La lluvia cae con la monotonía de un metrónomo sobre los tejados de Aportsa, la ciudad que aprendió a mentirle al mar. Tras los ventanales empañados de la cafetería “El Búho Vertido”, las lámparas de latón amortiguan el destello azul de una patrulla perdida en el laberinto de calles empedradas. Es casi medianoche y sólo algunos insomnes y mendigos caminan en la frontera de la vigilia, esa hora que separa el mundo que convencemos de realidad y aquel otro, el que niegan los razonadores sensatos.
Estoy sentado frente a la ventana, solo. La cuchara, entre mis dedos, revuelca remolinos perezosos de café y cardamomo en una taza de loza agrietada. El camarero, que se llama Hugo y aparenta cuarenta años, y que lleva aquí desde siempre, ni mira al televisor encendido ni a la pareja que discute en la penumbra del rincón más alejado. Él me conoce por mi nombre de acuerdo, no por el de nacimiento. Y yo agradezco ese pacto tácito.
La puerta se abre con la campanilla más discreta de Aportsa, y por ese umbral —el que Hugo mantiene impecable, como si fuera una puerta a otro país— entra la mujer que lleva varios días siguiéndome. No es hermosa en el sentido banal, pero hay algo en sus ojos, el azul pálido de las mañanas frías, que sugiere historias que no han terminado de contarse en esta vida. Lleva un abrigo oscuro, mojado, y una bufanda color teja donde podría sobrevivir cualquier secreto. Se dirige a mi mesa, con la naturalidad de quien viene de casa.
—Así que aquí vienes cuando la tormenta crece —dice, y no es pregunta.
Dejo la cuchara. El café parece observarnos, inquisitivo.
—Es uno de mis refugios —reconozco. Hay una pausa fabricada por la formalidad, luego añado—: ¿Estás sola?
Su mirada agradece la cortesía y la memoria. Se sienta sin pedir permiso. Por el rabillo del ojo distingo a Hugo, que tantea el filo entre la protección y la curiosidad, pero termina limpiando la cafetera.
—No del todo —responde ella. La luz tenue halla matices inesperados en su rostro—. Vine porque quería mostrarte algo, Hugo.
Fingir sorpresa sería de mala ley. Sus dedos buscan entre los pliegues del abrigo y extraen, cuidadosamente, una esfera de cristal fumé, del tamaño de una nuez. La depositan sobre la mesa sin ceremonia. Durante un instante, el zumbido eléctrico de la ciudad parece apagarse en torno al objeto.
—¿De dónde la sacaste? —pregunto, el temor haciendo zorzales por dentro.
Ella sonríe, ni orgullosa ni apremiante.
—Del distrito de Arrabal. Donde el río y los trenes se confunden. Un hombre con ojos de plata me la entregó. Dijo que sabrías qué hacer con ella.
Hay nombres que no pueden pronunciarse en público, ni siquiera en una noche líquida como ésta. Bajo la manga ajusto la pulsera de cuero trenzado; la reliquia familiar —herencia de los Vigilantes— arde suavemente contra mi piel.
La bola tiembla. Su superficie, antes inerta, palpita con el ritmo inestable de un corazón herido. No puedo evitarlo y la toco. La ciudad se desvanece de inmediato.
Aportsa. Pero no la real. Una sombra de la ciudad, atrapada entre la bruma púrpura y las farolas reventadas de un tiempo que huye en círculos. Los edificios se deforman, cada ventana una pupila, cada coche una bestia aletargada. Estoy parado en la intersección de Avenida del Mercado y Callejón de los Mirlos, en un silencio que fatiga.
La mujer está a mi lado. Su nombre verdadero acude a mi memoria: Salema. Hija de la Medianoche, discípula de las Noches Blancas, las que entonan plegarias durante los eclipses invisibles. La esfera, ahora suspendida a mitad del aire, gira vertiginosa.
—El umbral se ha debilitado —explica con sencillez, como si describiese la grieta en una taza—. Las criaturas de la segunda sombra han comenzado a filtrarse. Alguien las está llamando.
Un escalofrío me recorre la columna. Bajo la luz vacilante de un neón imposible leo la consigna, escrita en letras famélicas: “Aquí empezó el olvido”.
—¿Por qué yo, Salema? —pregunto. Siempre la misma pregunta.
Al otro lado del umbral, una figura recorta la noche: es Altaír, mi enemigo y —en otra era— mi amigo. Sus ojos, como carbones apagados, reflejan la promesa del daño. Lleva la gabardina de tira azul eléctrico, la marca de los Cambiantes.
—Porque aún recuerdas cómo era el mundo antes de las puertas —dice ella.
Altaír avanza, el eco de sus pasos se confunde con el rumor de la lluvia en la otra Aportsa. Lleva algo en la mano: una llave antigua, ennegrecida por el uso y los pesares.
—Ven, Hugo —gruñe—. Una última vez. Abramos la noche juntos.
Hay una parte de mí que maldice la tentación, una parte que susurra sí bajo la piel. Pero comprendo que la ciudad real y la sometida dependen de este equilibrio, de las decisiones que tomamos en las ternas de nadie.
—No más —le contesto. Bajo la esfera en mis palmas. La siento temblar, como si ajustara los cimientos del propio mundo.
El aire se ondula. Salema canta, una letanía de palabras antiguas. Las grafías resplandecen en las baldosas, y las criaturas del segundo plano —todas esas formas no acabadas, ojos sin cuerpo y bocas llenas de promesas— retroceden con odio y pavor.
Pero Altaír sonríe. Siempre el modo de un viejo jugador.
—No hay regreso para nosotros, amigo. La ciudad está desierta de vigilantes.
La esfera, en mi mano, lucha por huir. Salema me asiente, silenciosa. Debo decidir.
“Permite que pase”, susurra la tentación. “¿Quién eres para negar el acceso?”
La clave está allí: el poder de impedir, el exilio que implica cerrarle la puerta al infortunio, pero también a la maravilla. Por un instante, siento vértigo. Aportsa, la real, palpita tras la cortina de la noche. Hay una pulgada de distancia entre los mundos, y bastan dos palabras para sellar la unión o la disolución. Los labios de Salema se adelgazan, un ruego sin voz.
Y entonces elijo.
La esfera se resquebraja en mi mano, dejando escapar una llamarada de luz azulada. Altaír retrocede, el dolor en su rostro es el de un hermano abandonado. Grito el nombre de la ciudad en la lengua perdida. El umbral se cierra como una herida vieja. Las criaturas, sorprendidas, son devueltas a la segunda sombra. El eco de su rabia retumba en mis huesos.
La visión se disipa. Estoy de regreso en la cafetería, la mano ardiendo. Salema me limpia la frente con su bufanda, aprieta mi mano. El camarero Hugo, el otro Hugo, me observa con una complicidad inesperada.
—¿Lo lograste? —pregunta.
Me cuesta articular. Afuera, la lluvia parece celebrarnos.
—Por un tiempo. Nadie está seguro, pero por un tiempo.
Salema sonríe de lado. Sus ojos contienen todos los inviernos y todas las primaveras.
—Sabía que aún podías ser guardián, aunque no lo quisieras.
En la mesa queda el destello apagado de la esfera rota. Siento el cansancio en los dedos, la certeza en el pecho. Más allá de las luces y el rumor del tráfico, Aportsa duerme. Su secreto, al menos esta noche, está a salvo.
Miro a través del vidrio. La ciudad es la misma y no lo es. Hay reflejos en los charcos que sugieren grietas, posibilidades, puertas esperando su próxima noche. Y yo, que nunca quise ser vigilante, pienso que tal vez —sólo tal vez— ninguna ciudad merece ser abandonada a su suerte.
—¿Volverás mañana? —Salema se levanta como quien deja un templo.
—Mañana, y las noches que sean necesarias —respondo.
Hugo se acerca y me ofrece, gravemente, otra taza de café. Afuera, el aguacero continúa. Y, entre taza y taza, tal vez los monstruos esperen, pero también —siempre— la esperanza se filtra por alguna grieta. Como la lluvia, como una promesa, como el recuerdo de un mundo menos cansado y menos solo.
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