encogerse. Por un instante, Alex vio el mapa entero: las conexiones imposibles, túneles entre realidades, puertas que solo el trueno podía recordar.
La llave encajó. Un temblor recorrió los silos y una puerta se abrió en la oscuridad, dejando pasar una luz que era al mismo tiempo alba y ocaso. Alex cruzó y la mujer detrás se disolvió en hilos de gas y chisporroteo.
Se encontró en una ciudad espectral. Sidera sin el maquillaje del presente: torres en ruinas, parques donde jugaban sombras, el rumor de la vieja plataforma aún sosteniendo el universo por debajo, aunque nadie supiera ya recordarlo. Entendió entonces lo que ningún mapa podía plasmar: Sidera era una urbe de capas, cada trueno abría grietas, cada relámpago llamaba a danzar fragmentos de lo que una vez fue y lo que todavía podría ser, si alguien recordaba el camino.
En el centro de esa urbe desencajada, lo esperaba una figura distinta: una anciana de metro escaso, envuelta en vendas de papel aluminio. En su regazo, un compendio deshojado de planos que aun flotaban, sus extremos encendidos al tacto.
—Has traído la llave. Muy pocos regresan de la memoria, niño. ¿Por qué volverías?
—Porque las ciudades no existen para los dioses caídos ni para los truenos, sino para quienes las caminan, pese al miedo.
La anciana asintió.
—Entonces recuerda esto: cada vez que el trueno parta Sidera, un corredor se abrirá para los que no teman la inestabilidad. Llévate esto —y le tendió uno de los planos flotantes, junto con una copa pequeña de vidrio tallado en la forma del círculo abierto—. Cuando la ciudad deje de mirarte, bebe. Solo así recordarás lo visto esta noche.
Alex aceptó, guardando el plano junto a la llave. El regreso fue instintivo: doblar la esquina imposible, cruzar el charco insalvable; reaparecer, bajo la lluvia ácida, en la avenida donde comenzaron los pasajes.
El sol, si es que el astro seguía existiendo detrás de las nubes, apenas hilaba tonos púrpura sobre los cristales rotos. El trote de los perros-luz había cesado, la mujer-circuito y sus duplicados eran ahora humo entre el tráfico reanudado.
Alex regresó a su apartamento, desvió la mirada del televisor estático y descorrió la cortina para ver cómo la ciudad parecía igual, pero era otra, un poco más abierta, un poco menos temible. Cuando el rumor del trueno volvió a colarse entre las ruinas, supo que seguiría mapeando, con cada línea tratando no de domesticar lo imposible, sino de tender puentes entre los fragmentos.
El plano flotante, en su cartera, titilaba en respuesta a los fulgores, y la copa —un minúsculo testigo de la promesa: Sidera viviría mientras alguien recordara, aunque fuera con miedo, el latido escondido bajo los relámpagos.
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