Portada del relato Bajo las alas del crepúsculo
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Fragmento:


–Cuando llegue la hora, esto será la puerta –dice, y sus palabras arrastran un tono más grave–. Pero lo que hay detrás de las puertas es cosa de quien las cruza.

Duración: 08:11

Bajo las alas del crepúsculo
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Texto de ajuste de pausa.

Es tarde. La noche en la que la ciudad de Arelien recuerda la imposibilidad del sueño. El viento no duerme nunca ahí arriba, en las torres filosas nacidas de vidrio y luz de luna; y bajo sus corrientes galopa otro viento, más cálido: rumor que nadie detiene, ni aun las murallas encantadas. No hay silencio cierto en Arelien, pero esta noche –una entre todas–, ni la brisa resuena.

En los márgenes septentrionales, la bruma es espesa como un juramento que uno no termina, y las farolas se antojan luciérnagas temblorosas sobre ondas de agua negra. En una terraza de azulejos rotos, Eilsin aguarda. La capa la envuelve, más por la ansiedad que por el frío; no puede evitar pensar en la historia de su linaje, de cómo las sombras de fuego eligen siempre a los suyos, y nunca con clemencia. Su abuela siempre decía: “Los que ven el resplandor de las ascuas caminan en la noche más larga o caen, y arden”.

Abajo, la ciudad parece un enjambre inquieto. Arelien nunca fue enteramente de este mundo; los mapas la muestran, sí, pero sólo hasta que el pergamino arde en la última línea. Las leyendas –tantas y tan feroces como el viento y la lumbre que las habitan– afirman que se alza y se traslada a veces, sólo para ser buscada de nuevo. Que las ciudades de viento son nómadas de las estrellas, que hacen y deshacen pactos con fuegos antiguos.

Eilsin sabe que esta noche será una marcada, una en que las fronteras entre lo real y lo conjurado tiemblan como la piel de un tambor. Siente los remolinos, invisibles y feroces, acariciando la terraza, como si los mismos vientos quisieran despojar de nombres a todo cuanto rozan. La figura a la que espera aparece, desenredándose entre la neblina. Una voz la precede:

–Creías que no vendría –dice Anar, el tejedor de cancamos, vestido con su capa remendada y el ceño cubierto de cenizas.

Eilsin no responde al principio. Lo observa, buscando una fisura, un destello de la traición que teme más que al mismo fuego. Pero Anar ha venido, y ese voto es suficiente –por ahora.

–¿Has traído lo que pedí?

Anar asiente. De su bandolera extrae una pequeña esfera, color de carbón apagado. La ofrece con reverencia desacostumbrada. El objeto palpita, una luz roja late aquí y allá bajo la superficie.

–Cuando llegue la hora, esto será la puerta –dice, y sus palabras arrastran un tono más grave–. Pero lo que hay detrás de las puertas es cosa de quien las cruza.

Eilsin cree, aunque no quiere creer. Que las sombras de fuego se mueven a través de los huecos del mundo, y quien las llama, si sobrevive, nunca vuelve a dormir en paz. Sabe, también, que el viento las custodia y dirige, como pastores celosos de bestias imposibles.

Los preparativos son breves. Arelien sólo es suya esta noche: la ciudad lo sabe, y todos los que no están comprometidos con el ritual han descubierto de pronto razones para alejarse de la ribera, dejando barrios enteros temblando bajo el ojo insomne de la luna. Eilsin y Anar dejan la terraza y descienden en zigzag por escaleras y callejones cuya geometría parece cambiada, reforzada por voluntades invisibles.

Al llegar al corazón de la ciudad, lo encuentran aguardando sobre la Plaza de los Ecos Perdidos. Hay un altar, antiguo, horno frío de sacrificios viejos. Dicen (y Eilsin ha oído esa leyenda de labios exangües, bordeados de ceniza) que ahí se paga el peaje cada vez que una Ciudad de Viento se cruza con la senda de las Sombras de Fuego; que ambos poderes, al contacto, pueden deshacer el mundo.

Anar deposita la esfera sobre el altar. Susurra una palabra que nadie ha de recordar, porque no es de este tiempo. La superficie del objeto se agita: hocicos y alas incandescentes reptan bajo la piedra, susurrando posibilidades a quienes escuchan demasiado. El viento se arremolina, la noche densifica, cada candil es una herida abierta en la plenitud de la oscuridad.

Cuando la esfera se fractura, las Sombras de Fuego huyen como enjambres de avispas rojas, colonizando los huecos, las puertas a patios olvidados, las ventanas mal cerradas. Por un instante, la ciudad arde sin arder: las líneas de las calles, los contornos de los edificios, todo es trazado por llamas invisibles que sólo el ojo interior percibe. Y entonces Arelien se levanta, no físicamente –no todavía–, pero su esencia se estira, como si un músculo centenario despertara.

Las palabras de la Abuela regresan. “No temas al fuego. Teme a lo que hace con lo que te queda después.” Eilsin cae de rodillas, los ecos de la esfera retumban en su sangre. De las sombras emerge una figura: fragmentos de humo y tandem de brasas. Toma forma de mujer, cabellos ardiendo, piel luna-oscura, ojos dobles.

–¿Por qué me llamas, hija de la estirpe rota? –su voz es imposible de describir; no es ni atroz ni dulce, pero limpia como acero al rojo–.

Eilsin tiembla, pero sostiene la mirada. Sabe lo que debe pedir, aunque juró que nunca lo haría. La voz que utiliza no es la de una suplicante, sino la de una heredera cansada de esperar.

–Porque necesito lo que sólo los Fuegos Ocultos conceden: una ciudad que no se olvide, un hogar para los que vagan. Paz para los errantes.

La entidad asiente en un gesto nimbo. No parece conmovida.

–No hay dádiva sin pago, ni permanencia sin pérdida. Si Arelien quiere memoria, debe volar. Si los corazones de fuego la habitan, los apresará el viento y nunca descansarán. ¿Estás dispuesta?

Silencio. El precio es el mismo de siempre: el sacrificio. Eilsin no tiene que responder, porque en el fondo lo ha hecho toda su vida, sólo esperaban oírlo una vez más, de sus labios, para sellar el círculo.

–Que así sea –murmura–. La ciudad volará. Nosotros, con ella.

La figura sonríe con la ternura voraz de una madre devoradora. Avanza y, con un ademán, lanza lenguas de sombra y resplandor sobre el altar, sobre la plaza, sobre la ciudad entera. Arelien se sacude. El viento sopla tan fuerte como nunca. La bruma se alza en vórtices, y allí donde la llama toca, algo empieza a desprenderse del mundo. Anar toma la mano de Eilsin, y juntos sienten cómo lo sólido se vuelve liviano, cómo los muros dejan de pesar y el aire invade cada rincón, cada recuerdo.

En lo alto de las torres, las campanas suenan, aunque nadie las toque. Todos los que permanecieron –los viajeros sin raíz, los vagabundos de secretos, los huérfanos del tiempo– despiertan, y toman conciencia de que sus pasos los llevan hacia arriba, hacia la incertidumbre, apenas sostenidos sobre su memoria hecha viento.

Arelien se eleva. No físicamente –ni en la manera en que un barco navega el mar o una paloma el cielo–: la ciudad se traslada, extendiéndose a través de esa telaraña de posibilidades en que las ciudades de viento existen. Ahora es menos un lugar y más un susurro, una promesa. En la superficie del mundo queda una marca de ceniza, como el eco de un incendio que no ardió.

El pacto está hecho. Las Sombras de Fuego aseguran la memoria de Arelien, impidiendo que se olvide jamás, pero a cambio, ningún habitante podrá volver a pertenecer enteramente a lugar alguno. Son, desde esta noche, errantes del viento, custodios de la llama que no quema pero sí consume.

En la plaza vacía, la esfera rota se recompone una vez más; una nueva forma, casi idéntica, yaciendo lista para cuando otra noche, en otro lugar, alguien se atreva a reclamarla. Porque las ciudades y los que las aman, tarde o temprano, son arrastrados al pacto: la condena de recordar siempre lo que está perdido, y de arder sin ser vistos, sombra y fuego en una danza interminable sobre el mundo que nunca deja de cambiar.

Eilsin, desde la terraza de su infancia, mira abajo: Arelien es ahora todas las ciudades posibles y ninguna. El viento la lleva lejos, entre estrellas nuevas y promesas rotas. Solo entonces comprende realmente las palabras de la Abuela, y aunque sabe que no dormirá jamás del todo, sonríe, porque la vigilia también es una clase de eternidad.

En algún sitio, bajo otras torres, o en las ruinas olvidadas donde las historias laten esperando ser rescatadas, alguien recuerda una ciudad que voló. Una sombra de fuego y un susurro en el viento. El principio de lo que nunca se detiene.

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