La neblina matutina no abandonaba Elgin ni aunque la ordenasen por decreto municipal, y en realidad nadie había intentado hacerlo, porque en Elgin nadie levantaba la voz demasiado tiempo. Y así, en el frescor caído del cielo, excepto por las pocas calenturas humanas que se agrupaban cerca del Mercado Viejo, la ciudad parecía permanentemente recostada sobre una almohada de nubes. El único sonido regular en esas mañanas era el golpeteo de Edwin Coombes, que arrastraba su carrito de latón por calles tan retorcidas que los mapas sólo podían dibujarlas en zigzag, esperando el perdón en forma de lluvia para rehacer su camino día a día.
Edwin era el custodio de llaves; no un cerrajero cualquiera, sino el responsable de las puertas que nunca debían abrirse, y de las que, si las olvidabas, tampoco podías volver a encontrar. Sus herramientas relucían sin motivo lógico, considerando que su ocupación principal era pasarlas por cerraduras que ningún mortal recordaba haber visto forjadas. A veces, cuando no trabajaba en sellar portales o acechar en los umbrales, se sentaba en la Taberna del Pico Hendido a mirar cómo los niños dibujaban líneas en el polvo. Entre esas líneas se camuflaban pequeñas puertas pintadas con rabillo de tiza y algo de esperanza, como si las piedras mismas de Elgin las esperaran desde antes del alba.
Si preguntabas al viejo Edwin sobre esas puertas, movía la cabeza, y decía que era asunto de Dioses lo que se escondía tras ellas, y que los Dioses sabían mucho de dormir, porque dormidos se evitaban entre sí y no discutían tanto el orden de las cosas. Si insistías más, probablemente te contaría la historia de cómo Elgin tenía casi tantas puertas selladas como habitantes, y cómo, antaño, fueron los propios Dioses quienes —cansados de la persistente humanidad y sus preguntas, o simplemente asqueados del olor a sopa de apio— se retiraron tras ellas, dejando al mundo a la deriva y la puerta cerrada con siete llaves y tres candados del tamaño de una resaca postnavideña.
Pero este relato trata no sólo de puertas y dormidos, sino de lo que ocurre cuando ambos, inadvertidamente, deciden girar el pestillo de la posibilidad.
La historia comienza realmente en la víspera del festival de la Niebla Luminosa, entre las trastiendas de Elgin, donde la joven Salia destilaba licores para los adultos menos inclinados a la introspección. Era pelirroja como un atardecer impaciente y con los ojos moteados de gris que solían confundir hasta a las ancianas más perspicaces del distrito. Salia no sabía, ni quería saber, nada de Dioses, aunque su abuela decía que tenían la mala costumbre de esconderse entre los cardos del jardín y hurgar en los sueños de la gente justo antes de la lluvia.
Aquella tarde, Salia encontró a su gato, un animal de pelaje impreciso y con la inexplicable costumbre de desaparecer cada vez que la verdad llamaba a la puerta, jugando con una pelota hecha de llaves oxidadas detrás del viejo horno de la abuela. Cuando intentó quitársela, el animal soltó un bufido tan humano que Salia se quedó pensando si, en algún remoto pasado, los gatos habían sido sólo tristes imitaciones de las personas o, lo que era más probable, si las personas aún no logran imitar ni media cola de gato.
La pelota se deshizo en un puñado de llaves, cada una más pequeña que el pensamiento fugaz de arrepentimiento antes de hacer algo indecible. Una de ellas, brillante y azul como el silencio en una iglesia cerrada, se escapó rodando por el suelo de piedra hasta chocar un zócalo, y, para asombro de Salia, reveló una diminuta puerta apenas visible, oculta bajo capas de barniz y miedo antiguo. No medía más de un palmo, pero parecía pulsar como la vena de un gigante dormido. Había rumores, claro, de tales puertas, pero nadie había visto una tan clara ni tan insolentemente azul.
La llave encajó con un susurro.
Edwin, que pasaba por allí cazando rumores como un jardinero de tormentas, vio a Salia medio agachada, con la llave girando entre los dedos, y pudo casi oler el cambio en el aire. Era un olor a pan recién horneado y a ceniza; el aroma típico de cuando una puerta, maldita por generaciones de sospecha, decide abrirse ante una curiosidad incauta.
—Si cruzas esa puerta, no serás tú al regresar —dijo Edwin, con la risa gastada de quien ya cruzó un par de portales y ha cenado con sus propias consecuencias.
—¿Y si no regreso? —inquirió Salia, sabiendo demasiado bien dónde termina la osadía de las preguntas.
—Ah, entonces serás tú para siempre, pero sólo en las historias —replicó el anciano.
La puerta se abrió, desprendiendo un aire frío, tan denso como el olvido, y tan dulce como el primer bostezo de los Dioses dormidos. Salia, al asomarse, vio una escalera descendente y, más allá, un templo cuyas columnas sostenían niebla y ecos en lugar de piedras de verdad. Era un espacio tan grande que podía alojar todos los temores de Elgin multiplicados por las promesas que nadie se atrevía a cumplir.
Allí, acurrucados sobre cojines de mármol y sueños no resueltos, dormitaban los Dioses. Había uno que roncaba melodías, otro que parecía masticar palabras mientras soñaba, y una Diosa menor que portaba una corona de relojes sin manecillas, giratorios, como esperando que alguien les diera cuerda. Salia se movió como quien no quiere despertar a nada, y menos aún a sí misma, pero los Dioses son como las siestas: antes o después, termina alguien tambaleándose en el pasillo sin querer.
El Dios de las Puertas Abiertas abrió un ojo justo cuando Salia parpadeaba entre el miedo y la curiosidad. Le habló en lengua de bisagras y chorros de aceite, lo cual, por fortuna para Salia, era suficiente como para entender la siguiente advertencia: “Cada puerta abierta es un sueño menos para los que afuera esperan. Vigila cuál eliges.”
Quizá debió bastar ese consejo. O tal vez Salia nunca fue buena escuchando a quienes llevaban demasiado tiempo sin una taza de café. Movida por una pulsión, tal vez la misma que impulsa a los gatos a meterse en cajas, se acercó a la Diosa de los Relojes Quietos. La tocó apenas, y sintió que el tiempo se partía en dos: de una costura invisible brotó una imagen de Elgin, pero cambiada, con torres más inclinadas, puentes de vapor, y gente bailando en calles doradas que no llevaban a ningún sitio en particular.
Un trozo de tiempo desparramado se le enredó en el tobillo, y Salia supo que, si regresaba ahora, toda la ciudad encontraría una grieta por la que colarse, y no habría llaves suficientes en el mundo para taparla. El suelo retumbó como un bostezo colectivo; los Dioses murmuraban entre sueños, y la puerta por la que había entrado comenzó a cerrarse sola, con la lentitud propia de un adiós que no acaba de decidirse.
Salia tenía que elegir: llevarse el fragmento de sueño encadenado a su tobillo y permitir que Elgin se derramara en posibilidades, o dejarlo y resignarse al regreso gris de la costumbre. Pensó en la abuela, en los gatos, en los licores de su destilería, y entonces, como sólo puede ocurrir en los relatos donde las llaves eligen a la gente y no al revés, comprendió.
Dejó el pedazo de tiempo junto a la Diosa. En vez de abrirlo, se arrodilló y lo cerró con la misma llave azul. Susurró una promesa no pronunciada, y sintió la mirada somnolienta de todos los Dioses. Al incorporarse, la escalera de piedra y neblina ya no descendía ni ascendía, sino que la devolvía suavemente al polvo de su cocina.
Edwin la esperaba junto al gato, ambos con la dirección del viento en los bigotes.
—¿Y bien? —preguntó, como quien se interesa por la cosecha sabiendo que la lluvia ya hizo lo suyo.
—Algunas puertas se cierran solas —contestó Salia, y el gato ronroneó en lenguaje de “te lo dije”.
Esa noche, en Elgin, la niebla bailó conducta extraña: se arremolinó en círculos exactos, como si alguien la hubiera cosido a un reloj invisible. Las puertas pintadas por los niños en el polvo titilaron y, por unos segundos, brillaron azul. Nadie, excepto Edwin y Salia, notó cómo, en la taberna o frente al horno, algunos adultos bostezaban con un suspiro nuevo, como si hubieran olvidado una tristeza antigua y recordado una historia no escrita.
Y así Elgin siguió, entre llaves extraviadas y puertas que sueñan con abrirse, bajo dioses que duermen sabiendo que, mientras nadie olvide cerrar debidamente detrás suyo, los sueños y las vigilias podrán seguir mirándose de reojo, al menos hasta la próxima niebla.
O hasta que el gato vuelva a perder la pelota.
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