Portada del relato Los Gatos de Neón
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Fragmento:


En todo caso, el paquete no le daba buena espina. Aunque por otra parte, ningún paquete en Ankh Broadwalk lo hacía. Desde la última vez que una carta explosiva de sugerencias del ayuntamiento remodeló la mitad del barrio, incluso las facturas tenían un leve olor a azufre y un diseño de sobre con runas protectoras.

Duración: 09:21

Los Gatos de Neón
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Texto de ajuste de pausa.

―――

En la ciudad de Ankh Broadwalk, donde los rascacielos brilaban con neones al ritmo de un latido artificial y los anuncios holográficos conseguían colarse en tus sueños con la obstinación de un familiar ingrato, era completamente natural cruzarse con un mago en la esquina del hipermercado, siempre y cuando pagaras a tiempo tu cuota mensual a la Asociación Paranormal del Comercio Justo.

La noche de aquel martes cualquiera (o lo más parecido a un martes que la ciudad podía permitirse), la señorita Ada Dantzig caminaba tan deprisa que parecía intentar ganar una apuesta consigo misma. Con las gafas empañadas y el pelo encrespado por la humedad de la niebla fluorescente, resoplaba y murmuraba, intentando ignorar los murmullos que le seguían, saltando de sombra en sombra, pegajosos como chicle y no menos desagradables.

Para Ada, los martes eran asignatura obligatoria: limpiar la biblioteca. No una biblioteca cualquiera, claro, sino la Biblioteca Universal Especializada en Incunables, Textos Prohibidos, Algunos Menús Chinos de Tercera y al Menos Un Grimorio que Chilla si se lee al revés. Pero esa noche no iba a trabajar. No, llevaba un paquete. Pequeño. Gris. Ligeramente tembloroso, como si adentro meneasen los bigotes unos ratones existencialistas.

El paquete era para el Sr. Smith. Siempre el Sr. Smith, nombre genérico para clientes genéricos. Solo que nadie sabía exactamente dónde vivía el Sr. Smith. Ni Ada, aunque tenía la sospecha de que cualquiera que preguntara demasiado por Smith podría acabar hablando con una columna de vapor o, peor aún, una agente de inmobiliaria.

En todo caso, el paquete no le daba buena espina. Aunque por otra parte, ningún paquete en Ankh Broadwalk lo hacía. Desde la última vez que una carta explosiva de sugerencias del ayuntamiento remodeló la mitad del barrio, incluso las facturas tenían un leve olor a azufre y un diseño de sobre con runas protectoras.

Ada zigzagueó entre los mendigos oráculos (uno pronosticó el divorcio de su nevera, otro le confesó que pronto le llegaría una multa por cargar con demasiado sarcasmo acumulado en el alma) hasta colarse bajo un toldo rojo con manchas que parecían querer decir algo, pero que aún no habían aprendido el idioma del textil.

Allí estaba el Bar Tártaro, único local que servía cerveza Stygiana fría y pan de ajo capaz de neutralizar cualquier maldición de nivel intermedio. Era, por tanto, y pese a los precios, un local popular. Lord Wellington, el barman, era un hombre tan grande y tan sombrío que sus cejas requerían carné de identidad y algunos clientes aseguraban —en voz baja y tras el tercer humeante trago— que debajo del delantal llevaba un camuflaje de escamas.

Entrar en el Tártaro era como meterse en el intestino de una ballena ilustrada. Cálido, húmedo, y ligeramente mareante. Olía a cerveza y anhelos olvidados, con un ligero toque de salsa de soja. Ada apretó el paquete contra su pecho cuando Wellington le lanzó su mirada habitual: neutra con leves reflejos de sospecha. «Otra noche, otro desastre a la vuelta de la esquina», parecían decir sus cejas.

"Hola, buen hombre," saludó Ada, y se quedó como si las palabras acabasen de caer pesadas al suelo. "Busco al Sr. Smith."

"¿Smith?" bufó Wellington, limpiando con esmero el mostrador y casi arrancándole tres capas de barniz. A su lado, un gnomo con sombrero de bacon levantó una ceja.

"Smith," repitió Ada. "El que vive en el piso de arriba. O abajo. O en algún lado ajeno a toda referencia cartográfica, supongo."

Wellington la contempló como quien observa un puzzle en el que faltan varias piezas y, sin embargo, todas son esquinas. "Sube. Primera puerta a la derecha. No aceptes té; sabe a sobre de factura pagada tarde."

Ada subió la colosal escalera, que crujía como si recordara todos los traspiés de sus siglos de existencia. La primera puerta a la derecha no tenía timbre, ni picaporte, solo una ranura y un letrero que decía: “DEJE SU IDENTIDAD AQUÍ Y VUELVA MAÑANA”. Ada, que era terca y, a veces, indolente para la prudencia, ignoró el letrero y empujó el panel. Se deslizó hacia adentro, sintiendo un olor a ozono viejo, como el que emana de las nubes justo antes de que un rayo recite un poema en un idioma antiguo.

El Sr. Smith era, por supuesto, muchas cosas. En ese preciso instante, era un hombre con bigote a medio afeitar, una bata que había sido blanca en algún ciclo lunar pretérito, y unos ojos tan grises que parecían pequeños espacios de almacenamiento en la nube. Ada depositó el paquete sobre la mesa, notando cómo Smith alzaba una ceja como un prestidigitador a punto de revelar que el truco ya lo habías visto, pero esta vez había una pistola adentro.

"Ah, señorita Dantzig. Puntual como un cliché bien resuelto," sonrió Smith. "¿Lo traes?"

"Lamentablemente, sí," respondió Ada, con la satisfacción de quien entrega algo peligroso y se libra de la responsabilidad existencial. "¿Puedo hacerle una pregunta?"

"Solo si es la pregunta adecuada," musitó Smith, cortando el precinto del paquete con una uña que, Ada juró, era de titanio. El interior del paquete zumbó y empezó a destellar con una luz azul pulsante. Ada no retrocedió. Se mantuvo de pie, observando. Decidida —o tan cansada que era indistinguible— a saber qué contenía su paquete.

Era un gato. Pero no de esos que ronronean ni de esos que arañan, sino de los que cambian de presentación según la onda cerebral emitida por el observador. Ese gato, azul y evaporado en sus extremidades, con una aureola de bits alrededor del lomo, la miró, parpadeó, y se multiplicó. De repente había tres, cuatro, cinco felinos que flotaban como manchas de humedad luminescentes.

"Son Gatos de Neón," explicó Smith. "El último grito en guardias mágicos. Y, sí, muy ilegales. Confían en los algoritmos más indecentes y suelen emitir señales que imitan la contraseña del wifi municipal."

Ada sintió el vértigo inicial del despliegue impredecible. "No me diga que tengo que acariciarlos."

"No si valora sus recuerdos de infancia tal y como los recuerda," respondió Smith, con una media sonrisa. "Aunque quizá ya es demasiado tarde."

Los gatos ya habían pasado a la fase dos: recorrer toda la habitación e investigar con la cola cada rincón físico y etéreo del despacho, entrando y saliendo de tomas de corriente y navegando por la realidad virtual (para volver, evidentemente, con datos pirateados del ordenador de la Asociación Paranormal).

Smith se arrellanó en la silla y la invitó a sentarse. Cuando Ada lo hizo, la tensión salió en el suspiro largo de quien por fin se sienta en mitad de una tormenta.

"No me gusta hacer preguntas, señorita Dantzig," murmuró Smith, "pero esta vez me permito una licencia. ¿Por qué sigue usted aceptando estos encargos?"

Ada sonrió cansinamente. "Porque no sé encontrar el botón de 'NO' en el formulario de mi propia vida. Y, bueno, porque los otros trabajos no suelen venir con seguro contra aparición espontánea de tentáculos."

Smith rió y el sonido fue más líquido que humano. "Ese es el tipo de empleada que Ankh Broadwalk necesita. Si le ofrecen una oferta mejor... no la acepte. Confíe en mi consejo: cuando la realidad le ofrece algo sencillo, suele ser una trampa."

Los gatos, satisfechos o distraídos, formaron una pequeña rueda en el centro de la habitación y concertaron un breve, pero electrizante, concierto de maullidos sincopados que, según algunos expertos en acústica, servía para sincronizar el flujo de improbabilidades en barrios enteros.

Smith cogió el paquete vacío y lo guardó en un armario que claramente comunicaba con algún universo de dudosa estabilidad fiscal.

"Bien, Ada, nos veremos el martes que viene. O ayer, dependiendo de cómo avance la reforma horaria."

Ada, agradecida por poder irse antes de que las leyes de la física empezaran a pedirle propina, bajó las escaleras mientras los ecos del bar esparcían rumores de gatos ultravioletas capaces de hackear corazones y colarse en las pesadillas de los recaudadores de impuestos.

De vuelta a la calle, el aire olía más denso: magia, datos fritos y un leve resabio de futuras oportunidades. Encendió un cigarrillo de menta artificial, porque lo natural en Ankh Broadwalk era sospechoso, y siguió caminando. Pensó, durante unos segundos más de lo prudente, en la posibilidad de que aquellas entregas le estuvieran cambiando, de que cada paquete que soltaba le dejaba menos de sí misma y un poco más de la rareza de la ciudad adherida a la piel.

Al cruzar la avenida, se detuvo a mirar su reflejo en un escaparate todavía encendido. Los neones dibujaron aureolas azules alrededor de su cabeza, y en un rincón de la vidriera, vio un par de ojos felinos observándola con demasiada inteligencia.

Suspiró. Cogió el teléfono y abrió la aplicación de mensajería astral: "Paquete entregado. ¿Propina virtual aceptable?", tipeó.

Un icono de gato azul respondió con un sencillo: "Miau."

La ciudad, como de costumbre, no pestañeó. Ankh Broadwalk no era un sitio para hacerse preguntas. Era un sitio para aprender a vivir con las respuestas fuera de catálogo.

Y así siguió Ada, una noche más, entre el resplandor verde de las farolas, los rumores susurrados de neón, y los gatos binarios que aprendían —poco a poco y muy a su manera— a domesticar a los humanos.

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