Portada del relato Brasa en la Sangre
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Fragmento:


Las Islas no eran lo que la gente sensata consideraría un hogar, pero a Vindrel sólo allí lo recibía la libertad. En esas tierras flotaba el olor a azufre y la promesa de riquezas exóticas: cristales incandescentes, bestias retorcidas de ceniza, hierbas que ardían sin consumirse, arrastradas a la orilla por los vientos calientes que silbaban entre las lavas rojas.

Duración: 09:14

Brasa en la Sangre
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Texto de ajuste de pausa.

La barcaza oscilaba entre las olas escarlatas, envuelta en vapor abrasador. Vindrel arqueaba la espalda tras la proa, el torso lleno de cicatrices visibles bajo la camisa deshilachada, cada marca un recuerdo de sus visitas a las Islas de Sangrek: aquellas que los nativos llamaban "las bocas del mundo", donde la obsidiana derretida bullía y lamía las playas de coral como lenguas hambrientas.

Las Islas no eran lo que la gente sensata consideraría un hogar, pero a Vindrel sólo allí lo recibía la libertad. En esas tierras flotaba el olor a azufre y la promesa de riquezas exóticas: cristales incandescentes, bestias retorcidas de ceniza, hierbas que ardían sin consumirse, arrastradas a la orilla por los vientos calientes que silbaban entre las lavas rojas.

Pero Vindrel no venía por tesoros. Venía siguiendo a la muerte, la de su hermano, desaparecido hacía dos lunas sobre uno de los bancos de roca que emergen solo durante las mareas de sangre. En el reino de las Islas, cualquier otro habría aceptado el fatalismo del océano hirviente. No él.

El crepitar del mar era aquí un lenguaje propio. Las barcas, frágiles como costras sobre una herida húmeda, evitaban por instinto los canales naranjas donde cruzaban los sargos de magma y las fumarolas de azufre. Pero Vindrel era un hombre marcado por la altitud tanto como por el fuego.

Mientras la proa surcaba el vapor, levantó la mirada. Muy arriba, cortando cielos en añiles impenetrables, las Islas elevadas flotaban con gravedad improbable. Se decía que la magia de la forja y la brasa había creado estas tierras: fragmentos de una civilización caída, arrojados al aire y condenados a orbitar sobre los fuegos eternos. Allí habitaban los Onferai, aquellos humanos alados o, como los llamaban quienes nunca los habían visto, los exiliados del alto aire.

Nadie descendía de las Islas Flotantes para mezclarse con los que hollaban ceniza y barro. Nadie salvo los caídos, los malditos, y aquellos que, como Vindrel, se atrevieron a mecerse entre los dos reinos.

Ancló la barcaza en una playa de arena negra junto a la boca humeante de un cráter. Varios cuerpos de sarguinos secos yacían desperdigados, como resaltos de vidrio sobre el mar opaco. Cada roca ardía aún del calor reciente; caminar era un arte aprendido en la infancia.

Se dirigió al oeste, hacia la sombra de la isla suspendida. Era un disco oscuro en el cielo, bordeado de luz como una corona, y bajo ella se alineaban maderas flotantes sobre el mar; algún grupo de cazadores pescaría criaturas del subsuelo de la lava. Vindrel husmeó el aire. No eran hombres de mar. Eran Onferai.

Sus alas no eran de plumas, como las leyendas de tierra firme decían. Eran membranas traslúcidas, tramadas de azules y cobres iridiscentes, más parecidas a la de un pez abisal o a ramas de silencio de luna. Quienes alguna vez se atrevieron a mirarlos directamente afirmaban que sus ojos eran espejos profundos, reflejando tanto las cenizas del inframundo como los vientos que rasgaban.

Vindrel distinguió a una de las figuras aladas descendiendo hacia él, la caída amortiguada por las corrientes cálidas ascendentes. El aterrizaje fue antinaturalmente suave. Ella plegó sus alas con un chasquido y lo miró, dorado y azul fosilizado en la pupila.

—No eres uno de los nuestros —dijo ella. Su voz era grave y antigua—. Buscas algo.

Vindrel asintió. Aquella isla flotante era la misma bajo la que su hermano desapareció, perseguido —decían— por vientos de locura y fuego visible sólo para moribundos. No contestó. Los silencios, aquí, también significaban algo.

—Muchos caen —insistió ella, caminando cerca del borde de la lava—. Pocos buscan. Cuéntalo.

—Mi hermano. Llevaba una trenza roja en la muñeca. Dijo... —dudó—, dijo que vio un puente sobre el firmamento. Creyó que lo encontraría aquí, en la grieta que separa los fuegos y los cielos.

Ella estudió sus manos, la piel dura y el nudo de la cuerda. Por un instante, pareció considerar. Entonces, señalando la quilla de una nave menor, le indicó que la siguiese. A bordo, otros Onferai aguardaban. Murmullos, palabras en una lengua que acariciaba el oído; respuestas que nunca entendería.

Navegaron hacia uno de los pilares de roca que brotaban del mar ardiente, sitio de tránsito entre el mundo de brasa y el reino del viento. Por encima, una cuerda colgaba, desafiando el peso de toda lógica: desde la cima del pilar hasta la ciudad suspendida.

—Solo ascendemos los que pagamos el coste —susurró la mujer—. Pero los que caen de arriba, a veces, lo hacen por deseo; otras, obligados. ¿Qué pagarías por cruzar el límite?

Vindrel no traía oro. Sacó una estrella de cristal quemado de su cinto y la alzó. Su hermano siempre le había dicho: “Lo que no pueda arder, tampoco podrá volar”. Quizá era cierto. Quizá no.

Ella lo aceptó. Ataron a Vindrel con arneses de fibra dura. Pronto ascendió, colgado de la cuerda, sintiendo cómo el cuerpo se convertía en una trampa de sudor y miedo. El margen entre la vida y la muerte aquí era apenas un suspiro de viento o un crujido en el metal.

Atravesó la nube de vapor; el aire ahí era seco, frío, imposible. Casi lloró al ver la ciudad suspendida: una urdimbre de puentes colgantes y casas tejidas a partir de huesos y hojas cristalizadas, deslizándose suavemente sobre velas que capturaban el menor respiro del cielo. Los Onferai caminaban de espaldas, siempre listos para el salto, las alas abiertas como abanicos de amenaza silenciosa.

La mujer lo condujo hasta una plaza con pozos de bruma. No había señales de su hermano, pero sí recuerdos: trincheras abiertas, inscripciones en hierro, restos de sogas cortadas... y finalmente, algo aún más perturbador: una trenza roja anudada en el borde de una barandilla.

Vindrel sintió el pecho apretarse.

—Aquí —la mujer señaló—, rompió la frontera. Dijo que buscaría la raíz del aire bajo el mar. Saltó.

—Saltó —repitió Vindrel, con la voz derramándose en desconsuelo.

Ella asintió.

—Pero no cayó al fuego. Hay pozos invisibles entre las dos matanzas: el fuego y el viento. Si saltas, eliges tu condena.

Vindrel miró más allá, al borde. Una brisa ascendente arrancó secciones de su chaqueta y flequillos de su cabello. Pensó en lo que su hermano había dicho: los puentes ocultos, los caminos que sólo aparecen para quienes renuncian a ambos reinos.

—¿Cuántos han vuelto del salto? —preguntó.

—Ninguno. Quienes regresan ya no son los mismos.

El vibrato de la plaza se desplegó como una advertencia. Vindrel podía escuchar el mar rojo abajo, a decenas de metros, rugiendo como un dios con hambre. Por encima, sólo el zumbido del viento.

Sin más, ató la trenza roja alrededor de su propia muñeca. Dio un paso al filo. La Onferai lo miró, los ojos tan profundos como abisales.

—Si eliges caer, el mundo te cambiará —dijo ella.

Vindrel saltó.

El aire lo recibió como una flecha. Bajó atravesando brumas heladas, sus pulmones luchando contra la presión cambiante. No hubo calor; el viento se transformó en cristales, en esquirlas de memoria, en susurros de voces que sólo existían en el filo de la consciencia. Por un instante, el tiempo dejó de importar.

Cuando abrió los ojos —si es que de verdad los abrió— estaba suspendido entre mundos. Ya no era exactamente el aire ni el fuego. Era un túnel entre ambos, hecho de fragmentos de recuerdos y espejos líquidos. Vio a su hermano, o algo que era como él, flotando hacia él con una sonrisa rota.

—¿Vendrías aquí para traerme de regreso? —susurró la figura.

—No lo sé. Vine para saber si sigues siendo tú.

El hermano, o la sombra de su hermano, lo tomó de la muñeca. La trenza roja ardió un instante, esparciendo chispas diminutas.

Vindrel sintió que su alma se escindía, adherida a dos universos que no aceptan extranjería. El mundo de lava y brasa tiraba de su cuerpo, el de viento y bruma lo tentaba con el olvido. A cada uno le pertenecía un trozo, pero ninguno lo ganaba por completo.

Pensó en los Onferai: condenados a la suspensión, incapaces de caer ni de alzarse finalmente. Pensó en los que viven en la base, calcinados y libres. Quizá, pensó, la única forma de salvar a su hermano —o de salvarse a sí mismo— era aceptar en carne las heridas de los dos reinos.

Vinculó la trenza a ambas muñecas. Gritó. La grieta lo devoró.

Y entonces estuvo en tierra, pero también flotando. Escuchó, desde lejos, la voz de la mujer alada:

—Los que cruzan regresan distintos.

Vindrel regresó. No a uno de los reinos, sino como puente para ambos. En el mundo de brasa, caminó sin que el fuego consumiera su carne. En el de bruma, anduvo sin que el viento lo disipara.

El precio era recordar siempre: lo horadado, lo incendiado, lo suspendido.

Nunca regresaría del todo. Pero a veces, de noche, cuando los puentes invisibles tiemblan entre los reinos, alzaba el rostro y veía la trenza roja ondeando en el crepúsculo, recordatorio de que el precio de cruzar no es la muerte, sino la irreparable fractura: la promesa rota de pertenecer por fin a un mundo que deje de arder... o de volar.

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