Fragmento:
Había aprendido a escabullirse sin ser vista, una habilidad adquirida mucho antes de que comprendiera el verdadero motivo para ocultarse de las miradas. Allí arriba, entre musgos, antenas y esqueletos de ventiladores industriales, Nadia se sentía libre y, al mismo tiempo, inevitablemente unida al destino de la ciudad. La brisa fría la azotaba, trayendo consigo palabras y presagios en un idioma secreto que solo los Guardianes del viento conocían.
Duración: 09:06
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En una noche que olía a ozono y asfalto mojado, las azoteas de la ciudad latían con una vida que apenas podía verse desde abajo. El viento se arremolinaba en ráfagas violentas, arrancando hojas secas y papeles de los alféizares; el pulso de la tormenta, decían algunos, una respiración que mantenía a raya a viejos espectros y nuevas amenazas. Nadia, acurrucada en la esquina más oscura de la Torre Reitz, esperaba.
Había aprendido a escabullirse sin ser vista, una habilidad adquirida mucho antes de que comprendiera el verdadero motivo para ocultarse de las miradas. Allí arriba, entre musgos, antenas y esqueletos de ventiladores industriales, Nadia se sentía libre y, al mismo tiempo, inevitablemente unida al destino de la ciudad. La brisa fría la azotaba, trayendo consigo palabras y presagios en un idioma secreto que solo los Guardianes del viento conocían.
No era una noche cualquiera; el cielo estaba tejido de rojos y verdes, una aurora fantasmal imposible para la latitud, signos inequívocos de que el poder de los Tronos ardientes se había desatado. Y Nadia, por primera vez, tembló. No de frío, sino de algo mucho peor: anticipación. Sabía que no estaría sola mucho tiempo.
Un zarpazo de viento la llevó hasta el borde del tejado donde una figura recostada la esperaba: Jakub, viejo como la ciudad misma según las historias, nervioso e impaciente como un crío.
—Llegas tarde —masculló Jakub sin mirarla, los ojos perdidos en el resplandor que emergía del distrito financiero, donde las torres parecían estar prendidas con fuegos invisibles—. No deberíamos demorarnos.
—Los Tronos están alborotados —dijo Nadia, tragando la acidez del miedo—. Lo sientes, ¿no? Están llamando a… algo.
La mirada de Jakub se llenó de una sombra antigua. La llamó cerca con un gesto, y juntos se asomaron al abismo nocturno. Desde allí, la ciudad parecía una bestia enorme, la respiración marcada por las sirenas lejanas, los semáforos en sincronía, las ventanas titilando como ojos. Nadia pensó en la infinita cantidad de secretos que cada azotea guardaba.
—He visto a uno de los Custodios del Trono cruzar por Silesia Avenue —murmuró Jakub—. Caminaba erguido como si el concreto no lo dignificase, como si flotara sobre brasas. No era humano.
Nadia asintió. Los Tronos ardientes jamás lo eran. Los describían en las viejas historias, de generaciones atrás, cuando la magia era sólo una superstición de inmigrantes locos. Eran los tronos, los asientos de poder de aquello que una vez fueron deidades y ahora solo sombras ansiosas de poseer cuerpos o lugares sagrados: chimeneas olvidadas, centrales eléctricas, incluso edificios ocupados por sueños rotos.
Vigilaban el viento porque el viento era mensaje y barrera. Era herramienta y alma. Por eso eran Guardianes, pero cada noche se preguntaban si eran los últimos.
Bajar de la torre fue fácil: bajos, canaletas húmedas, escalerillas que chirriaban y peldaños cubiertos de oxido. Nadie los vio porque nadie esperaba ver a dos figuras fundiéndose con la miseria del barrio vertical. Jakub marcó el camino, apenas rozando el suelo. A veces el viento le ayudaba, empujándolo hacia atajos invisibles. Nadia sentía la protección de los aires, pero también la advertencia: esta noche era diferente.
Llegaron a la iglesia abandonada de San Lucas, su cuartel general. Un refugio donde los susurros del viento tomaban forma y los pactos antiguos podían renegociarse, aunque fuese por un instante cada noche. Bajo las gárgolas ennegrecidas, les aguardaba un consejo improvisado: dos mujeres de ojos rasgados y piel tan pálida que parecían parte de la niebla, y un joven de voz suave y manos poderosas como cables de alta tensión.
La mayor se puso en pie. Su nombre era Manuela, y aunque sus huesos crujían al moverse, todos obedecían cuando hablaba:
—Uno de los Tronos se ha instalado en la torre eléctrica del tren. Su fuego ya arde. El viento está perturbado, nuestras rutas bloqueadas. No podemos limpiar las corrientes, no podemos impedir que sus emisarios crucen los umbrales.
El joven, Pavel, escupió al suelo.
—Si se afianza ahí, toda la energía de la ciudad será suya. Hará colapsar los vientos y lo que ahora olfateamos como resplandor será llamas auténticas. Esto no es una incursión común.
Jakub afirmó con gravedad.
—Necesitamos todos los Guardianes. Solo el círculo puede invocar el cierre, canalizar el viento purificador.
El viento retumbó, agitando los ventanales quebrados. Por un momento, Nadia escuchó lo que nadie más pudo oír: el lamento agónico de algo sin forma, condenado a vagar entre los mundos.
El plan era suicida y magnífico. Los Guardianes debían alcanzar la torre eléctrica antes del amanecer. El Trono ardiente estaría más fuerte con cada minuto, y cualquier retraso significaría que el viento sería domesticado para siempre, convertido en mero servidor de la llama. La ciudad ya tenía demasiados amos.
Partieron al filo de la medianoche. El viento soplaba a favor de los Guardianes, pero la ciudad estaba enferma; la corriente estática levantaba el vello de la nuca y los focos titilaban intermitentes, anunciando la cercanía del Trono.
Avanzaron en silencio, pegados a las sombras, sintiendo en las mejillas el calor de un incendio invisible. A medida que se aproximaban a la torre eléctrica, el aire era más denso, como si los hubiesen sumergido bajo agua tibia. Los cables, retorcidos como serpientes dormidas, chisporroteaban pequeñas explosiones de energía.
Al pie de la torre, la realidad se tornó irreal. El asfalto sudaba un sudor rojizo y el aire vibraba con notas imperceptibles para el oído humano. Allí, en la base de acero calcinado, un hombre —o quizás una figura tallada en el mismo incendio— se sentaba en cuclillas sobre un trono de metal, su sombra proyectada decenas de metros, multiplicándose como uno y muchos al mismo tiempo.
Sus ojos, si eran ojos, eran dos carbones encendidos en la penumbra. El Trono ardiente habló, y el sonido fue fuego en la garganta de los Guardianes:
—Tanto viento para tan poca llama.
Manuela avanzó, su bastón un ancla que frenaba el miedo. Giró en círculos, dejando que el viento se arremolinara a su alrededor, bailando en las hondas turquesas de su chubasquero envejecido.
—No eres bienvenido. Esta ciudad no será tu fragua.
El Trono sonrió, o imitó una sonrisa. Unas llamas azules reptaron por su brazo, y al tocar el acero, la torre entera se iluminó como una columna de magma.
Jakub, Pavel, y las dos mujeres formaron el círculo. Nadia cerró los ojos y se dejó llevar por los susurros del viento. A su alrededor se formaron pequeñas danzas de escombros y restos de papeles; una tormenta menor que buscaba imitar la furia ancestral.
El Trono se puso de pie, extendiendo sus brazos como si contuviese tantas alas como llamas. El asfalto empezó a rajar; de las grietas surgieron figuras, cuadros hechos de sombra y brasas, y cada una representaba un miedo antiguo de los Guardianes: la sequía, la peste, la pérdida.
Mas los Guardianes cantaron. No era un canto melodioso, sino un murmullo brutal, hecho de sílabas roncas y promesas fracturadas. Cada palabra servía de faro y cada respiración convocaba un viento más potente. El círculo giraba, la energía fluyendo de uno a otro, formando una espiral ascendente, llevando consigo la oscuridad y el hedor del fuego ajeno.
Nadia sintió el viento atravesarla. Sintió su memoria, su hambre de libertad, su deseo de proteger. Sintió también la soledad de ser un Guardián; pero entrelazado a ese dolor, estaba su deber.
El Trono ardiente rugió. Sus llamas crecieron, azotadas por el vendaval, guerreando contra la tempestad invocada por el círculo. Chispas volaban, el aire se electrificaba, y la torre entera empezó a temblar. Por un momento, todo pareció fundirse: el fuego gritó, el viento aulló, y la ciudad entera contenía la respiración. Un crescendo de poder vibró en cada luz, cada gota de lluvia pendiente, cada latido de corazón escondido tras las paredes.
Y entonces, la voz de Nadia —o la voz del viento a través de Nadia— pronunció la palabra final, la que no era ni idioma ni orden, sino ruptura. El círculo se cerró, y la tempestad barrió el fuego, arrastrándolo a los confines donde los Tronos nacen y mueren y renacen.
La torre quedó muda. El viento exhausto meció despacio los papeles y la ceniza. El fuego, privado de su trono, fue nada más que recuerdo.
Los Guardianes se encorvaron, cansados, pero la ciudad no era la misma. El viento, ahora, no traía sólo promesas; traía advertencias y, tal vez, el susurro de un futuro donde el fuego y el viento no fueran enemigos, sino aliadas fuerzas que, algún día, aprenderían a cantar juntas bajo las azoteas.
Nadia, temblando y eléctrica, miró a sus compañeros y supo que el amanecer llegaría sin llamaradas, pero no sin cicatrices. Esta noche, la ciudad aún respiraba por voluntad del viento.
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