Fragmento:
Ante ella se alzaba una verja de hierro macizo, tan antigua que la hiedra la había reclamado como hogar propio, y tan cerrada que ni siquiera el viento conseguía hacerla sonar. No era un lugar que recordara haber visto nunca, pese a las muchas veces que recorriera la zona. Buscó referencias, latas, ramas, pero todo allí respiraba una quietud ajena al resto de la ciudad. Eso la convenció de que había traspasado algún límite, invisible pero muy real.
Duración: 08:08
La noche había caído sobre Valbastro como un telón mal bajado: de golpe, a medias, dejando destellos ocres allá donde algún farol resistía la embestida de la niebla. A esas horas, solo los que no tenían miedo o los que no sabían lo suficiente se atrevían a cruzar sus callejones. Ángela era de las primeras. Reía del miedo abiertamente durante el día, pero nunca, nunca se atrevía a abrir su ventana después de la medianoche. Sabía que eso traería historias, susurros, tal vez incluso presencias. Había estado cerca de toparse con ellas una vez, y le bastaba.
Pero sus pasos, la tarde de aquel viernes, equivocaron el cruce. El camino que la llevaría de vuelta a su apartamento parecía alargarse falsamente, y pronto, el pavimento se convirtió en tierra apisonada, y los setos del parque se hicieron más altos, más retorcidos, casi hostiles. El repentino crujir de una rama bajo su pie la hizo detenerse; en ese instante, captó el fuerte olor a óxido y humedad, inconfundible, que presagiaba no lluvia, sino encierro.
Ante ella se alzaba una verja de hierro macizo, tan antigua que la hiedra la había reclamado como hogar propio, y tan cerrada que ni siquiera el viento conseguía hacerla sonar. No era un lugar que recordara haber visto nunca, pese a las muchas veces que recorriera la zona. Buscó referencias, latas, ramas, pero todo allí respiraba una quietud ajena al resto de la ciudad. Eso la convenció de que había traspasado algún límite, invisible pero muy real.
Tuvo un impulso inmediato de alejarse, pero un destello dorado captó su atención: a un lado del portón, colgado de un clavo oxidado en la piedra, alguien había dejado un juego de llaves. Tres llaves, grandes, ornamentadas, pesadas. Tentación y advertencia. Ángela las tomó—la curiosidad era su don y su condena—y apenas el frío del metal tocó la palma de su mano, una vibración leve recorrió su piel, como si el aire se compactara alrededor.
La verja, impasible, se mantenía cerrada. El camino, también de tierra, perdía toda huella de la ciudad más allá, como si ella fuera la primera en siglos en osar mirar lo que había tras el cerco de hierro. Probó la primera llave, gruesa, con una cabeza en forma de cuervo, y no encajó. La segunda, más larga y delgada, se deslizó en la cerradura, y un sonido grave, animal, osciló en la niebla. La puerta giró apenas lo suficiente para dejarla pasar.
No hubo resistencia, ningún chirrido odioso. El portal aceptó a Ángela como quien acepta lo inevitable.
Traspasó el umbral y de inmediato comprendió que se adentraba en otra capa del mundo, donde lo cotidiano era solo una costra fina sobre la verdadera sustancia de las cosas. El sendero ante ella no parecía infinito, pero sí irremediablemente nuevo y extraño. Árboles enormes, cada uno distinto al anterior, se erguían a cada lado, sus copas rozadas por la niebla que, lejos de disiparse, se espesaba cada paso más.
Miró atrás, por puro reflejo: la verja de hierro había desaparecido, y el camino se cerraba a su espalda, devorando la senda. "Camino maldito", murmuró sin sonido, como quien repite una vieja superstición.
A medida que avanzaba, el aire se sentía pesado, cargado de pequeños temblores y ecos de voces apenas audibles: carcajadas enterradas, suspiros, tal vez oraciones. Ángela vio figuras sentadas a la vera del camino, ancianos de manto oscuro y rostro sin rasgos, mujeres de largos cabellos entremezclados con ramas y ojos enrojecidos de tanto llorar, niños que jugaban con piedras y sombras. Ninguno de ellos se movía más allá de las fronteras del sendero, y solo la seguían con la mirada, como acusadores mudos, o acaso guardianes resignados de un viejo pacto.
No se atrevió a hablarles; en vez de eso, ajustó el paso, apretando las llaves en el bolsillo y tanteando la segunda, la más pequeña. "Debe haber otra puerta", pensó. Ningún camino existe sin destino, y los malditos son, ante todo, irónicos.
A la izquierda, un muro bajo apareció entre la niebla como una revelación lenta. Tenía la forma de un semicírculo y estaba cubierto de inscripciones: nombres, fechas, símbolos de animales, solapados unos con otros, como un palimpsesto. Detrás, en una especie de claro que el muro protegía, descansaba algo que parecía una fusión entre altar y colmena: de sus orificios sobresalían manos flacas, huesudas, que sujetaban pequeños objetos—fotografías antiguas, dados de hueso, anillos y monedas, hasta una marioneta de hilos descompuesta. Ángela supo, por instinto, que allí dejaban los caminantes aquello que más les dolía cargar.
Se acercó tan solo un poco. Una voz grave, viene de ninguna parte, le habló directamente al pecho: ¿tienes algo que ofrecer, vieja joven? Ella, temblando sin poder evitarlo, sacó la cadena de plata que llevaba desde la infancia y la depositó en una de las manos. El objeto desapareció de inmediato, tragado por la colmena, y sintió, junto con la pérdida, una extraña ligereza. Siguió andando.
El sendero, entonces, se bifurcó en cuatro. Un letrero, apenas un tablón rajado, indicaba rutas en idiomas que no conocía—y sin embargo, entendió: “El Pendiente”, “El Silencio”, “El Valle del Recuerdo” y “La Puerta de Cruce”.
Eligió la última, empujada por la lógica absurda que gobierna el miedo: si había entrado por una puerta, debía salir por otra. El camino se estrechaba, las raíces afloraban como serpientes bajo el polvo, y más allá, en la penumbra, vislumbró la segunda puerta: un arco monumental de hierro, mucho más elaborado que la verja inicial. Talladas en su superficie, cientos de figuras en lucha: hombres y mujeres, bestias y pájaros, todos enlazados en una danza violenta de expulsión y retorno. En el centro, una cerradura amplia, negra como la boca de un túnel sin fondo.
Sacó la tercera llave, la más ornamentada. Dudó, por primera vez, si usarla. Las historias sobre puertas de hierro venían a su memoria: portales sellados sobre horrores, pasos a tierras donde solo los necios o los condenados entran voluntariamente.
En ese instante, alguien—o algo—se deslizó hasta su lado. Un hombre vestido con ropas de otra época, de rostro anguloso y barba cana. Le habló sin mirarla:
—Llegaste lejos, pero nada de esto era para ti. Si cruzas, ya no habrá vuelta—dijo, y el eco de su voz arrastraba años, décadas, tal vez siglos.
Ángela sintió el peso de todas las preguntas, pero ninguna encontró camino a su boca. Observó la llave, los grabados, la cerradura, y finalmente el rostro del hombre, donde una inmensa tristeza se reflejaba como un presagio. A su espalda, las figuras de los guardianes se agrupaban en silencio, tan expectantes como reacias.
La respuesta surgió sin lógica aparente:
—No quiero vivir entre puertas y caminos que no son míos. Solo quiero pasar a través—admitió. Y con decisión, entregó la llave a aquel hombre.
Él la aceptó con una solemnidad antigua y, al hacerlo, sus dedos se desvanecieron en polvo herrumbroso. La puerta, entonces, se abrió con un gemido profundo, y desde el otro lado, surgió un túnel de luz dorada y ceniza.
Ángela cruzó.
Al otro lado, la ciudad la recibió con el mismo aire de costumbre, las calles apenas más húmedas por la niebla. Pero supo, y eso era el verdadero conjuro, que había dejado parte de sí en los recodos y ofrendas del camino. Que otros, como ella, volverían a escuchar la invitación del hierro y los susurros del polvo. Y que, mientras existan los senderos entre mundos, nada es realmente maldito, salvo el olvido y la resignación.
Cada noche siguiente, Ángela pasó a mirar la hiedra y el muro bajo del parque, buscando la marca de hierro donde colgar una llave que ya no poseía.
Nadie, jamás, volvió a verla tras la medianoche. Sus fantasmas, al menos, tenían por fin un lugar donde descansar.
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