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Tenía la costumbre de abrir la ventana cada día a las siete de la mañana, no por convicción, sino porque cada grieta en la madera del marco parecía suplicarle aire nuevo. Afuera, la ciudad dormitaba bajo el tapiz perpetuo de la niebla, esa niebla que lo había cambiado todo: el clima, los sistemas de gobierno, el propio sabor del agua. Aunque era martes —lo sabía porque la radio lo afirmaba; ya no había calendarios fiables—, Leandro no esperaba ninguna novedad. Había aprendido a temer a los anuncios de la radio tanto como a los nuevos sabores de la leche en polvo.
Esta mañana, sin embargo, se sentía inquieto. Los sucesos recientes —sin explicación ni propósito— se presentaban a la mente como postales desvaídas. Por ejemplo, el hecho de que los paraguas ya no protegían de la lluvia, o las calles cambiaban de dirección si uno se atrevía a recorrerlas con pensamientos impuros.
La niebla parecía tener su propio ritmo cardíaco, pulsando y languideciendo. Leandro se preguntaba, entre sorbo y sorbo de café tibio, qué perverso azar lo había arrojado a este fragmento de universo. Oía, en el interior de su cráneo, el zumbido de la ciudad, descomponiéndose en retazos de conversaciones, murmullos de puertas cerrándose —nunca abriéndose— y el lejano chillido de las nuevas campanas silenciosas.
La ciencia oficial había abandonado la ciudad hacía ya años. Los titulares de los periódicos finalizaban siempre con la muletilla “por causas atribuidas al fenómeno”. El fenómeno: imposible de nombrar sin un temblor oculto, como si el simple acto de designarlo pudiera multiplicar sus efectos. Nadie recordaba con claridad cuándo había comenzado. Los más viejos decían que era posterior a la lluvia metálica y anterior al destierro del tren elevado. Los niños, en sus juegos, debatían si era obra de los muertos que se resistían a descansar o si simplemente el sol había abdicado.
Leandro vivía solo. De vez en cuando, la concierge del edificio, una mujer menuda con ojos de obsidiana, dejaba sobres anónimos bajo su puerta: jabones, semillas, cartas con historias inconexas. De esas cartas, Leandro había aprendido a temer el futuro y a resignarse al presente. Había una en particular —escrita con tinta azul y una caligrafía en espiral— que mencionaba las “Palabras Rescatadas”, un rumor semiolvidado sobre mujeres y hombres capaces de pronunciar sonidos que devolvían el color a los objetos opacos. Leandro sospechaba que era una fábula, pero en tardes de desesperación musitaba las sílabas más extrañas, esperando un cambio ínfimo en la materia que lo rodeaba.
En la acera frente a su ventana, un hombre barría hojas secas como todos los días, aunque hacía meses que no caía una sola hoja en esa calle. Nadie conocía el nombre del barrendero. A veces, los niños lanzaban piedritas a su espalda, y él les respondía con un giro de muñeca, como quien desenreda el tiempo. Parecía desplazarse, no por el espacio, sino por la memoria de los transeúntes. Cuando Leandro lo miraba directamente, algo en el rostro del barrendero se desvanecía, como si sólo fuera visible de reojo, atrapado en el perímetro fugaz de una percepción distraída.
Aquella mañana, sin abandonar su habitual letargo, Leandro distinguió en la niebla una figura disonante: una mujer de abrigo rojo, caminando con pasos matemáticamente exactos, los pies marcando ángulos de perfección imposible en el barro. Dos cosas lo sobresaltaron: primero, no recordaba haber visto una prenda de ese color en años; segundo, la forma en que el abrigo no recogía ni una mota de la niebla.
No supo por qué, pero decidió seguirla. Lo hizo con la torpeza de quien teme traicionar un pacto invisible, asegurándose de flotar entre la curiosidad y el miedo.
Al doblar la esquina, la mujer se detuvo ante una puerta de latón —Leandro juraría no haber visto jamás esa puerta, y eso era decir mucho en la ciudad—. Sin volverse, habló con una voz que emanaba de las paredes mismas:
—¿Vienes a escucharme, Leandro?
El no expresó sorpresa. La lógica del lugar aceptaba la posibilidad de que los desconocidos supieran su nombre y su historia entera. Se acercó, y al hacerlo, notó que la puerta emitía una vibración sutil; no era audible, pero sí palpable en la piel, como un eco que antecedía a los terremotos.
—Solían llamarme Marena —dijo la mujer, abriendo la puerta sin tocarla—. Puedes pasar si conservas un recuerdo intacto.
Había una regla tácita en la ciudad: jamás entrar en habitaciones surgidas del vapor, pero aquel martes la regla parecía mezquina, risible en su pequeñez. Dentro, Marena se había sentado a una mesa circular. El espacio era imposible: ventanas flotando donde debía haber muros, lámparas oscilando de hilos imposibles, y la luz —una luz completamente distinta a la exterior, tibia y sólida— infundía al aire un tono de sepia ondulante.
Marena le hizo una seña para sentarse. En el centro de la mesa había tres tazas; la de Leandro estaba llena de una sustancia que oscilaba entre el café y la tinta.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó él, tanteando el filo de lo irreal.
—Nada. O tal vez tu palabra más antigua. Aquí las palabras pueden hacerse carne. ¿Recuerdas alguna que haya sobrevivido intacta al tiempo y la niebla?
Leandro buscó en su interior. No encontró ninguna con plena certidumbre. Recordó juegos infantiles, el sabor de antiguos veranos, el nombre de un gato de la infancia. Finalmente, sus labios pronuncian:
—Grieta.
Marena asintió.
—Las grietas nos permiten ver a través de la realidad. La niebla es sólo la suma de todas las interpretaciones fallidas, el residuo de las palabras que hemos olvidado. Ven.
A su lado se abrió otra puerta, esta vez de cristal líquido. Leandro la atravesó pero experimentó entonces una fragmentación interna, como si alternara entre infinitos Leandros, todos existiendo a un paso de distancia. El pasillo al otro lado era un laberinto sin paredes definidas. Por momentos, pasos ajenos resonaban —a veces tras él, a veces delante—, siempre cortados por melodías que no recordaba haber escuchado jamás, pero que su corazón reconocía como propias.
Emergió en un jardín: un espacio de simetrías imposibles, donde las plantas brotaban luminiscentes y los insectos adoptaban formas geométricas. Allí, en medio de aquel orden primigenio, Marena apareció de nuevo, ya sin el abrigo rojo, vestida con la neblina misma.
—¿Qué es esto? —preguntó él.
—Es el límite donde las palabras mueren y nacen. El fenómeno no es una maldición, sino la metamorfosis. El mundo está mudando de significado y quienes no lo acepten perderán la voz. Los que lo acepten podrán dotar de sentido lo que permanezca.
Leandro acercó la mano a una flor cristalina. La flor, al rozarla, transformó su textura, volviéndose una amalgama de seda y vidrio cálido.
—¿Cómo puedo regresar? —preguntó Leandro, aceptando el terror y la promesa de su ignorancia.
Marena le tendió una semilla negra.
—Debes plantar esto en tus sueños. Cada noche crecerá una posibilidad nueva. Cuando creas que has olvidado el propósito, ya estarás listo para volver.
En el instante en que Marena se despidió, Leandro sintió el crujir de todas las posibilidades—aquellas vividas e imaginadas—superponiéndose como tallas en el mármol del tiempo. Despertó, sin embargo, en su vieja habitación: la niebla seguía allí, el barrendero borroso en la acera, el sobre bajo la puerta. Sólo que ahora podía escuchar, con un trasfondo de palabras no dichas, el susurro de una promesa. Miró la semilla oscura sobre su mesa y supo, al fin, que la lluvia de la ciudad era el lenguaje irrepetible de los que aún recordaban.
Esa noche, Leandro apagó la luz y plantó la semilla en el suelo movedizo de su sueño. Vio brotar un árbol imposible, cuyas raíces removían las estructuras de sus recuerdos, y al despertar, la niebla no había desaparecido, pero tenía la textura de las palabras recobradas. Desde entonces, cada vez que abría la ventana a las siete, el aire estaba impregnado de significados nuevos.
Comprendió entonces, con la claridad de un relámpago interno, que el realismo de la ciudad nunca fue más que un disfraz elegante para la magia que siempre la habitó. Y su soledad —como la de todos— sólo era parte del sortilegio colectivo: una grieta mantenida con amor para dejar pasar la última palabra de la lluvia.
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