Portada del relato La ciudad de los drones de ónix
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Fragmento:


—Triple paga —insistió Lecktor, leyendo su duda como si extrajera líneas de código de sus pestañas—.

Duración: 09:41

La ciudad de los drones de ónix
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Texto de ajuste de pausa.

No importaba cuánto apremiara la lluvia: el resplandor azul de los neones seguía encendiendo el asfalto, conduciéndose por las grietas de las baldosas como una sangre irrecuperable. Y aunque lo habitual en la avenida Eléctrica era que las sombras evitasen la luz—fuesen humanas, caninas, de vehículos o de algo menos clasificable—el último trimestre había hecho del resplandor una invitación y de la oscuridad un refugio. Era ahí, entre charcos y reflejos de espectaculares, donde los magos caminaban.

Con el zumbido de los drones flotando por encima, Jandra se ajustó la gabardina y reparó en el tacto áspero de la carta que palpitaba en el bolsillo, como una criatura diminuta y asustada. El documento estaba mojado, perfumado de óxido y nostalgia, pero la textura sobrenatural perseveraba; menos papel, más piel.

A su lado, un graffiti vivo se encaramaba a la esquina de una tienda de implantes: una figura dorada, con alas de insecto y ojos de cuarzo, que pestañeaba cada vez que pasaba alguien con suficiente dinero electrónico pegado al cuerpo. A Jandra le parpadeó dos veces cuando ella pasó, y un remolino de aire frío recorrió la acera, arrastrando consigo la promesa de que esta noche no habría magia barata en la ciudad. Solo contratos reales, pactos de alto nivel.

No le costaba identificar a sus semejantes: sobre el tráfico flotaban burbujas de distorsión, imperceptibles para los desconectados. Caminaban torcidos, con los ojos siempre atentos a los portales que se abrían entre un negocio y otro. La magia no era sólo energía, era información en bruto, un código que se injertaba sobre lo tangible como un holograma demasiado pegajoso. En Megaciudad 7, todos usaban apps: los magos, sin embargo, instalaban encantamientos.

Avanzó hacia la boca de metro, jugando con el pulgar sobre el reverso de la carta. El remitente no era un conjurador cualquiera; incluso el gramaje destilaba influencia. Decía: «Lecktor necesita un contrato. La oferta es triple. 23:30, Callejon Modular». El sello, una huella prístina y sombría, parecía recodificarse en luz estelar cada vez que lo miraba de reojo.

Jandra bajó la escalera, esquivando un enjambre de drones con patas de araña: uno llevaba un ramo de orquídeas mutantes, otro una bandeja de sushi que flotaba en esferas antigravitatorias. Bajo tierra, la oscuridad respiraba diferente; allí las paredes sudaban magia antigua, convertida en humedad que olía a plomo y a mente cansada.

En el andén la esperaba una figura: chaqueta de cuero con circuitos impresos, boca ancha de sonrisa afilada y gafas cuyas lentes emitían zumbidos de vez en cuando.

—Pensé que llegarías antes —dijo Lecktor—.

—Los contratos urgentes justifican la prisa, no el descuido —replicó Jandra.

El mago arqueó una ceja, escurriendo de entre sus dedos una sucesión de runas invisibles que olían a alquitrán y relámpago.

—Los contratos no esperan, ni los cadáveres calientan la cama —dijo Lecktor, con la voz rebosante de electricidad artificial—. Necesito que borres a Marte-K. No la mates, solo que olvide.

Jandra tragó saliva, notando el peso del encargo. Marte-K era una constructora de memoria: de las que fabricaban recuerdos, injertos de biografía, para la élite y para los desesperados. Si alguien la hacía olvidar, toda una red de identidades se licuaría en el subsuelo digital de la ciudad.

—Triple paga —insistió Lecktor, leyendo su duda como si extrajera líneas de código de sus pestañas—.

El contrato ardía en el bolsillo.

—Acepto —dijo Jandra. El eco de su voz se disipó entre las vibraciones del tren que llegaba.

Viajaron en silencio. Había en la noche un ritmo artificial, marcado por anuncios que se proyectaban sobre los vagones y espectros que sólo estaban allí para los ojos bien entrenados. Un hombre con la piel de plata les ofreció incienso chino con sed de ángel.

El Callejón Modular era un enjambre de arquitectura vieja y cables zumbando como colmenas de avispas. Allí esperaban, en la frontera entre el fragor del barrio y las promesas abstractas de las zonas prohibidas.

Al fondo, bajo la única lámpara de sodio viva, aparecía Marte-K: delgada, vestida en gabardina tan azul como la pantalla de un fallo crítico. La rodeaban tres drones que flotaban al ritmo de sus pensamientos, recogiendo en cristalinos residuos cualquier dato desbordado.

Jandra se detuvo a diez pasos, Lecktor a su lado, un paso atrás.

—Vienes a hablar, Jandra —dijo Marte-K, sin volverse. Su voz era un plugin instalado en la atmósfera.

—Vienes a olvidar —corrigió Jandra, mostrando la carta.

Marte-K giró entonces el rostro. Sus ojos brillaban de forma inestable, como si fueran memoria RAM agotada.

—¿Quién paga por mi mente? —preguntó.

—No importa —dijo Lecktor.

Pero sí importaba, y Marte-K lo sabía. Mientras Jandra deslizaba la carta entre los dedos, sintió el rechazo palpable del tejido de los recuerdos. La hechicera de memorias miró la carta, y las runas en el reverso se desintegraron en humo digital, que flotó entre ellas como hiedra negra.

—La ciudad morirá si me apagas —dijo Marte-K, tono de ultimátum—. No ahora. Después. Porque alguien tiene que recordar cuándo y dónde esconder los portales.

Jandra no contestó. Dibujó con el pulgar una línea sobre la carta, recitando un hechizo que no era ni del todo propio ni del todo robado; uno de esos con código antiguo, legado de algún programador-mago caído en desgracia.

Las palabras se arrastraron como lombrices eléctricas:

«Olvida la noche en que la ciudad se abrió; olvida el nombre y la fecha. Olvida la cara de quien te busca, pero no el deseo de ser buscada.»

Sintió una sacudida. Las farolas titilaron. Un drone se estrelló contra el suelo, desintegrándose en polvo negro. Marte-K tembló como si alguien la desconectara y volviera a conectar a la red, perdiendo pequeños paquetes de identidad en el proceso.

—¿Qué… qué he venido a reclamar? —musitó, desorientada.

Jandra sintió la culpa masticándole el estómago. Miró a Lecktor.

—Ya está. —

Lecktor asintió, sin dejar de mirar a Marte-K como si ésta fuera ya una nota al pie en la gran historia de la ciudad.

Los tres se movieron en direcciones opuestas. Jandra encendió un cigarro de hiedra negra, sintiendo la noche doblarse sobre sí misma con el chasquido de los portales reprogramados.

En la distancia, el canto de un búho cibernético arañó los cables colgantes y el graznido se transformó en una llamada de emergencia.

Jandra lo había oído antes: trabajaba los contratos para sobrevivir, pero los magia-sintetizadores estaban en guerra, y cada hechizo lanzado en el asfalto tenía efecto dominó en todo el entramado.

La ciudad ostentaba mil capas: superstición, tecnología, burocracia, tribalismo, adicción, ficciones. A veces los magos las pisaban todas, a veces la ciudad les devoraba los pies.

Sintió el teléfono vibrar. Era un mensaje de Lecktor: «La memoria de Marte-K era un seguro. Ahora la ciudad está abierta. Mantente lejos del sector 9».

Eso era lo que más temía: los contratos nunca eran tan simples como un olvido o una muerte. Siempre había una puerta que abrir, un recuerdo con dueño, una red que se estiraba más allá del alcance humano.

En el parabrisas de un coche abandonado apareció el reflejo de un rostro que no era el suyo. Jandra lo reconoció: el de Marte-K, pero con otra edad, otro género, otros ojos furtivos. Los recuerdos, pensó Jandra, nunca mueren; mutan.

Tiró la carta al alcantarillado. Sabía que no tenía sentido: todo contrato requiere pago, y lo reclamado retorna diez veces con más hambre si se intenta desecharlo a la ligera.

Las sirenas materiales y las virtuales comenzaron a aullar un par de manzanas más allá. Los portales de la ciudad vibraban, abriéndose en lugares donde nunca debería existir acceso. Niños emuladores lanzaban hechizos en TikMagick, y la urbe entera perdía conexión seguro tras seguro.

Jandra, por primera vez en años, temió por sí misma. No por ella sola, sino por la multitud de magos, hackers, comerciantes, programadores de sueños y brujas administrativas. Ahora, cuando la memoria de la ciudad era un campo de batalla abierto y todos podían olfatear los hechizos perdidos, un error era mucho más que un simple fallo.

Ubicó una boca de alcantarilla, palmeó el costado buscando un artefacto de sigilo y se deslizó hacia los túneles. La oscuridad estaba llena de rostros y nombres flotantes, de datos y conjuros, de las huellas tibias de Marte-K.

Lecktor la esperaba allí, materializando un círculo de protección con hologramas verdes y líneas en sánscrito y lenguaje de máquina.

—Nada es seguro, ni siquiera bajo la tierra —dijo él—. Nos buscarán, o peor: vendrán a recuperar lo que no debería haberse perdido.

Jandra encendió otro cigarrillo y se sentó sobre el hormigón húmedo. Los contratos eran así: ni héroes, ni villanos. Ni dioses ni demonios.

La ciudad misma, pensó, nunca olvida del todo: sólo aprende a recordar de formas más retorcidas. Mientras pasaba la noche, escuchando el zumbido remoto de los drones, el eco de sirenas y la vibración de los conjuros desplegándose en las calles, supo que la verdadera magia no estaba en lo que se podía robar u olvidar, sino en aquello que regresa, inevitablemente, a reclamar su lugar bajo las luces de neón y la lluvia eléctrica.

Y mientras el alba se filtraba por las grietas del asfalto, Jandra apretó los puños, porque hoy, como cualquier otro día en Megaciudad 7, la fantasía seguía siendo el único contrato inquebrantable de la urbanidad.

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