Portada del relato La Flor del Crepúsculo
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Fragmento:


El precio por preguntar nunca es bajo. El agua se eleva, congelándose en la pequeña copa; un zarcillo de escarcha le corta la palma mientras las voces se ordenan en un coro único. “La flor que sangra en el crepúsculo, hija de la luna nueva, memoria de traición. Busca la raíz bajo la Torre de las Promesas, donde los juramentos son enterrados, donde el guardián espera con hambre y rencor.”

Duración: 08:17

La Flor del Crepúsculo
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Texto de ajuste de pausa.

***

Cuando el sol se repliega tras las montañas de Desmira, la ciudad de Lysathir se transforma. Delicados haces de luz se filtran a través de vitrales de historias rotas, mientras las calles se llenan del aroma a flores nocturnas y perfume de especies prohibidas. En ese momento nace la verdadera ciudad, la que mora en las grietas de su fachada impoluta, y Lirael Foran, hija exiliada de la antigua casa Syth, camina como fantasma y cazadora entre sus plazas. Sus pasos no hacen eco, su capa oscura bebe el resplandor, y si alguna vez alguien la ve, su mente olvida el rostro antes de que el miedo logre asentarse.

No siempre fue así. Aún recuerda, como en un sueño casi olvidado, los salones blancos de mármol, los juegos de estandartes en el viento y la voz dulce de su hermana, recitando viejas leyendas de dioses y monstruos. Pero la traición destroza, y el amor no siempre puede coser las heridas. Su exilio fue más que un castigo; fue un recordatorio de que, en Lysathir, las promesas rotas cobran su precio en carne.

Esa noche, las sombras parecen más densas. Lirael se desliza por callejones flanqueados de estatuas mutiladas, esquiva mercados ruidosos y llega hasta el Lago de Amarant, cuyas aguas doradas brillan bajo la luna tan intensamente como las viejas monedas de la ciudad. El lago es un santuario y una prisión; las criaturas que moran en sus profundidades huyen de la luz, ansían secretos, y venden sortilegios a quienes no temen perder el alma.

Lirael se arrodilla en la orilla, el encaje de su capucha empapado de rocío, y saca del cinturón una copa de vidrio azul, tallada con antiguas runas. “Atrayere los susurros,” se dice, repitiendo el hechizo de los condenados. Su aliento tiembla contra el borde. El agua se arremolina en la copa, reflejando por un breve instante el rostro de su hermana, Theris, perdida y hermosa como una sombra en el crepúsculo.

La misión de esa noche es clara: obtener una respuesta. Desde hace semanas, la ciudad se estremece ante una serie de desapariciones. Nobles, mercaderes, niños del arrabal. Todos se evaporan en las noches sin estrellas, dejando tras de sí el perfume persistente de lirios marchitos. La Guardia busca culpables entre sus propios fantasmas, ignorando las huellas de magia antigua, de poder olvidado. Pero Lirael sabe, porque los ecos de los juramentos rotos susurran en la sangre de los Syth, y su exilio nunca la privó de escuchar a las sombras.

“Por los antiguos, responde,” susurra Lirael al agua, quebrando el silencio. En el reflejo, algo se agita. Un parpadeo de ojos dorados, garras traslúcidas, voces entremezcladas que chisporrotean en el aire. El lago responde con un murmullo bajo. Palabras que no son palabras, ranuras de dolor en los recuerdos.

El precio por preguntar nunca es bajo. El agua se eleva, congelándose en la pequeña copa; un zarcillo de escarcha le corta la palma mientras las voces se ordenan en un coro único. “La flor que sangra en el crepúsculo, hija de la luna nueva, memoria de traición. Busca la raíz bajo la Torre de las Promesas, donde los juramentos son enterrados, donde el guardián espera con hambre y rencor.”

Lirael cierra la mano en un puño, la sangre fluyendo hacia la tierra y el lago a la vez. “¿Quién tomó a los hijos de Lysathir?”, pregunta con dureza.

El agua chisporrotea y el reflejo se quiebra. Los ojos dorados se inclinan, la boca invisible susurra en su oído. “El Juez de las Cenizas, señor del Humo y el Olvido, ha despertado. Requiere corregir el equilibrio. Tus cicatrices son la llave, exiliada, y tu dolor la puerta. Sangre llama a sangre; debes ir donde tus votos fueron olvidados.”

Lirael drena la copa, sintiendo la escarcha morder su piel, y se pone de pie. La luna ha desaparecido tras nubes densas y la humedad parece pesar el doble. La Torre de las Promesas, el lugar más prohibido de Lysathir, duerme en las profundidades del Palacio mayor; solo los reyes y sus descendientes pueden entrar, y las sombras más antiguas del linaje Syth vigilan sus umbrales.

Pero Lirael ya dejó atrás la obediencia.

Se mueve como una sombra en el viento, cruzando campos desiertos y jardines susurrantes. Cada paso la acerca más a los recuerdos que ha pretendido ignorar, a las viejas magias que viven aún en su sangre. Por los callejones más ocultos, accede a un túnel olvidado, una ruta usada solo por aquellos que conocen los pecados de la ciudad.

Dentro del túnel, la oscuridad es absoluta. El aire sabe a óxido y promesas incumplidas. En las piedras resuenan huellas de generaciones, fragmentos de votos pronunciados y rotos, condenados a arrastrarse por la eternidad. Al fondo, la luz mortecina de antorchas mágicas revela una puerta sellada con runas vivas. Ningún mortal atraviesa su umbral sin permiso, pero Lirael no es mortal en todo el sentido; la sangre de los Syth lleva consigo algo más antiguo, algo que ni la ciudad ni el exilio pudieron robarle.

Atraviesa la puerta recitando el nombre secreto que sólo los Syth conocen, una palabra afilada como cuchilla, y la madera se parte con un gemido ansioso. La Torre de las Promesas es una espiral de cristal y hueso, con estanterías recubiertas de pergaminos atados en sangre dorada. Aquí reside el Guardián, la criatura forjada a partir de votos traicionados, un monstruo cuya existencia es limpiar el legado de lo olvidado.

Está allí, en el centro de la sala, cubierto de ceniza y con la mirada vacía de los que nunca durmieron. Sus ojos son carbones, su piel rota en líneas de fuego apagado. Al verla, el Guardián sonríe, y de su boca salen cuchillos en forma de palabras.

“¿Por qué regresas, traidora? ¿A pedir perdón? ¿O a cobrar tu deuda de dolor?”

Lirael avanza, todo temblor y coraje. “Vengo a restaurar el Equilibrio. Las desapariciones, el Juez de las Cenizas… has permitido que el Olvido reclame este lugar.”

El Guardián ríe, un sonido que desgarra el aire. “La ciudad te expulsó por traición, pero aún crees tener derecho a exigir. ¿Qué estás dispuesta a darme por mi secreto? ¿Qué valor tiene tu vida errante ante los juramentos que rompiste?”

Ella se quita la capucha, muestra la cicatriz que atraviesa su mejilla como un rayo dorado. “Mi exilio ya me costó todo, pero tomaré el dolor de los que faltan si hace falta. Deja que mi sangre selle los votos rotos, que mi memoria devuelva lo perdido.”

El Guardián asiente, sus huesos crujen. “Una vida por una vida, una memoria por un olvido. Eso es lo que el Juez exige. ¿Estás dispuesta a perder lo que aún amas para recuperar lo que la ciudad ha olvidado?”

Lirael cierra los ojos y piensa en Theris, en las noches de canto y promesas. “Si debo perder mi memoria para salvarles, que así sea.”

El Guardián extiende una mano ardiente, toma la palma de Lirael y un torrente de imágenes se desboca: risas en la infancia, caricias maternas, el primer beso bajo la magnolia nocturna, las lágrimas al ver a Theris caer en la oscuridad. El dolor es absoluto y exquisito, como si el alma fuera desmembrada y retejida. La sala se llena de luz crepuscular; con cada recuerdo arrancado, el Guardián se hace más humano, menos ceniza, y las sombras de Lysathir retroceden.

Cuando todo termina, Lirael cae de rodillas, vacía, temblorosa. El Guardián, ahora con ojos de hombre y barba de oro y ceniza, la ayuda a levantarse. “El Juez de las Cenizas ha aceptado el pago. El Olvido se retira, las almas perdidas regresan.”

Ella apenas recuerda su nombre. Sale de la Torre tambaleando, los ojos brillando con lágrimas que no comprende. Por las calles resucitan los nobles y los niños, confundidos pero ilesos, mientras la ciudad suelta un suspiro de alivio.

En la orilla del Lago de Amarant, alguien la espera. Una mujer de belleza inquieta y mirada familiar le toma la mano. “Te vi en mis sueños, te recordé aun cuando Lysathir me hizo olvidarte.”

Lirael sonríe, sin saber por qué, y en su pecho arde una brasa pequeña: la certeza de que el dolor, la traición y el sacrificio pueden crear, de las cenizas, un nuevo comienzo.

Mientras el crepúsculo se erige sobre Lysathir, la ciudad aprende a soñar de nuevo, y en esa noche sin recuerdos, la promesa más antigua de todas —la de rescatarse a una misma— teje su silencio.

Fin.

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