Portada del relato La biblioteca de las sombras
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Fragmento:


La lluvia caía como finos hilos de plata sobre la ciudad, cubriéndola con su velo de misticismo y herrumbre. Los edificios antiguos, que parecían haber surgido de la tierra como dientes corroídos, teñían sus ventanales de un azul oscuro, casi de luto. Era una noche en la que el silencio solo se quebraba por el eco lejano de pasos solitarios y el aullido ocasional del viento que se colaba entre los portales. Nadie debería haber estado despierto; incluso los gatos y las sombras parecían buscar abrigo de la tormenta. Pero la puerta roja, apenas visible en la penumbra, se abría paso entre todo, como una herida por la que el mundo antiguo aún sangraba.

Duración: 08:32

La biblioteca de las sombras
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Texto de ajuste de pausa.

La lluvia caía como finos hilos de plata sobre la ciudad, cubriéndola con su velo de misticismo y herrumbre. Los edificios antiguos, que parecían haber surgido de la tierra como dientes corroídos, teñían sus ventanales de un azul oscuro, casi de luto. Era una noche en la que el silencio solo se quebraba por el eco lejano de pasos solitarios y el aullido ocasional del viento que se colaba entre los portales. Nadie debería haber estado despierto; incluso los gatos y las sombras parecían buscar abrigo de la tormenta. Pero la puerta roja, apenas visible en la penumbra, se abría paso entre todo, como una herida por la que el mundo antiguo aún sangraba.

Ramis llegó frente a ella luchando contra el peso invisible de la ciudad. La conocía desde hacía años, aunque nunca antes se le había ocurrido que podía cruzarla. Los rumores sobre la casa eran muchos, todos contradictorios: que dentro las horas podían desvanecerse, que uno podía escuchar sus propios pensamientos como si vinieran de bocas ajenas, que lo que entraba allí rara vez volvía a ser igual. Y sin embargo, era la única dirección que le quedaba cuando el dolor y el remordimiento se mezclaron con el anhelo y el ansia de respuestas.

Giró la manija fría y barnizada por lluvias que nunca se secaban, y al hacerlo, un escalofrío le recorrió la columna. Sabía que no era solo el frío. El interior estaba iluminado por una luz cenicienta, como la que dibuja la luna sobre los huesos expuestos de un animal caído. El vestíbulo olía a papel antiguo, musgo viejo y al incienso de los universos que agonizan en soledad. Allí estaban los libros, cientos, miles, dispuestos en estanterías que se retorcían formando espirales ascendentes y descendentes, como si fueran venas de madera dispuestas a latir.

En el centro, la figura de un hombre que apenas parecía real: su silueta era fina, casi translúcida, como si solo existiera por el deseo de la casa de tener compañía. Miraba con ojos de ceniza a Ramis, y cuando sonrió reveló una hilera de dientes azules: “Bienvenido.”

Ramis sintió el peso de todas las decisiones mal hechas apretándole el pecho, pero aun así avanzó. “Busco algo”, murmuró, sintiendo que sus palabras crujían, quebradas por los recuerdos.

“Esta casa existe para los que buscan”, contestó el hombre, que no se movió ni un milímetro. “Pero todo lo que hay aquí tiene un precio.”

Las historias se arremolinaron en la mente de Ramis. Aquella mujer cuyos ojos estaban llenos de agujeros negros. El niño sin sombra que lloraba en el callejón sin salida. El anciano de manos frías que ofrecía monedas a cambio de nombres reales. Todos los rumores crecían alrededor de la figura del Guardián.

“Quiero saber por qué no puedo dormir desde hace siete meses”, dijo Ramis, con una franqueza que parecía brillar en la penumbra. “Por qué cada noche siento que algo me observa tras los espejos. Por qué la palabra traición flota en el aire de mi cuarto.”

El Guardián caminó hacia una estantería que se deslizaba sin hacer ruido. Sus dedos largos y pálidos buscaron un volumen encuadernado en piel color fuego. “La memoria”, recitó, “nunca es solo una cuestión privada en esta ciudad. Las paredes escuchan. Los espejos miran.”

Le tendió el libro. Su tapa palpitaba suavemente, como un animal dormido. “Debes leer tu historia y aceptar cada herida. Después, deberás ofrecer algo a la casa. Aquí no hay caridad.”

Ramis aceptó el libro sin rechistar. Sus manos temblaban, pero una ráfaga de aire cálido, extrañamente reconfortante, lo animó. Abrió el volumen. Dentro no se desplegaban palabras, sino imágenes:

La primera lo mostraba a él, joven, de pie frente a su madre, mientras le gritaba palabras que jamás podría perdonar ni olvidar. En el fondo, un espejo en el que la figura reflejada no era la suya, sino la de una criatura de ojos negros y colmillos largos.

La segunda imagen: Su amante, Edris, de espaldas, mirando hacia el cielo de una ciudad llena de grietas. Una carta sin entregar brillaba en la mano de Ramis, que la arrugaba hasta convertirla en polvo.

La tercera: Un niño sin rostro, al que Ramis había mentido en una tarde de miedo y debilidad. El niño extendía una mano, pidiendo algo que ya no podía devolverse.

El libro se volvía más pesado con cada página: una carga física, casi dolorosa. De pronto, la memoria de sus propias noches sin sueños ocupó toda la habitación: eran los recuerdos no enfrentados, las culpas que nunca se confesaron, heridas que ningún silencio podía encerrar.

Levantó la vista hacia el Guardián, que asentía en silencio. “Has visto lo que te devora”, dijo la figura. “Ahora solo queda el pago.”

Ramis recorrió la estancia con la mirada; no llevaba nada de valor. Su bolso, con sus papeles y monedas; las llaves; algún cigarrillo… Todo insignificante frente a la magnitud de la casa. Entonces, el Guardián inclinó la cabeza, como quien escucha un susurro secreto.

“La casa no cobra en oro ni papel. Aquí solo pagas con lo que nunca quisieras perder”.

Ramis supo entonces que el precio era su memoria intacta. Para liberarse de la insomnio, para dejar de ver las caras tras los espejos, tendría que donar una de sus historias, una atadura emocional que lo mantenía atado a su propio dolor. Tuvo miedo, porque ofrecer una memoria es algo definitivo: uno nunca vuelve de verdad a ser el mismo.

Sin embargo, la promesa de un sueño reparador, la idea de dormir sin espectros, fue más fuerte.

“Me quedo”, susurró. “Doy mi recuerdo de la noche en que traicioné a Edris. Haz que desaparezca esa culpa, ese dolor.”

El Guardián asintió. “El olvido no es bondadoso, Ramis. Sólo brutal. En cuanto vuelvas a abrir los ojos, solo habrá un vacío. Y ni siquiera sabrás que es vacío.”

Un acuerdo así no permitía retractarse. El Guardián alzó las manos y algo en la estancia cambió. Las luces se oscurecieron levemente, como si el aire se espesara de historias acumuladas. Ramis sintió un tirón frío tras los ojos, y de repente su mente se fue llenando de niebla. Las imágenes de Edris, la carta, las lágrimas, el último suspiro compartido, todo empezó a desvanecerse. Un grito silencioso, imposible de pronunciar, le subió a la garganta mientras sentía cómo le robaban la historia que lo había marcado y destrozado a la vez.

Cuando abrió los ojos, la lluvia seguía golpeando el vidrio, pero ya no recordaba por qué estaba allí. Algo vacío palpitaba bajo sus costillas, como un animal dormido que no sabía ya despertar.

“Puedes marcharte”, dijo el Guardián. Ramis asintió, agradecido y confuso, y salió a la noche.

***

Durante las semanas siguientes, el sueño de Ramis fue profundo, sin interrupciones ni voces ocultas tras los espejos. Pero el vacío seguía allí. A veces, al rozar ciertas páginas de libros viejos, sentía que algo importante faltaba. Un nombre, el eco de una tristeza que se negaba a mostrarse. Sus amigos lo observaban con sospecha: había cambiado. Ya no lloraba en noches de soledad, pero tampoco reía igual en los días de sol. La gente notaba la diferencia, como cuando un cuadro pierde su mejor color.

Sus pesadillas, sin embargo, se habían ido. En su lugar quedaron sueños de corredores interminables y puertas que nunca se abrían.

***

Las historias no se acaban. Las casas como aquella, con puertas rojas y secretos perdidos, viven alimentándose de lo que nadie quiere entregar. El Guardián permanece, su colección de libros crece. Cada volumen una historia robada, una herida alquilada al olvido.

Pero la casa tiene una segunda puerta, aún más oculta que la roja, a la que solo acceden los que, tras pagar, comprenden que el vacío es peor que cualquier culpa.

Una noche, mucho después, Ramis soñó con el Guardián. Entendió entonces la verdad: ningún alivio es gratuito. El olvido es, a menudo, la cicatriz más honda.

Volvió a buscar la puerta roja. La ciudad, como siempre, la ocultaba bajo la lluvia interminable. Esta vez, en su bolsillo llevaba un amuleto: un pequeño trozo de espejo, uno que jamás lo había perdonado. Tocó la puerta, preguntándose por primera vez si era posible reclamar lo que se había entregado.

El Guardián lo esperaba, con una sonrisa triste.

“Algunas pérdidas no admiten retroceso”, susurró.

Ramis cruzó el umbral, dispuesto a descubrir si es posible renunciar al olvido… y recuperar el dolor, aprender a vivir con él.

Porque incluso en una ciudad de lluvia y sombras, lo más puro es el coraje de recordar.

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