Portada del relato Sombras Sobre Vohldan
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Fragmento:


Orven se presentó ante Kaelir en la penumbra del establo, con la espada prohibida envuelta en telas y rocio. “El frío ha cambiado,” murmuró. Kaelir no respondió al principio; dejó que el filo asomara, apenas un centímetro. La luz bailó sobre la hoja, revelando runas que ningún hombre honrado aprendería. “¿Cuántas quedan?” preguntó al herrero.

Duración: 08:05

Sombras Sobre Vohldan
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Texto de ajuste de pausa.

El trovador ciego que recorría las plazas del Viejo Norte aseguraba que las historias, las buenas al menos, no nacen en salas doradas ni en los alientos de reyes, sino en las heridas de la tierra y en los secretos que nadie se atreve a pronunciar. En el poblado de Vohldan, donde el invierno dura más que las promesas y la nieve cubre las tumbas y los tejemanejes por igual, la noche se encendía bajo las luces bailantes de las auroras, y los hombres no rezaban, maldecían.

Ese año el frío parecía no ceder y, mientras poblados enteros desaparecían bajo mantas de hielo y silencio, surgieron rumores: algo antiguo, yacería inquieto en la fractura de las montañas. La posada de Gutar, centro de toda lengua y borrachera del poblado, temblaba con cada nueva historia de viajeros perdidos, lobos despellejados y huellas más grandes que las de caballo alguno. Pero ninguno de esos cuentos, ni siquiera el del naufragio del rey de Salanas y su corte, inquietaba tanto como el regreso de los Héroes de hielo.

Ellos llegaban cuando todo parecía perdido, decían unos. Otros afirmaban que de su compañía solo quedaba muerte, pues para luchar contra los males que acechaban en la tundra, los Héroes empleaban armas prohibidas, forjadas no por manos humanas, sino hechizadas por juramentos tan oscuros que ni los sacerdotes se atrevían a balbucearlos.

La sierra que protegía Vohldan parecía indestructible; su fortaleza era legendaria, y sin embargo, más de un centinela había desaparecido de su puesto, dejando rastros de sangre azulada en el hielo. Cuando apareció la primera espada, la noticia no tardó en extenderse: una hoja ennegrecida, extrañamente fría, hallada entre los restos congelados de un caudillo caído. Tocarla era como hundir la mano en agua gélida e inerte. El herrero Orven, que había jurado a sus hijos no usar nunca más la forja por una herida absurda, contempló la espada durante largos minutos, la reconoció y lloró.

Aquella madrugada, tras la lúgubre tregua del alcohol, llegó Kaelir. No tenía el aspecto de un héroe. Flaco, hosco, más lobo hambriento que hombre. Nadie lo reconoció al principio, ni siquiera cuando pidió leche (vicio de niño, decían) ni cuando alzó la voz por encima de los mercenarios. Lo delató la cicatriz: una grieta blanca que marcaba su frente como el recorrido de un rayo en la corteza de un pino. Aquella señal, en otra época, fue emblema de una victoria imposible. Ahora era promesa de problemas, y las ancianas se persignaron tras sus jarras.

Orven se presentó ante Kaelir en la penumbra del establo, con la espada prohibida envuelta en telas y rocio. “El frío ha cambiado,” murmuró. Kaelir no respondió al principio; dejó que el filo asomara, apenas un centímetro. La luz bailó sobre la hoja, revelando runas que ningún hombre honrado aprendería. “¿Cuántas quedan?” preguntó al herrero.

“Dos. Tal vez tres. Escondidas donde ni los muertos las buscan.”

“Y Falek?” La voz de Kaelir era baja, húmeda.

Se miraron largamente. Orven bajó la vista. “Dicen que cruzó el Paso de Sombra. Solo, con la Espina de Hielo.”

Kaelir asintió. “Tráeme vino. Y una promesa de silencio.”

Esa noche, los hijos de Vohldan soñaron con el rugido de una bestia, de escamas cristalinas y ojos como carbones encendidos en la ventisca. Algunos, los sensibles al destino —o al miedo—, despertaron gritando entre las pieles. El posadero envió a los más fuertes a sellar puertas y ventanas, y solo los locos o los condenados caminaron fuera, buscando sentido a las huellas que la nieve, caprichosa, no borraba nunca.

Kaelir, sin sueño que lo salvara ni dolor que lo hiciera humano, fue en busca de las otras espadas. Sabía dónde hallar la segunda: bajo la Iglesia de los Sin Nombre, allí donde los monjes ocultaban secretos más venenosos que los demonios de los cuentos. Caminó bajo las estrellas argentadas, recorriendo un sendero que pocos recordaban.

En la cripta, el aire olía a miedo y fe vieja. La espada yacía sobre el pecho de un cadáver tan antiguo que solo quedaban huesos. A la hoja la llamaban Luminaria de Abrogar. Se decía que había partido el alma de un traidor en la guerra de los Tres Veranos, y que ni los gusanos querían nutrirse de quien la empuñaba.

Kaelir consideró pronunciar una oración, mas sus labios solo dejaron escapar vapor. Al tocar la empuñadura, el frío le atravesó la carne como una serpiente de escarcha, recorrió sus nervios, prometiendo dolor, olvido, poder.

De regreso en Vohldan, un aullido quebró la noche. No era lobo. No era humano. Los Héroes de hielo, ya reunidos, salieron a buscar el origen del terror.

Los acompañaban las tres espadas prohibidas: la Niebla de Vaellen (descubierta por un viejo ladrón en las cuevas del río), la Luminaria de Abrogar y la Espina de Hielo. Cada una, distinta. Cada una, con hambre propia.

Sobre la planicie helada, el enemigo los esperaba: una criatura nacida cuando el mundo aún era joven y el sol, tímido. Un leviatán de escamas pulidas, colas enroscadas y rugidos que rebotaban en la bóveda nocturna. Era la personificación del invierno perpetuo, odiado y adorado en igual medida. Nadie recordaba su nombre, y ni los dioses lo bendecían ya.

Kaelir avanzó primero, dejando que las runas de la Luminaria brillaran como gusanos de luz bajo la piel. A su lado, Falek, cansado, huesudo, rozaba la Espina de Hielo con la boca seca. A ninguno les temblaba el pulso, pero el miedo se pegaba al aire como un mal perfume.

El leviatán habló en una lengua inhumana, mezcla de crujidos y ondas heladas. Los corazones de los Héroes latían pesadamente. Prohibida arma contra prohibida carne; ¿qué podía salir de bueno?

Al primer choque, la Espina de Hielo se partió en astillas brillantes, arrancando un alarido de Falek. Veneno y hielo llovieron en todas direcciones, petrificando la nieve y los gemidos. Niebla de Vaellen, la más traicionera, giró sola en el aire y, desobedeciendo la mano de su portador, se clavó en una pata del monstruo, que gimió de rabia.

Kaelir vio su momento. Abrogar cantó, y el sonido era agudo y triste, como el llanto de un niño bajo el hielo. La hoja penetró entre escamas, buscando el corazón frío de la bestia. El leviatán, herido, abrió las fauces. Varios héroes murieron calcinados por un soplo tan gélido que los convirtió en estatuas de sal y hielo.

La batalla duró lo que duran los castigos de dioses justos: larga, agotadora, sin concesiones. Al amanecer, solo Kaelir yacía de pie, ensangrentado, rodeado de espadas rotas y cuerpos congelados. El leviatán, derrotado, se hundía bajo la superficie, dejando tras de sí un vaho resplandeciente. La tundra, agradecida y temerosa, enmudeció.

Kaelir recogió los restos de la Luminaria. Miró hacia Vohldan, que aún dormía bajo la coraza blanca. Sabía que la guerra contra el hielo no había terminado nunca; sólo cambiaban las formas, las palabras, los héroes. Caminó, solo, hacia el pueblo.

No hubo celebración, ni cantos, ni lágrimas por los caídos. La vieja ley de Vohldan era clara: quien empuñaba espadas prohibidas no merecía más que olvido. Kaelir, exhausto, se adentró en la niebla, buscando un sueño que no llegaría jamás.

El trovador, años después, recordaría la historia así: “Hubo una vez hombres que enfrentaron al frío con armas que debieron permanecer enterradas. Y hubo un héroe más solitario que los propios dioses, que supo que el precio de la victoria era, siempre, la condena del retorno. Y así fue.”

Los niños de Vohldan, a la hora del cuento, preguntan por Kaelir. Sus madres les dicen que no existe. Ellos, sin embargo, saben que, cuando el viento silva entre las chimeneas, es la espada prohibida de Kaelir quien responde, recordando a la tierra y a los hombres que la fantasía es, a veces, lo único prohibido que merece ser rescatado.

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