Portada del relato La Canción del Silencio
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Fragmento:


La posada se congeló en el silencio. Era un insulto, pero peor aún, era una acusación. Ysa estudió al forastero. Lo hizo con la paciencia de una jardinera arrancando una flor venenosa. Sus nudillos se tensaron.

Duración: 08:59

La Canción del Silencio
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Texto de ajuste de pausa.

Había una ciudad donde los nombres se trenzaban como el pelo, se heredaban como anillos, y se cambiaban como máscaras. Onareth, la llamaban los clérigos, aunque entre mercaderes y bandidos era “la Serpiente Azul”, pues el río la rodeaba y enroscaba sus puentes de piedra como colmillos. Nadie recordaba quién había fundado Onareth; seguramente, nadie quiso. La gente con la memoria larga aprendía a guardar silencio, como se hace con una promesa amarga.

En una tavernucha junto al mercado —de puerta baja y vigas ladeadas— se reunían aquellos cuya soledad era demasiado grande para que el viento se la llevara. La llamaban la Posada de las Sombras, un nombre florido para un sitio con olor a cerveza rancia y madera podrida. Allí, entre vasijas de cerámica y una bruma constante de tabaco, cantaba Ysa, una mujer menuda y de pelo tan oscuro como el vino negro.

Esa noche, Ysa ajustaba el agarre en su laúd. Sus manos eran suaves, no porque nunca las hubiera usado sino porque en cada dedo había una música dormida, y en su muñeca una cicatriz blanca dibujaba una pregunta incomprensible. Tocó una nota baja, profunda, y el murmullo de la sala se apagó como si alguien hubiese lanzado un cubo de agua sobre el fuego de las voces.

La historia de Ysa era como esas monedas dobles que los embaucadores usan para ganar siempre: por un lado, ofrecía una sonrisa cortante—aunque a veces eso solo significaba tristeza—y por el otro la sombra de una promesa, una que hacía que los parroquianos llenaran la sala noche tras noche. Nadie podía recordar cuándo llegó ni cómo aprendió canciones que hablaban de mares sin nombre y de ciudades enterradas bajo montañas.

El tabernero, Erlen, era un hombre gordo y curtido, con una calvicie que brillaba a la luz de las velas. Sabía guardar secretos; había aprendido a hacerlo con la misma facilidad con la que otros aprenden a jugar a las cartas. Pero esa noche, sentía un escalofrío leve, una perturbación, como si una corriente fría se deslizara por el umbral y trastocara la familiaridad del local.

Fuera, la luna era un farol roto en el cielo morado, apenas suficiente para distinguir siluetas. Cuando la puerta se abrió, el aire olía a hierro y tormenta. Entró una figura encapuchada, alta y delgada, con capa azul oscuro y botas húmedas. Nadie la miró directamente, pero todos la vieron. Algunos apartaron la mirada, instintivamente. Las ciudades viejas saben cuándo la muerte viene disfrazada de viajero.

Se sentó en la mesa cercana al escenario. Alguien se acercó, recogió el pago por la cerveza sin decir nada y se retiró. Las manos de la figura eran pálidas y cuidadas, demasiado limpias para un vagabundo. Sacó un trozo de pergamino y lo dejó sobre la mesa, justo donde el laúd haría sombra si Ysa pasara cerca.

La canción que Ysa eligió fue de cosecha amarga. Su voz acariciaba la memoria de algo roto: "Por las piedras de Lisandria caminaron los reyes, / dejaron sus nombres en los muros / y ninguno regresó..." Las notas temblaban en el aire como aves heridas, y cada asistente sentía, por un instante, que también caminaba por esas piedras antiguas y heladas.

Cuando la canción terminó, el forastero levantó la mirada. Sus ojos eran grises, casi traslúcidos y parecía que miraban a través de Ysa, más allá de la posada, como si buscaran una verdad oculta en la madera vieja de los muros. Finalmente habló, con voz serena y ardua:

—Has olvidado el final de la canción.

La posada se congeló en el silencio. Era un insulto, pero peor aún, era una acusación. Ysa estudió al forastero. Lo hizo con la paciencia de una jardinera arrancando una flor venenosa. Sus nudillos se tensaron.

—Hay canciones que no merecen un final.

—Todas las historias lo merecen. Si no es por quienes las cantan, lo es por quienes las recuerdan —replicó la figura, marcando con el pulgar el pergamino.

Algunos clientes se incomodaron, otros sonrieron aguardando tempestad. El posadero tragó saliva. Nadie osaba pronunciar su nombre.

Fue entonces cuando Ysa bajó del escenario, acercándose despacio. Tomó el pergamino. Lo desenrolló. Era un mapa. El trazo, tembloroso pero inconfundible, mostraba las calles de Onareth, pero no las de ahora. Era la ciudad antes de la última gran inundación, cuando aún quedaban dos torres tapizadas de helechos y el agua no devoraba los barrios bajos.

—¿Qué quieres? —susurró Ysa.

—Que termines la historia. Allí, donde tu canción la dejó —Señaló un punto casi borrado, allá donde la ciudad y el río se encuentran, donde la leyenda de las Piedras de Lisandria dormía en la mugre del olvido.

Alguien dejó caer una taza, y el sonido fue como el glas de una campana en un funeral.

Ysa dudó. Porque desde pequeña había conocido el precio de la música: una nota falsa podía romperte la vida. Sabía que las leyendas, en Onareth, eran agujeros por donde el mundo se desangra. Y que el nombre de Lisandria pesaba demasiado para cualquier garganta.

—¿Qué eres? —preguntó.

—Un viejo hueso que busca su tumba. Una sombra que quiere descansar. Fui cantor antes que juez, fui traidor antes que víctima.

La música de la noche volvió, pero parecía distinta, afilada como la promesa de esa vieja ciudad sumergida. Ysa se sentó frente al extraño. Se dejaron envolver por la penumbra, mientras las conversaciones se reanudaban lentamente. Nunca había temido los fantasmas, pensó. Pero esa noche, uno le había hablado, y era hora de terminar una historia rota.

—En la última noche de Lisandria —dijo, apenas un susurro—, alguien tocó un laúd y todas las puertas se cerraron al mismo tiempo. Nadie recuerda el nombre de la melodía, solo que las piedras lloraron y los nombres de los reyes se borraron de los muros.

El forastero asintió. Sacó de su bolsa una piedra pequeña, labrada con un símbolo antiguo: una luna mordida, dos estrellas. La dejó en la mesa y Ysa sintió que el aire se volvía pesado, como si el recuerdo de la ciudad hundida emergiera despacio, rezumando siglos de pena.

—¿Vienes conmigo? —preguntó él.

Y aunque todos sabían que los músicos deberían huir de las invitaciones fantasmales, Ysa sonrió. Sentía la canción entera agolpándose en su pecho, y sabía que nunca podría tocarla si no veía de cerca las ruinas cuyo eco la llamaba noche tras noche.

Salieron juntos, apenas una sombra tras otra. Nadie los miró de frente. Onareth todavía conoce el lenguaje del miedo, y sabe cuándo debe enterrar una historia más.

Caminaron por la ciudad antigua, bordeando esquinas donde la luz de los faroles apenas podía morder la oscuridad. El forastero la guiaba sin apartarse del mapa, aunque Ysa sospechaba que no necesitaba realmente sus líneas. Algunos perros husmeaban entre la basura, levantando la mirada como si reconocieran en sus pasos el compás de una vieja balada.

Al llegar al punto señalado, solo hallaron ruinas ahogadas y agua picada de estrellas. Donde siglos atrás se alzaban las piedras de Lisandria, ahora quedaban charcos fangosos y bloques cubiertos de algas. Ysa se acuclilló, palpando la superficie rugosa hasta que encontró una piedra distinta: la del símbolo.

—Esta es la última nota, ¿no es cierto? —murmuró.

El forastero se arrodilló a su lado. Extrajo una pequeña flauta de marfil y la acercó a los labios. Tocó una melodía sencilla, apenas unas notas, y Ysa comprendió al instante que era la misma con la que había soñado desde niña, la que nadie había escuchado jamás hasta esa noche.

La melodía llenó el aire, lenta, profunda. Parecía traer de vuelta los nombres borrados, los gritos de los traicionados, el beso helado de la última reina. Ysa, temblando, acompañó la flauta con su voz; entre ambas músicas, la noche se partió como si fuera de vidrio y algo levantó el vuelo en la bruma.

Entonces, las piedras de Lisandria respondieron. El agua se arremolinó, y durante un segundo, Ysa vio reflejadas en el río las caras de los que se habían perdido con la ciudad.

El forastero suspiró, como un recién nacido respirando por primera vez. Sus ojos se suavizaron, la dureza desapareció.

—Gracias —dijo—. Ya puedo ir.

Se desvaneció despacio, como humo al sol. Ysa permaneció junto a las ruinas, sintiendo la canción aún en sus venas.

Al regresar a la posada, sus manos temblaban. Pero esa noche, al tomar el laúd, sus dedos encontraron una melodía desconocida. La canción que había buscado y temido toda su vida. La historia había terminado, pero su eco recorrería Onareth mientras alguien siguiera escuchando.

Y la Posada de las Sombras supo, aunque nadie lo dijo, que un fantasma menos caminaba por sus calles y que, en las noches, aún era posible escuchar la canción que unió el silencio con la memoria. Y que, a veces, es necesario tocar la última nota aunque duela. Porque solo entonces una ciudad puede recordar su propio nombre.

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