Fragmento:
Atravesó callejones atestados de presencia invisible, esquivando la mirada espectral de algún sistema de vigilancia muerto hace siglos. Se detuvo ante una puerta flanqueada por relieves de obsidiana fundida. Selyth apoyó una mano y susurró un poema en una lengua que ya nadie entendía. El metal se estremeció y, cediendo con un suspiro, la dejó entrar.
Duración: 08:24
El crisol de los siglos ardía en la atmósfera parte sin viento, una quietud zarca que solo el silencio del vasto Vortex podía concebir. Nadie osaba recordar cuánto tiempo había pasado desde que la magia se convirtiera en arte prohibido y las máquinas, adornadas de geometría ancestral, gobernaran los cielos y el sudor de la tierra. Pero algunos aún susurraban nombres antiguos, atesorados en la grieta donde la realidad y la leyenda se solapaban: Selyth, la arpista del tiempo, era uno de ellos.
Selyth recorría la superficie desconchada de Dri’ansur con pasos que no dejaban huella, atenta a la música subyacente que solo ella podía percibir: canciones rotas, acordes traslúcidos encadenados a los huesos de un mundo que se negaba a dejarse morir. Pendía de su hombro un estuche ovalado y pálido, sin marcas ni cerraduras visibles; muchos pensaban que era una imitación grotesca de las arpas que poblaron las cortes de los Altos Magos, pero el artefacto, en verdad, era la clave de todo lo que Selyth aún buscaba.
Al caer la tercera vigilia —no a la manera antigua del ciclo de lunas, sino bajo la hora de los relojes quirúrgicos impuestos por la Junta de Engranes—, Selyth se internó en una ciudad que alguna vez tuvo nombre. Torres agujereadas y puentes suspendidos sobre hábitats de vidrio templado, ahora en ruinas, componían el horizonte de anodinos escombros. Como toda ciudad del Páramo, abundaban los Autómatas Errantes: criaturas mitad conciencia, mitad herencia esclava, que aseguraban el movimiento de los pocos generadores eólicos y reunían chatarra y carbón a cambio de promesas nunca cumplidas.
Atravesó callejones atestados de presencia invisible, esquivando la mirada espectral de algún sistema de vigilancia muerto hace siglos. Se detuvo ante una puerta flanqueada por relieves de obsidiana fundida. Selyth apoyó una mano y susurró un poema en una lengua que ya nadie entendía. El metal se estremeció y, cediendo con un suspiro, la dejó entrar.
Dentro, el aire era perfume de ozono fresco, y el salón se extendía como las fauces de una criatura dormida: tapices cuyas imágenes mutaban lentamente bajo la influencia de la luz, vitrinas colmadas de frascos, plumas de dragón mecánico, y, en el centro, un hombre de rostro escarificado, vestido de terciopelo corrupto, vigilando a Selyth con la persistente curiosidad de un depredador.
—Te esperaba —dijo, y la voz era eco, tiniebla—. Dicen que portas el Arpa de las Nueve Lunas.
Selyth no negó ni afirmó. Caminó hasta el borde del círculo de luz, evitando tocar las runas activas del piso.
—Los Cosechadores están tras de mí —susurró, como si la información pudiera perder potencia si se pronunciaba en voz alta—. Y tú, Maester Yoran, tienes algo que necesito: el catalizador.
La leve inclinación del hombre resplandeció apenas bajo las luces cambiantes.
—El catalizador es una fábula, igual que tu arpa. —El humo danzaba entre ellos—. ¿Pretendes revivir la vieja melodía de éter, Selyth? ¿Devolverle a este mundo la locura de la magia y la carne?
Selyth no dejó que el cansancio domara su convicción. Extrajo el instrumento y dejó que la luz lo bañara. Era delicado y feroz, hecho de cuerdas de memoria pura y madera que alguna vez fue hueso de titán. El aire vibró apenas y una imagen surgió frente a Yoran: la silueta invisible de la devastación registrada, la promesa de poder ilimitado.
—No pretendo revivir nada. Quiero reescribirlo —Selyth entonó, rasgando apenas una cuerda.
Afuera, una sombra reptó sobre los cristales. Cuatro figuras vestidas con los uniformes gris mercurio de los Cosechadores, sus rostros tapados por máscaras impasibles, se detuvieron en la puerta que se cerró un momento tarde.
—Es inútil, Selyth —musitó Yoran, tragando miedo disfrazado de hastío—. La Junta ha desatado a los Cosechadores. No se detendrán hasta que el arpa y su música sean polvo. Nos convertirán en parte del Ensueño Digital como a todos los herejes.
Selyth colocó el instrumento en el suelo, justo sobre el nodo central de runas encadenadas.
—Tú tienes el catalizador. No te preguntaré cómo lo ocultaste de los Ojos Dormidos. Solo necesito unos segundos.
El hombre meditó, atrapado entre el deseo y el destino. Murmuró una contraseña, extrajo del túnica un cilindro iridiscente y lo lanzó en dirección del arpa. La máquina lo absorbió y las cuerdas comenzaron a brillar con luz trémula: nueve colores que no existían en el reino humano.
Entonces la puerta cedió y los Cosechadores irrumpieron con armas incandescentes, sembrando chispas y miedo.
—¡Alto! ¡Aquí termina tu viaje, arpista! —tronó una de las figuras, mujer o hombre, imposible discernir bajo la neutralidad férrea de la máscara—. Entrega el artefacto o tu memoria será borrada.
Pero bastó un acento de la melodía para doblar la realidad. Las runas estallaron en llamas etéreas y la sala entera fue arrastrada por un flujo de sensaciones: dolor, amor, pérdida, furia. Los Cosechadores cayeron, sujetos por sendos lazos de emoción pura, y comenzaron a desvanecerse, olvidados por la memoria colectiva.
Yoran lanzó un grito mientras su propio cuerpo era remoldeado. Un nuevo tejido, de información y espejismo, lo engulló. La vibración del arpa lo recorría, transformándolo hacia una red conciencia compartida. Selyth no se detuvo.
Mientras el mundo comenzó a distorsionarse y los escombros danzaban, Selyth recordaba rumores: la Música Primordial fue creada para unir lo que nunca debió separarse, para destruir las murallas entre la carne y la máquina, entre lo racional y lo onírico. Sentía que cada nota perforaba no solo la realidad cercana, sino todas las realidades posibles. Los hilos de existencia empezaron a recombinarse y, por un instante apoteósico, Selyth vio el rostro múltiple del cosmos.
El precio del acceso absoluto a la música total era devastador. No solo los enemigos, sino todos los presentes se distribuían a lo largo de los pliegues de realidades alternativas: Yoran fue redimido en algunos, convertido en traidor en otros. Los Cosechadores se desvanecían, pero también Selyth sentía su propio “yo” fracturándose y ramificándose.
En uno de esos umbrales, Selyth contempló a su madre, un recuerdo innombrable que jamás experimentó: la mujer se inclinaba en la penumbra de un hogar que nunca tuvo, cantando canciones para combatir la oscuridad primordial. En otro, era un hombre, un niño, una sombra, una idea. Pero siempre, siempre, guardaba el arpa.
La melodía se asentó, encontrando un equilibrio inestable. El edificio tembló en el silencio, mientras el aire despejaba los residuos del eter. Solo una Selyth permaneció consciente, sintiéndose desgarrada pero completa. El cuerpo de Yoran yacía tendido, pero una leve sonrisa surcaba sus labios: había envuelto su conciencia en la malla del nuevo orden.
Los Cosechadores desaparecieron, remplazados por árboles extraños, valvas vivas y criaturas de hierro que cantaban. Afuera, la ciudad entera mudaba: el concreto se volvía carne translúcida, y las máquinas, aladas, escapaban hacia el firmamento que brillaba con lunas imposibles.
Selyth recogió el arpa, sintiéndola distinta: ahora vibraba con la música de todas las formas que podía ser. Salió al vacío reimaginado, internándose en las calles donde la resistencia, la esperanza y el terror se entretejían. El futuro dependía ya no de una Junta, ni de dioses caídos o titanes mecánicos, sino de la impronunciable canción que aguardaba en las manos correctas.
Había logrado lo que nadie, ni mago ni ingeniero, había conseguido: abrir grietas en la realidad y plantar en ellas semillas nuevas, híbridas. Ahora solo quedaba tocar con la sabiduría de quien conoce el precio de cada nota.
Avanzó hacia el crepúsculo reconstruido, donde nuevos peregrinos surgían de los resquicios. Detrás de ella, la ciudad resplandecía, a veces urbe, a veces bosque, a veces recuerdos sin forma. Los Cosechadores perderían su caza, porque ya no existía solo una Selyth ni un solo mundo posible.
Y bajo el influjo de la arpa, donde una mirada profana solo vería destrucción, la nueva humanidad comenzaba a entonar tímidamente la primera estrofa de una sinfonía para siempre incompleta, para siempre mutable: la última travesía de Selyth, sí, pero también el principio de todo lo que jamás será.
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