Portada del relato A la sombra de la autoridad
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Fragmento:


La lluvia convertía la ciudad en un tapiz borroso, las luces de los faroles y los letreros de neón se mezclaban en charcos dorados y violetas sobre la acera. Lila Groves caminaba bajo un paraguas granate, con los pensamientos enredados y las orejas atentas al murmullo constante de la noche de jueves. Londres en otoño era siempre un poco más vieja, un poco más sombría, como si cada árbol pelado y edificio descascarado compartiera secretos que los vivos sólo vislumbraban al margen.

Duración: 09:17

A la sombra de la autoridad
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Texto de ajuste de pausa.

La lluvia convertía la ciudad en un tapiz borroso, las luces de los faroles y los letreros de neón se mezclaban en charcos dorados y violetas sobre la acera. Lila Groves caminaba bajo un paraguas granate, con los pensamientos enredados y las orejas atentas al murmullo constante de la noche de jueves. Londres en otoño era siempre un poco más vieja, un poco más sombría, como si cada árbol pelado y edificio descascarado compartiera secretos que los vivos sólo vislumbraban al margen.

Tenía veintinueve años, una piel de porcelana envejecida por insomnios y un empleo estable que detestaba en una gestoría de Barnes Street. Lo único que hacía llevadero su día a día era el trayecto a casa, esos cuarenta minutos en los que podía perderse entre multitudes, observar vidas lejanas y, a veces, dejar volar la mente por rutas que no aparecían en ningún mapa. Eran justamente esas rutas, los accidentes de su andar, lo que la mantenía cuerda; o al menos, eso pensaba hasta aquella noche.

La tormenta arreció justo cuando rebasaba el crematorio municipal, donde los setos mal podados proyectaban sombras extraviadas en el asfalto. La calle estaba desierta, salvo por los taxis desenfrenados y los carteles de conciertos empapados. Lila notó un zumbido en el aire, como el vientre de una colmena. No era la primera vez que escuchaba ese zumbido: siempre precedía la apertura de una grieta en el pavimento, una especie de suspiro mineral, una invitación que la ciudad le hacía sólo a ella.

Aquel jueves, el zumbido era más fuerte. No le sorprendió exactamente, pero sí la hizo temblar desde los tobillos hasta la nuca. Miró hacia abajo, esperando la interrupción familiar entre baldosas, y ahí estaba: una costura en el suelo, casi imperceptible, pero más brillante que el resto, arrojando destellos verdes y celestes como luz de luciérnaga. Había escuchado historias acerca de caminos ocultos, de viejas rutas por las que sólo caminan los que han perdido algo importante, pero nunca se las había tomado en serio, hasta que su vida empezó a llenarse de esas fisuras.

Miró a la derecha, el tráfico era una serpiente de acero y bocinas. Miró a la izquierda, nada más que un callejón titubeante donde la única luz venía de una ventana empañada por el vapor. Sintió el instinto de seguir el camino, de pisar con decisión las baldosas que palpitaban al ritmo de su pulso, como si algo en el subsuelo llamara su nombre con un eco reverberante.

Dio el primer paso. El sonido de la ciudad cayó como si alguien hubiera cerrado una puerta entre dos mundos. Todo olía a madera húmeda, a musgo y tierra removida tras la lluvia. El asfalto cambió de textura, ahora era arcilla oscura, y si Lila no supiera que aún estaba en mitad de la ciudad juraría que había cruzado al patio trasero de la infancia, donde cada árbol era más alto y cada sombra más honesta.

La calle se alargó y se angostó, los faroles a ambos lados parpadeaban como velas en una iglesia olvidada. Caminó, nerviosa, el paraguas rozando ahora ramas invisibles. Avanzó más de lo que debía, y fue entonces cuando escuchó pasos detrás de ella, ligeros, calculados, de alguien que conocía perfectamente las reglas no escritas del lugar donde acaba la ciudad y comienza el otro lado.

―No deberías estar aquí si no llevas nada que intercambiar, niña―dijo una voz masculina, suave, con el acento indescifrable del este de Europa.

Lila se volvió despacio. Tras ella, apoyado en una puerta que no había notado antes, un hombre delgado y elegante, con los ojos dorados y los cabellos de humo, la estudiaba como un gato observa a una presa inesperada.

―No... Lo siento. Solo estaba caminando.

El hombre sonrió. Su sonrisa era un parpadeo en una vidriera empañada: se revelaba y se escondía al mismo tiempo.

―Los caminantes distraídos son los más valiosos. Dime, ¿qué has perdido tú para que el camino te reciba?

Lila pensó en su madre, que no respondía a los mensajes desde que se mudó a Málaga; en su antiguo amor, cuya risa se había apagado con un portazo. Pensó en sí misma, en la joven que alguna vez quiso ser artista y que ahora archivaba expedientes hasta quedarse sin uñas. Tentada estuvo de contestar con alguna frase amarga, pero algo en la forma en que el desconocido la miraba le impuso cautela.

―Quizá he perdido más de lo que puedo nombrar―dijo.

Era la respuesta correcta. La puerta tras el hombre se abrió sola con un crujido de madera quejumbrosa. El tipo indicó con la cabeza que debería seguir.

―Ven. Si estás dispuesta a caminar uno de los caminos verdaderos, tendrás que dejar algo a cambio. Esa es siempre la ley.

Entró. Por un instante temió que la recibiera el hedor de la podredumbre, o tal vez el humo de alguna orgía misteriosa, pero lo que encontró fue un vestíbulo iluminado tenuemente, decorado con decenas de relojes antiguos. Cada uno tenía una campanilla que tañía un segundo antes que los demás, creando un ritmo dispar, obsesivo. Al fondo, sentada ante una mesa de ébano, una anciana de cabello azul lavanda tejía una bufanda interminable.

La anciana alzó la vista. En los nudos de sus manos había historias más viejas que cualquier apellido.

―¿Sabes la verdad de los caminos, niña?―preguntó, moviendo los labios apenas.

Lila negó con la cabeza.

―Son los caminos los que crean a la ciudad, no al revés. Cada vez que dudas en una intersección, cuando tu alma oscila entre ir y quedarse, elijo una hebra nueva para tejer otra ruta. Y las rutas encantadas nacen cuando demasiados como tú deambulan sin saber hacia dónde regresar.

El hombre de ojos dorados le tendió una bandeja con monedas antiguas, llaves oxidadas y pequeños dientes de leche.

―El precio por continuar―anunció.

Lila vaciló. Revisó sus bolsillos, pero nada parecía a la altura de aquel tributo. Instintivamente, sacó el pequeño diario con tapa de cuero que llevaba desde joven; en él había escrito todos los sueños de los que nunca habló. Temblorosa, lo dejó sobre la bandeja. Un destello triste y cerúleo cruzó, por un latido, los ojos de la anciana.

―Tu mapa de los posibles―murmuró la tejedora.

Tras el pago, el hombre y la anciana la guiaron a un corredor tras el vestíbulo. Allí, en fila ordenada contra las paredes, cientos de puertas se abrían y cerraban de golpe, cada una dejando ver un fragmento de distintos lugares: plazas hundidas en la bruma, avenidas cubiertas de escarcha, una estación del metro en ruinas, un vestidor imposible lleno de disfraces que no existirían jamás.

Lila los observó, entendiendo que cada puerta era una ruta no recorrida. Los caminos encantados, las sendas perdidas de la ciudad, eran las incertidumbres recogidas por los pasos vacilantes, la suma de todos los “y si” jamás pronunciados.

―¿Puedo elegir una?―preguntó, con la voz temblorosa.

El hombre asintió.

―Si eliges bien, tal vez encuentres eso que perdiste. Si no, es probable que el camino te haga perderte todavía más.

La ansiedad la tomó por sorpresa. Sintió que la gravedad se invertía bajo sus pies y el mundo giraba con cada giro de las manecillas de los relojes. Inspiró hondo y optó por la tercera puerta a la izquierda, la menos luminosa, decorada con un knocker de bronce en forma de lechuza.

Abrió. Detrás, el aire tenía el sabor húmedo de los sótanos y el perfume de los jacintos marchitos. Era la Plaza de los Espejos, un recoveco legendario que, según los cuentos, reflejaba no a quienes pasaban frente a ella, sino a quienes los esperaban al otro lado del cristal.

Avanzó despacio, escuchando el rumor lejano del tráfico, ya muy amortiguado, como si se filtrara a través de varias capas de algodón y agua. A ambos lados, los espejos atrapaban figuras borrosas: fragmentos de niñas rubias a punto de echar a correr, hombres que llamaban a voces una infancia que nunca regresó, ancianas sentadas en los bancos mirando hacia un pasado que sólo ellas podían ver.

En uno de los extremos de la plaza, Lila distinguió a una figura sentada en una silla rota, pequeña, envuelta en un abrigo amarillo. Se le heló la sangre: era ella misma, de ocho años, la niña que soñaba con pintar murales y que miraba al futuro como si fuera la promesa de la primavera perpetua.

La niña levantó la cabeza, la miró sin miedo, con una tristeza protectora.

―No vuelvas a perderme del todo―susurró.

El eco le llegó como una corriente eléctrica. Lila sintió que algo se soltaba dentro suyo, una hebra de miedo que había tejido durante años y que ahora se deshacía al contacto de su propia mirada. Avanzó un paso, queriendo abrazarse a sí misma, pero la niña se esfumó entre vapores y reflejos distorsionados.

Las luces de la plaza parpadearon un segundo. Por primera vez en mucho tiempo, Lila lloró. No de pena, sino de alivio: supo, con certeza, que los caminos encantados sólo se abrían a los que estaban dispuestos a perderse para encontrarse.

Cuando regresó por el corredor, la anciana dejó de tejer y el hombre de ojos dorados se inclinó en una reverencia.

―Has pagado y has recibido. Recuerda siempre por dónde caminas. No todos los que buscan regresan.

El vestíbulo y los relojes se difuminaron. Lila apareció de nuevo en Barnes Street, bajo la lluvia, con las manos vacías y el corazón menos anudado. El camino encantado había desaparecido, pero en su mente quedaba la certeza de que en cada intersección, en cada vacilación antes de decidir, había puertas esperando pacientes a que alguien se atreviera a cruzarlas.

Y aquel jueves lluvioso, sin saberlo, Lila Groves volvió a casa. Por un sendero que sólo ella recordaría, pero que cambiaría la textura misma de la ciudad para quienes supieran mirar bajo la piel mojada del asfalto.

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