Portada del relato Las Llamas que susurran
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Fragmento:


En una villa pequeña, ahogada entre colinas besadas por la niebla, aún se cuentan historias en las fraguas, retumbando en el amanecer como ecos de hierros trovadores. Allá el tiempo parecía estirarse, extendiéndose perezoso como el humo de los hornos, y sin embargo todos sabían del límite: un borde de bosque oscuro al oeste, donde los árboles crecían apretados y la propia tierra se volvía triste y opaca bajo los pies. Nadie, o casi nadie, hablaba en voz alta de lo que yacía tras aquel umbral. El nombre oficial era el Verjel Marchito, pero los viejos murmuraban a sus nietos: “Las tierras prohibidas”.

Duración: 08:39

Las Llamas que susurran
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

En una villa pequeña, ahogada entre colinas besadas por la niebla, aún se cuentan historias en las fraguas, retumbando en el amanecer como ecos de hierros trovadores. Allá el tiempo parecía estirarse, extendiéndose perezoso como el humo de los hornos, y sin embargo todos sabían del límite: un borde de bosque oscuro al oeste, donde los árboles crecían apretados y la propia tierra se volvía triste y opaca bajo los pies. Nadie, o casi nadie, hablaba en voz alta de lo que yacía tras aquel umbral. El nombre oficial era el Verjel Marchito, pero los viejos murmuraban a sus nietos: “Las tierras prohibidas”.

La villa, Arzurio, existía a un ritmo pausado y seguro. Su iglesia, una cúpula de pizarra y dientes de musgo, vibraba los domingos con las plegarias de los campesinos. Pero cuando la brisa cargada de cenizas cruzaba el pueblo, la mayoría cerraba puertas y ventanas y miraba a sus hijos con nerviosismo secreto. Porque el viento que arrastraba esas cenizas ardientes venía de más allá del límite, y susurros decían que el fuego no sólo ardía en ese lugar, sino que aprendía, recordaba, y resguardaba secretos bajo la forma de runas que nadie osaba tocar.

Un nombre recorría entre susurros a quien toleraba escuchar: Lía Varré, herrera por herencia, nacida con los puños ásperos y el talante de una yegua indómita. Su madre contaba que, aún en la cuna, la pequeña Lía miraba con fijeza un punto en el horizonte, más allá de los árboles tenebrosos, como si intuyera un propósito ardiente. Y con los años su obsesión sólo creció, alimentada por fragmentos de leyendas y por una curiosidad salvaje imposible de reprimir.

La primera vez que Lía vio una de las Runas de fuego era apenas una niña, hurgando cerca del límite con su hermano mayor, Dán. El hermano, mayor sólo por un par de inviernos, era quien la protegía del mundo pero no de sí misma. Se habían atrevido a pasar la línea donde la corteza de los árboles se tornaba negra y, estremecidos, contemplaron una roca oblonga semienterrada. Encima palpitaba una especie de cicatriz, roja y dorada, que brillaba a cada paso del sol. La runa parecía danzar en la superficie angulosa de la piedra, y cada vez que el susurro del viento soplaba, los niños creían distinguir palabras apenas formadas.

—Lía, volvamos —murmuró Dán, tirando del brazo de su hermana—. Mamá ha dicho que aquí no debemos quedarnos después del segundo cuervo.

Pero Lía estaba absorta; sentía el calor, y a ratos, creía que esas palabras que la runa susurraba no estaban compuestas de sonidos, sino de promesas. Promesas de comprender, de ser diferente, de cruzar más allá de los límites de la costumbre y el miedo.

Aquella noche, Lía no pudo dormir. Debajo de la almohada apretó una ramita ennegrecida que había cogido cerca de la piedra. Soñó con una ciudad en llamas, y en los incendios, figuras de humo le hablaban en lenguas incomprensibles.

Los años pasaron sin que la obsesión de Lía menguara. Heredó la herrería de su padre, pues Dán, temeroso y apocado, prefirió los surcos del campo al yunque ardiente. Lía sentía que la fragua conectaba su sangre con la tierra, y en las chispas, muchas veces, creía ver danzar símbolos que había visto sólo aquella vez en la roca prohibida.

Un día, el fuego en la fragua cambió. Los carbones ya no ardían con monotonía, sino que lanzaban destellos vivos que formaban figuras apenas perceptibles. Empezaron a aparecer dibujos rojos en el yunque, que duraban sólo segundos antes de desvanecerse, pero Lía sentía que su significado se le escapaba por poco. Fue entonces cuando murió la vieja Margó, una de las últimas guardianas de las historias del pueblo, y con su muerte la prohibición parecía menos férrea, el silencio menos opresivo.

Una mañana, incapaz de resistir la urgencia, Lía se colgó el martillo al cinto, cogió una bolsa con pan y agua y cruzó sola la línea maldita.

Más allá del umbral, la tierra vibraba y olía a azufre y madera mojada. Los árboles parecían cambiar de posición cuando uno los miraba de soslayo, y a cada paso el aire se espesaba, se hacía más cálido, como si el sol se deslizara debajo del propio suelo. Al adentrarse, la herrera percibió corrientes etéreas que resonaban contra sus huesos, y pronto, sin darse cuenta, llegó a la roca oblonga de su infancia.

Pero esta vez no estaba sola. Un anciano la observaba, de pie entre los árboles como si fuese parte de ellos, con los ojos y la piel surcados de vetas rojas y doradas.

—Sabía que regresarías —dijo el anciano con voz de brasa—. El fuego siempre reconoce a los suyos.

Lía sintió el martillo pesarle en el cinto, pero no mostró temor.

—Quiero comprender —respondió—. Desde niña veo las runas y sueño con ellas. ¿Qué son?

—Las runas son memoria —explicó el anciano, arrodillándose junto a la piedra—. Son las cicatrices del mundo, marcas dejadas por el paso de lo imposible. Aquí ardió un fuego que nunca debió existir; cruzó la carne de la tierra, y donde tocó, dejó promesas y advertencias. Nadie de tu gente las ha descifrado porque todos temen. Pero no hay regreso posible cuando decides interpretarlas.

Lía se acercó, sus manos temblorosas pero decididas. El anciano repitió un gesto simple: los dedos, enfriándose sobre el símbolo resplandeciente. Un calor crepitante le corrió por la palma, y toda la confusión que Lía sentía cobró sentido. De pronto, los susurros eran claros: advertían de un ciclo que retornaba cada siglo, cuando necesitaban un guardián, alguien recordara el peligro de dejar el fuego correr libre bajo la carne del mundo.

En un parpadeo, el bosque se desvaneció. Lía se vio de pie en un anfiteatro de roca y lava, junto a una procesión interminable de figuras translucidas: antiguos guardianes, mujeres y hombres tatuados de luz y ceniza. La runa palpitaba bajo sus pies, y de cada partícula de aire emanaba la misma instrucción:

—No temas al fuego —dijeron todas las voces al unísono—. El miedo lo envilece y lo vuelve destructivo. Compréndelo, y protegerás todo cuanto amas.

Sacudida, Lía apartó la mano, el sudor mezclándose con la sangre. La quemadura en la palma ya era una runa, una quemadura perfecta, roja y dorada. Miró al anciano, que sonreía con dolorosa piedad.

—Ahora sabes. No hay camino de regreso, sólo hacia adelante.

Durante los días siguientes, Lía recorrió esa tierra que había sido desterrada del resto del mundo, guiada por símbolos que reconocía en raíces y piedras, en los charcos de lava enfriada —cada runa, un fragmento de una historia, un secreto de cómo contener, transmutar y, sobre todo, escuchar. A medida que aprendía, la frontera de la prohibición en su mente se deshacía. Las runas no eran avisos de muerte, sino peticiones de guardar el fuego que danzaba bajo el mundo y lo mantenía vital.

Pasaron semanas, tal vez meses; en el tiempo de Arzurio sólo unas noches ventosas y apagadas sin chisporroteo en la fragua. Dán, inquieto, cruzó el límite en busca de su hermana. La encontró, por fin, sentada junto a la gran roca de la runa, rodeada de cenizas pero viva y transformada.

—Lía —susurró, temeroso—, ¿qué has hecho?

Ella lo miró, y en sus ojos ardía el reflejo de una sabiduría antigua, una comprensión que trastornaba la mera inocencia. Extendió la palma, mostrándole la quemadura-runa.

—He escuchado el fuego, Dán. Lo he entendido. No hay que temerlo; sólo hay que respetarlo. El fuego es la memoria de la tierra, la promesa de que todo puede arder pero también renacer.

Dán la ayudó a regresar. Juntos entraron en el pueblo, y desde ese día Lía transformó la herrería en un umbral, forjando herramientas que nunca ardían ni quebraban, enseñando a los suyos a templar los miedos como el acero: de frente al yunque, bajo la guía del calor.

Cada noche, después de cerrar la herrería, Lía caminaba hacia el límite del bosque para escuchar los susurros de las runas. Runas que ya no eran prohibidas, sino resplandecientes, formando una frontera y un puente: un recordatorio de que el verdadero peligro no era el fuego, sino el miedo a aquello que no se comprende.

Años después, cuando el mundo cambió otra vez, y los descendientes de Arzurio se preguntaron por qué sus tierras producían los objetos más bellos y duraderos, ya no miraban con temor hacia el oeste. El límite que alguna vez fue una herida era ahora el lugar de reunión, donde cuentos y promesas ardían como hogueras compartidas.

Y así, en las Tierras que una vez fueron prohibidas, el fuego ya no era sólo destrucción o advertencia, sino la luz que dibuja el contorno preciso entre la memoria y el olvido.

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