Fragmento:
Bart no respondió. Sirvió el whisky envuelto en brumas doradas. Alrededor, los otros parroquianos eran silenciosos, atentos y —en apariencia— inofensivos. Pero Sarah sabía reconocer a una banshee del East End o a un espectro de Covent Garden con solo el rabillo del ojo.
Duración: 07:56
La lluvia persistía sobre Londres, como si el cielo nunca terminara de llorar. En las aceras húmedas, los charcos adivinaban luces de neón y pasos apresurados. El Soho tenía algo de indecoroso a esa hora, cuando los oficinistas se mezclaban con los noctámbulos, los turistas con los autores fracasados, y —si uno sabía dónde mirar— criaturas que no hubieran desentonado en las peores pesadillas victorianas.
Sarah Black, a sus cuarenta y tres años, tenía el ceño perpetuamente fruncido. No se debía al legado de tres divorcios ni a la cuenta bancaria en números rojos, sino al peso de los mundos secretos que custodiaba debajo de su abrigo remendado. Observaba desde el ventanal empañado del "Devil's Cup", un pub tan antiguo como las leyendas, como el mundo diurno se rendía al crepúsculo y sus propias preocupaciones iban colándose por las grietas de sus bolsillos.
El “Devil’s Cup” era invisible para los ojos comunes. Camino entre dos tiendas abandonadas, emergía solo en noches así: húmedas, pesadas, cuando la niebla parecía carne y los errores un acto involuntario. Un cliente podía buscarlo toda la vida y solo hallarlo si estaba listo para pagar el precio de sus preguntas. Sarah jamás recordaba haberlo buscado; simplemente había entrado, una madrugada de hace ocho años, tras la estela de una melodía que solo ella pareció oír.
Dentro, las sombras eran gruesas, con la textura de un terciopelo viejo, y la madera olía a especias de un lejano imperio oriental. El dueño, Bart, podía parecer un camarero más, pero sus ojos poseían la savia de los árboles milenarios del bosque de Dean.
—¿Lo de siempre, Sarah? —le preguntó, limpiando un vaso con un trapo que parecía robarle la luz al ambiente.
—Mejor hazlo doble, Bart. La ciudad está rara esta noche.
Bart no respondió. Sirvió el whisky envuelto en brumas doradas. Alrededor, los otros parroquianos eran silenciosos, atentos y —en apariencia— inofensivos. Pero Sarah sabía reconocer a una banshee del East End o a un espectro de Covent Garden con solo el rabillo del ojo.
La puerta trasera se abrió de golpe. Una ráfaga de aire trajo olor a tierra y descomposición, y unos pasos apresurados. Era Freddie, el único aprendiz que Sarah había aceptado en una década. Entró con los ojos encendidos de quien acaba de mirar muy cerca el filo de la muerte.
—Vienen hacia aquí —jadeó, la voz tropezando—, los Segadores. Vi sus sombras serpenteando los túneles del metro. Han olido la grieta.
El rumor arcaico de la palabra “grieta” arrugó el aire. Bart dejó caer el vaso, se rompió en mil pedazos, y el silencio fue absoluto. Una grieta era lo que quedaba cuando el tejido entre los mundos se rasgaba y permitía a otros seres vagar. No era la primera vez, pero siempre era la última para alguien.
Sarah apuró el vaso y se puso en pie.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
Freddie se encogió de hombros.
—Media hora, tal vez. Una de las viejas Coryn —señaló con la cabeza a una anciana de rostro polvoriento, sentada en la esquina junto a un gato enorme—, dice que han traído cazadores.
Sarah suspiró y sacó del abrigo la daga de hueso de dragón, reliquia que había guardado desde antes de saber cómo usarla. La noche se avecinaba más larga de lo habitual.
El grupo dejó el pub por la puerta de servicio, mirando de reojo la esquina dónde Bart hacía murmuros antiguos para proteger el local. Afuera, el Soho era un ajedrez de luces intermitentes y sombras consumidas, y cada paso podía resonar en algún otro Londres, allí donde la lógica humana se había extraviado siglos atrás.
Tomaron Chandos Place y luego Wardour Street, adentrándose en zonas cada vez menos familiares aun para un londinense de pura cepa. Los edificios parecían respirar, las chimeneas humeaban sin dueño. Descendieron por una escalera de incendio y, entre dos cubos de basura, hallaron la entrada: una reja oxidada por donde escapaba un vaho púrpura. Sarah fue la primera en franquearla. El olor a ozono y ruina la golpeó.
—Las grietas nunca son iguales —dijo a Freddie, que la seguía pegado como una sombra—, pero todas huelen a final de algo. El nuestro, el de alguien más… Da igual.
Avanzaron por un corredor estrecho y serpenteante, decorado con recortes de periódicos viejos que nadie recordaba haber impreso. Voces lejanas —palabras que no había pronunciado humano alguno— flotaban en el aire. Freddie, inquieto, apretó la linterna entre sus nudillos.
De repente, se detuvieron. Una criatura colgaba del techo: tenía el torso de mujer, alas membranosas, ojos de caramelo derretido. La primera Segadora.
—Dejad que lo consumamos, brujas —ronroneó con voz viscosa—. La grieta no pertenece a los mortales.
—No somos mortales —dijo Sarah, alzando la daga—. Y esta ciudad es nuestra.
La Segadora chilló atravesando los decibelios humanos. Otra apareció, con antenas de ciempiés y dedos alargados, rechinando los dientes como cristales rotos.
Freddie extrajo la botella de sal de roca y la lanzó al suelo. El aire crepitó, las criaturas retrocedieron un paso, soltando juramentos en idiomas imposibles.
—La grieta —gruñó Sarah—. ¿Dónde está?
La primera Segadora apuntó hacia el fondo del corredor, donde una bruma negra pegajosa reptaba, derramándose como pintura en una acuarela.
—No duraremos mucho —susurró Freddie.
—No importa —replicó ella—. Cierra los ojos y haz lo que te enseñé.
Avanzaron, Sarah adelante, Freddie tapándole la retaguardia. El aire se volvió helado, la bruma encogía los sentidos y distorsionaba las formas, haciendo que todo pareciera una pesadilla a medio soñar.
Allí estaba: un óvalo negro, vibrante, como un agujero en el tejido de la noche. Los murmullos se intensificaron. Todas las heridas del pasado parecían supurar desde esa abertura.
Sarah hundió la daga en su propia palma, dejando caer sangre sobre la grieta. Las Segadoras aullaron, pero la grieta siseó y se retrajo. El dolor era como un rayo seco, pero lo soportó.
—¡Ahora! —gritó.
Freddie pronunció una letanía, palabras antiguas que destilaban recuerdos de monasterios y hogueras. El aire vibró tan fuerte que los dientes castañearon.
De golpe, la grieta se cerró. La presión descendió y todo se quedó en un silencio expectante. La Segadora principal, herida en su orgullo y exiliada una vez más, espetó un último siseo antes de desaparecer.
Sarah se dejó caer al suelo, empapada en sudor, sangre y rabia.
—¿Estás bien? —preguntó Freddie, con los ojos enormes y la cara manchada de hollín.
Ella soltó una carcajada amarga.
—Por el momento. Mañana será otra grieta, otro peligro. Londres nunca duerme, niño. Y nosotras tampoco.
La caminata de regreso fue silenciosa. La ciudad, ignorante del drama oculto bajo sus calles, seguía respirando bajo la lluvia. Los pubs se vaciaban, los barrenderos se arremangaban, los taxis reanudaban la cacería de clientes.
Al llegar al “Devil’s Cup”, Bart les sirvió un caldo humeante.
—¿Lo han logrado entonces? —preguntó, sin esperar respuesta.
Sarah alzó el vaso.
—Por ahora seguimos aquí —murmuró—. No es poco.
La banda en la esquina tocaba algo a medio camino entre jazz y canto fúnebre. Los parroquianos, algunos con colmillos, otros apenas sombras de sí mismos, brindaban en silencio. Freddie se recostó en la banqueta, exhausto. Sarah miró la ciudad a través de la ventana, esa vieja amante llena de secretos y cicatrices. Sonrió apenas, recordando sus primeras noches en aquel pub, antes de descubrir que la magia no era tanto un don como una condena consentida.
En sus bolsillos tintineó la daga de hueso. Afuera, la lluvia arreciaba. Era Londres, después de todo. Y Londres, como todas las grandes ciudades, era tan antigua y hambrienta como los más oscuros monstruos.
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.