Portada del relato Reflejos sobre el asfalto
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Amaya no era una simple buscadora. A lo largo de mil noches, su trabajo había sido cazar los fantasmas que habitaban la ciudad, aquellos que solo podían manifestarse cuando la lluvia y el tráfico entonaban el himno correcto. Su pálida piel se confundía con el resplandor de los carteles. Cada paso chapoteaba en otra posibilidad, en un río de historias no contadas.

Duración: 08:19

Reflejos sobre el asfalto
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El aguacero era la melodía sempiterna del Distrito Nocturno, un estruendo que empapaba los carteles de holo-luz y se deslizaba, traicionero, por las grietas de las aceras levantadas. Nadie buscaba refugio; las esperas en Rihnoal siempre eran largas, más aún en la víspera del Equinoccio. Entre el tráfico y los edificios anidados en cables, la magia latía junto a la electricidad, retorciéndose bajo la piel de la ciudad como una úlcera mal disimulada.

A medianoche exacta, el primer par de ojos dorados apareció reflejado en el charco que se formaba sobre el concreto. Desde la penumbra de la boca del metro, una figura envuelta en una gabardina azul zafiro emergió. En su mano, una brújula indigo vibraba con una luz insana, marcando rumbos que ningún polo dirigía.

Amaya no era una simple buscadora. A lo largo de mil noches, su trabajo había sido cazar los fantasmas que habitaban la ciudad, aquellos que solo podían manifestarse cuando la lluvia y el tráfico entonaban el himno correcto. Su pálida piel se confundía con el resplandor de los carteles. Cada paso chapoteaba en otra posibilidad, en un río de historias no contadas.

Le esperaba una cita, no con un cliente, sino con la voluntad de la ciudad misma. El Equinoccio traía consigo una ruptura sutil en el Velo, permitiendo que los ecos de quienes no deberían estar aquí se colaran a nuestro lado brevemente. Desde su niñez, Amaya había visto los vacíos en las calles, hendiduras donde la realidad parecía ceder, como una cortina que apenas resiste el aire de una ventana mal cerrada.

Golpeó la puerta oxidada de “La Segregadora”, un antro de neón y celuloide, donde las realidades se mezclaban más allá de la tolerancia de los más nostálgicos. Dentro, humanos y criaturas de todas las sendas bebían, reían o susurraban, sus rostros a menudo cubiertos, ocultando ojos que podían denunciar su origen. El olor a magia derramada combatía con el de alquitrán y cerveza rancia.

Tras la barra, Oskar, un constructo biotecnológico de carne reciclada y runas flotantes, la saludó sin levantar la mirada. Su enorme mano mantenía firme un vaso, mientras del interior del mismo brotaba una neblina ámbar.

—No estás aquí por bebida, Amaya —murmulló—. Hoy el aire huele a catástrofe.

—Hoy, Oskar, todo huele a catástrofe. ¿Viste el informe de los Siglantes?

El rostro del barman se fragmentó digitalmente; su sonrisa nunca era igual dos veces.

—Nadie los ha visto este año. Los Equinoccios suelen atraer los peores ecos.

Amaya respiró hondo. Estaba buscando a alguien, o algo, que llevara desapareciendo desde hacía décadas: El Primer Despertar, una entidad capaz de reescribir recuerdos y amoldar a la gente para que jamás pregunte por los ausentes.

Miró su brújula. La aguja ya no giraba, sino que temblaba como si luchara contra una corriente invisible.

La ciudad, para los ojos entrenados, parecía despejarse a su paso. Los humanos normales apenas reaccionaban, pero los otros, los que reconocían las fisuras del Velo, retrocedían en cuanto se percibían envueltos en su rastro.

Prosiguió a pie hasta el Mercado de Polvo, una maraña de pasillos donde era peligroso pedir información sin la protección de una promesa o un juramento pagado previamente. El suelo estaba sembrado de ojos de vidrio y bocas diminutas que murmuraban promesas de secretos por el precio de una pesadilla. En el aire, flotaban hebras tornasoladas: recuerdos quemados, vendiéndose al mejor postor.

En un puesto minúsculo, una anciana de dientes de jade la detuvo.

—El Despertar busca una anfitriona, niña —gruñó, mascando corazones de lirio seco—. Tú tienes el brillo. Serás tentada.

Amaya tragó saliva. Sabía bien las reglas: Nunca respondas a menos que desees saber. A veces, conocer es peor que ignorar.

Recorrió el pasillo más oscuro hasta una cortina de cuentas. Tras ella, la atmósfera cambió; el tiempo corría distinto aquí. Un hombre demasiado joven y demasiado viejo al mismo tiempo la esperaba, su piel recorrida de líneas iluminadas en purpúreo.

—Sabemos por qué has venido —dijo, y el sonido tuvo un eco metálico que no era enteramente humano—. El Despertar quiere fugarse de lo que lo retiene.

Amaya sostuvo la brújula.

—¿A cuántos tú has visto olvidar a sus seres queridos? ¿Cuántos han renunciado a buscar respuestas?

—Todos son voluntarios potenciales. Rihnoal está construida sobre olvido voluntario. Cada piedra, cada holograma, surgió de alguien que prefirió no saber.

La brújula resplandeció, arremolinando brillos contra el techo. El hombre la miró con ojos de obsidiana.

—Tienes un vacío en tu memoria, ¿lo niegas?

Por un momento, Amaya no supo qué contestar. En su niñez, había tenido un hermano gemelo, de eso estaba casi segura… pero recordarlo era como intentar atrapar humo. Había risas, juegos entre la lluvia, promesas susurradas de nunca separarse. Y luego… nada. Un hueco donde debía estar un nombre.

—¿Qué precio pides, entonces? —preguntó el extraño.

—Quiero recuperar lo perdido.

Su risa llenó la cámara. —Nadie recupera sin pagar. Ofrece algo a cambio, algo vivo.

Amaya dudó. Sacó de su bolsillo un anillo de hierro oxidado, memoria de su abuela, la única prueba física de una promesa no cumplida.

—Esto.

El hombre sopló sobre la joya; miles de imágenes la atraviesan, recuerdos que se quiebran y se rehacen. La cortina de cuentas tintinea. La atmósfera pesa como plomo.

—Bien. A medianoche, en el cruce de Glorieta y Riel, bajo el puente, hallarás lo que buscas.

La ciudad parece diferente al salir: cada esquina retumba con pulsos eléctricos y coralinos, cada transeúnte podría ser un espectro, un humano o un sueño mal tejido. El tiempo se fracciona, la realidad es una película vieja que cada tanto salta de fotograma.

Llega al cruce a las 23:59. La lluvia ha parado, y la niebla ondea espesa. Bajo el puente, aguarda una figura pequeña, brazos cubiertos de vendas, el rostro cubierto de símbolos. Una sombra líquida la envuelve, como si la noche la acunara.

—Has venido, hermana —dice la voz, y es a la vez masculina y femenina, antigua y joven.

Amaya se acerca. La brújula gira, por fin, señala el cuerpo de la figura. Es su hermano, y no es; los ojos reflejan todos sus recuerdos: la infancia, la salida del sol tras una tormenta de luz, la primera vez que mintió para salvarla.

—¿Por qué?

—Porque el olvido es amor —dice, como si fuera obvio—. Porque solo olvidando puede uno salvar lo que ama de este mundo podrido.

—¿Y si no quiero olvidar?

—Entonces estarás sola. Recordar es doloroso aquí. Todos te abandonarán si miras demasiado.

Amaya tiembla. Su hermano extiende una mano. En el centro de la palma pulsa un núcleo de luz. Puede sentir que al tomarla, volverá a ser como era, llenando el vacío en su alma, yéndose el eco interminable de risas huecas.

Ella aprieta la brújula. El dispositivo chisporrotea, niebla azulada sube sobre sus dedos. Si acepta, si recupera el recuerdo perdido, se convertirá en un faro para los espectros. Si lo rechaza, retendrá el vacío, pero no vivirá completa.

—No puedo elegir por ti —dice su hermano. —Solo puedo despedirme.

El alma de Amaya grita. La ciudad vibra en torno, como si contuviera el aliento. Finalmente, deja caer la brújula al asfalto húmedo. El reflejo le muestra su propio rostro, pero por detrás, una silueta de niño toma su mano. Aunque la silueta se disuelve con la próxima ráfaga de viento, en el recodo de su memoria algo florece, un atisbo de esperanza, aunque incompleto.

La ciudad la abraza al salir el sol. Hay amargura y hay dulzura en la lluvia. Amaya sabe que el precio del conocimiento es siempre la soledad, pero entre el retumbar de los coches y el parpadeo de los carteles, decide andar sin miedo.

Cruza la calle, apartando charcos y fantasmas. El Velo ha caído por una noche más, y ella es, durante unas horas, la única dueña de su historia.

Allí, bajo una farola intermitente, entre dos desvelos, Amaya jura que no olvidará nunca de nuevo.

Y en algún rincón de Rihnoal, la sombra de un hermano sonríe en la bruma, sabiendo que, aunque el olvido ha ganado una batalla, la memoria todavía da pelea entre los reflejos sobre el asfalto.

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.