Corazón de Tinta y Humo
Las Lunas de la Torre Sumergida
***
Las noches en la frontera del reino de Ysvara no eran como en otros lugares. Allí la oscuridad no era un simple manto, sino una sustancia palpable, densa, capaz de colarse entre los huesos y retorcer los recuerdos. Hasta los rumores caminaban en Ysvara, y los sueños tenían filos. Durante años los regentes de la ciudadela habían intentado someter aquel reducto de misterio, sólo para hallar sus ejércitos mermados y los sabios mudos, la lengua atascada en una amalgama de palabras olvidadas.
Yo, Sere Masik, soy quien atestigua lo que sucedió esa última noche, cuando el tiempo bordeó el abismo y la frontera dejó de ser un sitio y se convirtió en una persona.
Mi oficio era sencillo en apariencia: archivera en la Gran Torre Beradia, Guardián de Memorias, catalogadora de lo inenarrable. Cuando los habitantes del reino sufrían pérdidas —un hijo, una creencia, un nombre— traían objetos para que yo los envolviera en palabras y los depositara en el archivo. La gente temía el olvido, y la Torre tenía fama de hacer a los recuerdos tan pesados como el hierro. Sabían que no podían recuperar aquello que se había ido, pero encontraban consuelo en la certeza de que algo lo guardaría, eterno y serio, aunque fuera sólo una copia.
Esa noche, poco después de la medianoche, escuché pasos en el corredor de mármol, un arrullo leve, como las arrugas que deja el viento sobre la arena. Me detuve en el trabajo y salí: el corredor estaba vacío, salvo por una sombra que se deslizaba sin dueño, doblándose con las antorchas —y detrás de ella, una voz.
La voz era como la ceniza, seca y reconocible: “Sere, archivera. Vengo a hacer un depósito. Esta noche no hay retorno.”
Era la Gran Memoria en persona, la entidad a la que yo, en mis sueños más desacertados, temía sobre todo. A la Torre acudían duques, mendigos, mercaderes y brujas, pero sólo una criatura podía truncar todos los relatos con una frase: “Esto ya no existe.” La Gran Memoria era la suma de todas las cosas perdidas —hogares, amores, palabras— y ahora estaba frente a mí.
“¿Qué traes a la Torre?”, pregunté, mi voz quebrada por una mezcla de temor y esperanza.
Su figura era ambigua, formada de jirones de todos los colores y texturas, pero de ningún rostro. Mientras avanzaba, sentí la presión de un millón de recuerdos rozando mi piel, buscando grietas.
“Traigo la frontera —esa que separa Ysvara del Otro Lado. Mañana, cuando los gallos canten, no será más una línea, ni un muro, ni nada visible. Será carne, será mente, será tú.”
Quise protestar, deseé negarme, pero la Gran Memoria deslizó entre mis manos una esfera pequeña, cálida y palpitante. Cuando la sostuve, miles de escenas desfilaron en mi visión: caminantes en la niebla, niños dejando flores azules en el límite de la ciudad, demonios tejiendo palabras de regreso para náufragos temporales. Vi cómo el mundo se encorvaba en torno a la frontera, cómo la lógica y la locura se besaban en ese plisado del espacio. Entendí que el objeto que yo ahora custodiaba era la última memoria de aquel umbral, y su custodia suponía, a la vez, una sentencia.
“Espera”, dije implorante, la esfera temblando. “Sin la frontera, todo se disolverá.”
La Gran Memoria sonrió —si la distensión de sus pliegues podía llamarse sonrisa— y me tocó la frente con una mano imposible de describir. “Nada se disolverá. Pero nada será igual.”
Al salir, dejó tras sí un olor a menta vieja y a cartas nunca leídas.
Volví a mi escritorio. La esfera latía, acordando su ritmo con el pulso de mi sangre. A cada instante comprendía menos y sentía más: la espuma reverberante de antiguos cánticos, los temores primarios de pastores perdidos, la promesa susurrada de los removidos. No podía dejarla ahí, tampoco destruirla; pero sobre todo, no podía ignorarla.
Así que hice lo único que sé hacer: escribí.
Palabra tras palabra, tejí la historia de la frontera: cómo las mareas del Recuerdo la moldeaban noche a noche, cómo la feria de los sueños la bailaba cada luna llena; cómo los ejércitos del rey Ravasir se habían perdido en sus senderos y, al regresar, ninguno era el mismo. Describí el encuentro entre la frontera y el Deseo, la vez que una niña traspasó el límite sólo para descubrir que su reflejo la esperaba al otro lado, transformado en mujer.
Pero mientras escribía, las palabras cambiaban bajo mis manos. Torcían sus raíces, se retorcían en la página. Memoria, frontera, Ysvara, todo se fundía. Hubo un momento —quizá sólo un parpadeo que contuvo el universo— en que el hierro de mi pluma resonó como si varias épocas se buscaran en eco.
Y entonces oí los sobresaltos fuera de la Torre.
Salí al balcón. El horizonte no era ya lineal ni fijo; la frontera serpenteaba por las calles, haciéndose carne en las personas. Ricos y pobres, soldados y niños, cada uno llevaba en la frente el brillo perlado de la esfera, como si la frontera los reclamara sin distinción. Algunos lloraban sin saber por qué —y otros reían, igual de perdidos.
Entonces me encontré con Eron, el guardián nocturno, que siempre había desafiado al miedo con una sonrisa socarrona. Ahora tenía los ojos amplios, desbordados de comprensión, y una mano temblorosa sobre el pecho.
“¿Lo sientes, Sere?”, murmuró. “Ya no hay Afuera, ni Adentro. Solo nosotros. Solo esto.”
¿Había valido la pena? Miré a Eron y imaginé a los mil habitantes que antes dormían tranquilos, confiando en aquella separación con el misterio. Sentí que debía protegerlos, devolverles el consuelo de un límite.
Regresé a la esfera. Decidí que sólo una acción, irrevocable y temible como la propia Gran Memoria, podía enmendar lo que se había torcido. Bajé hasta la cripta más honda de la Torre. Allí, donde la memoria se hacía piedra y polvo, recité la Letanía de los Que Entierran, pocas veces pronunciada.
“Nada olvidado, nada perdido. La frontera será hueso, será aliento, será transitoria como toda carne.”
En un impulso, quebré la esfera en dos.
Por un instante, nada existió salvo el eco de una canción antigua, una melodía que evocaba a los primeros nómadas de Ysvara, quienes nunca necesitaron frontera porque su mundo era tránsito y espera. Sentí las partículas de la esfera colándose en mi ser, dándome la multitud de recuerdos que antes pertenecían al borde del mundo.
Desperté en el mismo escritorio, pero afuera la ciudad era distinta. Las casas tenían nuevos colores. Los rostros, a pesar del miedo, brillaban con compasión. Ya nadie recordaba la separación entre lo conocido y lo vedado. Cada quien guardaba, en su carne y en sus palabras, un pedazo de frontera, una lección tallada en el hueso: todo límite es provisional, todo recuerdo compartido es más fuerte que las piedras de ningún muro.
Y la Torre Beradia, antes refugio de memorias, comenzó a poblarse de relatos imposibles. Vinieron los que tenían sueños recurrentes de caminos, los que sabían que habían cruzado algún umbral —sin poder señalar cuál. Trajeron canciones, traumas, mapas incompletos. Aprendí que cuando la frontera se vuelve humana, no hay lastre ni ancla eterna: somos lo que transitamos, somos el relato de lo que casi se pierde.
Ahora, cada noche, reúno a los habitantes de Ysvara bajo la linterna mayor. Hablamos, recordamos juntos. Adonde hubo línea, hay abrazo. Cuando me preguntan si extraño la frontera, acaricio la cicatriz tibia de la esfera, y respondo siempre con la verdad:
“No puede perderse lo que ahora somos.”
Y la ciudad, al fin, duerme tranquila, consciente no de la seguridad, sino del coraje de habitar sus propias sombras, bajo la mirada piadosa de la Gran Memoria y el testigo callado de quien, una vez, fue su última guardiana.
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