Portada del relato El Juego de los Faroles
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Fragmento:


Paulo no se molestó en responder. Cualquier conversación ceremonial con visitantes interdimensionales era perder el tiempo. En vez de eso, exhaló largamente y esperó el nudo: nunca se sabía si se trataría de un simple asesinato paranormal, una fuga de sueños a la realidad o —peor aún— un deslizamiento completo de realidades.

Duración: 09:40

El Juego de los Faroles
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Texto de ajuste de pausa.

Era la clase de noche en la que incluso los gatos piensan dos veces antes de saltar a los tejados. La lluvia, ajena al horario y a cualquier consideración humana, golpeaba frenética las baldosas agrietadas de Bairro Alto, en Lisboa. Las farolas parpadeaban, proyectando sombras huidizas, mientras los charcos replicaban el firmamento en islas temblorosas. Paulo de Oliveira, detective privado y exlibro, con la camisa pegada al cuerpo por la humedad, sintió en la nuca la mirada tensa de alguien —o de algo— no registrado en este plano.

Lisboa no es una ciudad para cobardes ni para crédulos. Al menos, no en semanas como ésta, con dos eclipses en el calendario y un Congreso de Hermanos del Pliegue atrancando hoteles y bares con discusiones opacas. Paulo se estremeció al pensar en el tipo de cliente que buscaba detectives a esas horas y en ese barrio; pero el mensaje había sido claro: "Assunto de urgencia. Cumprimenta Gonzaga. Traga tua lupa, mas deja a fé en casa". Solo los que conocían la auténtica naturaleza de los casos de Paulo hacían guiños de ese calibre.

Lo encontró —o más bien, fue encontrado— por una figura apoyada junto a una de esas antiguas cabinas telefónicas imbuidas, donde aún flotaban ecos de promesas nunca cumplidas y maldiciones en miniatura. La figura era oronda, vestida con un impermeable azul centelleante, tan nuevo como fuera de lugar, y el rostro, indistinguible bajo una capucha, sonreía. Una sonrisa, pensó Paulo, que apenas ocluía peligro.

“Detective Oliveira,” saludó la figura con voz de mimbre y sílex. “Porque sólo usted sería insensato para presentarse cuando la frontera está tan, tan fina…”

Paulo no se molestó en responder. Cualquier conversación ceremonial con visitantes interdimensionales era perder el tiempo. En vez de eso, exhaló largamente y esperó el nudo: nunca se sabía si se trataría de un simple asesinato paranormal, una fuga de sueños a la realidad o —peor aún— un deslizamiento completo de realidades.

“Tengo un espejo”, explicó la figura sin andarse con rodeos, “y hay alguien dentro.”

Con esa frase, la noche de Paulo dejó de ser meramente incómoda para despeñarse en lo claramente inaceptable. “¿Qué clase de espejo?”, preguntó, más por profesionalidad que por esperanza.

“Uno Roto.”

Ah, por supuesto.

Paulo giró la cabeza buscando la calle Desdém, una de esas arterias que aparecen y desaparecen según la borrachera de la luna. Si un Espejo Roto decidía visitar Lisboa, la realidad podía plegarse, desollar sus propios reflejos y volverse un juego peligroso de dobles identidades y voluntades robadas. No por nada los magos auténticos quitaban los espejos de sus casas, preferían vivir a oscuras antes que arriesgar esas trampas.

No había tiempo que perder. La figura dio media vuelta y, con paso seguro, se internó en un callejón tan viejo que ni los mapas clandestinos se atrevían a dibujarlo dos veces igual. Paulo le siguió, el sonido de sus pisadas redoblando el tamborileo de la lluvia.

El local era una barbería clausurada, pero la puerta de madera, vetusta, se abrió como si esperara su llegada. Dentro, el aire olía a aguarrás y mermelada de higo, con un trasfondo de ozono quemado. En el centro de la estancia, cubierto por una tela bordada de símbolos angulares, el espejo aguardaba.

No era un espejo moderno. Su marco de estaño estaba surcado de inscripciones en un alfabeto que Paulo sólo había visto una vez, en un manuscrito que había costado la vida de dos traductores y la cordura de un tercero. La superficie reflejaba la sala, pero se distorsionaba: las esquinas eran más profundas, los ojos de la figura desconocida vibraban en tonos lilas. El reflejo de Paulo, sin embargo, no estaba solo; junto a él, una figura femenina de cabello níveo y ojos oscuros lo observaba con una combinación de desesperanza y resignación.

“Ella fue absorbida anoche”, explicó la figura encapuchada. “Sabemos quién. Pero no sabemos por qué.”

Paulo detectó el 'sabemos' —la indicación de un consejo, un gremio, una asamblea, alguna de esas sociedades que han sobrevivido en las costuras de las ciudades, gobernando cuando las reglas de la física ceden ante la mala poesía o la insistencia de los insomnes.

“¿Quién?”, preguntó, sin apartar la vista del espejo.

“La Costurera del Pliegue.”

¡Ah! Por supuesto. Claudia dos Santos, exiliada de su oficio por desafiar las leyes del entretejido, ahora una leyenda entre los traficantes de realidades y los modistas de sueños. Se decía que podía cambiar fragmentos de pasado por promesas de futuro, siempre cobrando un porcentaje en recuerdos verdaderos.

“¿Por qué ella?”, preguntó Paulo.

“La chica —Inês— es Conexión. Una de los que pueden atravesar espejos y no perderse. Claudia la necesita para abrir un portal. Es esta noche o nunca.”

Una ráfaga de dudas repiqueteó en la mente de Paulo. Había escuchado rumores sobre la Geometría de los Susurros, una técnica prohibida en la que los espejos rotos servían de acceso a las líneas de ombra, los pasillos entre todos los reflejos de Lisboa, y quizás, entre todas las posibilidades del mundo.

“¿Cuánto tiempo tengo?”, murmuró, observando cómo la Inês del otro lado del espejo le miraba, pestañeando despacio, suplicante.

“Hasta el alba”, contestó la figura, que ya empezaba a desvanecerse, envuelta en su propio azul.

Paulo exhaló despacio. Sacó del bolsillo una moneda vieja, de esas que usaba para entrar en trance ligero. Evocó a los Gatos Sombras —los auténticos, los que custodiaban los cruces y sabían leer los reflejos de las sombras en los charcos. Uno acudió, emitiendo un maullido tan agudo que solo el espejo pareció escucharlo.

El reflejo de Paulo, guiado por el gato, se apoyó en la superficie plateada y, tras el más leve titubeo, fue absorbido. El detective apartó el miedo como quien espanta humo, y se entregó al miasma incandescente del otro lado.

Allí, el mundo tenía la textura de un vino a punto de avinagrarse; cada paso hacía crujir el aire como si pisara hojas muertas sobre agua congelada. Los tejados de Lisboa estaban invertidos, colgando de un cielo ajeno. Las farolas emitían luz negra y, bajo esa negrura, caminaban las sombras de quienes nunca serían.

Inês apareció junto a él, más joven de lo que esperaba: los portadores de Conexión envejecían a saltos en el Tiempo Espejado. Había lágrimas en sus mejillas, pero no miedo, no aún.

“La Costurera está cerca”, dijo en un susurro. “Quiere atraparme en una línea sin salida. Pero tú puedes ayudarme. Si crees.”

Paulo sintió la broma cruel; había aprendido desde el primer encargo en este mundo que la fe era su peor enemiga. El Pliegue penalizaba a los crédulos, los engullía y los convertía en historias. Solo la sospecha o la duda mantenían seguro el hilo de la identidad.

Se adentraron juntos por calles que cambiaban de nombre a cada esquina. Tapices de recuerdos olvidados adornaban las paredes, y el eco de un fado se mezclaba con letanías en lenguas muertas. Finalmente, una mujer de cabello de alambre los esperaba sentada sobre un banco de azulejos rotos, cosiendo con paciencia dos jirones de sombra y luz.

“Paulo. Inês”, saludó sin levantar la vista. “Ahora todo depende de vuestra elección.”

La Costurera sostenía un cuadrado de espejo bruñido, de no más de cinco centímetros. Sobre su superficie, la imagen de la ciudad se agitaba y calcificaba. A su lado, hilos de recuerdos se estiraban como telarañas en la humedad.

“Te propongo un trato, Paulo”, dijo la mujer. “Quiero solo un pequeño recuerdo a cambio de la libertad de Inês. Uno que no extrañarás, pero que me pertenecerá para siempre.”

El detective sabía cómo funcionaba aquello. No importa cuán insignificante pareciera el recuerdo, cambiaría irrevocablemente quien era. Retrocedió, buscando alternativas, pero el mundo del espejo olía a inevitabilidad.

“No. No es mi memoria la que ofrezco”, replicó, y extrajo una carta marcada, el as de copas, doblada por las esquinas, escrita por una mujer que había amado en otra vida. Era sólo tinta y papel, pero meticulosamente impregnada en los recuerdos que jamás quiso poseer.

“Puedes quedarte esto. Pero sólo si dejas libre a Inês para siempre. No sólo de aquí, sino de todos los reflejos. Que ningún espejo pueda contenerla jamás.”

Claudia estudió la carta, sus ojos relampagueando con los colores del otoño. “Acepto,” murmuró tras una pausa, cortando los hilos que amarraban a Inês.

La liberación fue inmediata y brutal. El reflejo retrocedió y Lisboa se undió en un silencio de campanas. Inês abrazó a Paulo, llorando, antes de desvanecerse en una nube de polvo irisado.

El detective sintió el tirón de regreso. Atravesó la superficie plateada y, de golpe, estaba de nuevo en la barbería. Tras de sí, el espejo crujió, explotando en un millón de fragmentos tan pequeños que no reflejarían nada nunca más.

La figura encapuchada esperaba junto a la puerta. “¿La memoria que perdiste? ¿Te pesa ya?”

Paulo sonrió. Era un recuerdo de amor, sí. Pero también de una promesa rota, de una noche de derrota. Sin él, era más libre. O quizá, sólo diferente.

Salió a la calle, y la noche, empapada y cruel, parecía ahora un poco menos opresiva. Caminó rumbo a su despacho, un paso tras otro, atento a los charcos y a las sombras, sabiendo que en Lisboa, como en todos los márgenes de la realidad, las historias aún ignoradas ya tejían los hilos de quien sería la próxima presa de los espejos rotos.

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