Portada del relato La última canción de Solumbre
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Fragmento:


Amanecer y atardecer en este lugar eran apenas nombres: el sol se movía, es cierto, pero a veces parecía detenerse sin causa, y las sombras que nacían al pie de las dunas se comportaban con una voluntad fluida y secreta. Como si recordaran haber sido algo antes de ser sombra. Como si se resistieran a olvidar.

Duración: 07:12

La última canción de Solumbre
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Texto de ajuste de pausa.

En el corazón de un desierto que nunca figura en los mapas, una mujer caminaba. Su silueta era delgada y flexible, como una rama canosa, y sus pasos parecían no dejar huella sobre la arena, aunque desde hacía años nadie podía asegurarlo realmente. Los pocos viajeros que alguna vez se asomaron al filo de ese yermo, donde las dunas eran tan antiguas como las primeras palabras del miedo, hablaban de una figura envuelta en sombras, tan etérea que parecía parte de un sueño.

Amanecer y atardecer en este lugar eran apenas nombres: el sol se movía, es cierto, pero a veces parecía detenerse sin causa, y las sombras que nacían al pie de las dunas se comportaban con una voluntad fluida y secreta. Como si recordaran haber sido algo antes de ser sombra. Como si se resistieran a olvidar.

La mujer se llamaba Selena, y su historia era conocida solamente por la arena. Cada noche, cuando el aire se arremolinaba frío contra las tiendas de los pueblos más cercanos, algunos ancianos, aquellos que sabían escuchar lo innombrado, murmuraban que Selena había nacido del polvo y de un silencio antiguo, uno que se instala en las palabras no dichas y en las miradas bajadas al suelo.

Dicen que era hija del último cantor de Solumbre, un poblado ahora tragado por las dunas, donde las canciones servían para ahuyentar a las sombras. Canciones largas, de versos inusuales, tan frágiles como hilos de agua fresca. Su padre, ese cantor, se marchó al corazón del desierto cuando la última voz se quebró en el pueblo, llevándose consigo sólo su laúd y a su hija dormida entre los pliegues de una manta gruesa. Nadie volvió a escuchar su música, pero, a veces, una melodía extraña flotaba por encima de la arena y entraba sin permiso en los sueños de los aldeanos próximos, colmándolos de imágenes polvorientas, ojos brillantes y susurros en lenguas olvidadas.

Selena, por su parte, creció acompañada de las sombras. Ellas le enseñaron a sortear las trampas del viento, a distinguir los susurros verdaderos de los que sólo eran eco y a interpretar el crujido sutil de los granos de arena más fina. Aprendió a dormir mientras el frío la cortaba como cuchillas y a despertar con la certeza de los sueños robados durante la noche. Porque, en ese desierto, los sueños eran codiciados por algo más antiguo que la misma arena: eran un sustento extraño para las sombras ancestrales, un alimento sin cuerpo que les permitía, por instantes, recordar los esbozos de sus vidas anteriores.

Selena lo sabía desde niña. Las sombras la llamaban por la noche y le susurraban secretos a cambio de sueños. Ella soñaba con un poblado lleno de luz y canciones, con mares lejanos y cielos desbordados de pájaros; al despertar, sentía que los sueños habían menguado, diluidos, y a veces, el reflejo de una sombra parecía más robusto, más definido, como si en su lomo creciera una espalda recta y vieja.

Un atardecer de los que parece durar siglos, Selena caminaba siguiendo el borde de una duna. Sentía en la garganta la sed y en los talones el cansancio, pero avanzaba con la decisión de alguien que ha dejado de temer a la muerte. El sol, abriéndose paso entre nubes lilas y naranjas, proyectó sombras largas, que reptaron a su alrededor como manos negras en busca de cobijo.

—¿Hasta cuándo me seguirán? —susurró, sin realmente esperar respuesta.

Las sombras, como siempre, se deslizaron más cerca, como caricia. Una de ellas, la más antigua, habló con voz de viento hueco:

—Mientras existan hombres que sueñen, existiremos. Y mientras no olvides, tú también nos llevarás contigo.

Selena suspiró, sentándose sobre el suave declive de la arena. Cerró los ojos. Desde las profundidades del desierto, ascendía una melodía, una nota grave que parecía vibrar en lo más hondo del mundo. Era la canción de Solumbre, la misma que su padre había entonado la noche que el pueblo desapareció bajo una tormenta de arena.

Las primeras palabras brotaron de sus labios, dulces y quebradas. La melodía tejía un puente entre lo que era y lo que alguna vez existió; las sombras se arremolinaron, ávidas, tomando forma, recordando manos, bocas, labios que besaban, cuerpos que habitaron el aire cálido.

El sueño de Selena esa noche fue diferente. Soñó que caminaba sobre el mar, cuyos granos eran diminutas semillas doradas, y allí la esperaba su padre, laúd en manos. Hablaba en una lengua que sólo podía recordarse en sueños, una lengua donde el nombre de las cosas era siempre un conjuro, y donde los nombres verdaderos de las sombras brillaban al pronunciarse. Y entonces una profunda tristeza se apoderó de Selena, la tristeza de quien comprende que está llamada a una tarea que sólo a ella corresponde.

A la mañana siguiente, la mujer siguió su andar hasta llegar a una grieta en mitad de la arena. Allí, la arena caía perpetuamente hacia el abismo, alimentando la garganta negra que se abría bajo el sol como una herida nunca cerrada.

Las sombras la rodearon, ansiosas. Selena sintió en el pecho esa familiar ansia por recordar lo que nunca vivió, por soñar lo imposible. Cerró los ojos y descendió por la pendiente, dejando que la gravedad y los recuerdos la empujaran.

En la profundidad, donde el día no llegaba, donde el frío era absoluto, Selena halló una estancia tallada en piedra, tan antigua que ninguna palabra la sabía nombrar. En sus muros, las sombras jugaban como niños, tan vibrantes que durante un instante tuvieron rostros.

Aquí, Selena entonó por última vez la canción de Solumbre. Sus versos se deslizaron por la piedra y la arena, extendiéndose en todas direcciones, cruzando los abismos del tiempo, lamieron ciudades perdidas y recuerdos muertos. Las sombras, una por una, se fueron fundiendo en esa melodía, renunciando a su oscura atadura, despidiéndose con un destello de luz interior apenas perceptible.

Cuando hubo terminado, la grieta vibró, se estremeció y luego calló. El silencio se derramó como un bálsamo. Selena supo que algo se había roto y arreglado al mismo tiempo. Nadie volvió a soñar en las aldeas cercanas las viejas canciones. Sólo los niños seguían viendo, en los días de viento y sol, figuras extrañas danzar entre las dunas, como si el polvo y la sombra hubieran aprendido finalmente a jugar juntos.

Selena salió del abismo con pasos leves, apenas tocando la arena. El sol se inclinó sobre su frente, besándola mientras ella se marchaba, dejando tras de sí una canción que, aunque suave, todavía podía escucharse si se sabía dónde buscar.

Por las noches, los viejos —ya pocos— aún evocan esos días en que las sombras robaban sueños y los hombres necesitaban canciones como abrigo. Recuerdan a una mujer que caminó lejos, hacia un horizonte de ceniza y oro. Nadie sabe dónde descansa, pero dicen que sus huellas, aun invisibles, resuenan como un eco en los sueños de todos aquellos que, alguna vez, bebieron del pozo del olvido.

Porque en este desierto, incluso los olvidos tienen memoria, y las sombras, una vez alimentadas de sueños y música, custodian la promesa de un regreso. Y, entre susurros, todavía llevan consigo el nombre de Selena, guardado como un secreto hecho de arena y noche, esperando el día en que un nuevo canto las despierte de su largo y polvoriento sueño.

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