Portada del relato Los caminos de Ithralis
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Fragmento:


—Esto es lo que queda de los dioses —le había dicho Ithralis, con los ojos llenos de promesas heridas—. Ahora camina lejos, Tharamis. Encuentra la cerradura del mundo que fue.

Duración: 07:03

Los caminos de Ithralis
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Texto de ajuste de pausa.

El viento que barría las praderas derribadas de Isterna tenía un sabor a antiguo metal, una textura que arañaba la piel incluso bajo las túnicas repujadas de los exiliados. El firmamento, en su cansancio crepuscular, se curvaba como un escudo sobre los restos de antiguas máquinas que alguna vez hicieron florecer el mundo. Allí, entre cadáveres de esferas brillantes y estatuas de dioses infernales, caminaba Tharamis el Desandado, llevando en la mirada la promesa de una liberación solo al alcance de los insatisfechos.

Había aprendido el arte del viaje silencioso en los corredores de la Nube Gris, donde el humo de las fábricas se mezclaba con los susurros de los espectros desterrados. Andando siempre con la espalda preñada de frío y el paso ligero, pensaba a menudo en la traición de los días-horizonte, cuando Ithralis se lo llevó al último borde de la ciudadela para mostrarle el núcleo moribundo: una esfera palpitante de luz rota, sostenida por gruesos cables de bronce y ramas secas de lignum solaris.

—Esto es lo que queda de los dioses —le había dicho Ithralis, con los ojos llenos de promesas heridas—. Ahora camina lejos, Tharamis. Encuentra la cerradura del mundo que fue.

Muchos habrían reído de aquel encargo, pues sabían que la única llave capaz de abrir el corazón de un dios muerto yacía más allá de la última frontera soñada. Y, sin embargo, Tharamis cargaba con los recuerdos del amor y del exilio: dos cadenas invisibles que azotan más fuerte que cualquier látigo de las guerras del Tiempo. Caminó, entonces, y en su pecho la extraña certeza de que cada paso lo acercaba no solo a la fuente perdida sino a un pacto antiguo, anterior a las primeras palabras talladas en los obeliscos flotantes.

En el camino, se cruzó con los custodios de la Nada. Criaturas descarnadas, formadas de polvo y antiguos juramentos incumplidos, que saludaron con relucientes picas de luz negra. Sabían bien quién era y qué buscaba, y lo dejaron pasar, pues no tomarían el riesgo de tentar la cólera de un exiliado de sangre irregular. Tharamis los dejó en medio de su desolación y prosiguió al sur, donde los ríos recorrían túneles de obsidiana y el cielo se poblaba por sueños sin dueño.

La noche cayó con violencia sobre sus hombros cuando alcanzó el linde de Jastrith: el Cambiante. Allí, los signos de la realidad se disolvían en breves titilaciones de neón y vapor; los árboles de hueso marcaban el sendero, y los astros temían mirar demasiado tiempo en la dirección de las ruinas. Jastrith, gobernante de la región, aguardaba con sus brazos múltiples abrazando el aire, una sonrisa dislocada y la voz que era todas las voces:

—Bienvenido, exiliado —musitó, como si masticara arena dorada—. Traes en tu alma la sombra de la llave. ¿Ofrecerás tu fuego por la promesa de los dioses apagados?

Tharamis sabía lo peligroso de tratar con él. Jastrith, trasmutador de destinos, podía convertir la carne en viento y la memoria en materia. Pero su objetivo estaba claro, y la sed de respuesta era más fuerte que el temor. Desenvainó la vara de oricalco y dejó que el murmullo ancestral le llenara los oídos.

—No busco redención —replicó—. Solo un camino hacia los fragmentos del núcleo. Muéstrame el vestigio de la cerradura o róbame el aliento para siempre.

Repicó la risa de Jastrith como monedas fundiéndose. Sus ojos abrieron puertas en el espacio mismo, dejando entrever océanos de posibilidades órdenes de magnitud más vastos que los que el propio Tharamis podía imaginar.

—Te mostraré un fragmento del camino, pero el precio es tu miedo. ¿Puedes dejarlo en mi huerto de ecos marchitos?

Tharamis sintió el frío recorrerle la espina dorsal, el peso de todos sus temores: la inexorable extinción de la esperanza, el amor extraviado de Ithralis, el horror del olvido devorando los nombres. Sin embargo, mientras rendía parte de sí, encontró en su interior una chispa, una luz virulenta que era suya y también ajena. Dejó el miedo en el umbral del Cambiante, y cruzó la grieta hacia el reino de los Ojos Incandescentes.

Allí, la realidad era un tapiz cambiante de colores que dolían a la vista. Los Ojos Incandescentes flotaban sobre pedestales de sangre coagulada, y sus iris eran aleaciones de jade y crímenes. Ellos veían todo y podían olvidar a cualquiera con el simple parpadeo de sus pestañas líquidas.

—¿Quién solicita el paso al santuario del corazón sinluz? —retumbaron en una voz unísona—. ¿Qué moneda traes para comprar el recuerdo de la cerradura?

Tharamis supo que aquí no bastarían gestos ni viejas armas. Sacó de su atuendo el pequeño orbe negro: la memoria robada del Primer Desterrado, un fragmento de historia que nunca debió existir fuera de la mente de un dios. Lo arrojó al pie de los Ojos, y la sala resplandeció con el dolor de la primera guerra.

El eco de la transacción lo rozó como un vendaval —el saber robado, una esencia que quemaba—. Los Ojos pestañearon una vez, y la sala se llenó de puertas, todas con cerraduras talladas en música.

—Elige, forastero. Solo una conduce al núcleo y acaso a una liberación.

Sabía por instinto cuál escoger; la tercera, la que pulsaba con el silencio exacto de Ithralis cuando hablaba de la esperanza y el desastre. Tharamis tomó aire y cruzó el umbral.

Del otro lado, el silencio era absoluto. Avanzó entre columnas de ceniza y escaleras inconclusas, hasta que el mundo se volvió únicamente luz. En el centro, flotando, halló una esfera de relámpago contenido: el núcleo del dios apagado esperando la llave.

Una figura aguardaba: Ithralis. Ya no era la criatura deshecha de su memoria, sino una amalgama de todas las posibilidades que el exilio podía haberle conferido. Su voz era luz y sombra al mismo tiempo.

—Sabía que llegarías, Tharamis. Los dioses no mueren, solo se transforman en promesa. Has pagado el peaje de tus miedos y tus memorias —dijo Ithralis, abriendo la palma de su mano—. Dame lo que resta de tu historia: ese instante en que aún creías en la pureza, y encenderé de nuevo el núcleo.

Tharamis, temblando, le ofreció el último retazo de infancia, un recuerdo sin mancilla del tiempo anterior a la caída. Ithralis aceptó el regalo y lo fundió en la esfera de relámpagos. Un coro de ondas sacudió el espacio, y la luz devoró la oscuridad circundante.

Por un instante que abarcó eones, Tharamis vio el resplandor de universos nacientes, sintió el perfume de la lluvia en mundos aún no soñados y supo que cada exilio es solo el primer paso hacia una revolución. Ithralis giró, vuelto pura energía, y lo abrazó.

—Ahora eres libre, hermano de las fronteras derrotadas. Donde vayas, los dioses renacerán o caerán por tu suspiro.

Y así, mientras Ithralis ascendía al ciclo renacido y los vestigios de la vieja ciudadela se desperezaban, Tharamis comprendió el sentido de su viaje: liberarse de la memoria para ser la memoria misma del mundo que sueña y se reconstruye tras cada apocalipsis.

Bajo el nuevo sol, los caminos de Ithralis se abrieron no solo para los exiliados, sino para cualquiera dispuesto a perderlo todo por la promesa de una luz, aun si esta solo brilla en las ruinas olvidadas de los dioses apagados.

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