Portada del relato El susurro de los álamos grises
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Fragmento:


Martín, aunque arrastró dudas, entendió: la criatura no pedía nada, sino ofrecía. Se sentó con la espalda apoyada en el pozo, temblando por el frío y el miedo. —¿Por qué apareces? —preguntó, sin esperar respuesta. El niño inclinó la cabeza, una sonrisa inasible asomó en su rostro neblinoso. De pronto, detrás de él, dos figuras más surgieron. Una mujer, con cabellos de musgo, y un anciano, la piel irreconocible de tantas cortezas superpuestas. Sus ojos eran profundidades líquidas, y de sus bocas salían ligerísimos ecos de palabras que Martín sólo medio reconocía del idioma de su abuela: plegarias, juramentos, versos cruzados como raíces antiguas.

Duración: 09:26

El susurro de los álamos grises
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Texto de ajuste de pausa.

Antes que la ciudad extendiera sus zarpas de cemento más allá del río, el bosque de Cedro Negro era considerado un lugar sagrado, aunque pocos recordaban el motivo exacto. Se hablaba de malos augurios para quien cortara un árbol sin pedir permiso y bendiciones nimias para los que recogían ramas caídas al canto del mirlo. Sin embargo, nadie en el pueblo osaba acercarse al corazón del bosque tras el crepúsculo, y hasta los más incrédulos admitían sentir escalofríos bajo la sombra de los cedros viejos. Era fama, simple superstición para quienes sacudían la cabeza ante la palabra “espíritu”; pero entre esas sombras, lo inexplicable se retorcía con la naturalidad de una raíz bajo tierra.

Martín Landrove jamás creyó en nada que no pudiera contar, pesar o medir, y esa convicción, bien lo sabía él, había sido su fuerza y su cruz a lo largo de la vida. Había vuelto a su pueblo natal sólo por última voluntad de su madre, quien le dejó la vieja casa en el lindero del bosque, prescribiéndole el encargo de cuidarla “ya que los árboles todavía no han dejado de hablar contigo”, escribía ella en letra menguante.

El día que arribó, la tarde llovía en hilos finísimos, y Martín notó que el bosque olía a infancia, a humedad, a promesas hechas y olvidadas. Aquel olor trepó por la madera carcomida de la casa, se instaló en los rincones y pareció avivar las viejas grietas del alfeizar, como si cada raja recordara tiempos mejores. No obstante, tras desempolvar un poco la cocina, fue el espejo del recibidor el primero en jugarle una mala pasada: en el borde de su reflejo, junto a la puerta del jardín, por un segundo creyó ver moverse la silueta acuosa de un niño: los ojos redondos, el cabello empapado. Martín negó con fuerza, se restregó los ojos y se convenció de que había sido su propio reflejo distorsionado.

Las primeras noches las pasó a la deriva entre el insomnio y el miedo. Una madrugada, la silueta regresó; esta vez, no en el espejo, sino entre los cedros más allá de la ventana: eran tres figuras pequeñas, sin rostro aparente, brillando con una luz leve, como linternas olvidadas. Martín no abrió la ventana, sólo la miró tiritando, porque tenía frío y porque había jurado dejar detrás toda fantasía.

Por la mañana, el bosque parecía el mismo. La niebla jugaba entre los troncos, el suelo se retorcía bajo helechos frescos. Hacía años Martín había sido un chico curioso; entonces su madre le prohibía tajantemente internarse demasiado lejos, pero él había encontrado una vieja piedra hendida por un rayo y, bajo ella, pequeños amuletos de arcilla. Recordó el aroma de la resina pegajosa en los dedos, las manos entumecidas con el frío de la tierra. Recordó, también, haber sentido entonces que alguien lo observaba, aunque nunca supo si era su madre o el propio bosque.

Por la tarde, la silueta del niño regresó; ahora estaba más cerca, junto al pozo del jardín. Martín sintió que algo tiraba de su garganta, una ansiedad infantil, mezcla de nostalgia y pavor. Salió titubeando y, para su asombro, la figura no huyó. Era traslúcida, de bordes nublados, y los ojos eran dos carbones suaves. El niño levantó la mano, como reclamando un juramento olvidado; luego habló, y lo que salió de su boca no fue palabra, sino música antigua, hecha de chillidos de golondrina y el viento murmurando entre ramas.

Martín, aunque arrastró dudas, entendió: la criatura no pedía nada, sino ofrecía. Se sentó con la espalda apoyada en el pozo, temblando por el frío y el miedo. —¿Por qué apareces? —preguntó, sin esperar respuesta. El niño inclinó la cabeza, una sonrisa inasible asomó en su rostro neblinoso. De pronto, detrás de él, dos figuras más surgieron. Una mujer, con cabellos de musgo, y un anciano, la piel irreconocible de tantas cortezas superpuestas. Sus ojos eran profundidades líquidas, y de sus bocas salían ligerísimos ecos de palabras que Martín sólo medio reconocía del idioma de su abuela: plegarias, juramentos, versos cruzados como raíces antiguas.

La mujer se acercó y puso su mano sobre el pecho de Martín. Calor, como fuego bajo cenizas, recorrió su cuerpo. Recordó toda la infancia en un solo instante: la alegría, los juegos, la herida en la rodilla, la pérdida de su padre y la ternura antigua de manos ásperas calmando su llanto. Y sintió, también, la soledad, el dolor de haber vivido para huir, para no recordar.

Las figuras se desvanecieron como luces al filo del alba. Martín, helado y perplejo, corrió de vuelta a la seguridad relativa de la casa, repitiéndose que era el cansancio, que los sueños y los recuerdos pueden materializarse si los viejos muros y la nostalgia colaboran lo suficiente.

Durante semanas fingió olvidar, pero los espectros regresaban, cada noche un poco más nítidos. A veces los veía danzando en torno al gran olmo caído; otras, los sentía posar las yemas de los dedos en sus sienes cuando dormía. Uno de ellos, el anciano, le susurraba palabras dulces, antiguas, como si tratara de enseñarle a hablar en otra lengua, una llena de chasquidos y sílabas líquidas.

Con el paso de los días, notó que el bosque parecía esperar algo de él. Las huellas de pasos menudos aparecieron bajo su ventana todas las mañanas, y se asomaron ramitas trenzadas en los umbrales, como recordatorios secretos. En la espesura, los pájaros parecían posarse con mayor confianza. Incluso la perra de un vecino, poco dada a visitas, cruzó la carretera para seguirlo, temblorosa pero sin miedo.

Un día, tras una tormenta, Martín decidió adentrarse hacia el corazón del bosque. Los troncos se agrupaban en una penumbra casi absoluta, sólo quebrada por mosaicos fugaces de sol. Al adentrarse, notó que el aire se volvía más denso, y los sonidos —chirridos, pájaros, el goteo del agua— formaban una especie de música átona. En el claro central, sobre un manto de hojas y limo, Martín se detuvo. Allí estaban esperándolo: los tres espíritus, lumínicos, a la vez visibles y de otra sustancia que la luz del día.

Fue entonces que la mujer se le acercó y, sin decir palabra, hundió sus dedos en la tierra. Del suelo emergió una raíz joven, resplandeciente. La figura le indicó que la tomara. Martín, superando al fin el miedo, extendió la mano. Al tocar la raíz, una oleada de imágenes lo envolvió: épocas superpuestas, hombres y mujeres bailando bajo lunas llenas, niños corriendo junto al arroyo antes de que hubiera casas ni carreteras, incendios, lluvias, reconstrucciones. Vio muertes y nacimientos celebrados hasta en el temblor de cada hoja. Sintió, bajo la raíz, a todos los muertos del bosque hablando al unísono, clamando promesas de cuidado, de respeto, de memoria.

Un grito ahogado le cruzó la garganta. Cuando abrió los ojos, estaba solo en el claro, pero la raíz seguía en su mano. La llevó a casa, resignado a la imposibilidad de saber —ni querer saber— si lo que había vivido era real o un eco persistente de la infancia perdida.

Aquella noche, y muchas otras después, los espíritus no regresaron con su claridad espectral. Sí sentía, sin embargo, su presencia en cada sonido suave, en cada rama crujiente, en el modo en que la brisa agitaba la cortina del porche. Notó que la raíz, guardada sobre la repisa, nunca se secaba ni perdía vigor: seguía flexible, húmeda y cálida, como si respirara.

Ya no huía del bosque ni de sus recuerdos. Cada tarde, al caer el sol, salía a recorrer los linderos y recogía ramas caídas, devolvía al arroyo los insectos enredados en las hojas. Reparó los escalones del pozo y limpió troncos viejos de la maleza, tarareando melodías antiguas que no recordaba haber aprendido.

Un invierno duro trajo angustia al pueblo: enfermedades, cosechas arruinadas, hambre. Martín contó a algunos vecinos mayores lo de la raíz, lo de las figuras y los sueños vagos de su infancia. Al principio se rieron, luego recordaron historias apenas narradas, retazos de leyendas, y todos coincidieron en que “el bosque nunca se olvida de quienes lo escuchan”. Pronto, algunos empezaron a dejar ofrendas pequeñas: pan, miel, cintas de color. Otros, más escépticos, simplemente dejaron de hablar del tema, pero las visitan nocturnas a la iglesia decrecieron, mientras crecían los paseos sigilosos a la arboleda.

Fue en la primavera siguiente cuando la vida pareció regresar a Cedro Negro. Los frutos maduraron temprano, nacieron ternerillos sanos, y el agua del arroyo volvió a correr limpia como en la infancia de los ancianos. Algunos decían que Martín había sido señalado por la suerte; otros susurraban que los viejos dioses menores, o lo que fuera que habitara el bosque, estaban menos enfadados ahora.

Martín lo sabía todo y nada a la vez. Aquella raíz continuó palpitando en la repisa durante años. Nunca volvió a ver a los espíritus como en aquel otoño extraño, pero a veces, al pasar bajo el viento entre los cedros, sentía una caricia en la mejilla, un recordatorio mínimo y cálido de que no estaba solo.

Fue así como Martín aprendió a vivir entre dos mundos: el mundo tangible del peso y la medida y aquel otro, inasible y leve, en el que las sombras bailan y murmuran siempre a quien quiera —y se atreva— a escuchar.

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