Portada del relato Voces en la pared
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Fragmento:


Atravesó el pasillo en penumbra, esquivando la mano escurridiza del perchero que siempre parecía interponerse a su paso. Se detuvo delante del dormitorio de Jacinta. No era la primera vez que su madre lo llamaba a media noche, insomne. Pero había aprendido a no acudir a menos que ella lo llamara dos veces. Así era su regla: la segunda llamada era la verdadera.

Duración: 09:29

Voces en la pared
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Texto de ajuste de pausa.

No era la primera vez que Leandro veía cosas que los demás juraban que no existían, pero esa noche la diferencia era la temperatura. El frío comenzó en la base de sus pies —uno, dos, tres dedos helados, como si cada uno sumara años a su vida— y subió arrastrándose hasta el empeine, deteniéndose caprichoso en el tobillo. Llegó cuando apagó la lámpara de la cocina y a tientas buscó el interruptor en el pasillo, confiando en que todos los zapatos dispersos no desafiaran su equilibrio. Entonces lo escuchó: un silbido apretado, larguísimo, como si alguien estuviese envolviendo la casa en un cable invisible.

A sus espaldas, la cocina susurraba y a la vez callaba, como si intentara no perturbar el pacto tácito de cada noche: los trastes alineados, el paño aún húmedo, la herida crujiente de la madera bajo las patas de la mesa. Pero esta noche había una suerte de inquietud. Era apenas perceptible, como el roce de una polilla en un vidrio, pero Leandro lo conocía bien.

—Otro ciclo de las rarezas... —masculló.

Atravesó el pasillo en penumbra, esquivando la mano escurridiza del perchero que siempre parecía interponerse a su paso. Se detuvo delante del dormitorio de Jacinta. No era la primera vez que su madre lo llamaba a media noche, insomne. Pero había aprendido a no acudir a menos que ella lo llamara dos veces. Así era su regla: la segunda llamada era la verdadera.

Se recostó unos segundos en el marco de la puerta, buscando en la profundidad del silencio la razón de su propia inquietud. La casa, tan vieja como sus propios miedos, apenas respiraba. Solo entonces sintió el roce de algo que venía desde la sala: un murmullo, como si la alfombra almacenara un eco. Leandro apretó los labios y se quedó muy quieto.

Pidió, como antes hacía de niño cada vez que ocurrían estos desajustes, poder distinguir lo real de lo otro. Él llamaba lo otro a la sopa de instantes salpicados que la casa escupía en noches como esa. No se trataba, entendía ya de adulto, de fantasías fuel, sino de filtraciones. Espíritus, decían algunos, pero Leandro prefería llamarlos desbordes: presencias pálidas, parientes de la lógica fallida de los sueños, protectores a contramano.

Avanzó hacia la sala, guiado por una brisa tibia que parecía resistirse a los mandatos del invierno. Allí, entre el reflejo amarillento del farol de calle que asomaba a través de la cortina, vio una silueta. Humana, sin duda, pero desprovista de orden o peso. Flotaba, sí, aunque sin subir ni bajar: se mantenía fija, contra toda ley del tiempo.

Leandro se frotó la garganta. Imposible llamarla. Nunca hablarles primero, le dijo una vez su tía Valeria, la rara de la familia, mientras cortaba perejil en la cocina.

La silueta, recortada por la luz, habló sin necesidad de boca:

—¿Suena razonable que respires tan fuerte cuando quieres pasar inadvertido?

Leandro se sintió desnudo. Se llevó una mano al pecho; reconocía la voz. Era como la de Jacinta, su madre, pero más joven, menos erosionada por la tristeza. El parecido lo inquietó.

—No pretendía esconderme —respondió, tragando saliva.

La figura se deslizó, como si estuviera probando la elasticidad de la atmósfera. Su contorno era volátil, y aunque carecía de sombras, su presencia marcaba un límite nítido entre la realidad rutinaria y la insólita.

—¿Por qué lo aceptas? —preguntó el espectro, con la voz tan clara que Leandro sintió que vibraba en el delicado hueso del oído.

La pregunta lo cortó en dos. Porque no podía hacer otra cosa, pensó, pero eligió no contestar.

El espíritu, o lo que fuese, hizo un gesto curioso: una reverencia apenas esbozada, idéntica a la que hacía su abuela cuando los saludaba bajo la parra del patio.

Entonces llegó la segunda llamada: un ruido sordo en el dormitorio de Jacinta. Suficiente para romper la calma, demasiado leve para invocar preocupación. Sabía cuál era su deber. Giró sobre sus talones, midiendo los pasos, mientras sentía el pulso errático de la presencia a sus espaldas, acercándose, estirándose detrás de él como una sombra de algodón.

Dentro del cuarto, Jacinta estaba despierta. Sus ojos, aún anclados en el sueño, viajaban a media asta por el paisaje de la habitación. El delantal azul con margaritas colgaba torcido del respaldo de la silla, un objeto fuera de lugar, como tantos otros en esa casa.

—¿Volviste? —preguntó ella, sin mirarlo.

—Siempre estoy. ¿Qué sentiste ahora?

La mujer ladeó la cabeza, reacia a compartir el peso de sus visiones.

—Era el niño de siempre, el del piano —dijo, y la palabra “piano” pareció flotar un buen rato en la penumbra.

Leandro se estremeció. De niño él también lo había sentido: la presencia de un niño diminuto cuyas manos olían a madera y barniz. Era uno de los “habitantes”, como Jacinta los llamaba: espíritus guardianes, no necesariamente bondadosos. Tal vez, simplemente, atentos.

Se sentó cerca de ella, apartando con una mano el borde áspero de la colcha.

—¿Querés que hable con él?

Jacinta negó con la cabeza, cansada. Bajó la voz a un susurro nervioso.

—Esta vez, trajo un libro.

“Una novedad”, pensó Leandro, forzando una sonrisa. La última vez había traído canicas, y antes de eso, una jaula diminuta. El niño siempre traía cosas que desaparecían al amanecer.

Afuera, la silueta flotante arrastró consigo una ráfaga de frío, infiltrándose por debajo de la puerta. El murmullo del pasillo regresó, apretando la casa en un puño. Leandro sintió que la membrana entre mundos era más delgada de lo normal.

Volvió a la sala. La sombra seguía allí, aunque ahora estaba sentada. Se había apropiado del sillón de Jacinta, como si estuvieran jugando a las sillas musicales con lo invisible.

—El niño está inquieto —dijo la voz femenina, casi maternal.

—¿Y vos quién sos? —preguntó Leandro, decidiendo quebrar finalmente la norma de su tía Valeria.

La figura soltó una risa breve, como un puñado de piedritas cayendo sobre un charco.

—Soy la que recuerda lo que vos no querés saber —contestó, y por primera vez, su contorno tembló de manera visible.

Leandro escudriñó los pliegues móviles de su figura. La silueta parecía volverse más nítida cuanto más la observaba. Por debajo de su rostro, oscilante, había un gesto conocido: un mohín dulce, casi infantil, que le removió algo en el estómago.

—¿Y qué es eso que no quiero saber? —desafió, tanteando el filo del miedo.

La figura se inclinó hacia adelante, tanto que la penumbra entre ellos pareció romperse. Susurro sobre susurro:

—Que fuiste vos quien dejó la pecera abierta. Que el pez nunca saltó solo.

Leandro tambaleó hasta el borde del recuerdo. La pecera azul, el pez dorado, la tarde en que Jacinta lloró tanto que se quedó afónica. Él, niño inquieto, obsesionado con mirar burbujas, abrió la tapa hasta que el destino decidió bañarse de tragedia.

Lo que había borrado de su memoria ahora palpitaba en su pecho.

—No es nada —defendió, aunque ni siquiera creyó su propia voz.

La figura se enderezó, sólida, como quien termina su parte del juicio.

—Nada, para algunos, puede significar todo —susurró.

Al fondo del pasillo, una risita breve, de campanilla, corría entre las puertas. El niño del piano y el libro parecía celebrar algo. Leandro sintió la alianza extraña entre todos los presentes, como si la casa tejiera una tela sin permiso de nadie.

En ese momento, Jacinta irrumpió en la sala, envuelta en su delantal de margaritas, el cabello blanco desatado como una marea. No miró a Leandro; vio directamente a la silueta.

—¿Vas a llevarte el libro? —dijo, hablando con una normalidad imposible.

La figura negó con delicadeza.

—Hoy, solo vine a recordar. El libro es para el niño. Él guarda las memorias extraviadas.

Jacinta hundió las manos en los pliegues de su delantal, la mirada aguda.

—¿Y mañana?

—Mañana será otro guardián.

Leandro pensó en el desfile de años, en los objetos inventados por cada espíritu: las canicas, la jaula, el libro. Cada uno, un fragmento de olvido. Espíritus guardianes, sí, pero también coleccionistas de lo que se pierde cuando se vive demasiado.

Jacinta cerró los ojos un instante, respirando hondo. Después volvió lentamente al dormitorio, dejando atrás el eco de su florido delantal.

Leandro se quedó mirando a la silueta, que ahora parecía confundirse con la tela del sillón.

—¿Me vas a dejar en paz? —preguntó, ya sin esperar respuesta.

La figura se encogió de hombros, un gesto irremediablemente humano.

—Depende. Algunos recuerdos duelen menos si hay alguien custodiándolos.

El reloj de la pared marcó las tres de la mañana. Un tic familiar, regular, como si quisiera convencerlo de que nada de esto había ocurrido.

En el subsuelo de la casa, un golpe sordo anunció el regreso del niño del piano, arrastrando su libro con una parsimonia que no conocía la urgencia. Al día siguiente, encontrarían entre las sábanas de Jacinta una canica azul, la misma que él había perdido de niño y que su madre aún guardaba en el fondo de la cómoda.

Mientras la casa volvía poco a poco a su respiración normal, Leandro comprendió que la vigilancia de los guardianes no era una protección milagrosa, sino una disciplina extraña: la de custodiar lo que se atesora y lo que se prefiere olvidar, la de tejer con silencios lo que no se atreve a decirse a plena luz del día.

Afuera, el cielo despuntaba tiras tímidas de luz. En el rincón, la silueta ya era apenas un recuerdo, vibrante y huidizo, anudando la noche con las voces y las cosas que solo él —y quizás Jacinta— tenían permiso de ver.

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