Fragmento:
Callaghan observó la línea anaranjada, la lluvia vertical como una cascada de brasas líquidas, y sus labios se curvaron. El fuego de la tormenta no era natural: traía consigo criaturas de posibilidades, entidades efímeras e imposibles, que sobrevivían durante horas apenas en la carne y la imaginación de quienes se atrevieran a robarlas del aire incandescente.
Duración: 08:14
Callaghan estaba bebiendo en la taberna de los Once Ríos, como cada primer jueves del mes, jugando a perder monedas y tiempo cuando la tormenta de fuego cruzó el horizonte. Todos en la taberna se apiñaron junto a las ventanas oscurecidas, sus ojos encendidos de deseo y miedo. Hacía siete años que no caía una tormenta así, y la ciudad —verja, refugio y pozo de podredumbre— estaba seca, hambrienta de raridades.
Callaghan observó la línea anaranjada, la lluvia vertical como una cascada de brasas líquidas, y sus labios se curvaron. El fuego de la tormenta no era natural: traía consigo criaturas de posibilidades, entidades efímeras e imposibles, que sobrevivían durante horas apenas en la carne y la imaginación de quienes se atrevieran a robarlas del aire incandescente.
Junto a él, la vieja Irital —limpiadora de pecados, compradora de recuerdos sueltos— hizo un gesto despectivo.
—No querrás salir ahí, Calla. Ni siquiera a tu edad.
Callaghan fijó en ella sus ojos casi transparentes, sin brillo, más allá del azul. Sabía que su leyenda en la ciudad era mitad cierto, mitad murmullos, pero ya no importaba. Sus mejores momentos —el sangriento ascenso a través de las casas fragmentadas de Dentarion, su mano desollando posibilidades, la victoria sobre la familia Esqueletón— ya no vibraban en la memoria de nadie, salvo en la suya.
—Ya ni la muerte me espera, Irital —respondió, vaciando su vaso—. Quizá la tormenta me traiga algo que valga la pena.
Se puso de pie, trincó el abrigo imbricado en tiras de mapa reseco, y salió a la noche.
La ciudad se derretía y recomponía bajo la furia de la tormenta. El fuego no quemaba; reescribía. Escaleras que no existían una hora atrás recorrían las fachadas. Puertas que sólo servían de entrada a los sueños de los desesperados ahora se abrían a pasillos de carne y humo, repletos de nuevas reglas, nuevas apuestas.
Y las Alas Rojas, claro. Algunos les llamaban ángeles, otros plagas. Bellos, fragmentados e imposibles. Nunca iguales. Nunca cogidos vivos.
Callaghan había aprendido a cazarlas, años atrás, cuando todavía las llamaban "milagros" y los carroñeros de la suerte eran religiosos. La primera que capturó le otorgó la juventud por un siglo. La segunda le concedió el don del olvido. Quedaba, en él, una tercera deuda pendiente; la última promesa que hizo en la cumbre de Parlohn, a la única persona que alguna vez amó. No recordaba su nombre, pero sí la sensación de su voz como una daga en el pecho.
La lluvia ardía sin dolor; tocaba la piel y la redecoraba, escribiendo sobre muñones y viejas cicatrices caracteres de otra gramática. Callaghan avanzó por una calle enroscada sobre sí misma hasta el punto que cada paso parecía devolverle al mismo umbral, hasta que comprendió que debía caminar al revés, de espaldas, para avanzar.
Allí, al final de la vía desdoblada, aguardaba el Mercado de los Rebrotados. Era allí donde las Alas Rojas caían primero, cada vez que la tormenta renacía la ciudad. Mercaderes cubiertos de zarcillos, sacerdotes del dolor reconvertido y niños de huesos líquidos montaban sus tenderetes entre charcos incandescentes.
Nada en el Mercado era gratis. Todo era trueque o dolor.
—Callaghan —dijo una voz baja, madura, que creció hasta cubrirle como una sombra extendida—. Has cambiado menos de lo previsto.
Ella. Detrás del mostrador de escarabajos vivos y tarros con sueños embotados, Elaint. Alguna vez fue su rival, luego su cómplice y, al final, su motivo. Su piel se fragmentaba en escamas cada vez que parpadeaba.
—Me sorprende que recuerdes mi silueta —dijo él, evitando mirarle los ojos por miedo a caer en las viejas obsesiones—. La tormenta luce bien en ti.
Elaint alzó una yema, haciendo girar el aire delante de sí. Una esfera sin color ni peso apareció entre sus dedos.
—¿Qué buscas, Calla?
Por un instante, la respuesta estuvo en él. Podía pedirle lo imposible: —Que el nombre de quien amé regrese—. O algo más mezquino: —Que la ciudad deje de girar en sueños—. Pero ambos sabían que los deseos evidentes carecían de valor en el Mercado.
—Busco un Ala Roja recién capturada —dijo, la voz con una falta completa de fe en sí mismo—. Necesito su esencia, fresca.
Un silencio cayó sobre el mercado, pesado y amarillo. Los más veteranos lo miraron, sopesando si tenía el coraje necesario. Los jóvenes cuchichearon, envidiando la estupidez del viejo.
Elaint le señaló una de las carpas —el toldo era un tejido de piel que temblaba con la lluvia de fuego. Dentro, colgando como un trofeo invertido, estaba. El Ala Roja.
Era un niño. O parecía uno, aunque cada uno de sus dedos tenía otras manos minúsculas en las yemas, y su cabeza oscilaba a medio camino entre forma humana y corona de filamentos.
—¿Sabes lo que haces? —preguntó Elaint, su sombra apoyándose en la de Callaghan—. Si robas su esencia, no sólo recordarás. Crearás algo nuevo. Puede que no te gusten los recuerdos que surjan.
Callaghan dudó. Siempre supo que un tercer Ala implicaría el final, que una tercera promesa haría trizas lo poco que quedaba de sí. Pero la memoria ya era un agujero negro que devoraba cuanto era.
El Ala Roja se acercó a él flotando; sus ojos —más profundos que el mismo reconocimiento— le observaron con melancolía o simple curiosidad. Callaghan extendió una mano, la misma con la que había matado a su padre y curado a su madre. El contacto fue suave y absoluto, como caer en un sueño amado y odiado.
El mercado se apagó.
En su lugar, el paisaje devino un pasillo de hueso y seda. La memoria inundó su garganta como sangre quemada. Vio a Elaint llorando en la lluvia primera, vio a su madre vendiendo recuerdos de él antes de que existiera, vio la casa rota por dentro, multiplicándose en infinitas habitaciones donde el amor era siempre una apuesta perdida.
Oyó la voz. No de Elaint, sino de alguien más antiguo, anterior incluso a su nacimiento:
—Tu tercera promesa. Cumple.
Recordó: Había prometido que, si alguna vez comprendía el dolor de haber nacido, cambiaría la ciudad para que ningún niño, ninguna criatura, ningún milagro o bestia tuviera que enfrentarse a la pérdida de sí mismo en el fuego de la tormenta.
Las lágrimas le brotaron de los ojos, escarlata, humeantes. Cada gota desgarraba el aire y lo recomponía en imágenes de esperanza podrida y ternura extraña.
—Esto es lo que ofrezco —dijo Callaghan, aún de rodillas ante el Ala Roja—. Mi memoria, mi historia, el precio por cumplir lo pactado.
El Ala Roja sonrió (o fingió hacerlo), y el pasillo de huesos se disolvió en una ciudad desmembrada. Los fuegos de la tormenta se suspendieron, congelados en su caída, y todo se tensó como un corazón a punto de latir por última vez.
Bajo la luz temblorosa, los niños salieron de sus casas y los mercados abrieron de par en par. Por primera vez en siglos, la tormenta no devoró a quienes le plantaron cara. Las criaturas imposibles —de piel vibrátil, de dientes en los ojos, de sueños en vez de voces— caminaron entre los humanos, y ambos aprendieron el arte de compartir el dolor sin robarlo del otro.
Callaghan, sin embargo, supo que su deuda no terminaba así. Ahora era la memoria de la ciudad, el guardián de las promesas incumplidas, la sombra que susurraba advertencias a los niños que intentaran coleccionar las posibilidades robadas al viento.
Por la noche, en la taberna de los Once Ríos, Irital se sorprendió al ver sombra nueva en el umbral: un hombre de ojos color incienso, rostro marcado por cien vidas ajenas, que no salía a beber, sino a escuchar cada relato, cada historia. La ciudad le comenzó a llamar el Guardián de las Alas Caídas, y aunque decían que había sido mortal, y temido, y amado, ya nadie se acordaba de su verdadero nombre ni del precio pagado.
Pero, a veces, en el crujido de los charcos y el murmullo de las escaleras imposibles, podía escucharse la risa ahogada de Callaghan —alegre o triste— mientras la ciudad continuaba resquebrajándose y regenerándose bajo las lluvias de fuego, lista, siempre, para una nueva promesa que quebrar y un poco más de esperanza que sembrar.
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