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Hay quienes dicen que más allá del firmamento, en regiones donde ni los sueños pueden vislumbrar, se libran batallas que moldean el curso de los mundos. Yo, Alruwin, hijo de un linaje olvidado, vengo a relatar una historia que pocos mortales escucharían sin estremecerse. Nada en mi vida sugería que sería testigo del desgarro invisible entre aquellos a quienes podríamos llamar bienaventurados y sus antípodas sombríos, cuya sola mención helaría el espíritu. Tan solo era un escriba, custodio de los anales del Priorato de Verlith, hasta aquel crepúsculo fatídico en que la sangre y las promesas antiguas confluyeron bajo una luna cenicienta.
La tarde había dejado tras de sí jirones de nubes violáceas, como si el cielo guardara luto por algo que los sentidos todavía no podían captar. Caminé por los pasillos vacíos de la biblioteca, acunando el tomo de copias que debía restaurar, mientras el viento lamía susurros contra los vitrales gastados. No fui el primero en notarlo; los animales habían enmudecido, y el aire pesaba con un aroma incierto, el resabio metálico del presagio.
Fue en ese instante que sentí la presencia. No como una visión, ni siquiera como un susurro claro, sino más bien el accidente de un parpadeo: las sombras en las estanterías se alargaron y plegaron en formas que nunca habría imaginado posibles. Algo antiguo y hondo rozó el borde de mi conciencia, y la temperatura cayó, tornándose tan fría que mi aliento apareció hecho hielo.
Sin tiempo para el miedo, solo el asombro. La biblioteca quedó envuelta en un plateado fulgor, distinto de la luz del sol y, sin embargo, siniestro en su belleza. Y ante mí, entre los anaqueles revestidos por siglos de polvo y sortilegios menores, comenzó a tomar forma la figura que habría de cambiarlo todo.
Era alto, más alto que cualquier hombre, envuelto en ropajes que tenían la sustancia misma del crepúsculo, ribeteados por filamentos de oro pálido. La faz no era la de un mortal ni tampoco la de una estatua; parecía esculpida en la memoria de la primera luz. Y sin embargo, sus ojos eran pozos profundos donde danzaban pedazos de cosmos, chispeando con ecos de oscuridades inabarcables.
—Así que eres tú... —murmuró, con una voz a la vez tempestuosa y amarga—, el último testigo.
Las palabras se deslizaron en mi mente, saltando toda frontera del lenguaje. Quise preguntar quién era, qué pretendía, pero me hallé sin aliento, aferrado al tomo como un niño abrazaría un jirón de manta entre una tormenta.
No necesitó más. Extendió una mano, y los vitrales reflejaron ahora un mural invisible; paisajes de ruinas ardientes, torres trastocadas por vientos gélidos, y sobre todo, alas—enormes, innumerables—que se desgarraban unas a otras, en vórtices de luminiscencia y sombra.
—Los tuistas nos llamaron heraldos y portadores—dijo, con el tinte melancólico de la edad y del desencanto—, mas ellos jamás comprendieron el precio de nuestro pacto. Somos aquello a lo que rezan, de lo que huyen y, al final, con lo que pactan. Ahora, la balanza se inclina, y la grieta vuelve a abrirse.
No me atrevía a moverme. Pero el ser volvió el rostro hacia la distancia, y entonces vi, a su espalda, otra figura. Parecía idéntico en talla y porte, pero allí donde el primero destilaba un resplandor inquieto, este solo devolvía reflejos espesos, como si la realidad lo rechazara. Sus alas caían abiertas como un telón de noche sin luna, tragando la luz que les rozaba.
Y entre ambos, la biblioteca parecía doblegarse: mitad refugio, mitad trinchera.
El primero—cuyo nombre supe, aunque jamás se pronunció, que era Arathiel—tomó aire, y el silencio se fragmentó.
—En otro ciclo, los invocadores habrían discutido nuestras virtudes. Tú, humilde cronista, ahora portas la decisión.
—¿Yo?—me atreví a preguntar—. ¿Qué papel puedo yo, un mortal, jugar en un drama cuyas piezas me superan?
El segundo ser pronunció unas palabras que, si el primero era la tempestad callada, este era la voz de las cavernas olvidadas: llenas de secretos y ecos interminables.
—Porque solo los mortales pueden elegir sin saber. Y esas elecciones resuenan más allá de la última estrella.
Las paredes de la biblioteca comenzaron a retroceder, doblándose sobre sí mismas, y sentí que caía. O más bien, que todo lo demás era arrastrado en dirección contraria. Me encontré de pronto frente a una grieta que desgarraba el espacio mismo; era inasible, pero palpable en mi médula. Detrás de ella, ciudades etéreas se retorcían entre fuego blanco y escarcha negra, y en medio, cientos—no, miles—de criaturas suspendidas en un perpetuo combate: algunos con alas tejidas de amanecer, otros con extremidades líquidas, ondulantes, como humo solidificado.
Ambos seres se situaron a cada lado de la grieta.
—Escoge —dijo Arathiel. —O pervive la luz o pervive la sombra. Pero en cada uno de nosotros habita el germen del contrario.
Traté de apartar la vista. No quise elegir entre dos horrores; cada bando tenía rostros deformados por el sufrimiento, por la esperanza, por el sacrificio. Comencé a entender: no era una lucha entre bien y mal, sino entre posibilidad y límite, entre recordar y olvidar, entre crear y dejar que lo creado se disuelva.
Pero entonces uno de los combatientes, un ángel de alas fragmentadas y ojos como carbones húmedos, se volvió hacia mí. Suplicaba, sin palabras, por liberación. Vi en su rostro el reflejo de mi propio temor y, detrás, la posibilidad de reconciliación. No hay exilio más feroz que aquel del que uno mismo es guardián.
Giré para encarar a quienes me habían traído allí.
—¿Qué es lo que realmente piden de mí?
Ambos respondieron a la vez, atronando la grieta y mi mente:
—Permite que uno de nosotros cruce. Que tome forma y su destino en el mundo de los vivos.
Temblé. Sabía que decidir sería mucho más que un acuerdo; sería una ruptura, una nueva herida en el tejido ya maltrecho del equilibrio. Y comprendí cuál era el precio: mi memoria sería la puerta. Quien eligiera vendría al mundo, y su naturaleza fijaría el curso de cuanto viviera después.
El fulgor y la penumbra aguardaron, impasibles, pero el tiempo parecía encogerse a mi alrededor. Cerré los ojos. Busqué en mi interior lo que latía más allá del temor: mi anhelo de comprensión, mi miedo al olvido, mi ruego de significado.
Cuando abrí los ojos, vi a ambos con una claridad dolorosa. Y hablé, apenas un susurro.
—No elegiré una exclusión. Si en vuestro ser habita el germen del otro, que sea así también aquí. Pido reconciliación, no supremacía. Que cruce aquel cuyo corazón pueda acoger ambos extremos.
El temblor barrió la grieta. Durante un instante, la tensión se resolvió en un destello que no era luz ni tiniebla, sino el perfume de algo más grande: alba y ocaso fundidos.
De entre los mundos surgió una tercera figura, tejida de oro pálido y sombras líquidas, alas traslúcidas cruzadas de turmalina y luz moteada. Su mirada, al posarse en mí, era a la vez desconocida y familiar; me reconocía y se reconocía en mí, reflejo de mi propia paradoja interior.
Los primeros dos Heraldos bajaron su mirada, como si al fin hubieran alcanzado la paz que siglos de guerra les habían negado.
—Así será —declararon, uno con el temblor de la esperanza, el otro con la resonancia de lo largamente añorado.
Volví a la biblioteca de Verlith con el eco de la decisión latiendo en mi pecho. Desde aquel día, los mortales comenzaron a relatar sueños extraños, donde luz y sombra danzaban sin herirse. Nuevos símbolos surgieron en los salones del Priorato, tallados por manos que no recordaban haberlos creado. Donde había habido temor, creció un asombro reverente, y el mundo, quizá por primera vez, dejó de preguntarse quién triunfaría, para empezar a preguntarse qué podía nacer de dos opuestos abrazándose.
Mientras tanto, en mis noches de vigilia, la tercera criatura visita mis pensamientos, sus alas abiertas en un eterno crepúsculo. Quizá soy el único que la recuerda, pero sé que al hacerlo, mantengo abierto un camino tenue donde aún es posible elegir algo distinto, algo más que la guerra eterna.
Y en la frontera de la vigilia y el sueño, oigo siempre su promesa titilante: “En la danza de opuestos se halla la raíz de toda creación, y el eco de todo amor.”
Así termina mi crónica. No de victoria, sino de un delicado pacto, donde luz y sombra aprendieron, por un instante, a no temerse.
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