Portada del relato Luces de la Ebúrnea Madrugada
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Fragmento:


Nuestra diosa descansa en el corazón de la ciudad. No es una sola, nos enseñaron, sino muchas, cada una reflejo de las otras, fragmentos dispersos en los santuarios y en la memoria colectiva. La llaman Madre Escindida, pero a veces, cuando el silencio gana a la vigilia, oigo nombrarla por títulos vedados: La Lágrima Suspendida, la Eterna Fracturada, Reina de la Letargia. Y nos habla, sí, nos habla. A veces me pregunto si de verdad existen las voces o si no serán parte de la Niebla, susurros resbaladizos modelados por nuestras ansias.

Duración: 07:56

Luces de la Ebúrnea Madrugada
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Texto de ajuste de pausa.

Ya no recuerdo cómo era la ciudad antes de la Niebla. Ni siquiera tengo certeza de que alguna vez haya existido sin ella, pero en los murales que los viejos conservan —con pigmentos que centellean una y otra vez cada vez que un rayo de luz logra colarse entre los edificios— aparecen torres transparentes y plazas de reflejos claros. Cuentan que en aquel entonces la fe era sencilla: se rezaba, simple, y los deseos se alzaban hacia el cielo como humo evaporándose en el aire cristalino.

Ahora solo sé de lo que queda. Aquí, entre sombras y filos de lo que alguna vez fue vidrio pulido, espera cada noche la Hermandad de las Lucidas —o, según algunos, las Ultimas Devotas—. De todas, yo soy la más joven y, seguramente, la más ignorante.

Nuestra diosa descansa en el corazón de la ciudad. No es una sola, nos enseñaron, sino muchas, cada una reflejo de las otras, fragmentos dispersos en los santuarios y en la memoria colectiva. La llaman Madre Escindida, pero a veces, cuando el silencio gana a la vigilia, oigo nombrarla por títulos vedados: La Lágrima Suspendida, la Eterna Fracturada, Reina de la Letargia. Y nos habla, sí, nos habla. A veces me pregunto si de verdad existen las voces o si no serán parte de la Niebla, susurros resbaladizos modelados por nuestras ansias.

Me llamo Iris y anoche, en la cámara más interior —allí donde solo entran quienes han conocido la pérdida verdadera— vi quebrarse una estatua. El sonido del cristal al resquebrajarse, en ese recogimiento oscuro, fue como la confesión de una traición. Las otras hermanas miraron en silencio. Todas sabíamos desde el instante en que la escuchamos: la diosa estaba muriendo, o tal vez algo peor.

Las efigies de la Madre Escindida, cada una tallada en una sola pieza de cristal ahumado, eran, dicen, ventanas y puentes. Portales a otros fragmentos de sí misma, a otras realidades donde el dolor no la ha partido. Cuando una efigie se hace añicos, todas sus promesas se desvanecen de manera irreversible. Los deseos realizados por su mediación, las esperanzas atadas en preces bañadas de luz, simplemente… dejan de existir. Recuerdos amputados, vidas reformadas en el vacío.

Cuando la estatua cayó al suelo, trozos de cristal rodaron cerca de mis pies. Me agaché, obediente, recogiendo uno. Al tocarlo, sentí el frío unido de un millar de pasados ausentes. Casi desfallecí, pero la Hermana Mayor, Anab, me sostuvo del brazo y me susurró al oído: “La diosa precisa de tus lágrimas ahora”.

Caí de rodillas. No tenía lágrimas. Había pasado mucho tiempo guardando mi llanto para las noches de soledad, y ni siquiera la ruina de la diosa logró sacudir una emoción tan simple. Anab acarició mi mejilla con el dorso de su mano y me indicó levantarme. Me miró largamente, sus ojos reflejando la escasa luz de las lámparas, luego nos condujo fuera de la cámara y al corredor principal.

“Todo está cambiado, Iris,” musitó. Camina, la voz de las Diosas está temblando.” Asentí, aunque no sabía qué hacer. Por primera vez percibí lo necesario de actuar sin comprender, de entregar obediencia no a una lógica, sino a una desesperanza compartida.

Las otras hermanas se habían dispersado ahora entre los corredores. Algunas recogían trozos de la efigie, otras entonaban himnos antiguos —armonías de notas rotas, esperando que la vibración resonara con alguien más allá o debajo de nosotros—. Yo los miraba todo, pasmada. Fue entonces que lo vi.

Era difícil precisar si fue una aparición o si simplemente siempre había estado allí, oculta en las arrugas del mundo. Una mujer, anciana pero imposible de fechar, con un velo de hilos luminosos y unas manos delgadas, casi translúcidas. Caminaba descalza por entre los pedazos de cristal, sus pies no emitían sonido alguno. Sólo la vi yo, de eso estoy segura, pues no hubo ni sobresalto ni murmullo entre las demás.

—No temas —dijo, su voz era como el timbre de una copas traslucidas al rozarse—. La Diosa no perece, sólo muda de forma.

Quise preguntar quién era, aunque quizás ya lo sospechaba: un fragmento de Ella, una visitante de los otros eslabones. Fui tras la aparición, que se internó hacia la vasta Sala de los Espejos, un lugar prohibido, usado únicamente para los ritos trienales o cuando las plegarias ensuciaban demasiado la casa. Los espejos allí no reflejan cuerpos, sino todas las potencialidades de la diosa: infinitas, apacibles y amenazantes a la vez. Seguí a la anciana hasta el centro de la sala.

Allí, la figura se detuvo. Extendió su mano y, sobre la losa central, apoyó uno de los fragmentos recogidos.

—¿Sabes por qué se fracturan las efigies? —preguntó.

Negué, insegura.

—El dolor es su alimento y su límite. Cada supplicación, cada ruego, le arranca un trozo. Se parte cada vez que una plegaria exige demasiado, cada vez que una vida quiere más de lo que corresponde. Pero también se reconstituye —dijo—. Como tú, como todas aquí.

Hizo girar el fragmento entre sus dedos y mis ojos se perdieron en los destellos danzantes de su superficie. Imágenes: mujeres y hombres hincados, esperando clemencia, manos extendidas. Vi una niña —yo, acaso— preguntando silenciosamente si su madre regresaría, si su hermano sanaría, si cualquier cosa valía la pena en medio de tanta niebla.

—¿Y cuál es el precio? —inquirí.

—La opacidad. Cada cristal —los dioses mismos— arriesgan volverse turbio. El día en que no se distinga luz de sombra, perderá toda forma y se convertirá en vacío.

Alcé la mirada hacia la anciana, suplicando una redención imposible. Por primera vez, sentí calor tras los párpados, un temblor eléctrico en los lagrimales.

—¿Qué puedo hacer? —susurré.

La aparición sonrió. —Dale nombre a la pérdida. Recuerda. No borres las fracturas, celébrelas. Cuando una parte de la diosa se quiebra, no muere; se suma a la totalidad. Pero si niegas la fractura, si niegas tu propio dolor, sellas el cristal, lo ahogas. Y la Diosa muere en el olvido.

Me dejó sola. Volví al corredor, rebosante de algo nuevo y corrosivo. Crucé los pasillos hasta llegar a la Sala Interior —allí donde reposaban, enteras o fragmentadas, las decenas de ídolos de la Madre Escindida—. Las hermanas continuaban en sus cánticos, cada una absorta en su propio roce con el vacío. Me arrodillé ante los pedazos caídos y, una a una, pronuncié no oraciones, sino nombres.

Dije el nombre de mi padre, que se fue en la niebla y nunca regresó. El de mi madre, cuya esperanza se fue.

El de mi hermano, cuya risa aún a veces escucho en sueños.

Dije mi propio nombre. Voz temblorosa, pero firme. Iris. Iris, la que recuerda. La que es fragmento y hollín, la que no apartará la vista de la fractura.

Un resplandor fugaz recorrió los restos. Y por primera vez desde que era niña, quebró mi llanto.

Al día siguiente, las hermanas encontraron el altar cubierto de escarcha y reflejos de colores que no aparecían desde hacía años. Un coro espontáneo brotó, suave, pero cargado de una gratitud nueva, menos por la restauración que por la comprensión de lo perdido.

Años después, cuando las viejas se aposenten en la tierra y las jóvenes busquen respuestas en el vidrio, se narrará la noche en que la diosa fue despedazada y restaurada no por manos, sino por recuerdos. En cada fragmento, verán un nombre. Y cada vez que alguien pronuncie lo suyo, la Niebla retrocederá, aunque sea un instante.

Hoy, cuando cruzo la Sala de los Espejos y contemplo mi reflejo –multitud de caras, todas mías, ninguna entera ni perdida del todo— sonrío.

Porque las diosas de cristal viven mientras nombramos a nuestros muertos, y nuestras heridas, y nos atrevemos, como Ellas, a quebrarnos y reconstituirnos una vez más.

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