Fragmento:
Al fondo, una figura de humo y chaqueta de tweed remueve con dedos largos la suerte de una lámpara encendida. “Sabía que vendrías, Simón”, dice la figura, y su voz suena como un canalón oxidado. Simón no reconoce el rostro, pero le resulta familiar. Tal vez porque lo ha visto en sus sueños. O en los reflejos de las esquinas.
Duración: 08:56
Hace cuarenta y siete noches que la ciudad no duerme. Llueve, siempre llueve, y la humedad transforma los adoquines en espejos sucios donde deambulan reflejos que no pertenecen a nadie. El olor a ozono y a sopa recalentada llena las grietas nocturnas, resbalando por los muros irisados de grafiti y pegatinas rotas. Nadie pregunta por los relámpagos violetas que a veces atraviesan los callejones; sería de mal tono. Pero lo que de verdad mantiene a la ciudad en vilo es la sensación, incomprensible pero real, de que algo tiembla y se encoge bajo la piel de los tejados.
Simón lleva casi un mes durmiendo en la trastienda del anticuario. Las noches se confunden en un mismo y azogado sudor, entre naipes viejos y muñecas de porcelana con párpados caídos, sin atrevernos a recordar por qué todo comenzó. La tienda pertenece a su tía Ofelia, famosa por encontrar tesoros donde otros sólo ven basura. Pero en los últimos días, ni los mismos gatos parecen animarse a colarse en ese rincón de la ciudad. Dicen que donde antes había silencio, aparece ahora, cada noche a la misma hora, un susurro. Un susurro hecho de ruedas de carretilla, de relojes que laten demasiado fuerte y de niños riendo con la boca llena de cristales.
“Te tengo dicho que no abras el sótano después de las once,” repite Ofelia mientras fuma un cigarrillo hecho a mano. “No me gustarían los bichos que viven ahí abajo.” Pero claro, Simón tiene veintisiete años y suficiente necedad como para sólo obedecer a medias. De noche, a esa hora donde sólo los demonios y los ciclistas circulan, se sienta en el primer escalón del sótano y escucha. Un día, escucha algo más que el goteo y la madera crujiendo. Un día, escucha un canto.
Del sótano a la superficie hay trece escalones, todos diferentes: mármol, madera, piedra pulida y algo que parece hueso. La escalera termina en una puerta sin pomo, sólo una aldaba de hierro en forma de lengua. Al principio, Simón cree que es una ilusión óptica. Pero una noche, cuando la lluvia diluvia y el alma de la ciudad parece gritar, se acerca a la puerta. Tiene algo pegajoso entre los dedos, un ansia desconocida.
Baja los trece escalones, uno tras otro, sintiendo con cada paso el mundo ordinario ceder en favor de uno más denso, más preñado de posibilidades. Del otro lado de la puerta, siente que lo observa una mirada sin pupila. Suspira. Golpea la aldaba.
Un crujido húmedo confronta el silencio. No gritos, no amenazas. Más bien una rendición, como el gemido resignado de una ciudad milenaria. Entonces la puerta se abre y la noche se parte en dos.
Al principio no ve nada, pero lo que inunda el aire no es oscuridad: es una textura espesa, como si el aire se pudiera beber. El sótano no desciende simplemente: se expande a un espacio imposible, un pasillo interminable flanqueado por vitrinas. Pero en lugar de baratijas victorianas, las vitrinas exhiben recuerdos robados de los habitantes de la ciudad: el primer diente de leche de alguien que nunca supo su nombre, una bufanda olvidada por un amante en fuga, el olor de la madera después de una tormenta. Todo a la venta, todo esperando dueño.
Al fondo, una figura de humo y chaqueta de tweed remueve con dedos largos la suerte de una lámpara encendida. “Sabía que vendrías, Simón”, dice la figura, y su voz suena como un canalón oxidado. Simón no reconoce el rostro, pero le resulta familiar. Tal vez porque lo ha visto en sus sueños. O en los reflejos de las esquinas.
“¿Quién eres?”, pregunta Simón, aunque ya presiente la respuesta.
“Soy el cuidador. El custodio de lo que la ciudad olvida. Nadie escapa de mi, si está dispuesto a recordar.” La figura le tiende la lámpara. De cerca, Simón ve que está llena de insectos marchitos tal como recuerdos aplastados. “Tú llevas mucho tiempo buscando algo. O alguien.”
Y en ese instante, Simón comprende la intoxicación que a veces lo devora en plena madrugada, esa náusea de pérdida al ver una sombra con forma antigua pasar de largo. Comprende que no busca un objeto, sino una ausencia. Una memoria extraviada en la trama de asfalto y hormigón.
“¿Puedo… puedo recuperar lo que perdí?”, pregunta, y siente más miedo del que jamás haya sentido.
“Todo tiene su precio”, responde el cuidador, y le cede el paso. Simón avanza, fascinado y repelido. Bajo sus pies, las vitrinas se reordenan solas, mostrando ahora imágenes de una infancia destartalada: un columpio oxidado, unas manos embarradas, una voz femenina llamando a cenar entre truenos. Pero todo, incluso los recuerdos más dulces, tiene filos cortantes como promesas no cumplidas.
Simón lo palpa: al fondo de la sala, hirviendo en un relicario tallado, brilla el sonido de la risa de su madre. Hace años murió de cáncer, en un hospital que aún huele a vainilla artificial y miedo. Después, la vida fue una sucesión de mudanzas anónimas y amistades rotas. La voz de su madre se le fue borrando como tiza bajo la lluvia. Ahora, sin embargo, ese sonido está ahí: vibrando, esperando.
“Puedes tomarlo”, susurra el cuidador. “Pero tendrás que dejar algo a cambio. Algo igual de íntimo, igual de tuyo.”
Simón vacila. Sabe lo que quiere, pero también a qué renunciará. En ese mundo subterráneo donde el deseo tiene dientes, lo personal es un tributo insaciable. Recuerda el rostro de su tía, tan gastada y feroz, y la mirada de los gatos que se asoman a la rendija entre la sala y el sótano. Todo en la ciudad es trueque, todo tiene doble fondo.
Finalmente, cierra la mano sobre el relicario. Un dolor agudo le araña las venas, recorriéndolo desde el puño hasta el pecho. A cambio, el cuidador hunde los dedos en la sien de Simón y extrae, con delicadeza, el recuerdo del primer beso robado entre los álamos. Ese momento de tonta felicidad, irrepetible y efímero, queda flotando en el aire como un aleteo de polilla atrapada. El cuidador la guarda en una cajita de cristal y sonríe con labios inciertos.
“Ahora, puedes irte”, dice.
Simón regresa por los trece escalones. Al principio nada parece diferente, salvo el eco casi físico de la voz de su madre rozándole el oído, como una caricia mudada en temblor. Pero afuera, la tienda ha cambiado. Ofelia fuma sentada en el mostrador, pero sus ojos son ahora dos estanques negros, vacíos. Los gatos ya no están. Un escalofrío recorre la sala: la lluvia no es sólo agua, es una cortina que oculta lo esencial.
“¿Dónde estabas?”, pregunta Ofelia, y su voz ya no le pertenece.
Simón no puede contestar. Al buscar sus palabras, tropieza con un hueco: la memoria de un primer beso ha desaparecido, y con ella, una puerta secreta que abría instantes de goce inesperado. Lo asalta una tristeza nueva, la certeza de haber cambiado una nostalgia por otra.
Durante días, deambula por la ciudad. La risa de su madre le acompaña y lo arropa, pero en los parques y las aceras ya nada es igual. Rostros familiares lo miran de reojo, sin reconocerlo. A veces, una extraña –labios delgados, mirada alerta– lo saluda como si compartieran un idioma privado, y Simón apenas puede devolver la sonrisa; no recuerda el porqué de esa intimidad, por más que lo intente. La ciudad, mientras tanto, sigue palpitando al ritmo de los secretos que Simón no sabrá nunca más. Las vitrinas del cuidador, allá abajo, añaden otra chispa a su luz sobrenatural.
Y Simón aprende a vivir con la cicatriz de lo cambiado. Por las noches, cuando la lluvia es más fuerte y los susurros bajo los adoquines se tornan cuchicheos insistentes, a veces desciende de nuevo al sótano y escucha. Sabe que, si quisiera, podría trocar más recuerdos, cambiar momentos por otros, continuar en el ciclo de trueque hasta ser sólo un cascarón hecho de nostalgias prestadas. Pero también sabe que, en esa tienda, en esa ciudad donde todo se vende y todo se olvida, la suma de lo que somos se mide en lo que decidimos soltar y en lo que custodiamos bajo siete llaves.
Al cabo de un mes, la lluvia cesa. El sol lame los tejados y las vitrinas se llenan de polen y polvo dorado. Simón recoge sus cosas –algunas casi inútiles, salvo para su historia personal– y deja la tienda. Ofelia le regala una sonrisa. Tal vez una sonrisa vacía, robada de otro rostro. O tal vez una despedida, un reconocimiento entre habitantes del umbral.
Al pasar junto a la canaleta de la acera, Simón escucha, apenas un instante, una risa de niño arrastrada por el agua. Le gustaría seguir ese sonido, buscar su origen subterráneo, pero lo contiene una dulzura inédita. Es el precio pagado –una nueva herida, otro tipo de plenitud. Cuando dobla la esquina y se pierde entre los supermercados y las casas baratas, la ciudad, igual que él, ha cambiado para siempre. Y bajo la piel de asfalto, en las vitrinas del custodio, los recuerdos siguen danzando, esperando, buscándose. Y la lluvia, finalmente, se detiene.
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.