Portada del relato Sombras en el Asfalto
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Fragmento:


Volvimos a intentarlo, rastrear conjuros. Arno murmuró desde la boca del taller:

Duración: 08:18

Sombras en el Asfalto
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Texto de ajuste de pausa.

He aprendido a desconfiar de las coincidencias. En la ciudad, donde el brillo de los neones apenas logra atravesar la bruma sulfúrica que emite el río, las coincidencias se asocian más con el veneno que con la fortuna. Aquella noche, mientras cruzaba la frontera invisible entre Old North y el corazón de las torres financieras, algo denso y frío rozó la piel de mi memoria.

Quizá fuera por el hedor a ozono y asfalto mojado tras la tormenta o el eco distante de un nombre inhumano pronunciado en un callejón que ya no existe en los mapas. Tal vez, solo tal vez, se tratara del principio de una mala historia—de las que se propagan por la ciudad como esquirlas: mortales, ineludibles, traicioneras.

Me llamo Gavril Lock. Soy uno de los pocos capaces de leer la urdimbre oculta bajo las cosas que los demás llaman realidad. Magia, sí. Pero a estas alturas, pocas palabras me resultan más odiosas. La magia nunca se presenta sin factura y, en las historias adultas, siempre es alguien quien la paga.

Esa noche fui testigo de cómo alguien moría dos veces. La prima de mi ex, Brina, tenía ese raro don de estar donde no debía en el momento exacto. Habíamos quedado en una cervecería oculta entre los muros carbonizados de la vieja estación de tren: un lugar donde los magos exiliados y los borrachos dementes comparten secretos a cambio de tragos o una línea de polvo azul. Brina llegó tarde, jadeando, con una sombra a su espalda más que una capa, y el miedo apuñalándole la voz.

—Gavril. Nos han encontrado. Sabían lo de Feathersmith. Sabían lo de la chispa.

La sangre se me heló. No sólo porque mencionar el Caso Feathersmith en público era tentarle a la muerte, sino por el modo en que lo murmuró, como si cada consonante acuchillara el aire. En la mesa de la esquina vi un guiño naranja: la marca de la Orden de los Benthal, puesta allí para espiarnos.

Cogí a Brina del brazo.

—Caminamos, dije. No desde ahora, sino desde hace horas.

Las luces y los sonidos, cruces y canciones robadas a la niebla. Pero fue cuando la bruma se arremolinó en una figura—un hombre sin cara, salvo por los dedos que goteaban mercurio—que comprendí que el relato ya estaba en marcha y que, como siempre, yo sólo podía elegir el modo en que me rompería el alma.

A Brina le dispararon al girar en Brion Street. No fue un arma convencional, sino una frase quemada en la lengua arcana, una ruina de los rituales olvidados de los antiguos bancos. Cayó. Nadie se detuvo. Los urbanos son expertos en mirar a otro lado, pero el veneno de traición en la herida la hizo lucir como una simple sobredosis más.

Me arrodillé junto a ella entre las sobras de cartón y orines.

—Gavril…le susurró, ya muy lejos. Aléjate de las Luces Negras…Draeden está… El nombre se devoró en su garganta.

Luego vino el segundo truco. Ya casi muerta, los ojos de Brina se volvieron hacia dentro y sus labios recitaron—sin voz propia, pero con el tono exacto del miedo—un conjuro.

—Vérthra shäi—inversión de conciencia. Su último acto fue desatar a la ciudad misma en mi contra.

Corrí, perseguido por la caligrafía invisible de una condena redactada en el aire, la ruina de Brina en mis costillas como una llave despuntada. Huí hacia la Avenida de los Ecos, bajo los soportales de piedra y algas que cruzan la arteria de hierro del metro. Allí, entre las tribus de mendigos y niños que venden dioses en frascos de perfume, busqué refugio en el taller de Arno Trevin.

Arno me recibió como sólo los viejos magos exiliados saben hacer: tragó saliva, leyó las sombras y desvió todos los espejos.

—Avisa a Draeden—le pedí.

Sus ojos de mercurio se estrecharon; no por desconfianza, sino por temor.

—Draeden estaba buscando la chispa, Gavril. ¿Por qué tendría interés en tu muerte?

—Porque no es a mí a quien buscan. Es a Brina. Y ella acaba de entregarse a la ciudad por miedo.

En el fondo de la sala, una esfera de latón latía con pulsos de polvo: la urbe vista desde otros mundos, cada línea de energía un sendero, cada punto de ignición una grieta a través de la cual los magos pueden deslizarse sin ser vistos. Ahora, una de esas grietas era yo.

Volvimos a intentarlo, rastrear conjuros. Arno murmuró desde la boca del taller:

—Algo se ha roto en la Convención. Anoche, la Orden detuvo a Searle Bennet. Y hay rumores de una traición desde dentro.

No hay mago en la ciudad que no palidezca ante la idea de un traidor en la Orden: guardianes de secretos y verdugos de magos díscolos. Sin un código, sólo quedamos nosotros y la ciudad misma.

No me sorprendería, dije.

¿Crees que Brina…?

No lo sé, Arno. Pero sabía lo de Feathersmith, y lo de la chispa. ¿Quién más?

Arno sacudió la cabeza.

—Sabes cómo se protegen. Si buscaban a Brina era por algo más grande que la chispa: tal vez una llave, tal vez un nombre real.

Entonces, la esfera de latón vibró espasmódica. Una línea negra, como sangre coagulada, atravesó la maqueta de la ciudad: Brion Street ardía ahora en la visión de los magos, señal de que un conjuro inconcluso estaba a punto de volver.

—Debo volver —dije—. Tengo que saber quién la mató de verdad.

Arno me ofreció una daga de obsidiana, la última herencia sin corromper de los días en que el pacto de Magos todavía significaba algo.

A la vuelta, Brion Street era un pulso apagado, un cadáver colectivo sobre el que ya habían caído los técnicos de sanidad, demasiado ciegos para notar el rastro de quien desangra la urdimbre. En un charco vi el reflejo del primero: Magister Drake, su gabardina manchada de lluvia, su mirada afilando el aire.

—No deberías estar aquí, Gavril.

—Tampoco tú.

—No te vengas arriba —me cortó—. Brina era una réproba. No merecía más que la muerte.

Me enfurecí.

—Tienes tu papel de juez, pero no el de verdugo.

Drake alzó la mano y la ciudad tembló un momento.

—Esto se complica. No te metas, Gavril. Esto no es asunto tuyo.

Pero lo era. Porque cuando su gabardina se agitó, vi el resplandor verde del conjuro de la Orden: el mismo que mató a Brina.

Entendí, demasiado tarde, lo que era una coincidencia en la ciudad de los magos.

—Fuimos nosotros, Gavril. Era la única manera. Lo que Brina llevaba—la chispa—no podía caer en las manos equivocadas.

—Y ahora la chispa está en mí. —Me di cuenta de que me temblaba la voz.

Drake sonrió, el tipo de sonrisa que se reserva a los viejos amigos que uno aún no ha traicionado del todo.

—Por eso estás muerto.

La segunda traición llegó en forma de nostalgia. Arno, mi propio refugio, apareció tras de mí.

—Acabemos esto, Gavril —murmuró, con la daga ya en mi costado.

Dolió más la certeza que el metal.

Me di la vuelta, apenas sosteniéndome, la sangre inundando la noche.

—¿Por qué?

—Porque ninguno de nosotros es ya inocente —dijo Arno—. Porque los magos olvidamos que seguimos siendo humanos. Y porque, especialmente ahora, la ciudad sólo nos tolera si matamos hasta a los nuestros.

Drake y Arno avanzaron hacia mí. No tenía más opciones, salvo la urdimbre enloquecida de la ciudad misma.

—Brina luchó —balbuceé—. Se entregó por algo. No dejaré que su muerte quede así.

Fui a la fuente. El conjuro de Brina aún retumbaba en mi sangre, un veneno o una última esperanza.

—Vérthra shäi—grité, invirtiendo la conciencia en una ola de negras luces que me engulló, me quemó, me abrió de par en par. Sentí mi ser diluirse en la urdimbre de la ciudad, parte de los ladrillos, los crujidos, las lagunas eléctricas y los lamentos nocturnos.

Los magos traidores me buscaron. Me buscaron mucho tiempo.

Hoy soy pocos recuerdos y muchas esquinas. La ciudad oculta aún mi nombre, pero dejo señales que sólo quienes entienden la verdadera naturaleza de la traición pueden leer: pequeñas explosiones de luz y sombra, codazos en la realidad.

¿Quién traicionó primero?

Quizá Brina, al confiar en mí. Quizá yo, al sobrevivir a su muerte.

O tal vez, como algunos sospechan, la verdadera traición fue seguir creyendo que en una ciudad infestada de magos y traidores aún puede sobrevivir el perdón.

Si alguna vez cruzas Brion Street, cuídate. Las huellas de los magos no desaparecen ni en la superficie más pulida.

Y las cicatrices de una traición nunca dejan de sangrar.

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