El silencio era su brújula, y con él recorrÃa la ciudad que a muchos les parecÃa aburrida salvo por los crÃmenes nocturnos, las fiestas clandestinas y los periódicos cercanos a la verdad. Sin embargo, nadie hablaba de los instantes que goteaban de la Niebla, ni de las criaturas homeomorfas que recorrÃan los bulevares buscando la fisura precisa por la cual escapar de su propio destino.
Marina se habrÃa reÃdo de todo eso si lo hubiese escuchado en una conversación ordinaria. Seguramente habrÃa reventado de carcajadas los oÃdos de Rubén, el poeta del bar yéndose cada noche con un corazón distinto en el bolsillo. Pero aquel martes húmedo en que la caldera de la ciudad parecÃa escupir vapor desde los bordes de cada alcantarilla, Marina llevaba un dolor extraño en el estómago, y una carta en el abrigo. No la habÃa escrito ella; era una invitación forrada en tela, con una grafÃa más antigua de lo que la tinta aún podÃa recordar.
Cuando cruzó la esquina de BolÃvar con Niebla –sÃ, la calle verdaderamente se llama Niebla–, notó algo peculiar: una brisa helada bailando a contracorriente entre la muchedumbre y el tráfico detenido. Siguió los pliegues invisibles de aquel aire curioso, y fue entonces que lo vio.
Era un relojero. O, mejor dicho, un anciano de rostro azulino y mejillas resecas, sentado tras el escaparate de un local atiborrado de relojes de todos los siglos imaginables: de péndulo, de arena, digitales, de oscuras carátulas de hueso, y otros que, sencillamente, ninguno reconocerÃa. Encima de la puerta, un letrero deslucido decÃa: "Restauraciones y Ajustes de Todo Tipo". Pero en una esquina, apenas visible, se leÃa en latÃn: "Tempora non habemus".
La carta sugerÃa entrar, y Marina nunca tuvo voluntad contra las invitaciones firmadas por una caligrafÃa que cambiaba de forma bajo la luz. Pasó entre dos viajeros que salieron sin mirarla —o sin lograr mirarla— y se sumergió en ese aroma de hierro, polvo y manecillas enrojecidas por el crepúsculo.
—¿Se puede arreglar el pasado? —preguntó el hombre sin levantar la mirada, metiendo unas pinzas finÃsimas entre los engranajes temblorosos de un reloj de bolsillo—. ¿O sólo venimos a intentarlo cada noche?
Marina se apoyó al mostrador. La carta, en su puño cerrado, latÃa levemente.
—Me invitaron aquà esta tarde —dijo, y dejó que el papel susurrara su contenido sobre la madera barnizada—. Hay sombras bajo mi cama. Caminan cuando sueño; y este martes, mis sueños empeoran.
El relojero levantó la vista. Sus ojos contenÃan profundidad y ruina: un azul que recordaba edificios derruidos y glaciares olvidados.
—Vas a necesitar la llave, Marina —nombró, revelando que la conocÃa antes que ella misma se reconociera en el reflejo polvoriento de un espejo—. Si has visto las criaturas, ya has cruzado una de las puertas.
No existÃa confianza, pero sà una especie de fe torpe, inmediata, que brota cuando la mente no quiere entender. Marina se vio a sà misma asintiendo, tragando saliva, sintiendo una punzada amarga en la lengua.
—Solo dÃgame dónde.
El relojero se inclinó, abriendo un cajón secreto bajo el mostrador. Extrajo una llave —una pieza pesada, forjada en metal negro y decorada con lÃneas que sugerÃan constelaciones y serpientes comiéndose la cola—.
—En cada ciudad —explicó mientras se la acercaba— existen puertas que no aparecen en los mapas ni en los planes de urbanismo. Son intervalos de tiempo, pliegues en la secuencia de todo lo posible. Cada puerta lleva a una sala distinta: allÃ, las criaturas del tiempo se alimentan de recuerdos, o buscan resarcirse del error de haber sido creadas.
—¿Creadas por quién? —preguntó Marina, jugando con el peso de la llave.
—Por nuestras decisiones. Cuando elegimos, otro hilo de tiempo queda desierto, y en ese desierto germinan monstruos de posibilidad tronchada. Algunos son hermosos, otros una mera sombra, pero todos quieren moverse, existir, colarse al ahora.
Un estremecimiento recorrió a Marina. Sintió la urgencia de preguntar algo práctico, una de esas dudas que relajaban la mente: "¿qué ocurrÃa si uno quedaba atrapado?" o "¿podÃa verse a sà misma al otro lado?". Pero la voz se le heló.
El hombre asintió, leyendo sus dudas en el temblor de su mandÃbula.
—Esta noche, la Puerta del Tiempo mayor abrirá en la antigua estación Central. Las criaturas esperan la cosecha. Solo los que llevan pérdida en el pecho pueden franquear el umbral y sellarlo desde adentro. Tú llevas años de duelos; por eso, será tarea tuya.
Marina apretó la llave, que parecÃa ahora caliente y frÃa a la vez. El relojero bajó la cabeza y, con una solemnidad que sólo los desesperados conocen, añadió:
—En el mundo tras la puerta, el tiempo no avanza igual. Hay quien entra y sale sin cicatriz visible. Hay quien nunca regresa. Todos, antes o después, dejan algo allÃ.
La estación Central era ya sólo un eco de sÃ, abandonada por trenes y multitudes pero viva para otros que saben escuchar el traqueteo de tonos que no ocupan las ondas comúnmente. Marina caminó entre escombros, grafitis insolentes y el rumor de agua lejana. En el gran vestÃbulo, donde la luz del crepúsculo desgranaba polvo amarillo, vio la Puerta.
No era una puerta común. Sus bisagras lucÃan más tensas y el bronce crujÃa con los latidos del aire, como si los relojes anhelasen fundirse en ella. Cuando encajó la llave, sintió un tirón en el estómago; nada parecido a la embriaguez del alcohol ni al vértigo habitual, sino a la sensación de intercambiar sangre con una estrella frÃa.
La Puerta se abrió y, del otro lado, el silencio era tan absoluto que dolÃa en los dientes. Avanzó sobre un andén de losas antiguas; a su alrededor, relojes colgaban de raÃces invisibles. En los vagones inmóviles habitaban figuras translucidas: seres cuya piel era una miseria de datos, segundos perdidos y memorias nunca vividas. Marina comprendió, incluso antes de pensarlo, que esos eran los monstruos del relojero: criaturas gestadas de lo que los humanos jamás eligieron.
Uno de ellos, con la forma de una niña calva y gigantescos ojos de tiempo derretido, se acercó con un trote ligero.
—Te he soñado miles de veces, Marina —dijo la criatura en una lengua que no era lengua, sino compendio de todos los recuerdos descartados—. Las puertas piden guardián. ¿AbandonarÃas una herida por nosotras?
—¿Qué me costarÃa? —inquirió Marina—. ¿Qué perderÃa si os doy algo de mi pasado?
La criatura se removió. A su alrededor, el aire vibrava, y en la vibración se oÃan júbilos lejanos y puñales oxidados.
—El tiempo duele, pero lo perdido también es salvación. Los antihéroes que dejan aquà su culpa regresan más ligeros, pero incompletos. Los que no entregan nada, se quedan.
Marina recordó, en un destello que parecÃa quÃmico, el aroma de su madre la noche antes del accidente, la carta de ruptura que nunca quemó, el nombre olvidado de un primer amor. Entregó la carta —el papel que estaba aún tibio en su abrigo— y, con ella, la certeza amarga de lo que nunca tuvo realmente.
Las criaturas silbaron, un lamento que parecÃa agradecerle. En un destello, la estación volvió a llenarse de luz y de un ruido semejante al de las estaciones reales. Vio, con asombro, cómo la puerta se cerraba a su espalda, tragando con ella las figuras. La llave vibró en su mano y se disolvió como agua embarazada de luna.
Al volver a la calle Niebla, la ciudad no habÃa cambiado, pero tampoco era la misma. Los charcos bebÃan reflejos de estrellas, y en las alcantarillas habÃa un murmullo apacible, casi familiar. El escaparate del relojero estaba cerrado; en el vidrio, alguien habÃa trazado en polvo una sola frase: "El tiempo nunca se repara, solo se transforma."
Rubén la reconoció esa noche en el bar, pero en sus ojos no lingeraba el mismo dolor de siempre. Tal vez Marina reÃa menos, o tal vez su voz era más profunda, como si el adiós de una herida le hubiera dejado una grieta secreta, un aire de fábula marchita.
Desde entonces, en ciertos martes húmedos, cuando la ciudad resplandece bajo la marea del insomnio y los mensajes olvidados aparecen en los bolsillos de los desconocidos, Marina a veces ve a niños azules en las aceras, relojes brotando entre las grietas del asfalto, y una brisa helada que le cuenta historias de puertas y criaturas.
Hay quienes aún buscan la estación Central. Buscan la llave. Otros solo sienten, sin comprenderlo, la urgencia de cerrar sus propias puertas antes que el tiempo los consuma. Pero sólo Marina sabe que en esta ciudad —como en todas—, cada vida se sostiene, por un instante, sobre el filo de una manecilla.
Y las criaturas del tiempo nunca dejan de esperar.
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