Fragmento:
Un mensaje llegó a su viejo móvil, un dispositivo que parecía más una reliquia que una herramienta útil, pero que siempre la ponía en alerta. «La marionetista está activa. Trafalgar 13. Revisa el distrito oeste.» Ese era el tipo de frase que solo podía significar peligro y trabajo. “La marionetista” era un sobrenombre, un apodo que resonaba en los bajos fondos y en escuelas clandestinas de magia oscura. Había rumores de que manipulaba almas, que hilaba destinos como un titiritero con sus muñecos de trapo. Una figura que existía tan bien en los mitos como en las pesadillas urbanas.
Duración: 05:47
La luna se deslizaba pálida sobre los rascacielos de Nueva Arcadia, una metrópolis que nunca dormía y, a veces, prefería olvidar. En sus callejones empapados por la humedad y la neblina de la contaminación, las sombras tenían vida propia, y no todas eran de este mundo. Para Cassandra Aura, cazadora de espectros en descanso, la frontera entre la realidad y lo sobrenatural era tan fina como el filo de un cuchillo. Y esa noche, el filo estaba a punto de sangrar.
Cassandra caminó sin prisa por la avenida Neon, donde los anuncios parpadeaban con una luz falsa y los olores se mezclaban en una mezcla entre café rancio y humo de cigarrillo barato. Ella no era una heroína ni salvaba al mundo. Simplemente hacía que las cosas que deberían estar muertas, permanecieran muertas... o al menos, lo intentaba. Su trabajo fluctuaba entre lo espiritual y los mercados negros de tecnología prohibida, una combinación explosiva que la mantenía siempre al borde de ser atrapada o desaparecida sin dejar rastro.
Un mensaje llegó a su viejo móvil, un dispositivo que parecía más una reliquia que una herramienta útil, pero que siempre la ponía en alerta. «La marionetista está activa. Trafalgar 13. Revisa el distrito oeste.» Ese era el tipo de frase que solo podía significar peligro y trabajo. “La marionetista” era un sobrenombre, un apodo que resonaba en los bajos fondos y en escuelas clandestinas de magia oscura. Había rumores de que manipulaba almas, que hilaba destinos como un titiritero con sus muñecos de trapo. Una figura que existía tan bien en los mitos como en las pesadillas urbanas.
Cuando llegó al distrito oeste, la lluvia comenzaba a caer, fina y persistente, un velo gris sobre el mundo. Cassandra notó que la gente evitaba ciertas calles, los negocios cerraban temprano y un silencio raro se había instalado en el ambiente, como si la propia ciudad contuviera la respiración. Caminó hasta el antiguo teatro Moss, un edificio decadente que en su mejor época había albergado obras clásicas y operetas, pero que ahora era un refugio para quienes traficaban con lo prohibido.
El sonido de un piano desafinado escapó del interior, seguido de una voz dulce y desgarradora que parecía salir de otra época. Cassandra empujó la puerta de metal corroído que estaba entreabierta y entró. El aire estaba cargado con un aroma a cera derretida y tabaco rancio, mezclado con un matiz metálico que no pudo identificar. En el centro del escenario, bajo un foco parpadeante, una mujer vestida con un corsé negro y falda de encaje movía sus manos lentamente, como controlando hilos invisibles.
—Sabía que vendrías, cazadora —dijo la mujer sin girarse—. Soy Oriana, y esta noche te enseñaré que la muerte no es el final, sino un comienzo retorcido.
El nombre resonó en la mente de Cassandra. Oriana, “la marionetista”, parecía más una leyenda viva que un simple mito. Cassandra apretó el puño, sintiendo bajo su piel aquella energía vieja y peligrosa.
—¿Qué quieres, Oriana? ¿Para qué traes de nuevo a esos muertos que deberían descansar? —preguntó Cassandra, la voz resonando en el vacío del teatro.
—Cada alma tiene un propósito, aunque sea uno retorcido —respondió Oriana girándose lentamente, iluminada por la luz del farol—. Y algunas personas merecen una segunda función, un nuevo acto en esta historia que llamamos vida.
De repente, del suelo emergieron figuras translúcidas, sombras con formas humanas envueltas en cadenas de luz espectral. Los muertos encadenados, como marionetas forzadas a bailar al compás de Oriana.
Cassandra sacó una pequeña daga de plata, tallada con runas antiguas. La levantó hacia sus enemigos invisibles, sintiendo cómo la tensión en el teatro crecía, como una tormenta a punto de estallar.
Luchó contra las sombras, desplegando hechizos olvidados y movimientos aprendidos en años de entrenamiento, mientras Oriana reía, su voz helada como el filo de un cuchillo invisible.
En medio de la batalla, Cassandra recordó que esta no era solo una lucha física, sino un enfrentamiento de voluntades y destinos. Oriana no buscaba solo amedrentar, sino quebrar el equilibrio entre vida y muerte para su propio beneficio.
Con un movimiento rápido, Cassandra arrojó un talismán al centro del escenario, un artefacto antiguo que había encontrado en uno de sus viajes: un círculo de luz pura que comenzó a absorber la corrupción en el ambiente.
La tensión creció hasta el punto de ruptura cuando Oriana intentó contraatacar, hilos invisibles surgiendo de sus dedos para capturar a Cassandra. Pero la cazadora fue más rápida, y con una sombra redoblada de energía celestial, logró cortar esos hilos, liberándose justo antes de que la oscuridad la envolviera.
El teatro comenzó a derrumbarse, paredes traicioneras resquebrajándose bajo la influencia del poder liberado. Entre el polvo y el ruido, Cassandra enfrentó a Oriana en un duelo cerrado, cada golpe resonando como un eco en la memoria de la ciudad.
Finalmente, con una exhalación de fuerza, Cassandra clavó su daga en el corazón de Oriana. No hubo chillidos, no hubo lágrimas, solo un destello de luz y la sensación de que la oscuridad retrocedía.
La marionetista cayó, pero antes de desaparecer en un susurro, su última palabra fue una amenaza: “Esto no termina aquí”.
Cassandra salió del teatro mientras las primeras luces del amanecer empezaban a teñir el cielo. Las sombras volvían a su lugar, el equilibrio temporalmente restaurado. Pero en su interior, ella sabía que aquellas palabras resonaban como un eco indeleble.
Nueva Arcadia seguiría siendo un lugar donde lo ordinario y lo sobrenatural coexistían, siempre al borde del abismo. Y mientras ella respirara, habría quien se atreviera a desafiar ese límite.
Porque en la ciudad que nunca olvida, las historias nunca terminan. Solo esperan a la próxima función.
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