Portada del relato La Máscara de Lugh
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Fragmento:


Despertó empapado en sudor, y la primera luz del alba ya le mostraba siluetas que se desvanecían al abrir los ojos: su abuelo, su madre, todos fallecidos, contemplándolo severos.

Duración: 10:37

La Máscara de Lugh
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Texto de ajuste de pausa.

El oro del crepúsculo vestía la campiña de Tynwald esa tarde, tiñendo la bruma con reflejos antiguos, casi opacos. La tierra temblaba dulcemente bajo las zancas de los dragones dormidos en montículos lejanos, muy lejos de donde las bestias mortales osaban ir. El eco de aquellos tiempos heroicos, cuando el metal y la magia eran igual de ponderados en la balanza de la existencia, se escondía en las grietas de los viejos muros que bordeaban la finca de Caer Lloegyr.

Dentro, en el salón principal, la luz del fuego jugaba en los tapices mostrando escenas más antiguas aún que los dragones. Aran, el último de la línea de la Casa de Rhyanedd, se encontraba sentado ante la mesa de roble negro, con una copa de hidromiel entre las manos. Era un hombre de rostro concentrado, casi severo, en el que la belleza había sido limada por la desdicha y la vigilancia perpetua.

Las sombras del recinto bailaban cuando el viejo Nenny, el mayordomo de la familia, entró con un pequeño cofrecillo de madera blanca. Lo portaba con tanto cúmulo de ceremonia que Aran apenas respiró por un instante.

—Lo han traído unos monjes, milord —anunció Nenny con su habitual voz quebrada—. Dicen que viene del Priorato Rojo, de las montañas. Lo llamaron “el legado de Lugh”.

Aran dejó la copa, su instinto de guardián despertando. Había oído relatos sobre los artefactos del dios forjador Lugh, cosas capaces de torcer el destino de naciones enteras, y ninguna de esas historias tenía final feliz. Sin embargo, mientras sus manos, endurecidas por la espada y la pluma, se acercaban al cofre, un hilillo de culpa se arrastró por su piel: la casa de sus padres estaba en ruinas; los campos, saqueados por bandidos y fanáticos que huían de la última guerra. Si algún poder podía restaurar Tynwald, aunque fuese el de un dios olvidado, Aran lo usaría.

Abrió el cofre.

En su interior, sobre un lecho de pelo de unicornio, reposaba una máscara de oro y marfil, modelada con tal maestría que parecía sonreír y ceñir el ceño a la vez. Los ojos de la máscara brillaban con un azul imposible, como lagos eternos bajo el sol ártico.

Nenny retrocedió, nervioso.

—No debiera mirarla mucho tiempo, milord. Dicen que… ve a través de ti.

Pero Aran ya estaba perdido, hipnotizado por el misterio que traslucía aquella sonrisa ambigua. Con lentitud, como si temiera romper el hechizo, tomó la máscara y la giró. Una inscripción grabada en runas intrincadas bordeaba la frente.

“Yo soy Lugh, portador de la mirada dual: lo que ofrezco, quito; lo que cubro, revelo. Ponme y serás rey; quítame y serás polvo.”

Con parsimonia, Aran volvió a posar la máscara y cerró el cofre.

Esa noche, los sueños llegaron con una violencia carnosa, como garras de lobo en la carne de un cordero. Soñó con un trono bajo una montaña, rodeado de cuervos y sapos que le impartían consejo. Vio la máscara flotando ante él, como la luna en un estanque negro. De fondo, un murmullo: una lengua anterior a la de los hombres.

Despertó empapado en sudor, y la primera luz del alba ya le mostraba siluetas que se desvanecían al abrir los ojos: su abuelo, su madre, todos fallecidos, contemplándolo severos.

El salón olía a cera derretida. Aran miró de nuevo el cofre. La promesa de poder, el riesgo de destrucción, bailaban en la misma melodía.

La decisión se tomó sola.

Esa misma tarde, Aran se vistió con la túnica ancestral de la casa, negra y escarlata como las alas de un cuervo herido. Preparó incienso de mirra y sangre de cuervo —la fórmula según los códices ocultos de sus antepasados— y, a solas en la capilla de la finca, levantó la máscara ante su rostro y la colocó.

El mundo giró tres veces sobre su eje, o así lo sintió.

No hubo dolor, ni voces, ni bestias innombrables. Hubo, sí, un destello: un río de recuerdos que no eran los suyos deslizó por su mente. Sabía el sabor de la miel en los banquetes de los Tuatha; conocía los himnos prohibidos de los druidas antes del Diluvio; sentía el peso y la furia de las estrellas girando; comprendió la arquitectura de las mentiras.

La máscara se adaptó a su piel. Sus huesos dolieron con una nostalgia nueva.

Despojado de sí, Aran sintió todas las máscaras que había usado: la del hijo obediente, la del guerrero orgulloso, la del joven amante. Todo era eco de una verdad que ahora palpitaba en su rostro.

En el espejo de obsidiana la figura reflejada no era del todo él; la sonrisa de la máscara, ahora fundida a su piel, era a la vez suya y ajena.

***

Días después, los campos de Tynwald, otrora lastimeros, rebosaban de una fertilidad desesperada. La cosecha crecía hinchada, madura antes de tiempo. Los animales parían gemelos monstruosos, todos sanos pero con ojos anómalos, brillantes. Nadie hablaba del cambio, pero todos lo intuían.

En la ciudad, los rumores crecieron rápidos. Decían que Aran de Rhyanedd sufría “la bendición de Lugh”—una maldición delicada, peligrosa como una daga dorada. Entre la gente de confianza, Aran ya no sonreía; detrás de la máscara, no se escuchaba risa ni llanto.

Una noche, mientras la tormenta sacudía las torres, Nenny acudió al umbral de la capilla donde Aran posaba de rodillas, murmurando oraciones oscuras, vestido siempre con la máscara.

—Milord —balbuceó Nenny—. El pueblo teme. Hablan de fiebres, de cosechas malditas, de bestias inquietas. Sus enemigos te observan. Quizá… deberías entregarle la máscara a los monjes. O destruirla.

Aran no respondió de inmediato. Giró el rostro; en el fulgor de la vela, la máscara parecía reírse del viejo sirviente. Por dentro, Aran sintió un súbito destello de piedad, luego de poder, luego de absoluto desprecio. Todas aquellas emociones, desfilando y superponiéndose. Ya no era solo él quien decidía.

—La máscara… es el tiempo, Nenny —dijo, y su voz parecía multiplicarse, como eco en una gruta infinita—. ¿Crees que los hombres pueden desear el tiempo sin ser devorados por él?

Nenny tembló. No reconocía la voz de Aran, ni tampoco la chispa de locura que bailaba en su mirada. Quiso pronunciarse, pero las palabras se le salían como un polvo insípido, sin fuerza.

Dejó a su señor a solas, y esa noche, bajo la lluvia feroz, los fantasmas de los Rhyanedd bailaron en los jardines, riéndose bajo la luna.

***

Pasaba el tiempo y los rumores de la máscara se expandieron. Un duque envió emisarios; los monjes del Priorato Rojo realizaron procesiones en la ciudad, murmurando rezos y lanzando plegarias para “proteger el alma” del portador.

Aran recibía emisarios con formalidad. Todos salían perturbados.

En sueños, seguía visitando aquel trono subterráneo. Los cuervos y sapos ahora lo trataban como a un igual; le revelaban verdades que sólo los dioses conocían.

La máscara alteraba también sus pasiones. Las noches junto a Livia, su amante secreta —ahora señora por designio y miedo— se convirtieron en rituales despojados de ternura. Aran sentía su placer y el de ella en capas, interpretando y devorando cada matiz, pero sin poder aferrarse ni a la dicha ni al arrepentimiento. El amor, con la máscara puesta, era sólo un reflejo, y Livia pronto comprendió que el hombre que yacía junto a ella había cambiado de piel por completo.

Una noche de plenilunio, Tartyn el juglar, disfrazado de mendigo, se infiltró en la capilla con la intención de robar la máscara. Cuando tocó el umbral, Aran, que no dormía nunca con la máscara, sintió su presencia como si una parte del mundo se hubiera rebelado. Encontró al juglar retorcido en el suelo, presa de convulsiones, murmurando en lenguas extrañas.

“Lo que cubro, revelo”, pensó la mente de Aran, o la de Lugh, o la de ambos.

***

La presión se tornó insoportable. El pueblo se dividió: unos, temerosos, huían; otros, encendidos por la fiebre de los milagros y las pesadillas, lo veían como una figura mesiánica. Los niños nacían con extraños lunares en forma de runas. Los cultivos alcanzaban tamaños imposibles.

Y todo el tiempo, Aran sentía que la máscara le absorbía los recuerdos, las emociones más sutiles, la inocencia de la infancia, el amor genuino. Podía leer los pensamientos de los hombres y de las bestias, pero le costaba recordar el nombre de su madre, el aroma del pan antes de la guerra.

Una madrugada, con la voz quebrada y casi espectral, Livia lo visitó.

—¿Quién eres, Aran? —preguntó mirándolo fijamente a través de los ojos vacíos de la máscara.

Chocaron las palabras, sordas, en la estancia. Aran titubeó. La respuesta estaba en el borde de su memoria, pero otra voz (o miles de voces) se agolpaban.

—Soy… lo que vos temes que sea —susurró la máscara.

Livia lloró, abrazándolo con furia. Pero ningún calor evidente podía traspasar ni la máscara ni su portador.

***

Se acercaban ejércitos. Los bandidos, los duques, los monjes: todos convergían hacia Tynwald.

En vísperas de la batalla, Aran subió al torreón mayor, la máscara resplandeciendo bajo la luna. Allí, entre el viento y la lluvia, supo el precio: por cada milagro, una sombra; por cada cosecha salvada, un niño sin alma; por cada enemigo doblegado, tres amigos muertos en el polvo del olvido.

La suma le devastó. Recordó, finalmente, lo que decía la inscripción: “Ponme y serás rey; quítame y serás polvo.”

En la cumbre de la torre, quitó la máscara. El frío le mordió el rostro. Por un segundo, vio, de nuevo, el mundo como había sido: duro, cruel, imperfecto, pero real.

Pero su rostro se deshizo en el viento, disperso como las hojas caídas. Nadie vio nunca más a Aran de Rhyanedd, y nadie supo si cayó de la torre o si simplemente dejó de existir.

La máscara, sin dueño, fue depositada en el altar de la capilla. El pueblo, vaciado de milagros y monstruos, comenzó a sanar lentamente, guiados por murmullos de esperanza y miedo.

Los dioses, en sus tronos de piedra y humo, esbozaban una sonrisa que era exactamente la de la máscara de Lugh: dulce, cruel, indescifrable.

Así terminó la última leyenda de Caer Lloegyr, donde la magia es a la vez don y condena; y el precio del poder, una sombra sin forma que devora, paciente, a todos los que se atreven a buscarlo.

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