Portada del relato El susurro de Onyxia
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Fragmento:


Avanzó. La niebla trepaba como dedos pálidos por los flancos del sendero. El corazón se le apretó cuando, de improviso, algo saltó desde un arbusto. Se detuvo, aunque ya era tarde: la criatura era pequeña, sin rostro, apenas una figura formada por fragmentos sueltos y la ilusión de un contorno reconocible. Ayan mantuvo la calma. Sacó el frasco y lo dejó caer con un chasquido sordo. El líquido se evaporó al instante y, entonces, la criatura se disolvió en miles de fragmentos diminutos, absorbidos por el suelo.

Duración: 09:12

El susurro de Onyxia
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Texto de ajuste de pausa.

El chirrido de la grava era música aquí, donde la noche caía sin compasión y el olor a tierra húmeda lo invadía todo. Ayan guardó la lámpara en la mochila, aunque sabía que la luz era inútil alrededor del Sendero del Aluzal —el primero de los Caminos encantados que debía cruzar aquella noche—, y se palpó las botas en busca del pequeño frasco. La determinación era una brasa fría en el pecho: tenía que atravesar los cinco, al menos si quería ver otro amanecer.

El Sendero brillaba, temblaba, se retorcía bajo sus pies como si alguien hubiese extendido millones de fragmentos de vidrio. Ayan no se engañaba: no era vidrio, sino restos de bestias caídas. Vasias, los llamaban. Criaturas forjadas en antiguos fuegos, que habitaban en los límites donde terminaba la luz. Pequeñas, translúcidas, en apariencia inofensivas… pero cuando embestían, su furia se traducía en gritos que te rompían por dentro.

Un susurro traído por el viento parecía relatar la historia de un nombre, y Ayan, aunque su madre se lo había prohibido, lo repitió en su mente: “Onyxia”. Aquel nombre estaba prohibido llevarlo en la lengua. Era la bestia que nadie había visto y que, sin embargo, explicaba cada rastro de calado, cada grieta en el cristal de los caminos.

El primer paso sobre el Sendero fue como cruzar el umbral de un umbral. Todo cambió. La noche se volvió azulada; los árboles, al costado, empezaron a proyectar sombras que se alargaban y movían, incluso cuando el aire estaba quieto. El suelo crujía con un eco de campanas minúsculas. Los ojos de Ayan, adaptados a la oscuridad, percibían destellos esmeralda en las venas del cristal. Sin embargo, al mirar atrás vio solo la negrura, y supo que el regreso ya no era posible.

Avanzó. La niebla trepaba como dedos pálidos por los flancos del sendero. El corazón se le apretó cuando, de improviso, algo saltó desde un arbusto. Se detuvo, aunque ya era tarde: la criatura era pequeña, sin rostro, apenas una figura formada por fragmentos sueltos y la ilusión de un contorno reconocible. Ayan mantuvo la calma. Sacó el frasco y lo dejó caer con un chasquido sordo. El líquido se evaporó al instante y, entonces, la criatura se disolvió en miles de fragmentos diminutos, absorbidos por el suelo.

El frasco sólo funcionaba una vez. Ahora debía confiarse al viejo truco: silbar la melodía de las colinas negras. Mientras mantenía la melodía temblorosa por los labios, los árboles retrocedían. El Sendero comenzó a ensancharse, y ocasionalmente encontraba a su paso restos semienterrados de Vasias más antiguos: espinas azules, conchas Onduladas y, a veces, una garra de cuarzo que aún latía, movida por un recuerdo imposible.

En la orilla del segundo Camino —la Senda de los Callados—, Ayan se detuvo. El bosque aquí era más denso; el aire olía a flores marchitas. Había escuchado historias —jamás confirmadas— de que en este tramo los Caminos se burlaban de la memoria: avanzabas y veías repetirse, a intervalos, un reflejo de tus propios pecados o anhelos. No era sólo ilusión: quienes sucumbían despertaban días después, completamente mudos.

Con paso firme, cruzó la línea que separaba el mundo real del siguiente recodo. Al instante, la luz cambió. Ahora el resplandor venía de debajo, de los cristales que corrían por el suelo como venas líquidas. Vio reflejado en el primer fragmento… a su madre, balanceando la lámpara y silbando la tonada olvidada de las colinas.

—Fuiste un estúpido, Ayan —siseó el reflejo, alzando la lámpara—. Vas a morir aquí por nada.

Ayan apretó los puños. “Eso solo es eco”, se recordó. Pero la voz insistía, golpeando como oleaje.

Conocía el truco. Cada vez que una cara conocida aparecía entre los destellos, debía avanzar sin detenerse. Si respondía, perdería la voz y el alma quedaría atrapada en la matriz del sendero, rumbo al corazón de los Callados. Caminó rápido, ignorando el zumbido creciente. Por el rabillo del ojo vio el rostro de Mir —la única persona que había amado— tras la máscara de un Vasia deshecho. Un destello de luz verde lo rodeó y la imagen se fracturó en cien pedazos, liberando el camino.

Al final de la Senda de los Callados, Ayan jadeaba y sentía las rodillas débiles. Apenas mantenía la melodía en la garganta. Era la señal: la fatiga de alma era tan peligrosa como el cansancio físico. Examinó el precario mapa mental que había construido; le faltaban aún varios tramos, pero lo peor estaba por llegar.

La Senda del Vaso era la siguiente. No muchos lo sabían, pero aquel Camino no era una prueba de los Vasias, sino del tiempo. El suelo estaba cubierto por una falsa paz: grava sobre grava, e intervalos de puro cristal negro, tan pulido que parecía agua en reposo. La ley decía que cada uno debía cruzarla sólo una vez en la vida. “Si alguna vez regresas, el tiempo te devora”, dijo la abuela de Ayan antes de morir.

Avanzó, fijando la mirada en sus botas. Aquí no había música ni reflejo: sólo el retumbar de pasos y el sutil zumbido bajo sus pies. Duró poco la calma. Pronto la superficie se agitó; las piedras vibraron con una fuerza imposible. De los bordes, emergieron siluetas translúcidas: Vasias mayores, gigantescos, con un núcleo centelleante de color humo. Los ojos, compuestos de aristas múltiples, lo miraron con un hambre tranquila.

Ayan contuvo el aliento, sabiendo que aquí el miedo no se podía esconder. “No eres nada”, murmuró una voz en el viento, y la bestia intentó atravesar el velo para salir. Ayan juntó las palmas, formando la sombra de un cuenco, y repitió la oración de Cuarzo: “En el vaso soy eco, en el eco soy río”. Durante tres latidos interminables, la figura vaciló. Una lluvia de cristales lo envolvió, pero ninguno llegó a tocar la piel. Al abrir los ojos, la Senda del Vaso quedaba atrás, y sólo la bruma del amanecer lo protegía.

El cuarto Camino era el peor: la Senda de los Otorgados. Aquí el tiempo se resumía en heridas: cada paso recordaba una vieja afrenta, una esperanza perdida, un dolor infligido. Nadie sabía quién o qué otorgaba los recuerdos, pero todos regresaban de este tramo con una cicatriz nueva.

Ayan vio aparecer en el cristal bajo sus pies la imagen de Arin, su hermano. Una noche, bajo la lluvia, Ayan se había negado a compartir el fuego. Arin nunca volvió a casa. El peso del recuerdo apretó el pecho de Ayan y le costaba respirar, como si una mano vieja y cruel le extrajera la fuerza. En la siguiente losa, la silueta de Mir, alejándose de su abrazo, repitiéndole: “Siempre eliges el silencio”. El rumor de los Vasias alrededor crecía: los fragmentos oscuros se levantaban y giraban a su alrededor, zumbando melodías rotas.

Podría arrodillarse, hundirse en la culpa, pero supo que ese era el destino de tantos que no volvían. Mordió el labio hasta saborear sangre, y empujó hacia adelante, sin dejar que otra herida se abriese sin consentimiento.

El último Camino, el más peligroso, no era físico. La Senda Infinita era un lugar del pensamiento, que se reflejaba en la carne si la mente flaqueaba. Aquí, las bestias de cristal más poderosas acechaban tu esencia, deseando devorar no tu vida, sino tu propósito.

Ayan sintió el frío profundo de la duda. Su propósito era llevar el corazón de vasia —la gema que escondía en lo más profundo de la mochila— más allá de los caminos, allí donde ningún eco pudiera tocarlo. Sabía que su linaje dependía de esa fe, de su capacidad para sostener la esperanza.

La Senda Infinita era silencio puro. El aire se espesó, y Ayan distinguió, flotando ante él, a Onyxia: vasta, imposible, formada enteramente de cristal negro, ojos como abismos, bocas susurrando nombres olvidados. No podía moverse: era estatua y niño, anciano y grano de arena a la vez. La bestia se acercó. No con rabia, sino con una paz agotadora.

Ayan recordó, no un truco, sino una verdad: “Onyxia, existes porque alguien te teme”. Y en ese instante, los fragmentos de miedo en su mente se compactaron en una sola imagen: la de la esperanza, pequeña y testaruda, como la luz rebotando desde el corazón de vasia.

Se adelantó un paso, y otro. La silueta de la bestia se fracturó, tropezando sobre sí misma. Una lluvia de cristales oscuros, como lágrimas congeladas, cubrió el Sendero. El aire olía a ozono y a promesa cumplida.

Al salir del último tramo, Ayan miró atrás. Los Caminos encantados seguían allí: esperando, invitando con su esperanza ambigua a los siguientes. En la palma, el corazón de vasia latía, y los primeros rayos del sol lo atravesaron, proyectando en el musgo cientos de luces. La Senda no olvidaba, pero —por una noche, por una vida— había concedido un paso.

Ayan respiró. El mundo era un poco menos frío.

Y lejos, en el eco de una sombra, Onyxia dormía de nuevo. Por ahora.

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