Portada del relato Fragmentos de Llama
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Fragmento:


Por fin, habló, y lo que dijo heló la noche: —Los Hijos del Humo han regresado.

Duración: 08:27

Fragmentos de Llama
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Texto de ajuste de pausa.

El problema con la magia en la ciudad es que apesta. Literalmente. Es un hedor que sale de las grietas del asfalto cuando la noche cae y los canales empiezan a humear, tanto a mierda como a promesa. No es nada de lo que digan en los cuentos antiguos, nada de caballeros ni dragones ni campos de batalla. Aquí la magia se arrastra por los callejones, se esconde tras falsas ventanas de neón y tiene la desagradable costumbre de cogerte de los huevos cuando menos te lo esperas.

Y así fue como conocí a la Reina; así fue como me metí, otra vez, hasta el cuello. Verás, la mayoría me llama “Merlin”. No porque sea el de las leyendas —ni siquiera un mago respetable—, sino porque en estas calles llenas de colillas, nalgotas con tacones y cigarrillos baratos, soy demasiado viejo, demasiado cansado y, dicen, demasiado sabio para mi propio bien. Nadie pregunta por mi nombre real. Ya no sé si lo recordaría.

Aquella noche llovía ceniza, la ciudad ardiendo en la distancia como si el diablo se estuviera fumando un puro y soplase el humo directamente sobre nosotros. Con la gabardina empapada y la barba chorreando, apoyé la espalda contra el muro de ladrillo húmedo y encendí un cigarro, cerrando los ojos al primer resplandor cálido del tabaco. Podía oler el peligro en el aire, mezclado con gasolina y promesas rotas.

Entonces la vi. Reina, la llamaban. Dueña de las Llamas. Salió de entre las sombras como si la oscuridad le debiera dinero. Su cabello rojo era un incendio en sí mismo, un despliegue arrogante en la cabeza de una mujer que jamás aceptaría un no por respuesta. A su alrededor el calor aumentaba, empujando la lluvia como si hasta el clima se apartara de su paso.

Me miró como si pudiera calcinarme con un parpadeo. Lo cierto es que podía. Qué demonios, ya había visto de lo que era capaz; y casi se me escapa una risita nerviosa pensando en aquella vez en el bar “El Martillo Caído”, cuando incendió a un proxeneta solo porque le guiñó el ojo. Me arriesgué a hablarle.

—¿Se puede saber a quién buscas tan tarde, Majestad? —dije, con voz rasposa, asegurándome de no mirarla directamente a los ojos. Tenía que conservar algo de dignidad, aunque solo fuera una pizca.

Ella ladeó la cabeza, esas brasas doradas en sus pupilas bailando con burla o amenaza. —Busco a un mago. Uno que no tema mojarse los pies para ensuciarse las manos —contestó, cada palabra goteando ese calor suyo, ese metal fundido.

—El mercado anda escaso de idiotas voluntarios, cariño —respondí, lanzando el cigarro apagado a la alcantarilla—. ¿Qué necesitas?

No me contestó de inmediato. Observó la avenida como si la ciudad misma le susurrase secretos. Yo sabía lo que buscaba: poder, venganza, tal vez redención, como todos los de nuestra calaña. Pero la Reina nunca fue como los demás.

Por fin, habló, y lo que dijo heló la noche: —Los Hijos del Humo han regresado.

Sentí cómo un escalofrío me recorría la espalda. Los Hijos del Humo no eran solo leyenda urbana. Había visto sus marcas, los símbolos quemados en las paredes cuando las bandas de magos caían y sus almas eran erradicadas. Los Hijos, los errantes, magos sin casa ni causa, solo cenizas y mortandad. Nadie sabía de dónde salían ni qué querían realmente, pero una cosa era segura: donde iban, todo ardía o quedaba desolado.

—¿Estás segura…? —pregunté, la voz casi un susurro.

—Uno de ellos raptó a mi hermana.

Ahora lo entendía. No era la Reina la que me hablaba, era la hermana, la hija, la mujer que había vivido, alguna vez, algo más que guerra.

—¿Y qué quiere de ti? —quise saber.

Su voz se quebró apenas perceptiblemente. —No lo sé. Pero sólo tú tienes el rastro.

Conseguí no parecer tan asustado como me sentía. Mi don es peculiar: huelo la magia ajena, la huelo como otros huelen la muerte. Y los Hijos del Humo apestaban a un horror más viejo que la ciudad misma.

—¿Tienes alguna pista? —dije.

La Reina sacó un colgante: una gota de bronce, fundida casi hasta el negro por el poder. —Lo dejaron en la puerta. Como invitación.

Lo tomé entre mis dedos, tiritando mientras el calor pasaba a mi piel en un latido sordo.

—Esto… esto es magia de los antiguos, sí, pero ha sido… alterada. Corrompida. ¿Estás segura de querer seguir este olor? No va a gustarte lo que vamos a encontrar.

Ella sonrió, una mueca dura y febril. —Nunca he querido gustar.

Y ahí comenzamos: yo y la Reina, descendiendo por el subsuelo de la ciudad, donde las ratas nos miraban con más miedo que desprecio, donde la magia no era espectáculo sino amenaza latente. El olor nos llevó por pasillos de óxido y azulejo descascarado, hasta un punto donde ya no quedaba ni luz ni promesa.

Recuerdo bien la sala. Un antiguo depósito, inundado de charcos negros y canales de oscuridad. En el centro, sobre una mesa de metal, la hermana de la Reina ardía desde dentro, luz y sombra entrelazadas. Y, frente a ella, el Hijo del Humo, alto, envuelto en túnicas que parecían tejerse de ceniza viva.

Ese es el problema con los magos errantes: nunca sabes si están vivos o son solo recuerdos. El rostro del Hijo era una máscara de quemadura, como si la piel se hubiera derretido allí y hubiera preferido quedarse.

—Llegaste al fin, Reina —dijo, la voz múltiple, como un eco en una bóveda vacía—. Y con tu mago atado a tu rastro. Siempre pensé que el olfato era tu perdición.

La Reina levantó una mano, y el aire tembló. —Déjala ir, o te convertiré en leyenda de manera literal.

El Hijo se sacó la capucha. Sus ojos eran de humo, sin fondo. —No podéis matarme. No podéis siquiera comprenderme. Pero podéis arder conmigo.

Fue entonces cuando la verdadera magia sucedió. La magia que no tiene reglas, ni advertencias. La lucha fue repentina, feroz. Yo lancé un escudo hecho de viento y lágrimas, mientras la Reina envolvía el aire en lenguas de puro fuego. El Hijo del Humo respondió con un estallido de sombra, una explosión que me lanzó contra la pared, el cráneo resonando como un tambor desnudo.

Mientras me levantaba, aturdido, vi que el combate no era solo entre cuerpos, sino entre historias. El fuego de la Reina luchaba por preservar, por rescatar, por recordar; el humo buscaba olvidar, devorar, convertir la memoria en vacío.

Me lancé hacia la hermana, recitando palabras que apenas recordaba, sílabas de un idioma que olía a bosque quemado, a noches de infancia perdida. El humo mordía mi garganta, el calor me cegaba. Los gritos de la Reina y el Hijo se fundían sobre mi cabeza.

Creo que fue la lágrima. Una sola lágrima de la Reina, cayendo sobre el pecho de su hermana, la que cambió el curso. El fuego es feroz, pero es más feroz cuando está triste. Algo estalló, una llamarada atravesó la sala, y el Hijo del Humo chilló, por fin, con un dolor demasiado humano. Lo vi disolverse, convertirse en nada, en recuerdos dispersos por la corriente de las alcantarillas.

Cuando la luz se calmó, sólo quedábamos nosotros tres: la Reina, destrozada pero viva; la hermana, liberada, frágil y temblorosa; y yo, mago de mierda, exhausto en mi rincón, demasiado cansado ya para nada.

La Reina me buscó la mirada. Ya no era una reina, sino una mujer simplemente, los ojos inundados y el cabello pegado a la frente.

—Gracias, Merlin —dijo, sin ironía, sin el brillo de siempre. —¿Qué harás ahora?

Encendí otro cigarro, las manos aún temblando.

—Seguiré andando, supongo. No hay casa para los que olemos la magia.

Ella asintió, como si el entendimiento, finalmente, nos hiciera compañeros de fatigas y de pérdidas.

Salí del depósito en lo que quedaba de la noche, con los primeros pájaros insultando el alba. La ciudad volvía a respirar, las callejuelas limpiadas por la lluvia y la ceniza. Tal vez la Reina reconstruiría. Tal vez el Hijo volvería, de alguna grieta olvidada. Tal vez yo seguiría yendo de sombra en sombra, oliendo la magia y recordando que, cuando todo desaparece, lo único que queda es el eco de las historias, el olor a humo en los dedos y la promesa de otro trabajo, otra noche, otro incendio.

Así es como respiran las ciudades hechas de secretos y cenizas. Nadie elige ser una Reina. Nadie persigue gustar. Y a veces, ser un mago errante es lo más cerca que uno puede estar de un hogar.

Y si la magia apesta, bueno… que así sea.

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