Fragmento:
Clara pidió un té y eligió la mesa del fondo, la que roza siempre la pared de ladrillo descascarado. Desde esa mesa podía ver, reflejados en un punto exacto del vidrio empañado, los ríos que daban nombre a la ciudad. Era un truco óptico, juraban algunos, pero Clara nunca quiso investigar: prefería creer que allí el reflejo revelaba otras profundidades, como si el agua manara también tras la capa de mortero y polvo.
Duración: 09:26
El café estaba húmedo y cálido cuando Clara entró, aunque la ciudad afuera se aplastaba bajo un manto gris y el agua caía con constancia sobre las baldosas centenarias. Los ventanales empañados tamizaban el tráfico, que se deslizaba fantasmagóricamente bajo destellos anaranjados. Era el lugar habitual desde hace años, pero esa tarde, algo resultaba extrañamente ajeno, suspendido en un irreal halo de familiaridad distorsionada.
Clara pidió un té y eligió la mesa del fondo, la que roza siempre la pared de ladrillo descascarado. Desde esa mesa podía ver, reflejados en un punto exacto del vidrio empañado, los ríos que daban nombre a la ciudad. Era un truco óptico, juraban algunos, pero Clara nunca quiso investigar: prefería creer que allí el reflejo revelaba otras profundidades, como si el agua manara también tras la capa de mortero y polvo.
Aquella tarde había algo diferente en el aire: una vibración silenciosa, apenas perceptible, que no provenía de los autos ni del tiritar de los postes eléctricos. Era un zumbido entre los huesos, un parpadeo en los márgenes del ojo, como si el universo retomara el aliento en un breve paréntesis de realidad. Fue justo entonces cuando Clara percibió la primera grieta: una fisura luminosa en la mesa, como si la madera estuviera a punto de abrirse.
Miró a su alrededor, intentando captar la confirmación de su rareza en algún gesto de los otros clientes. Pero nadie parecía notar nada. El camarero, un hombre de barba oscura y manos largas, le llevó el té con una sonrisa y desapareció tras la barra, tarareando una melodía inaudible para los demás.
—¿Te molesta si me siento? —. La voz, suave y levemente ronca, surgió tan inesperada que Clara apenas pudo responder. Era una mujer de cabellos rojos y piel iridiscente, del tipo de personas a las que los espejos sólo devuelven la mitad de la verdad. Se acomodó con destreza frente a ella, cruzando las piernas como si tejiera a su alrededor un capullo de otra sustancia.
—Hoy las cosas están cambiando —dijo la mujer, mientras sus dedos delgados seguían el contorno de una grieta invisible sobre la mesa.
Clara titubeó. ¿Había un código, una contraseña, para este tipo de conversaciones? No era infrecuente, en aquel barrio, que los desconocidos se sentaran a compartir temblores invisibles. Podía deberse al exceso de humedad o a la historia tumultuosa del lugar, que chorreaba memorias por los desagües y tejía leyendas bajo las tapas de alcantarillado. Pero algo, en aquella mirada, reclamaba atención sin recurrir a la compasión.
—¿Qué está cambiando? —osó preguntar Clara.
—El tejido. Lo que usabas para llamarlo "realidad", aunque sabes que hay más —explicó la desconocida, y su reflejo en el vidrio mostraba un rostro algo distinto del que Clara veía frente a sí; una cara algo más vieja, algo más joven, dependiendo del ángulo.
Las palabras quedaron suspendidas unos segundos, como vapor de agua. Clara recordó entonces, con una nitidez dolorosa, que su abuela solía decirle que la realidad era una manta vieja: tejida con mil colores, pero siempre con agujeros en los bordes. “Donde hace falta, los sueños pasan”, decía la anciana, y sacudía el mantel de la mesa para que cayeran las migas-luciérnagas.
Pero esta vez el agujero era real. La fisura en la mesa palpitaba como la aorta de un animal dormido. Tras el primer vértigo, Clara alzó la vista y decidió preguntar sin rodeos.
—¿Quién eres?
—No tiene importancia. Me llaman Áster en algunos lados, aunque los nombres cambian. Estoy aquí porque algo quiere cruzar. Y tú puedes verlo, ¿verdad? Incluso ahora.
Clara asintió, sorprendida de que fuera cierto. El zumbido crecía, incrementando la extraña nitidez de los colores: el marrón madera ahora era ámbar, las sombras bailaban en la esquina de su ojo, y el halo húmedo ya no olía a café sino a tierra fresca, recién removida.
Áster la invitó a posar la mano sobre la mesa. “No va a doler”, dijo. “Lo que hay al otro lado puede asustar, pero nos pertenece tanto como la lluvia”. Los dedos de ambas se rozaron y, al instante, Clara sintió la quemazón blanda de la memoria.
No era realmente un dolor, sino una presión. Como si algo muy grande intentara recordarse a sí mismo en aquella pequeña grieta. Clara vio los ríos de la ciudad, pero también calles que nunca existieron, casas abiertas en destellos de vidrio fundido, y la silueta de alguien —ella misma, aunque más niña o más vieja— corriendo tras una mariposa de alas infinitas.
Cuando retiró la mano, la grieta seguía allí, más intensa. Los bordes vibraban con un brillo azul, y en su centro comenzaron a brotar pequeñas flores translúcidas, como reflejos de una primavera ignorada. Nadie más en la cafetería parecía notarlo, aunque un hombre de sombrero dejó caer su cuchara con un tintineo.
—Son los umbrales —explicó Áster—. Aparecen cuando la presión entre "aquí" y "allí" aumenta. Solemos ignorarlos, pero a veces, si uno presta atención, puede cruzar.
—¿Y por qué aparecen? —preguntó Clara, con la voz baja, temiendo que una pregunta demasiado directa pudiera romper el hechizo.
—Porque hay algo que quiere recordarnos —dijo Áster, y su reflejo en el vidrio era ahora casi perfectamente sincero, sólo con un leve parpadeo anómalo en sus párpados—. Hace muchos años, el mundo era permeable. Los límites los fuimos poniendo nosotros, con nuestras costumbres, con el miedo, con todos esos horarios que ahogan la sangre.
La grieta comenzó a ensancharse. Ahora Clara podía ver, a través del hilo azul, una habitación iluminada por la luz anaranjada del atardecer. Reconocía los muebles, pero habían cambiado de sitio. La abuela, intacta en su vestimenta de otra época, tejía en el sillón verde musgo y murmuraba palabras desconocidas. En el suelo, una versión infantil de Clara perseguía burbujas de jabón que, al contacto, explotaban en diminutos insectos de colores. El aire en aquella habitación era tan denso de aromas y sonidos, y tan absolutamente familiar, que el dolor de la pérdida bajaba como una ola amarga.
Áster la miró, comprensiva.
—Podemos cruzar, si quieres. O sólo escuchar una vez más. Siempre hay riesgos: la memoria duele, pero también sana. Y cada cruce deja marcas.
Clara tembló, consciente de que podía perderse ahí, en el reflejo. Pero esa tarde, bajo la lluvia, entendió que el mundo contenía más capas de las que había imaginado, más caminos de regreso, más bifurcaciones que no sabían de relojes ni de mapas.
—¿Qué pasará si cruzo?
Áster dobló los labios en una sonrisa.
—Serás diferente cuando vuelvas. O tal vez no regreses nunca igual —dijo—. Pero eso ocurre todos los días, aunque finjamos que no. Piensa: ¿cuántas versiones de ti han cruzado ya?
El reloj del café marcaba las seis y cuarenta y siete; sin embargo, el tiempo, en ese rincón, parecía plegarse sobre sí mismo, repitiéndose en bucles mínimos e inagotables. Clara, incapaz de resistirse, introdujo la mano en la grieta. No hubo resistencia: sólo el tacto frío de lo inesperado.
De inmediato sintió que caía, o quizás ascendía, por un túnel de olores: café, manzanas verdes, tierra mojada, el perfume a lavanda de su abuela. El cuerpo le pesaba, pero la mente era liviana, extensible, capaz de contener siglos en un solo latido. Vio ciudades superpuestas, casas que se disolvían en agua, calles que brotaban en el aire. Caminó entre rostros familiares y desconocidos, saludando a antiguos amantes, a hijos imposibles, a los fantasmas callados que la vigilaban desde los marcos de las puertas.
Allí estaba la abuela. La oía cantar, tejía palabras en un idioma que sólo existía entre ambas; la arropaba con historias y le mostraba, una por una, las grietas invisibles que se abrían bajo las alfombras de la infancia. Claras comprendió, entonces, que esos umbrales no eran errores ni defectos, sino portales. Pedazos de memoria incrustada en la materia, esperando a ser despiertos.
El regreso fue gradual, como amanecer después de días nublados. Cuando Clara retiró la mano de la mesa, había lágrimas en sus mejillas. La grieta todavía estaba allí, cubierta de brotes azules, pero de pronto supo que podía abrirse y cerrarse a voluntad: que dependía de su atención, de su fe, de la capacidad de reconocer que la realidad era, ante todo, porosa.
Áster le tendió un pañuelo, con la delicadeza de quien ha asistido muchas veces a ese gesto.
—Lo difícil —susurró— será ahora: vivir sabiendo. Recordar que nada es sólido del todo.
El café seguía igual: clientes charlando en voz baja, el camarero limpiando tazas, la lluvia golpeando los ventanales. Pero al mirar por el vidrio, Clara ya no vio sólo el reflejo de los ríos; en las esquinas, entre las baldosas, brillaba la promesa de infinitos umbrales.
Clara pagó su té, murmuró su agradecimiento —un idioma que sólo Áster entendió— y salió a la calle sintiendo, bajo el asfalto empapado, el pulso sutil de otras historias: cientos de otras realidades enroscadas en la suela de sus botas. Caminó sin prisa, aceptando que, desde ahora, cada esquina podía bifurcarse, que cada grieta era una invitación. Y que, si escuchaba con atención, aún podría oír la voz de su abuela, tejiendo, del otro lado, un tapiz sin fin.
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