Portada del relato Las Crónicas de Teldaroth
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Fragmento:


El olor a musgo antiguo llegaba primero, mucho antes que la visión; aquel toque verde y amargo impregnaba la lengua, y luego venía el rumor: una suerte de murmullo, como si todo el verdor se mantuviera en perpetua oración. Erick había oído los relatos de los leñadores de Marksell, historias de arboledas infinitas, de sombras cuyos dueños nadie veía al pleno día. Dormía mal cada noche desde que su padre desapareció entre esas sombras, y no conocía otra obsesión salvo atravesar los eternos bosques y encontrarlo, aun sabiendo que muchos jamás regresaban.

Duración: 08:27

Las Crónicas de Teldaroth
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Texto de ajuste de pausa.

El olor a musgo antiguo llegaba primero, mucho antes que la visión; aquel toque verde y amargo impregnaba la lengua, y luego venía el rumor: una suerte de murmullo, como si todo el verdor se mantuviera en perpetua oración. Erick había oído los relatos de los leñadores de Marksell, historias de arboledas infinitas, de sombras cuyos dueños nadie veía al pleno día. Dormía mal cada noche desde que su padre desapareció entre esas sombras, y no conocía otra obsesión salvo atravesar los eternos bosques y encontrarlo, aun sabiendo que muchos jamás regresaban.

La mañana que partió, su madre no pronunció palabra. Le puso en la mano la vieja daga de su abuelo, hoja corta y oscura como un secreto. Caminó sin mirar atrás, sin dulce despedida ni promesa de retorno. Para aquellos marcados por el bosque, las promesas eran necedad.

El sendero pronto se perdió bajo helechos altísimos, gruesos como un brazo de hombre. Allí la luz era verde, destilada a través de capas y más capas de hojas, y cada tronco era más ancho que una casa de piedra. Erick mantenía la daga lista, intentando ignorar la sensación que tenía desde hacía rato: que estaba siendo observado. No era paranoia; era la vida de Teldaroth, que palpitaba en cada grieta, en cada raíz nudosa. Los antiguos bardos decían que el bosque tenía corazón propio, y que quien lo escuchara podía volverse loco o profeta.

Tras horas de marcha sin hallar rastros, Erick llegó a un claro sólo visible por el repentino azul del cielo. En el centro, un árbol sobresalía entre todos: era un lordalon, de tronco más blanco que la luna llena, y sus hojas danzaban pálidas en la brisa. Al pie del árbol vio el indicio: la cuerda de cáñamo trenzado con el nudo de su padre. Una señal, no para él sino para otros leñadores en busca de salida. La desesperación prendió en su pecho como un farol: estaba en el buen camino; su padre había pasado por allí.

Pero no estaba solo. El susurro aumentó, tornándose palabras que parecían surgir del mismo suelo.

—¿Por qué vienes, humano? —La voz era como el roce de la brisa, como el crujir de la madera en invierno.

Erick miró a su alrededor. Nada. Solo bosque, solo soledad.

—Vengo por mi padre —respondió al fin, sintiendo el ridículo de hablarle a vacíos y sombras.

Una figura emergió del lordalon. No caminó, sino que se desprendió del tronco, fuera parte de él: un ser de rasgos vagamente humanos, de piel oscura y cabellera hecha de hojas vivas. Los ojos, verdes y profundos como lagunas. Un Guardián, recordó Erick, tal como relataban las historias de la taberna; los hijos de los primeros árboles, tan viejos que apenas recordaban el tiempo anterior a la lengua de los humanos.

—Los que entran buscan algo —dijo el Guardián—. Pero el bosque no es sitio para mortales sedientos de deseos. Vuestras vidas son breves, y aquí las horas se alargan hasta plegar la voluntad.

—Estoy preparado —dijo Erick, aunque temblaba por dentro—. No marcharé sin saber.

La criatura lo observó un largo rato. No era crueldad, sino una tristeza tan profunda que el joven sintió el impulso de caer de rodillas y pedir perdón por todas las hachas del mundo.

—Jacob, tu padre, cruzó la Linde. Siete noches se batió. Vio lo que no debía ver —dijo al fin el Guardián—. Un mortal puede perder la mente en la memoria de estos árboles.

Erick apretó la daga. Avanzó hacia la sombra ondulante del guardabosques, pero la criatura no se movió. Más bien, fueron los árboles los que lo rodearon, acercando sus troncos y enredando el suelo en raicillas.

—No quiero irme —replicó él—. Permíteme encontrarlo.

El Guardián extendió una mano como de corteza, y la brisa calló de golpe, igual que todos los susurros del bosque. Sólo una voz quedó, la suya:

—Si atraviesas el anillo, no habrá retorno. Tu tiempo y el de los mortales quedarán atrás.

El anillo, reconoció Erick, era el círculo formado por los lordalons más antiguos. Dentro, decían los aldeanos, el bosque era otro: se plegaba el espacio, y las raíces recordaban todas las muertes, todo el amor, todo el miedo sembrado en la tierra.

Puso un pie en el anillo, y el aire cambió. Era como si entrara en otro mundo. Los árboles se alzaban huraños y las sombras se hacían tan densas que espantaban la luz del sol. Caminó horas —o días, fue imposible saberlo— aturdido por voces que no venían ni de su mente ni de afuera, sino de ese lugar intermedio donde la cordura se pierde. De vez en vez encontraba huellas: un trozo de tela, una bota con la suela gastada.

Finalmente, llegó a un segundo claro. En este crecían flores negras como el azabache, y el aire era frío como el agua recién nacida. Allí, sentado en la raíz de un árbol, estaba Jacob. El hombre no era ni joven ni viejo, ni tan siquiera parecía humano del todo. Se había convertido en algo más: su piel era parda y su barba tenía musgo enredado. Sin embargo, Erick reconoció la mirada; aunque ausente, aún quedaba un destello de humanidad.

—Padre… —su voz se quebró.

Jacob lo miró, y sonrió débilmente.

—¿Por qué viniste, hijo? —dijo—. Yo no soy ya quien recuerdas.

—Te busqué porque eres mi familia. Porque la esperanza… —No pudo continuar.

Jacob se levantó con dificultad. Su caminar era lento, arrastrando las piernas, como si cada músculo le costara el peso del mundo entero.

—Cuando corres tras fantasmas, te conviertes en uno —dijo, y la tristeza era infinita—. Este lugar no deja ir a quien lo ha tocado por dentro. Mira a tu alrededor.

Erick obedeció. Vio más figuras, apenas visibles: antiguos leñadores, damas de la corte, viejos enemigos. Todos semi-traslúcidos, como si un soplo pudiera dispersarlos. Eran las almas que quedaban atrapadas, atadas al bosque por deseos incumplidos, promesas rotas, búsquedas inconclusas.

El Guardián apareció de nuevo, surgido de la raíz más gruesa.

—Tu padre es libre sólo en la memoria del bosque —dijo—. Si quieres marchar con él, también deberás ceder tu vida mortal.

Erick sintió terror, pero también extraña paz. Había venido preparado para morir, aunque la muerte que se le ofrecía no era la que esperaba. No era un fin, sino una fusión con el tejido mismo de Teldaroth, una vida perpetua en la frontera entre lo humano y lo vegetal.

—¿Es esto lo que querías, padre? —preguntó, con la daga alzándose apenas.

—Nadie sabe lo que quiere hasta que lo pierde —susurró Jacob—. Observa lo que tu corazón desea, no lo que tu miedo dicta.

Hubo un silencio espeso, en el que sólo habló el viento. Erik bajó la daga. Solo entonces notó el calor sobre el pecho: era la mano de Jacob, que tembló débilmente al tocarlo.

—Vuelve, hijo. No hay salvación aquí. Deja que otros sean la savia de la tierra. Mi tiempo se terminó cuando crucé la Linde. No seré redimido; pero tú sí puedes.

Las raíces se desenredaron, abriéndole un camino. El Guardián asintió, y su tristeza pareció menos honda.

—Ve —ordenó con dulzura—. Que tu vida sea larga y tu memoria profunda. Recuerda el bosque, pero no lo dejes poseer tu alma.

Erick abrazó una última vez a ese padre que era y no era suyo. Luego, con los pasos duros de quien sale de un sueño, cruzó el anillo. El bosque cambió: la luz volvió, las sombras se apartaron con mansedumbre. Caminó sin mirar atrás, igual que al salir de su aldea, solo que ahora una parte de sí mismo permanecía en Teldaroth.

Al llegar a la primera hondonada, se detuvo a contemplar las sombras danzando bajo las copas. Entendió que los eternos bosques no eran enemigos, pero tampoco amigos; eran el espejo de los hombres, acogiendo a los que se perdían y devolviendo a los que supieron cuándo renunciar.

Esa noche, cuando la luna apareció entre los robles, Erick encendió una pequeña fogata y dejó que el humo se elevara. Lloró por su padre —por lo que había perdido y lo que había recuperado—, y juró contar su historia. Así, los susurros de Teldaroth sumarían una voz más, y quizás algún día los humanos aprenderían el único secreto del bosque: saber cuándo marcharse y cuándo, simplemente, recordar.

En el crepúsculo, la daga aún emitía destellos de antiguo verdor. Erick la enterró al pie del viejo lordalon, sabiendo que ahí, en la frontera del olvido, aún habitaban los sueños de los hombres… y los susurros de los bosques eternos.

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