Portada del relato El jardín infinitesimal
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Fragmento:


“Busco qué recordar”, contestó la figura. “El olvido me ha sido un castigo, no un alivio. Mi nombre es Nival.”

Duración: 07:06

El jardín infinitesimal
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Texto de ajuste de pausa.

En algún rincón del mundo, donde los relojes retroceden y los espejos niegan el paso del reflejo, existe una cúpula de cristal enterrada bajo la piel de un bosque, tan antiguo que los árboles recuerdan a los dioses que los plantaron. La noche caía con parsimonia, envolviendo la hierba en susurros azabache, mientras unos ojos demasiado humanos para estar tan viejos recorrían los límites de aquello que la gente de la aldea, a leguas de distancia, solo se atrevía a llamar “El Resguardo”.

Anabell era su nombre, y su oficio consistía en olvidar el pasado de otros; era una Suturadora de Recuerdos, una rareza nacida cuando los mortales aprendieron a intercambiar sus heridas más profundas a cambio de un par de monedas o una promesa ferviente. Su refugio era la cúpula, tejida del cristal más delgado y flexible que jamás hubiera tocado mano mortal, y bajo ese domo, la memoria se agitaba en forma de sombras estancadas en el aire, vaporosas, danzando con las corrientes de magia que Anabell había aprendido a controlar.

No sufría Anabell por sí misma, pero se alimentaba del pesar ajeno; era su condena y su don. El último visitante había llegado diecisiete años atrás. Por eso, la noche en que la luna se partió en dos sobre la copa de un roble, y el viento le trajo un aroma nuevo, su corazón olvidó cómo latir con indiferencia.

La figura apareció primero como un temblor en el borde exterior de la cúpula. Era alta y llevaba una capa gris, salpicada de polvo y rocío. Avanzaba con el paso silencioso de quien ha olvidado su propio peso. Al llegar ante Anabell, levantó la cabeza, revelando un rostro soñado más de una vez en los cuentos de miedo: ojos amarillos, piel que parecía tela encerada, y unos labios que nunca habían aprendido a sonreír.

“¿Buscas qué perder?”, preguntó Anabell, su voz tan serena que las sombras dejaron de moverse para escuchar.

“Busco qué recordar”, contestó la figura. “El olvido me ha sido un castigo, no un alivio. Mi nombre es Nival.”

Anabell estudió la postura tensa de Nival, la forma en que temblaban sus dedos sobre la empuñadura de una daga cuyo metal parecía absorber la luz.

“Debes saber lo que pides. La memoria puede volverse cárcel, y las puertas se cierran detrás de quien la abra.”

Nival asintió. Parecía estar hecho de siglos contenidos en carne y hueso, pero había desesperación suficiente en sus ojos como para romper la noche en pedazos. “Dame lo que he perdido. Quiero saber para qué vine a este mundo.”

Entonces, bajo la cúpula, se selló el pacto. Anabell tomó los dedos de Nival, y la daga se deslizó entre ambas palmas. El cristal en torno suyo vibró, sumido en un coro de recuerdos de miles de personas, de batallas olvidadas y besos insepultos, de odios y promesas diluidas en el humo del tiempo. Tras un instante de vértigo, Anabell vio: los fragmentos dispersos de la memoria de Nival rodaron por el suelo de la cúpula, tornándose en imágenes incapaces de permanecer quietas.

Había una ciudad sumergida bajo aguas tan negras que ni la luna se atrevía a reflejarse allí. En esa ciudad, un ejército de estatuas aguardaba el regreso de su pastor. Era Nival, una vez joven, erguido, con la daga como estandarte, amando a alguien cuyo rostro era tan hermoso que los sueños se le rendían en secreto. Ese alguien estaba ahora perdido entre las sombras de la ciudad hundida, y Nival, por soberbia o miedo, se había arrancado a sí mismo la raíz del recuerdo antes de dejarse arrastrar hasta los bosques olvidados de Anabell.

Pero lo que reclamaba ahora era imposible: el rostro amado, los nombres y los pactos, tanto dolor y dicha, se entretejían con las venas de la magia misma. El recuerdo que Nival exigía estaba atado a la condena de toda una ciudad durmiente.

“Podría devolvértelo”, dijo Anabell con voz de ceniza. “Pero no sólo recordarás. Portarás toda la soledad de esa agua olvidada, y su peso podría quebrarte.”

Nival miró la daga, y una lágrima talló un surco invisible en la piel del rostro de cera. “No hay memoria más cruel que el vacío.”

Anabell asintió, incapaz de oponerse a la lógica devastadora de la soledad. Juntas, hundieron las manos en la corriente de recuerdos que flotaba, y Anabell tejió y destejiendo, hiló el pasado de Nival como si del cabello de un ángel roto se tratara. Todo el dolor, todo el amor, toda la desesperación del propósito perdido regresaron en un torrente despiadado.

Nival cayó de rodillas, las manos hundidas en la tierra. Entre arcadas de recuerdos, llegó la visión de su amado, de la promesa incumplida de regresar antes del crepúsculo fatal, de las palabras susurradas bajo la niebla: “No podrás encontrarme mientras te niegues a ti mismo”.

“¿Qué he hecho?”, murmuró. “¿Por qué destruí mi memoria?”

Anabell se sentó a su lado, compartiendo el cansancio. “Porque el exilio es a veces menos amargo que la culpa. Eres el pastor de los durmientes y tú mismo te condenaste al olvido para seguir viviendo.”

El amanecer se perfilaba, rosa y quebradizo, sobre la cúpula. La magia del Resguardo era poderosa, pero no podía imponer el perdón allí donde el dolor se aferraba con dientes y garras. Pero los recuerdos, ahora completos, ofrecían a Nival otra opción: regresar a la ciudad sumergida, enfrentarse a los espectros de su traición, o encontrar un modo de romper el hechizo de piedra y olvido.

“¿Puedo redimirme?”, preguntó, y la voz le tembló como hoja rozada por la escarcha.

Anabell sonrió, y en sus ojos brilló el cansancio de mil existencias. “Mientras recuerdes, puedes elegir. El olvido era una prisión, pero la memoria, aunque amarga, es el principio del camino.”

Al salir de la cúpula, el sol aún tenía frío, pero la promesa de un nuevo ciclo se extendía como un tapiz de esperanza sobre el lomo de la tierra. Nival se internó de nuevo en el bosque, guiado por fragmentos de canciones y promesas que había hecho y roto, ansiando, por primera vez en siglos, volver a ver la ciudad sumergida despertar de su letargo.

Anabell, por su parte, permaneció bajo el cristal, custodiando el Resguardo. La vida nocturna tejía nuevos recuerdos, nuevas penas y deseos. Sabía que el mundo estaría siempre poblado de seres incapaces de soportar el peso de lo que han vivido, y que tarde o temprano, alguien más llegaría buscando perder, o encontrar, aquello que la memoria—y la magia—se empeñan en convertir en leyenda.

Sobre la cúpula, los árboles inclinaron sus ramas, susurrando nombres que solo los desesperados y los amantes sabrían pronunciar. En su canto, Anabell percibió la incómoda certeza de que, para cada historia que cura, deja otra sin coser, porque así es el ciclo: la memoria es una herida que nunca cierra del todo, y los Suturadores, como ella, son apenas un remiendo, un vestigio de compasión en un mundo que nunca termina de olvidar ni de aprender.

Afuera, a lo lejos, el alboroto de un nuevo día aún no había llegado. Sólo el balanceo de las sombras, la tibia caricia del sol filtrándose a través del cristal, y el eco de una historia, una entre mil, tejida para romper y reparar al mismo tiempo.

Y en algún lugar, bajo aguas donde nunca llega el alba, una ciudad despertaba.

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