Portada del relato Velos de Ceniza y Luz
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Fragmento:


–Sólo quería sobrevivir. –Y esa frase era verdad, cruda y sin adornos.

Duración: 08:58

Velos de Ceniza y Luz
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Texto de ajuste de pausa.

Arlen Voss arrastraba su maltrecho cuerpo por la fría acera del distrito octavo cuando sintió la inconfundible punzada dorada atravesándole la nuca. No era dolor, ni amenaza, sino el susurro etéreo de una presencia, la caricia de un vigía. Su instinto de supervivencia tironeó de sus músculos, pero el cansancio mantenía sus pies anclados, medio hundidos en el fango aceitoso que cubría las grietas de la urbanidad devastada. Contrariamente a lo que esperaba, la noche se mantenía inquebrantable, encapotada por una neblina azulada que robaba el color a los faroles y arrastraba palabras por el asfalto.

El halo crecía, pulsante, casi cálido. Durante años había logrado escapar de sus perseguidores: hombres con ojos vacíos, aquellos que buscaban oro, reliquias, o el favor de cualquier demonio menor de esta ciudad desgarrada. Pero los guardianes no eran asesinos. Al menos, no por gusto. Ellos venían cuando la ruptura entre los mundos se hacía más intensa, a coser las heridas del tejido, a recordarle al hombre cuál era su lugar. O eso le habían contado en otra vida más limpia.

El runrún a su espalda tomó forma. Un zumbido, una vibración resonando desde los muros desmoronados, lamiendo los charcos. Luego, un leve temblor. Arlen cerró los ojos, se preparó para la irrupción, y esperó a que la voz le encontrara. No tardó.

–¿Sabes cuántas grietas cruzan tu sombra? –musitó una figura envuelta en un sudario de luz tenue.

La interrogante era retórica; aún así, la costumbre de decir algo, cualquier cosa, lo empujó a responder.

–Depende de quién cuente. Si son tuyos los dedos, seguro salen demasiadas. –Mantuvo la voz baja, desafiante pero tamizada por la esperanza de que aquel ser prefiriera analizar a castigar.

El guardián emergió del velo como una reverberación: altísimo, su rostro difuso por una membrana traslúcida, ni humano ni bestia, sostenido por cintas etéreas que ondeaban al paso sutil de cada pensamiento. Arlen reconoció la hechura de su mirada, el juicio clemente y feroz de los verdaderamente responsables.

–Tienes algo que no te corresponde, Voss. Algo que sangra grietas a su paso. –Los ojos del guardián eran abismos opalinos entrelazados por filamentos de oro. Arlen sintió cómo la mirada recorría el interior de su chaqueta raída, buscando, hurgando, exponiendo secretos bajo cada costura.

Trató de no temblar, aunque el aliento de la criatura removía parte de su propio espíritu.

–Nada aquí pertenece a nadie ya… –repuso Arlen, ajustándose el bulto contra su costado. Dentro, apenas cubierto por tela mugrienta, palpitaba el fragmento: una cuña de cerámica blanca y negra, cruzada por venas incandescentes. Una reliquia del estallido, cuando la Tierra había saltado en pedazos y el cielo derramó a sus guardianes sobre ciudades en ruinas.

Los guardianes eran mayoría en las primeras semanas. Restauraban, reparaban, dictaban nuevas leyes. Pero el corazón de la humanidad era feroz y pronto reclamó sus propios dioses rotos. Las Tierras rotas gimiendo bajo las botas de soldados, profetas y mentirosos, mientras los custodios celestiales intentaban mantener el equilibrio a pura voluntad.

–¿De verdad sabes lo que llevas contigo? –preguntó la voz, menos severa, incluso apesadumbrada.

Arlen nunca había entendido del todo el poder del fragmento, pero experimentaba sus consecuencias a diario. Una noche, dos inviernos antes, lo había robado del altar improvisado en el subsuelo de la Catedral de los Nueve Velos. Desde entonces, sueños extraños le asaltaban. Una creciente horda de figuras luminosas y oscuras le susurraban de portales y pactos, de la batalla silente librada desde la caída.

–Sólo quería sobrevivir. –Y esa frase era verdad, cruda y sin adornos.

El guardián asintió, como si hubiera esperado esa confesión. Una de sus cintas de luz tocó el hombro de Arlen y el mundo se volvió transparente. Vio, como en una visión, la ciudad desde arriba: líneas de fractura que surcaban barrios enteros, grietas ancladas en el espacio y el tiempo, burbujas de irrealidad donde la geometría era un chiste cruel. En cada cruce, la misma luz del guardián, esforzándose en suturar la herida. Pero el fragmento brillaba rojo en su chaqueta, amplificando fisuras, atrayendo la rotura.

–En la naturaleza rota de este lugar, el equilibrio es lo único parecido a una misericordia. –sentenció el guardián.

Pero equilibrar era fácil desde arriba. Arlen nunca había estado verdaderamente arriba. Había aprendido a sobrevivir de las sobras, entre los huecos y las zonas sumergidas en penumbra. El fragmento había sido su único amuleto, pero ahora entendía su carga.

De improviso, la visión cesó y el guardián pareció titubear.

–Hay otros que lo buscan –dijo entonces, señalando hacia los confines de la ciudad. –Guardianes caídos, corrompidos, humanos con el alma resquebrajada. Todos quieren el poder de ese pedazo.

El guardián extendió su mano, señal inequívoca. El aire templado olía a ozono, a relámpagos represados.

–Devuélvelo, Arlen Voss. Acepta el pacto de custodiar la brecha una noche. Eso basta. La grieta puede cerrarse si alguien al otro lado acepta estar solo, sólo una vez.

Arlen retrocedió un paso, incredulidad y rechazo interfiriendo su respiración. No era creyente y nunca lo sería. Pero su egoísmo, antes justificado por la lucha diaria, ahora sangraba frente al eco abrumador de los portales abiertos.

–¿Y qué pasa conmigo cuando lo entregue? ¿Desaparezco? ¿Me conviertes en polvo? –soltó, asumiendo el peor precio.

El guardián guardó silencio pero sus ojos se tornaron líquidos, casi como si el sufrimiento ajeno pudiera afectarlo.

–Nadie desaparece por completo –susurró. –Cuando la brecha cierra, aquello que la sostuvo se transforma. ¿Quieres correr ese riesgo por un mundo que ya no entiende tu dolor?

Arlen se quebró sólo lo necesario. Miró el contorno de su ciudad: ruinas perfiladas en la distancia, el latido de una esperanza simplemente persistente. Por vez primera en años, sintió gratitud y un miedo sereno, como el que se siente al entrar en un agua helada justo antes del amanecer.

–Dame una noche. Una noche solo. Nadie más de los tuyos, ni de los otros. Dejaré el fragmento en la brecha.

El guardián asintió con gravedad. Y mientras la figura se desvanecía en la niebla, Arlen supo que no habría marcha atrás.

**

La brecha estaba oculta bajo el parque de los viejos veleros, un puñado de ruinas devoradas por el musgo y la sal. Allí, la tierra parecía no respetar la horizontal. La realidad ondulaba como una tela flotando al ritmo de un mar invisible. Arlen se sentó junto a la grieta, el fragmento crujiente y cálido en la palma.

El aire vibraba, y de los pliegues del espacio comenzaron a surgir formas. No sólo los guardianes: también las sombras, los otros. Una figura de humo, con alas hechas de plumas y cuchillos, se posó frente a él, el rostro cubierto por una máscara quebrada.

–Dámelo –demandó la sombra, la voz tan rota como la tierra.

Arlen se encogió, sosteniendo el fragmento con ambas manos.

–Esta noche, sólo yo. Nadie cruza. Nadie recibe poder. Tampoco tú, sombra.

Más figuras llegaron, susurros de antiguos enemigos, testigos de viejas guerras. Pero ninguno se atrevió a dar el último paso. Todos sabían que el pacto de una noche era el único respiro que tendría nunca la brecha.

La oscuridad se convirtió en un santuario de silencio. En esa vigilia, Arlen pensó en todas sus pérdidas: amigos y enemigos; los rostros nunca recordados de la calle; la niñez que se le robó a sí mismo por sobrevivir. El fragmento ardía en su pecho, su peso una promesa y una condena.

A la medianoche exacta, la grieta emitió un brillo espectral. Las líneas de fractura retrocedieron milímetros, como si el mundo respirara despacio por primera vez en siglos. Arlen se inclinó y, sin palabras, depositó el fragmento en el epicentro luminiscente. El objeto vibró, iluminando la brecha de un blanco puro, y una ola de paz mareó a todos los presentes: guardianes, sombras y al propio Arlen.

El mundo suspiró y se rearmó. Por un momento, la Tierra parecía menos rota.

**

Cuando el amanecer tiñó de cobre los bordes de las ruinas, Arlen estaba sentado sobre sus talones, cubierto de rocío y con una calma irreal. La brecha se había cerrado. Los guardianes lo saludaron desde lo alto de la realidad, expulsando destellos de agradecimiento y pesar.

No sabía qué sería de él, si la transformación prometida por el custodio sería un exilio, una disolución, o simplemente el retorno al olvido.

Pero cuando dio el primer paso lejos del antiguo parque, notó que ya no era sólo carne y hueso. Algo lo acompañaba—no una carga, sino una luz, tenue y callada, urdida de recuerdos y de una noche en la que fue suficiente custodiar lo irremediablemente roto.

Y por primera vez en mucho tiempo, Arlen Voss fue suficiente para su propia esperanza.

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