Portada del relato El último Ocaso de Viridium
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Fragmento:


Lira sonrió, una expresión tan breve que era casi otro reflejo.

Duración: 08:01

El último Ocaso de Viridium
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Texto de ajuste de pausa.

Al principio, nadie recordaba haber nacido. En las Tierras del Linde Brillante, donde las dunas eran fragmentos tallados con la paciencia de milenios y el horizonte era una pared de espejos fracturados, la realidad misma parecía fabricada a retazos de memoria y deseo. El sol nunca calentaba; simplemente arrojaba haces de luz líquida, danzando sobre las ciudades alzadas con muros de cristal puro, donde todo se reflejaba y nada permanecía oculto. Viridium fue la última ciudad en erguirse antes de que el crepitar de los tronos sangrientos barrieran la esperanza.

Derac, un soldado que alguna vez soñó bajo techos sencillos, caminaba esa noche sobre la Avenida de Espinas. Las botas de hierro solo arañaban la superficie, como si la propia tierra desconfiara de las acciones humanas. Iba a reunirse con Lira, la cronista de los sucesos que nadie se atrevía a nombrar: la mujer realmente sabía registrar el pasado, aunque en Viridium, el pasado cambiaba con cada amanecer.

Lira lo esperaba en una taberna ensamblada con vidrios esmeralda. Pequeños relieves de ámbar eran huecos en el material, dispuestos para que los bebedores espiaran al resto del local, sin ser vistos. Lira, por supuesto, estaba sentada en el único rincón donde la luz no podía penetrar el vidrio, haciendo de su figura un simple espectro entre reflejos que titilaban.

—¿Tienes la llave? —preguntó ella, sin preámbulo.

Derac asintió. Desató de su muñeca una cadena delgada; al final, un fragmento de cristal oscuro, inútil como arma, invaluable como promesa.

—Alfeus llegará pronto— añadió Lira, rozando la copa de sangre negra —¿Sabes lo que esto significa, verdad? Sin las piezas, el juego será carnicería otra vez.

El nombre “Alfeus” derramó silencio sobre la mesa, como un filo arrastrado por mármol. Alfeus el Pretoriano; aquel que ocupaba el Trono Rojo, elaborado de cristales recogidos del campo tras la Gran Grieta. Su mandato era sencillo: todo resplandor debía apagarse bajo el peso de los linajes sangrientos.

Derac no respondió. Miró su reflejo en la superficie aceitosa de la bebida. Allí, su imagen se fragmentaba, como si una mujer diferente y un hombre muerto discutieran sobre su destino.

—¿Ha sido encontrado el fragmento de la Medianoche? —inquirió él, en voz baja.

Lira sonrió, una expresión tan breve que era casi otro reflejo.

—La aceptó una reina exiliada —confesó—, como peaje por el perdón a sus asesinos. Está con el corazón de Serephé, sobre el pedestal norte.

Derac suspiró. Era preciso recorrer la ciudad adormilada, cruzar el Mercado de los Lamentos y entrar en los Recintos de Sombra. Cada paso lejos de la zona iluminada era un paso hacia el olvido, y los que se perdían en esos corredores rara vez retornaban completos.

Su misión era devastadora en su simplicidad: reunir todos los fragmentos de la corona originaria y restablecer la línea de poder, antes de que los Tronos de Sangre impusiesen su reinado final. La leyenda aseguraba que, una vez ensamblados, restaurarían el ciclo; la sangre no tendría poder sobre el cristal, y la ciudad sería libre una vez más.

—¿Vendrás conmigo? —preguntó Derac, arrojando la cadena al centro de la mesa.

Lira recogió el cristal oscuro.

—No puedo —dijo, y el resplandor de la tristeza le endureció las facciones —Estoy encadenada aquí. Pero no estarás solo.

De una de las grietas de la taberna emergió entonces un hombre pequeño, envuelto en múltiples capas de vidrio pulido. Era Yorel, el urdidor, tan diestro en las mentiras como en encajar piezas imposibles en maquinaria olvidada.

—Conozco cada eco de Viridium —dijo, mostrando una sonrisa oblicua—. Y sé cómo hablar a las paredes.

Así comenzaron a avanzar, sumergidos en la noche sin luna. Los cristales bajo sus pies zumbaban, como si la ciudad respirara apenas, temerosa del alba. La ruta los llevó, primero, al Mercado de los Lamentos. Las voces allí no eran humanas; eran susurros enterrados en objetos: un relicario que cantaba de amor perdido, una daga que prometía traición a quien la blandiera.

Yorel tanteó uno de los postes de vidrio, girándolo en ángulo exacto. Una puerta al abismo se abrió, revelando los Recintos de Sombra. Un aire agrio, saturado de polvo de piedras, los envolvió.

—Todo trono es forjado con lo que queda después de la matanza —dijo Yorel, aferrándose al brazo de Derac—. Lo que verás, no lo puedes desver.

Avanzaron entre los espectros. Aquí, ni la luz ni la oscuridad eran lo que parecían. Rostros de antiguos reyes parpadeaban en los muros, sonriendo o gritando, según lo que el visitante necesitara escuchar. Derac notó que el cristal oscuro temblaba en su mano, llamando hacia el norte.

Finalmente, llegaron al pedestal. Era una cruel broma de artesanía: adornado con cicatrices de rubí y turmalina, y rodeado de dagas ceremoniales, allí reposaba el fragmento de Medianoche, incrustado en el falso pecho de lo que sólo podía ser un corazón de reina perdida.

—Hazlo rápido —susurró Yorel—. Nos han seguido.

Derac extendió la llave. Al reunir los fragmentos —el suyo y el del pedestal—, sintió que algo vital se desgarraba en su interior. El aire vibró; la ciudad entera, a lo lejos, pareció gritar.

En ese instante, surgieron los soldados del Trono Sangriento: armaduras rojas, espadas traslúcidas de filo imposible. Los ojos tras las viseras parecían pozos. El primero en llegar fue Alfeus, la capa bordada con hebras de púrpura.

—¿Creías de verdad que podrías robarme la noche? —la voz era dulce, casi afectuosa—. El ciclo está podrido. Lo único que resta es quemar lo que queda de la corona y fundir la ciudad en su reflejo.

Derac titubeó. Miró a Yorel, que ya empezaba a desvanecerse en la penumbra, fundiéndose con los reflejos, escapando como siempre supo.

Solo contra el poder ancestral, Derac hizo lo impensable. Clavó el fragmento reunido en el suelo cristalino. La tierra gritó con él. Un resplandor de negro absoluto estalló por las calles, consumiendo y devolviendo recuerdos borrados.

Por un latido, Viridium dejó de existir como se conocía. En ese parpadeo, los linajes sangrientos se vieron a sí mismos; cada crimen, cada traición, cada gota de poder robada. Y en el silencio posterior, nadie quiso ya sentarse en el Trono Sangriento.

Cuando la ciudad volvió a materializarse, ya nada era igual. Cristales puros reemplazaban a los pozos granates y la sangre no era más que un mal sueño tallado en las paredes exteriores, como advertencia para los futuros.

Alfeus, de rodillas ante lo inevitable, ofreció su espada. Lira fue la primera en salir al exterior; su cabello recogía el nuevo sol. Se arrodilló ante Derac, tendiéndole los fragmentos enteros de la corona restaurada.

—No hay más tronos para fundar, solo caminos para andar —dijo, mientras los exiliados y los vencidos se levantaban despacio, sin rencor, como quienes despiertan de una pesadilla larga y oscura.

Y así, mientras los cristales de Viridium absorbían la primera luz del mundo nuevo, Derac y Lira emprendieron su travesía. Ya no eran sangre y cristal, sino carne y esperanza, el verdadero poder capaz de resistir la eternidad de los reflejos.

En la lejana sombra de la ciudad reconstruida, Yorel sonrió ante su reflejo. Sabía que toda paz era provisional, pero por un rato, todo corazón roto encontraba al menos un pedazo de sí mismo en las ruinas de una corona recompuesta. Y mientras las leyendas de las Tierras del Linde Brillante pasaban de voz en voz, los ancianos repetían —a veces en tono de advertencia, a veces de consuelo— que ningún trono, forjado en sangre o cristal, podía resistir el peso de los sueños verdaderos.

Y así, mientras el crepúsculo rodaba otra vez sobre Viridium, la ciudad aprendía —entre luz y sombra, entre dolor y deseo— que la peor herencia nunca era un trono, sino el olvido de quienes alguna vez lo ocuparon.

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