Fragmento:
— La noche no es como era antes. Hay grietas en nuestro mundo. Siento cómo el poder antiguo intenta regresar —buscó los ojos de Sherna—. Los nobles de Ardall pactaron una vez, hace un siglo, con las sombras. Usaron una Rosa Negra como anillo, ataron sus voluntades y su sangre… Ahora, ese acuerdo se está deshaciendo.
Duración: 08:54
La oscuridad en Ardall no era una simple ausencia de luz, sino una presencia, tangible e invasora, que reptaba por las esquinas de la ciudad como un gato sin dueño. Incluso los faroles de las calles parecían enfermos, tragándose su propia claridad después del atardecer. Era la primera noche del mes de Caron, cuando las sombras palpitan con rumores y los dioses suelen estar ausentes. Nadie con sentido permanecía afuera después de que la campana de la torre resonara once veces, pero algunos lo hacían por elección y otros, sencillamente, no tenían opciones.
Una de esas personas era Sherna, que envolvía su cuerpo delgado en una capa raída, caminando con el sigilo de quien teme ser visto, pero teme aún más detenerse. Con la misma determinación con la que otros entraban a las tabernas, ella cruzó la avenida principal de Ardall, donde la edad de los edificios se medía en capas de mugre y rezos fallidos. Entre sus manos, ocultas en los pliegues burdeos de la capa, sostenía la carta que cambiaría para siempre el curso de su vida y, tal vez, el del propio Ardall.
Los primeros trazos de la carta eran casi jirones de tinta sobre un papel demasiado viejo. No hacía falta leerla de nuevo; la había memorizado desde que le fue entregada por un cuervo con el pecho blanco, que la siguió hasta la puerta de su habitación. “Necesito tu ayuda. La noche se está alargando. Ven al jardín de las estatuas, pasado el río sucio, cuando la luna esté gorda y baja.” Firmado, únicamente, con una inicial: S.
Sherna conocía solo a una persona que podía darse el lujo de no temer a la noche ni a los espíritus: Severen, antiguo Mago del Pacto y arquitecto de todas las leyendas sucias que daban forma a la ciudad. Era, dicen, el último que aún bebía de la fuente primordial, la magia más antigua de todas. Pero ahora le reclamaba a Sherna, quien, hasta esa noche, no era más que una herbolaria con una mala reputación y una sonrisa gastada.
El río sucio, así llamado no porque cruzara el basurero sino porque arrastraba secretos en sus aguas negruzcas, la recibió con su aroma a podredumbre y metales. Sherna se arrodilló al borde y recitó unas palabras únicamente audibles para las ratas y los espectros: una petición de pasar sin ser vista. Cruzó sobre las piedras musgosas, se aferró al puente de cuerda por temor y, al llegar al otro lado, respiró hondo, sabiendo que lo difícil apenas empezaba.
El jardín de las estatuas no era extravagante, sino maligno. Dos docenas de figuras, esculpidas en piedra de luto, mostraban rostros deformados por el terror, algunos incluso con bocas abiertas en un grito silenciado. Los lugareños decían que los magos del pasado habían sellado los pecados de sus enemigos dentro de ellas, aunque otras versiones postulaban que las estatuas encapsulaban el castigo mismo: alma y carne transformadas en roca viva por un conjuro olvidado.
Entre las figuras, bajo la sombra tortuosa de un tejo retorcido, Severen esperaba. Llevaba la misma túnica negra que años atrás, pero sus ojos brillaban con algo más cercano a la locura que a la sabiduría. En sus hombros, no obstante, anidaba un ave siniestra: un cuervo con las plumas tan oscuras que absorbían la escasa luz.
— Sherna, has venido.
La voz de Severen destrenzaba sílabas con la precisión de un cirujano, pero cada una parecía marcada por una decepción muda.
— Solo porque tu carta parecía escrita con sangre. ¿Qué puede necesitar un mago del exilio de alguien como yo?
Severen no sonrió.
— La noche no es como era antes. Hay grietas en nuestro mundo. Siento cómo el poder antiguo intenta regresar —buscó los ojos de Sherna—. Los nobles de Ardall pactaron una vez, hace un siglo, con las sombras. Usaron una Rosa Negra como anillo, ataron sus voluntades y su sangre… Ahora, ese acuerdo se está deshaciendo.
— ¿Y qué tengo que ver en ello? —preguntó Sherna, cuya garganta ya apretaba un miedo ancestral.
— Tú eres la última descendiente de los Saire, la familia que hizo el pacto. La Rosa Negra responderá solo a tu sangre.
El silencio llenó el jardín. La revelación fermentó entre ambos como un vino amargo. A Sherna le temblaban las manos; tenía mil recuerdos de pobreza y persecución, pero ninguno de grandeza familiar. Era impensable.
— No soy más que una hereje, Severen. No una heredera.
— Eres ambas cosas —respondió él, y el cuervo graznó como si entendiera lo que estaba en juego—. Si no encontramos la Rosa Negra antes del amanecer del solsticio, Ardall quedará rota; las sombras entrarán no solo en las casas, sino en la carne de los vivos.
La consigna estaba clara. Sherna debía seguir el rastro de una reliquia perdida, protegida por maldiciones, codiciada por fantasmas y, quizás, por su propio linaje oscuro. Severen le entregó una daga, cuyo oro estaba corroído en las ranuras y cuya hoja olía levemente a jazmín, pero ella sabía que eso no era una bendición, sino una advertencia disfrazada.
— Detrás de la taberna de los Lobos Rojos, justo donde el río se curva, hallarás una puerta invisible. Di mi nombre. Sigue la sombra más corta y busca la flor marchita. No te fíes de nadie, Sherna.
Así, la herbolaria abandonó el jardín con el peso de los pecados de generaciones. Su paso la condujo hacia el distrito bajo, donde los puñales valían más que las palabras y las monedas cambiaban de dueño bajo mesas pegajosas. La taberna de los Lobos Rojos era un refugio para forajidos y clientes de peor calaña. Nadie notó su entrada, salvo una anciana de ojos zurcidos, sentada en el rincón menos iluminado. Sherna se deslizó hacia la puerta trasera y, cuando la madera arañada se negó a abrir, susurró:
— Severen.
La puerta suspiró y se desvaneció ante sus ojos.
Dentro, un pasillo engullido en oscuridad, escalones de mármol blando y musgo, y al fondo el eco de un llanto antiguo. Sherna descendió, la daga lista en la mano, y al llegar a la cámara final, encontró la flor. Un rosal, apenas medio vivo, con una sola rosa negra, petrificada en su mismísimo florecimiento. Frente a ella, recostada en una tumbona de piedra, la estatua de una mujer: sus rasgos giraban inquietantemente familiares.
Una voz emergió, envuelta en el silbido del viento subterráneo:
— ¿Por qué buscas la flor prohibida, hija de los Saire?
Sherna, cuya vida entera había sido un acto de desafiar a su destino, habló con una honestidad peligrosa:
— Porque la oscuridad viene. Porque ya no quedan magos ni nobles capaces de protegernos. Porque prefiero maldecirme a ver a Ardall volverse un banquete para las sombras.
La rosa tembló, y una vieja energía recorrió la sala, llenando de venas rojas las piedras. La estatua de la mujer abrió los ojos. Eran pozos de tristeza sin fondo.
— El precio es tu memoria, hija. Llevar la Rosa Negra es olvidar tu pasado. Debes renunciar a todo lo que fuiste, incluyendo el amor, el odio… incluso ese miedo que ahora te sostiene.
Sherna pensó en su infancia, en la voz de su madre y la única caricia amable que había conocido. Pensó en Severen, protector y tirano de los días oscuros.
— Lo acepto —dijo, y la rosa floreció en su puño cerrado.
La transformación fue inmediata y terrible. El dolor la desgarró, y en su interior algo se rompió, algo esencial. Las imágenes de sus años, sus amigos, su propia identidad se desteñeron como tinta en agua. Cuando se irguió, con la Rosa Negra prendida en el pecho, no era Sherna, ni era la sombra de los Saire, sino algo nuevo. Algo más antiguo.
Regresó al jardín de las estatuas, donde las sombras ya empezaban a serpentear con una espesura nauseabunda. Severen la miró a los ojos y en ellos reconoció la ausencia; no quedaba ninguna Sherna en aquel recipiente, solo la portadora.
Juntos tejieron el último conjuro, la Rosa Negra girando entre sus manos, absorbiendo la oscuridad hasta hacer temblar los cimientos de la ciudad. El precio fue, como todos los grandes precios, irrevocable. Ardall sobrevivió aquella noche; las sombras retrocedieron y los mortales suspiraron, sin saber jamás el precio ni el sacrificio.
Cuando llegó el amanecer, Severen fue a buscarla al borde del río. Ella estaba allí, las manos vacías, la mirada limpia de afectos y recuerdos.
— ¿Quién soy? —preguntó, con una voz carente de eco e historia.
Severen, víctima y verdugo, simplemente le respondió:
— Eres la guardiana. Y Ardall, aunque no lo sepa, te debe más de lo que jamás podrá pagar.
La ciudad, por mucho tiempo, tuvo la costumbre de agradecer a sus héroes con canciones y estatuas. Esta vez, guardó un silencio piadoso, incapaz de entender cuán frágil es la línea entre la salvación y el olvido, entre un pacto oscuro y la fortaleza de una sola vida. Y así, en las noches siguientes, la oscuridad aprendió a temerle a la flor y al nombre que había renunciado a sí mismo, todo por la ciudad que nadie aprendió a amar.
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