Portada del relato El eco invisible
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Fragmento:


Cuando mi abuela murió, encontramos una llave de vidrio en la mesita junto a su cama. Nadie recordaba haberla visto antes. Era pesada y suave al tacto, y la luz que entraba a la habitación se descomponía en fragmentos de arco iris al atravesarla. Mi tía la levantó con la reverencia que se reserva para los objetos de fe o de fechoría, y, al hacerlo, mi primo Lucio preguntó en voz alta:

Duración: 08:24

El eco invisible
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando mi abuela murió, encontramos una llave de vidrio en la mesita junto a su cama. Nadie recordaba haberla visto antes. Era pesada y suave al tacto, y la luz que entraba a la habitación se descomponía en fragmentos de arco iris al atravesarla. Mi tía la levantó con la reverencia que se reserva para los objetos de fe o de fechoría, y, al hacerlo, mi primo Lucio preguntó en voz alta:

—¿Y ahora qué abre?

Alguien rio, pero mi madre recogió la llave y, en vez de responder, la guardó en el bolsillo de su delantal. En nuestra familia, los misterios de la abuela no se resolvían, se esperaban. Y así pasaron semanas de luto, inventario y visitas —la llave olvidada, la casa lenta en su metamorfosis hacia el vacío. Yo pasaba las tardes en la biblioteca, un cuarto repleto de libros y polvo, cuyos ventanales siempre estaban cerrados; tenía la teoría de que el viento, si se lo permitía entrar, volaría las historias lejos de nosotros.

Ahí fue donde la llave volvió a aparecer. Era un jueves de plomo, y yo había reabierto “Las ciudades invisibles” buscando consuelo, cuando vi la llave sobre la mesa, dispuesta como una firma postrera. No podría decir cómo llegó allí, sólo que la luz se curtió distinta cuando la toqué. Se sintió cálida. La puse en la palma y entonces oí, muy claramente, el tintinear de otro cristal, en el muro oeste.

Esa parte de la casa siempre había estado cubierta por una gruesa cortina de terciopelo azul. Y aunque la tentación era fuerte, la costumbre pesaba más. La abuela había dicho, desde que yo era niño, que nadie debía tocar la cortina hasta después de su muerte. Y ahí estaba yo, con la llave y el mal presentimiento de estar cruzando una frontera.

Pero la curiosidad, ya se sabe, es su propio animal. Corrí la cortina y lo que vi me dejó tieso: en el centro de la pared había una puerta de cristal, tan transparente que podría haber pensado que era ilusión, de no ser por los reflejos que recogían la luz. La puerta no tenía manija, solo una cerradura, tallada como una flor de hielo lista para deshacerse al menor soplo.

No recuerdo cuántos minutos u horas quedé hipnotizado. Fui consciente del pulso en las sienes, del sudor frío en la espalda. Por puro reflejo, acerqué la llave, esperando que no pasara nada, preparado para que sí. Al insertarla, la cerradura cantó. El sonido era puro, brillante. Al girar la llave, el frío se dispersó, como si la casa exhalara. Empujé el cristal.

Detrás de la puerta, más quietud, más luces ondeando. Una habitación igual de grande que la biblioteca, pero durante años debió haber estado oculta: el polvo formaba estalactitas colgando de las lámparas, pero en el centro había una mesa, y sobre la mesa, media docena de libros. Cada uno era de vidrio.

Parecían frágiles, pero cuando tomé uno, sentí que cargaba algo denso, como si la vida entera de alguien vibrase en él. El primero era “Don Quijote”: el lomo curvado, las letras doradas grabadas en el cristal, las páginas apenas perceptibles, y sin embargo contenía todas las palabras, flotando unas sobre otras. Apoyé la yema del dedo en el principio: una palabra encendió, luego otra.

Al leerlas, la habitación cambió de temperatura, y tuve la sensación de que otra gente —sombras, presencias— me rodeaba, aunque no podía verlos. Cerré el libro abruptamente. Los otros libros tenían un brillo opaco, como si esperaran turno. Volví a poner el primero en su lugar y los observé desde la distancia.

Durante tres días no conté a nadie sobre la sala y los libros de cristal. No dormí bien; tenía sueños complejos, donde caminos de vidrio cruzaban mares de sal, y figuras conocidas de mi infancia esperaban al otro lado, siempre detrás de puertas transparentes. Mi madre me miraba preocupado, y yo sólo podía evitar su mirada.

Finalmente, la culpabilidad se volvió intolerable y le hablé a Lucio. Le pedí que viniera aquella tarde, cuando la luz era mortecina y tarde para las visitas habituales. No dijo nada cuando le enseñé la puerta, sólo suspiró y se santiguó:

—Siempre decían que la abuela era bruja —fue todo lo que comentó.

Cruzamos juntos el umbral. Le mostré los libros. Fue él quien se atrevió a preguntar:

—¿Por qué de cristal?

Me encogí de hombros, pero entonces recordé una historia que la abuela contaba de joven, sobre un sitio en el mundo donde los recuerdos más preciados se guardan en cajas transparentes, para no olvidar ni los detalles del dolor, ni los matices de la dicha.

—Quizás —dije, probando las palabras como si fueran ajenas—, porque sólo en el vidrio las historias no se corrompen.

Nos sentamos, cada uno con un libro distinto. Cuando Lucio abrió el suyo —era “Madame Bovary”—, su respiración se agitó.

—Veo campos infinitos —me susurró—, y una mujer que cabalga entre ellos, como si huyera de sí misma.

Recién entonces entendí: los Libros de Cristal no sólo se leían. Los vivías. Las palabras resonaban y tejían un espacio diferente, tangible, real. Yo abrí de nuevo el mío y me encontraron los guardianes del Quijote, la sequedad de La Mancha y la locura noble del hidalgo. Sentí su fatiga, su esperanza absurda.

El tiempo adentro de la sala comenzó a comportarse diferente. A veces, salíamos y descubríamos que en la casa apenas habían pasado minutos. Otras veces, una tarde se desdoblaba en semanas cuando cruzábamos de regreso. Pero era adictivo; las historias nos daban una sensación de propósito, de belleza. Pronto, Lucio y yo nos convertimos en los custodios secretísimos del lugar.

Hasta que la sala nos enseñó su precio.

Llegó una noche en que Lucio no pudo salir. Literalmente: se quedó atrapado detrás de la puerta de cristal. Yo gritaba, golpeaba, pero él sólo repetía, con voz lejana:

—No puedo dejarla. Ella me espera al otro lado del cristal.

Los libros sobre la mesa palpitaban. Supe, sin que nadie me lo dijera, que si dejaba la puerta abierta, algo más se escaparía, no sólo Lucio. Cerré de golpe y él, o su imagen, se desvaneció como niebla. Me quedé solo, temblando.

Al día siguiente, la llave no funcionó. La puerta estaba allí, visible, pero muda. La angustia se aferró a mis huesos. No podía preguntar a mi madre —¿cómo explicar que había perdido a su sobrino a través de una puerta de imposible lógica y que todo estaba, aparentemente, igual?

Pasaron meses, y el duelo fue solitario. La tristeza se fue espesando hasta volverse costumbre. Empecé a ver a Lucio en sueños, delgado y desvaído, recorriendo espacios literarios que mutaban con cada recuerdo mío. Me hablaba desde sus paisajes de cristal, pidiéndome que lo visitara.

En el aniversario de la abuela, cuando la casa entera olía a flores y cera, la llave apareció en mi escritorio. No dudé esta vez. Crucé la puerta y la sala estaba intacta, pero donde antes había libros bastaba solo uno: uno que no reconocía.

Era pesado, casi opaco, pero en la portada leí mi nombre. No tenía autor, sólo un título imaginario y translúcido. Lo abrí y comprendí que ahora era yo quien debía decidir. Podía perderme en las historias, convertirme en una sombra más, o podía echarme al mundo real y vivir lo que quedara con intensidad de quien sabe que todo relato, incluso el propio, debe cerrarse a tiempo.

El libro era como un corazón latiendo. Cruzar esa puerta de regreso era abrumador, pero lo hice, con la certeza de que algunos secretos son custodios, sí, pero también candados que nos retienen donde ya no pertenecemos.

Volví a poner la llave en su sitio. En los días siguientes, puse los recuerdos de la abuela en orden, vendí la casa y me llevé sólo un libro: un cuaderno en blanco de vidrio, pequeño, en el que toda palabra escrita se esfumaba al cerrar la tapa y volvía, completa, cada vez que lo abría bajo la luz.

Hace años que no sueño puertas que se abren, pero a veces, bajo ciertas luces, veo en las vitrinas superficies translúcidas y siento, en el vértigo de la nostalgia, que los relatos persisten. Quizás los libros de cristal —y las puertas— no buscan ser cruzados o leídos. Tal vez sólo piden que recordemos la fragilidad de las historias y, si tenemos suerte, que alguna de ellas nos recuerde también a nosotros, cuando ya no estemos vigilando el umbral.

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