Portada del relato Sombras sobre la Calle de Rubí
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Fragmento:


Oriana no disimuló la impaciencia.

Duración: 08:38

Sombras sobre la Calle de Rubí
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Texto de ajuste de pausa.

El destello de neón dibujaba tatuajes candentes sobre la acera empapada. Los charcos reflejaban toda la sofisticada miseria de Nueva Valois: grafitis desgastados, marquesinas parpadeantes y la promesa de pecados secretos, susurrando bajo la lluvia. El corazón de la ciudad era un crisol, donde ninguna sombra era inocente y cada esquina podía ser un umbral entre mundos. Allí, entre la tralla de coches y los rezos ahogados, moraban sellos antiguos y juramentos más viejos aún que la urbe misma.

Oriana caminaba entre ese magma de oscuridad y luz con la seguridad que ofrece la costumbre del peligro. Su abrigo carmesí, largo y de hombros anchos, ondeaba a su alrededor como una bandera de advertencia no izada. Sus cabellos, del mismo tono imposible, caían en ondas tensas sobre sus hombros, mientras los ojos, perversamente dorados, exploraban con avidez y desdén.

Ni siquiera el bullicio del mercado nocturno la distraía. Allí, entre el comercio de artefactos robados y el aroma a comida especiada, resonaban frases en lenguas oscuras. El Cuadrante Rubí era su territorio. Nadie, ni los matones de la Hermandad Cartago ni los recaderos desastrados de la Oración Manchada, se atrevía a interponerse en su camino. Sabían lo que significaba el carmesí en la tiniebla, conocían las historias de las Hechiceras Rojas —relatos susurrados con reverencia o escalofrío en la garganta. Eran mitos y amenazas, pesadillas de carne y poder. Eran las custodias de lo prohibido.

Esta noche, Oriana tenía un propósito que la turbaba más de lo habitual. Cada tanto, su mano derecha se cerraba en torno al relicario que colgaba sobre su pecho, una cápsula de hueso sellada con un fino hilo de sangre vieja, recordándole el juramento que aún la sostenía en pie. Casi esperaba oír su nombre en la marea de voces, pero nadie se atrevía.

Al girar en la calle Bellerophon, entró en la penumbra viscosa del Callejón de las Bestias. Allí la oscuridad se pegaba a la piel como un sudario. Los encantamientos de vigilancia se deslizaban sobre sus sentidos como dedos helados; Oriana los sintió, los reconoció, y los apartó con un simple murmullo. Ella no venía a desafiar el eqilibrio de la ciudad. No hoy, al menos. Su presa era otra.

Un débil resplandor azul reverberaba en el extremo del callejón. El humo flotante olía a ozono y ceniza. Allí estaba la señal, justo como le habían prometido. El pacto exigía encuentros en lugares intermedios, ni del todo reales ni completamente irreales. Un espacio de transición, apenas contenido por el tejido de la realidad.

El hombre la esperaba, recostado contra la pared renegrida, con una boina de lana calada sobre el rostro y las manos ocultas en los bolsillos. Había algo siniestro en la forma desgarbada en que sostenía el cuerpo, como si su carne luchara por conservar una disciplina prestada.

—Se demoró, Señora Roja —dijo, con una voz churrasquera y resignada.

Oriana no disimuló la impaciencia.

—Eres tú quien ha hecho esperar a la ciudad, Pharon. ¿Dónde está el fragmento?

Pharon sonrió, dejando ver unos dientes irregulares, manchados de nicotina y maleficio. Sacó de su bolsillo una cajita lacada, negra como la desmemoria. Oriana notó el temblor apenas contenido en sus dedos: cualquiera que poseyera un Fragmento de Origen sabía que cargaba con su condena.

—¿Cómo pago esta noche? —musitó él, bajando la voz, como si temiera ser oído por la lluvia misma.

—La moneda es la que fue pactada. —Oriana deslizó una mirada sobre los hombros del hombre, auscultando la densidad del aire, olfateando por los rastros de corrupción. Era una parte del protocolo que se tomaba demasiado en serio—. Tu pecado a cambio de tu redención.

Pharon rió, quebradizo.

—No existe redención en Nueva Valois.

El intercambio fue limpio, aunque nada sencillo. Oriana recogió la cajita y, al abrirla, fue bañada de inmediato por una rémora de visiones: gritos, muertes, noches de lujuria y traición, la sangre de traidores y amados mezclada en una sola línea de tiempo. Cerró la caja con fuerza, aislando los ecos, y se alzó ante el hombre, cuya carne temblaba visiblemente.

—Tu memoria —dijo, sin vacilar—. Solo el recuerdo más amargo. ¿Verdad que lo prefieres así?

Pharon asintió. La hechicera deslizó la yema de sus dedos sobre su frente, susurró un conjuro. El suspiro que emergió de él era un gemido arrancado a su niñez. Su rostro se alisó momentáneamente. Oriana supo que le había quitado el recuerdo: el dolor de ver morir a su hermana bajo el rayo de un inquisidor. Ahora sería libre para pecar de nuevo, vacío de remordimientos.

Consignado el pago, Oriana desapareció, dejando tras de sí la promesa de otra historia que no sería contada. Su destino era la Casamata Escarlata. Debía custodiar el Fragmento de Origen antes de que las serpientes de la ciudad oliesen el aroma de la magia antigua y acudieran a devorar lo que quedaba del alma de Nueva Valois.

Mientras caminaba hacia el sur, el cielo se abrió un poco más, dejando filamentos de lluvia cortándole la frente. El relicario en su pecho comenzaba a arder: una señal. No era la única Hechicera Roja en movimiento. Maeve, la más cercana a una hermana que Oriana podía tolerar, se materializó desde un charco, como una sombra despegándose del agua. Sus labios, teñidos de escarlata ritual, se torcieron en un saludo cargado de ironía.

—¿Huimos o cazamos esta noche, Oriana?

—Custodiamos —repuso ella, con sequedad—. Los Fragmentos llaman demasiado la atención. La ciudad huele a sangre vieja.

El intercambio de miradas fue suficiente: la violencia de siglos, el acuerdo tácito, la certeza de que, si algo salía mal, ninguna de las dos dudaba en derramar la sangre mutua por el bien mayor.

Un sonido los alertó: pasos apresurados, una respiración sibilante. Maeve entrecerró los ojos; una breve bestia de sombras emergió de sus manos y corrió a husmear la noche. Un instante después regresó, susurrando en la lengua de las bestias caídas.

—Cazadores de la Oración Manchada. Vienen por ti, Oriana.

—Por el Fragmento —corrigió la hechicera.

La Casamata Escarlata, su refugio, era un edificio decrépito engullido por la hiedra y los sueños rotos de la vieja ciudad. Entre la maraña de pasadizos y protecciones invisibles, las Hechiceras habían construido su santuario, un enclave oscuro donde la ley de la calle no se atrevía a entrar.

Entraron rápido, sellando la puerta con gestos y palabras no aptas para mortales. Adentro, el aire era denso, saturado de perfumes y cera quemada. El salón removía la memoria de cualquiera: las paredes eran espejos mágicos, atrapando fragmentos de la vida de sus visitantes. La magia se amasaba en los costados de la lengua.

Oriana marchó hacia el altar central, depositó la cajita negra entre los cirios apagados.

—¿Tú crees en la esperanza, Oriana? —preguntó Maeve en voz baja, de espaldas a la puerta.

—Creo en acuerdos. Y en terminar lo que se empieza.

Un estrépito en la entrada. Las sombras se retorcieron; las vigilancias mágicas se activaron.

—Ya están aquí —dijo Oriana—. Que empiece la misa.

Cuatro figuras encapuchadas irrumpieron en la Casamata, portando dagas envueltas en sal y letanías antiguas. Nadie se movió durante un brevísimo segundo; luego las Hechiceras tejieron el aire en cuchillos de fuego. El combate fue breve pero brutal: gritos de dolor, el crepitar de la magia, el aroma del hierro recién derramado. Los cazadores no eran rivales para el pacto antiguo sellado por sangre y condena. Uno de ellos, antes de morir, arrojó su daga hacia el Fragmento. Maeve se rebosó sobre él, absorbiendo la energía letal, y cayó de rodillas.

Oriana se abalanzó sobre su hermana de sangre, apartando la daga y levantando el relicario.

—¡No te atrevas a morir! No me dejes con esta carga.

Maeve alzó el rostro, pálida pero viva.

—Lo hemos hecho muchas veces. Nuestra condena nunca termina, Oriana. ¿No lo sientes en los huesos?

Fuera, la furia de la tormenta comenzó a menguar, como si la Casamata absorbiera la furia del mundo. Oriana, con las manos manchadas de carmesí antiguo, se asomó a la ventana. La ciudad seguía allí —viciosa, sufriente, siempre hambrienta— y ella era, para bien o para mal, carcasa y guardiana de su secreto.

El Fragmento de Origen latía en la penumbra como un corazón robado. Oriana sabía que la guerra por las sombras apenas había comenzado; las Hechiceras Rojas custodiarían su misterio una noche más, pagándolo con sangre y recuerdos, mientras la ciudad sonreía, traicionera, bajo las luces de neón.

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