Fragmento:
El día siguiente amaneció con lluvia tan fina que parecía invisible, pero que después de horas volvía los huesos tan fríos como si una marea de espectros les lamiera. Arlen caminó hasta la plaza principal, donde una fuente de agua oscura arrojaba, rítmicamente, monedas antiguas hechas de cristal y plomo. Allí, un cartel colgado bajo la sombra de un abedul informaba: “Quién busque la Orilla, cruce la calle de las Riendas Caídas, gire junto a la Tienda de Improbabilidades, avance hasta el fin del arcoiris.”
Duración: 08:34
A veces, cuando la tarde declina y la bruma se posa sobre las callejuelas de Valduran, las gentes dicen que el tiempo baja la cabeza y susurra secretos en el oído de los que desean escuchar. Así fue como Arlen llegó a la ciudad, siguiendo un murmullo del viento que parecía contener su propio nombre.
Valduran, envuelta de niebla espesa y auroras sucesivas, tenía fama de ciudad imposible, sólo accesible a los caminantes de sueños o a quienes habían caído en el desván del recuerdo. Era un lugar de esquinas largas, donde las farolas pendían de zarcillos de cobre y las puertas se abrían sobre calles que no existían el día anterior. A pesar de que Arlen había oído hablar de ciudades extranjeras en mercados y tabernas, supo, al poner el pie en el empedrado reluciente bajo la neblina, que jamás podría describir este sitio sin mentir.
Su llegada no fue accidental. Lo había traído allí una carta, entregada por una paloma de ojos plateados y patas de hierro. El sobre era de papel cebolla, y la tinta tenía el olor volviente de las cosas amigas olvidadas. “Ven a la Casa en la Otra Orilla”, ordenaba la letra curvada. No había firma. Arlen, que no poseía más vida que la rutina plomiza de su pequeña sastrería destructurada por el tedio, obedeció casi con alivio.
La primera noche se hospedó en una posada llamada “El Lomo Azul”, regentada por un hombre flaco que respondía sólo a la palabra “Posadero”. Los huéspedes eran extrañamente silentes: una mujer de pelo blanco que tejía una manta invisible, un joven vestido de minero que tenía la voz hecha de piedras. Nadie preguntó el nombre de Arlen, ni su propósito allí. Bastaba con existir entre los recintos de Valduran para pertenecer.
El día siguiente amaneció con lluvia tan fina que parecía invisible, pero que después de horas volvía los huesos tan fríos como si una marea de espectros les lamiera. Arlen caminó hasta la plaza principal, donde una fuente de agua oscura arrojaba, rítmicamente, monedas antiguas hechas de cristal y plomo. Allí, un cartel colgado bajo la sombra de un abedul informaba: “Quién busque la Orilla, cruce la calle de las Riendas Caídas, gire junto a la Tienda de Improbabilidades, avance hasta el fin del arcoiris.”
Nada más sencillo. Salvo que Valduran era una ciudad que cambiaba sus rutas cada día, y cruzar de un sitio a otro era confiar más en la intuición que en la memoria. Pero Arlen, urgido por el calor de la carta, comenzó su búsqueda.
Pasó por la calle de las Riendas Caídas, donde los arneses colgaban, vacíos, de postes sin caballo. Allí, un anciano sin rostro vendía marcos de ventanas que sólo reflejaban el pasado. Siguió adelante, guiándose por un aroma súbito a pan de higo que brotaba del aire, y alcanzó la Tienda de Improbabilidades, atendida por una criatura que podría haber sido humana si no fuera por sus manos: tenían demasiados dedos y cada uno llevaba un anillo hecho de aire. En la tienda se vendían llaves que abrían recuerdos, mapas sin nombre, relojes que ralentizaban la culpa, y palabras de dioses muertos.
Arlen preguntó por la Casa en la Otra Orilla. La criatura no respondió, sólo le entregó una pequeña esfera de cristal, translúcida y helada.
“Es tu llave”, susurró. “No la pierdas.”
Salió a la calle y comprobó que la geografía había cambiado tras su salida: la Tienda ya no estaba detrás de él, sino una tapia de piedra cubierta por líquenes fosforescentes. Persiguió un arcoíris transparente que parecía surgir del suelo y, avanzando hacia su extremo, la vio. Entre dos canales silenciosos se alzaba un edificio de tejados intrincados, cada ventana brillando con luces que no podían decidirse entre azules y lilas. Era más vieja que cualquiera de las casas de Valduran y más viva: respiraba, daba la sensación de que sus paredes se ensanchaban y contraían.
La puerta era de madera negra, adornada por un aldabón de oro en forma de mano cerrada. Arlen sintió el impulso de golpearla, pero la mano se abrió sola cuando se acercó, cepillando el dorso de su mano con una calidez imposible.
Dentro, el aire olía a almizcle y menta, y miles de velas encendidas llenaban cada rincón. Lo esperaba una mujer. De cabello corto y gris, vestía un abrigo de terciopelo pardo, y en la frente llevaba pintada una mariposa azul.
“Has llegado”, saludó, como si el viaje hubieses sido de minutos y no de años de vida perdida. “Mi nombre es Seris. Sabía que vendrías. Aquí encuentras lo que no recordabas haber olvidado.”
Arlen, por primera vez desde que recibió la carta, sintió miedo. No un miedo limpio, sino una mezcla de nostalgia y vértigo. Pero la mujer lo guió a una mesa cubierta de pergaminos y tazas de porcelana, y allí le ofreció una copa de vino tinto.
“¿Por qué buscabas la Otra Orilla?”, preguntó con voz tan baja que apenas cruzó la mesa.
La pregunta era absurda, pero Arlen respondió: “No lo sé. Me han traído.”
Seris le indicó que abriera la esfera de cristal. Al hacerlo, una nube de luz plateada brotó y formó, a centímetros sobre la mesa, una imagen: el rostro de Arlen, mucho más joven, riendo a carcajadas sobre un prado de tréboles, con las manos manchadas de tinta. Una imagen que pertenecía a un tiempo que ya no recordaba claramente.
“Esto es lo que guardamos en la Casa”, dijo Seris. “Momentos perdidos, palabras jamás pronunciadas, posibilidades no elegidas. Aquí puedes mirar lo que fue y lo que no fue.”
Arlen observó la imagen, fascinado y asustado. Recordó, poco a poco, que esa risa había existido antes de que la miseria le cerrara el pecho. Recordó el olor del prado, la suave brisa de la infancia, el amor que no se atrevió a nombrar.
La esfera entonces mostró otra escena: un camino bajo árboles de hojas negras, y Arlen, caminando con paso seguro, se detenía al enfrentarse a dos caminos. Uno lo llevaba a una vida similar a la que tenía, gris y predecible. El otro, más oscuro, lo sumergía en riesgos innombrables, pero sus ojos centelleaban.
Seris lo miró, clavando sus ojos en el suyo: “Cada habitante de Valduran tiene que elegir si atraviesa la Otra Orilla: entre la memoria y el olvido, entre la seguridad y el vértigo.”
Arlen comprendió, entonces, que la Casa era frontera y espejo, un sitio donde las decisiones se hacían tangibles, donde era posible reparar los hilos rotos o cortarlos definitivamente. Sintió la atracción de la puerta del fondo, una de cuya madera salía un resplandor cárdeno, como si tras ella aguardara un mundo que crecía, rugía y cantaba con la voz de los nunca nacidos.
“¿Qué hay al otro lado?”, preguntó, con voz temblorosa.
“No lo sé”, confesó Seris. “Cada uno ve un reflejo distinto de sí mismo. Algunos encuentran su amor olvidado, otros su dolor más sincero. Todos, la oportunidad de rehacerse, si se atreven.”
Arlen tragó saliva. Comprendió, de súbito, que la carta, la ciudad y la Casa no eran sino pliegues en la tela de su propia historia, nudos entretejidos de su deseo de algo diferente. Dio un paso hacia la puerta, sintió la esfera pulida apretada en su mano.
En el instante de cruzar el umbral, se vio a sí mismo en todos los tramos de su vida: niño, adolescente, adulto, viejo, cada rostro ardiendo y apagándose, todos sonriendo y llorando al mismo tiempo. La oscuridad al otro lado era total y, sin embargo, podía ver mientras avanzaba. Había un campo de luz, y en su centro, una silla vacía esperándolo.
Tomó asiento, la esfera en la palma. El espacio se llenó de murmullos: palabras que nunca había dicho, amores que nunca abrazó, canciones que nacieron y murieron en sueños. Poco a poco, los susurros se hicieron claros, y Arlen escuchó su propia voz, diciendo:
“Hoy empieza algo distinto.”
Entonces, la luz se apagó. Supo —sin ver— que estaba completo. Atrás, Valduran seguiría tan cambiante como siempre, una ciudad de espejismos y rutas recién inventadas. Pero en adelante, la Casa en la Otra Orilla formaría parte de él, un recordatorio de que, aunque cada vida es frontera, cada decisión, si la escuchas, puede abrirte a un destino tan extraño como verdadero.
Cuando Arlen se levantó para regresar, las sombras en las esquinas le sonrieron solidarias. Salió de la Casa y la encontró distinta, menos inhóspita. Caminó hasta la plaza central, cruzó de nuevo la niebla densa sin miedo, y mientras se alejaba supo que lo que había vivido jamás podría contarlo. Aunque, tal vez, alguien lo escuchara en los susurros de la tarde, cuando el tiempo baja la cabeza y cuenta secretos sólo a quienes ya han cruzado una orilla nueva.
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