Portada del relato La noche de los vitrales
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Fragmento:


Aquella tarde, mientras arrastraba la cesta de las redes hasta la orilla, un crujido ancestral despertó debajo de sus pies. El oleaje no era diferente, pero el silencio sí: ni el rumor de gaviotas, ni el chillido de los cangrejos al retirarse; sólo el filtro crudo del viento, como si el mundo cambiara de idioma.

Duración: 07:47

La noche de los vitrales
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Texto de ajuste de pausa.

Bajo la ventana desteñida por la sal, Camila dejaba la taza de té a medio beber y acechaba la línea del horizonte como quien intenta reconocer un rostro entre la multitud. La casa se bamboleaba suavemente, una danza apenas perceptible cuyo origen era demasiado profundo para perturbar los muebles antiguos, pero suficiente para hacerle saber que todo el pueblo flotaba arriba de algo inconcluso.

En Puerto Saral, al sur del sur, la humedad pegajosa era parte del mobiliario, tanto como los retratos de antepasados en las paredes y las cartas nunca enviadas que ocupaban un cajón de la cocina. Camila se había acostumbrado a ese aire que olía a marea y derrumbe, una amalgama de presente persistente y secretos tragados.

Hasta la noche de lluvias rojas, sólo los ancianos hablaban de las formas traslúcidas que, según decían, emergían de las aguas en los solsticios y regresaban con los primeros matorrales de la tormenta. Tirso, el pescador, juraba haber oído campanas y siempre que alguien mencionaba las siluetas danzando bajo la espuma, él reía, mostrando encías negruzcas: “Vieron lo que quieren ver. Todo lo que queremos, termina volviendo para cobrarse su precio.” Pero Camila nunca había visto más que agua, hasta ese día en que el mar buscó pasarle una cuenta pendiente.

Aquella tarde, mientras arrastraba la cesta de las redes hasta la orilla, un crujido ancestral despertó debajo de sus pies. El oleaje no era diferente, pero el silencio sí: ni el rumor de gaviotas, ni el chillido de los cangrejos al retirarse; sólo el filtro crudo del viento, como si el mundo cambiara de idioma.

Bajo el agua, alcanzó a distinguir un reflejo imposible. Vidrios tintados, fragmentos de color, un destello de oro y cobalto, se apilaban en formas geométricas apenas sostenidas por el vaivén del lecho marino.

“No mires mucho”, advirtió Tirso cuando la vio absorta en la cresta de la ola. “Se lleva lo que encuentra desatento.” Pero Camila ya había sido tocada por la curiosidad, que aquellos ríos subterráneos de infancia no le dejaron nunca.

Dos noches después, despertó a la hora en que sólo los niños y los desdichados tienen los ojos abiertos. A través de la ventana entrecristalada, pudo ver la marea subiendo sigilosa, como una serpiente, y al mismo tiempo, del mar emergieron luces no licuadas ni por el sueño ni por el raciocinio. Eran faroles, colgados de edificios improbables, sostenidos por columnas carcomidas en la mitad, como si la ciudad exhalara.

Sintió una invitación muda, un intenso zumbido en los huesos y, sin sospechar la enormidad de su deseo, salió a buscar la orilla entre la negrura. Ni frío, ni el miedo, la detuvo. Nadie recuerda que las cosas importantes tengan miedo.

El agua recibió sus pies como si la conociera. Bajo la superficie, la ciudad engullida por siglos despertaba, extendiéndose ante ella en colores iridiscentes irreproducibles en la vigilia de los hombres. La luz de los vitrales –quizá de una iglesia sumergida o de un palacio fundido en barro- danzaba sobre su piel. Al avanzar, sintió la resistencia del tiempo: la bruma de vidas que alguna vez tejieron un tapiz de días y noches similares a los suyos, ahora transformados en hilos errantes de algas y memoria.

Todo tenía un peso y una ligereza nueva. Allí, era fácil pensar que el dolor de las cosas extinguidas podría suspenderse como burbujas en el agua. Recogió un fragmento de ventana, azul, y en él, por un instante, se reflejó la cara de su madre, la que nunca conoció. No había duda: el mar era un pozo de historias donde cada secreto era una llave, pero abrir puertas tenía precio.

Del fondo, brotó una figura vestida con los harapos iridiscentes de una reina destronada. La voz, aterciopelada como las algas, susurró:

—¿Buscas lo que perdiste, o lo que nunca tuviste, Camila?

La pregunta pesó más que la marea. Su lengua, torpe, sólo alcanzó a responder:

—No lo sé.

La figura la tomó de la mano, en un gesto que era tanto de consuelo como de advertencia.

—Todo lo que emerge, busca ser recordado. Somos lo que recuerdas, pero si te sumerges del todo, te quedas. Aquí cada memoria se adhiere como moluscos en piedra. Piensa bien; los ausentes también pueden abrazar demasiado fuerte.

La ciudad sumergida era vasta, salpicada de jardines acuáticos, relojes sin agujas, columnas marcadas por la erosión dulce de la nostalgia. Camila, aún aferrada a la mano espectral, encontró fragmentos de sí en cada esquina: una muñeca sin brazos hundida en limo, el retrato de un hombre joven con sus mismos ojos, que la miraba desde el fondo de un salón inundado.

La reina —o lo que quedaba de ella— la condujo a una plazoleta central. Allí el agua vibraba en círculos concéntricos, como si una campana invisible repicara eternamente, llamando a los peregrinos del olvido. Los rostros de quienes alguna vez vivieron en la ciudad se deslizaban en esas ondas, riendo o llorando, aguardando una salvación que ya no tenía sentido.

—Hay quienes bajan a buscarnos —explicó la reina— y otros sólo quieren ver si pueden regresar. Pero tú, Camila, tendrás que elegir.

La tentación era palpable: quedarse, dejarse absorber por la dulce resignación de saber todos los rostros y todas las historias, o retornar a la orilla, sabiendo que parte de su alma reclamaría siempre ese azul imposible.

A lo lejos, la aurora comenzaba a agitar los dedos del mundo.

—¿Y si olvido? —preguntó Camila, temiendo la verdad.

—Olvidar es quedarse en la superficie —sentenció la reina—. Recordar, es sumergirte eternamente.

La elección era injusta, pero Camila debió aceptarla. Recorrió la ciudad con los ojos de quien sabe que ha de despedirse: las ventanas de vitrales, los suelos cubiertos de peces somnolientos, las ropas flotando con dignidad antigua. En los portales, vio pasar el reflejo de la vida que pudo haber vivido, fragmentada pero sólida como un coral.

Volvió a la superficie justo antes de que el sol rompiera el mundo en dos. Tirso la esperaba en la orilla, en silencio, como si supiera que al cruzar ciertos umbrales ya no pertenecemos enteramente a ninguna orilla.

Nunca más habló de lo que vio, pero tampoco volvió a mirar la línea del horizonte de la misma manera. Aprendió a amar los ciclos: el mar que subía y que bajaba, dejando información codificada en las piedras húmedas y en los sueños no completamente suyos.

Con los años, el pueblo envejeció y la marea cambió. Un día aparecieron otras, como ella, que sabían escuchar las formas veladas entre las olas. Se reconocían sin palabras, intercambiando sólo miradas y fragmentos de vidrio azul.

Entre esas mujeres y hombres circulaba un rumor: cuando la ciudad sumergida volviera a emerger del todo, ya nadie querría abandonarla. No sería el castigo de los que se ahogan en el pasado, sino el regalo de quienes comprenden que, debajo del agua, la memoria es más real que cualquier superficie.

A veces, en las mañanas de viento susurrante, Camila sostenía sus fragmentos de vitral bajo el sol, viendo cómo los colores proyectaban nuevos paisajes en las paredes de su casa. Recordaba el abrazo líquido de la reina exiliada y el dolor delicioso de saber que parte de sí no regresó.

El mundo siguió como siempre, con nubes, fiestas y muertes cotidianas. Pero en el retomar del mar, Camila encontraba consuelo: toda vida es una ciudad sumergida, ofreciendo promesas que sólo las tormentas verdaderas logran devolver a quien se atreve a hundirse sin miedo.

Tal vez eso era la felicidad: reconocer nuestros fragmentos dispersos, abrazarlos y, por un instante, dejar que los ausentes nos cuenten su languidez, sin quedarnos varados en su abrazo.

En la marea final, bajo el eco desteñido de antiguas campanas, Camila comprendió que el olvido, como la ciudad sumergida, es sólo otra forma de ser recordado.

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