Portada del relato El perfumista de las horas
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Una tarde de noviembre, cuando las lluvias habían remojado las calles hasta arrancarles sus nombres, un forastero llegó a la puerta principal. Era un hombre esbelto, envuelto en ropajes de lino oscuro, con la piel traslúcida donde las venas parecían raíles diminutos. Su apariencia no era sorprendente según los estándares de Altamira —donde las rarezas eran moneda corriente— pero la manera en que miró la aldaba de bronce, como si esperara que le hablara, fue lo que desconcertó a Clara.

Duración: 09:16

El perfumista de las horas
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

En la aldea de Altamira, donde el viento tomaba siempre la costumbre de anunciar la lluvia tres días antes de su llegada, sucedía a menudo que los relojes no medían el tiempo como en el resto del mundo. A veces las horas se estiraban, se doblaban o se hundían bajo la inmensa campana del mediodía; otras, los minutos saltaban y bailaban como salamanquesas sobre las paredes encaladas. Los habitantes, resignados, decían que el tiempo en Altamira era como la levadura: sólo crecía si uno lo olvidaba a su suerte y lo dejaba trabajar solo.

Pero entre los habitantes del pueblo, destacaba una mujer a quien el tiempo, literalmente, obedecía. Se llamaba Clara del Valle, y aunque ella juraba que apenas podía hacer que una sopa no se quemara, en su presencia las semanas podían adquirir la consistencia del vino viejo y los años, la fragilidad de una pompa de jabón.

La casa donde Clara vivía era la más antigua de Altamira. Su abuela la había levantado piedra a piedra, antes de que existieran los puentes o la torre del mercado, con un patio interior cubierto de jazmines, puertas que jamás cerraban y suelos de madera que crujían bajo los pasos con el recuerdo de las risas de generaciones. Pero no era la edad de la casa lo que la hacía especial: era que cada una de sus puertas parecía estar vinculada a otra época.

La puerta del comedor daba a un amanecer perpetuo, incluso cuando afuera era noche cerrada. Si uno salía por la puerta trasera, podía encontrarse caminando en la bruma pesada de los miércoles de 1936, apenas distinguiendo el chirrido de los carromatos y la risa de su bisabuela llevada por el viento. La entrada al salón, en cambio, conducía al crepúsculo dorado donde la voz de su madre —muerta hacía años— seguía trenzando canciones.

La gente solía decir que la casa de Clara guardaba ecos y fantasmas, pero nadie lograba explicar cómo, a veces, la rubia directora de la escuela regresaba de una visita cinco años más joven de lo que había entrado, o cómo los perros callejeros envejecían un día completo tras olisquear las jambas de las ventanas abiertas.

La rutina de Clara era sencilla: cuidaba las plantas del patio durante la mañana —cuando aún se podía confiar en qué día era— y horneaba panes dulces en la cocina mientras, a través de la puerta de la despensa, el olor del trigo mezclado con la nostalgia de las cosechas pasadas volvía cada pan más dorado. Para quienes le preguntaban, el secreto del sabor residía en la receta de la abuela, pero los más suspicaces intuían que el verdadero componente inusual era la levadura de los años.

Una tarde de noviembre, cuando las lluvias habían remojado las calles hasta arrancarles sus nombres, un forastero llegó a la puerta principal. Era un hombre esbelto, envuelto en ropajes de lino oscuro, con la piel traslúcida donde las venas parecían raíles diminutos. Su apariencia no era sorprendente según los estándares de Altamira —donde las rarezas eran moneda corriente— pero la manera en que miró la aldaba de bronce, como si esperara que le hablara, fue lo que desconcertó a Clara.

“Busco aquello que aún no ha sucedido”, murmuró, con la voz baja y rasposa como un pedazo de cuero viejo. “Dicen que en esta casa hay puertas hacia otros momentos. ¿Es cierto, Clara del Valle?”

La mujer lo miró largo rato. En los ojos del extraño habitaban galaxias enteras de cansancio, y detrás de su andar arrastrado se percibía el peso de un error repetido demasiadas veces. Clara no era quien para negar sueños, de modo que, con un gesto breve y casi solemne, le invitó a pasar al vestíbulo.

El forastero se detuvo frente a la puerta del este, decorada con hierro forjado en forma de hojas de higuera. La tocó con reverencia. Clara hundió las manos en el delantal, olvidando la jarra de agua que debía llevar al patio. Sabía que esa puerta era especial. Detrás de ella, el tiempo se plegaba hacia adelante: no hacia el futuro de todos, sino hacia el futuro posible de uno mismo.

“¿Se puede elegir el mañana?”, preguntó el hombre.

“Se puede mirar el reflejo de lo que uno desea”, respondió Clara, “pero al otro lado de cada puerta también hay un precio.”

El forastero, quien había venido recorriendo caminos arrasados por la peste y el olvido, no vaciló. Cruzó el umbral, y por un instante, Clara escuchó el sutil zumbido de los abejones cuando las horas arrancan vuelo y cambian de reino.

El resto del día transcurrió con la plácida lentitud de un río tibio. Una vecina fue a por pan, el cartero preguntó el nombre del padre de Clara para rellenar un formulario centenario, y un niño pequeño lloró porque su muñeca no quería dormir tan temprano en la tarde. Nadie notó que del vestíbulo aún surgía la fragancia de las hojas secas tras la tormenta.

Sin embargo, al llegar la noche, el forastero regresó. Su rostro, antes terco y crispado, marchito por tantos intentos fallidos, se mostraba ahora reconfortado, como si hubiera bebido leche caliente antes de salir a dormir en la intemperie.

“¿Qué vio?”, preguntó Clara.

El hombre la miró gravemente.

“Vi a mi hijo, aún por nacer, tendido en las raíces de un almez, diciéndome que perdone mis propias faltas antes de pretender corregir las suyas. Vi el temblor de quien teme lastimar y la ternura contenida en cada error. Escuché la voz que no conocí llamarme ‘Padre’ como si el mundo fuera un juego nuevo. No sé si podré cambiar lo que fui, pero ahora comprendo lo que puedo llegar a ser”, dijo, y con un gesto de gratitud que abarcaba todos los inviernos, se despidió.

Clara cerró la puerta. Cada vez que alguien atravesaba uno de esos umbrales, algo de ellos permanecía en la casa: la vibración de un deseo, el residuo salado de una lágrima, la chispa tenue de una esperanza. Por eso, con el correr de los años, la casa empezó a llenarse de murmullos. No eran fantasmas, sino posibilidades: futuros frustrados, alternativas dormidas, bifurcaciones del tiempo que ponían en duda la alineación de los almanaques.

Una vez, una muchacha decidió cruzar la puerta del sur. Buscaba el pasado que la madre jamás había querido contar, la historia silenciada de un beso a orillas del río durante la guerra, antes de que una bala extraviada se llevara el nombre del hombre. Al volver, la joven tenía en las manos una carta quemada, con palabras de amor que ya nadie sabía leer. No la mostró a nadie; simplemente la guardó en su pecho y, desde entonces, la tristeza ya no tuvo filo en su rostro.

A los pocos años, el rumor de la casa llegó a oídos de los médicos de la ciudad, quienes supusieron —con la arrogancia pulcra de los que creen haber visto el vértice de todos los relojes— que las puertas eran un caso peculiar de histeria colectiva. Enviaron a un psicólogo para escribir un informe, y el muchacho, convencido de que los enigmas sólo existen en los libros, se instaló un lunes. Al tercer día, cuando ya había inspeccionado cada hebilla y cada alacena, pidió observar las puertas “legendarias”.

Clara, cansada de las dudas disfrazadas de ciencia, le guió hacia la puerta del oeste. Allí, según la memoria alegórica del pueblo, se esconden todas las despedidas.

El joven psicólogo abrió la puerta y adentro vio la figura encorvada de su madre, despidiéndose de un niño pequeño mientras el tren silbaba su canción de hierro. En ese instante comprendió que nunca había perdonado la distancia, ni la ausencia. Salió de la habitación con las manos vacías, pero con la mirada de quien ha aprendido de pronto la lengua de los relojes rotos. Dejando el informe sin terminar, regresó a la ciudad. Nadie lo volvió a ver por Altamira.

Años después, cuando la abuela de Clara ya no estaba para recordar el tiempo de las cosechas y la memoria de su madre era sólo un susurro débil tras las cortinas de lino, la casa seguía siendo punto de peregrinaje para quienes sentían el calendario insuficiente para medir el dolor o la esperanza.

Un día, sin que nadie supiera cómo, todas las puertas comenzaron a cerrarse. Los vecinos intentaron atravesarlas, pero al abrirlas sólo encontraban la estancia contigua, o el familiar olor de la cocina; ningún atajo hacia el pasado o ventisca de posibilidades del futuro. Solo la puerta principal quedó abierta y, tras ella, esperó Clara durante tres días y tres noches.

La última mañana, un niño golpeó la puerta. Tenía los ojos grises y el cabello igual al de su padre, aquel forastero que una vez había pedido ver al hijo aún no nacido.

“¿Puedo entrar?”, preguntó el niño. “He escuchado que aquí los relojes andan diferentes, y yo quiero darme un minuto más antes de crecer.”

Clara sonrió, y el tiempo, que hasta entonces había merodeado por las callejuelas de Altamira en busca de alguna grieta por donde colarse, se detuvo un instante en la entrada. Percibía ahí la dulzura intransigente de los viejos días, el suspiro colectivo de los que anhelan reescribir las horas. El niño entró, y con él la promesa eterna de las casas vivas: que en algún sitio, el tiempo podrá ser generoso, si uno aprende a escucharlo con la memoria y el corazón.

Y así, aunque las puertas ya no abrían paso hacia otros calendarios, la casa de Clara siguió oliendo a jazmín y a pan recién horneado, como si la sola presencia de la esperanza bastara para que los relojes, por una vez, marcaran la hora justa. Nadie en Altamira volvió a perderse en sus propios días, pues bastaba recordar que alguna vez el tiempo, curtido en puertas y recuerdos, se había dejado tocar por quienes deseaban, no alterar el pasado ni predecir el futuro, sino comprender el valor exacto del presente.

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.