Portada del relato La Danza de las Cenizas
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Fragmento:


Ágata no dormía desde hacía años, aunque en la fachada de sus párpados pesados se le notara una resignación soñolienta. Ella, como pocos en el pueblo, había aprendido a interpretar los cambios sutiles del aire: la falsa brisa que traía consigo el olor de quemaduras frescas, el parpadeo de los escarabajos justo antes de que las sombras se deshicieran en reflejos anaranjados. Esos signos la preparaban. “Vendrán”, le susurraba su corazón sin que ella le diera permiso.

Duración: 08:25

La Danza de las Cenizas
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Texto de ajuste de pausa.

El crepúsculo caía sobre la ciudad de Valle Antiguo deslizándose con la delicadeza tranquila de un suspiro. Desde la oscuridad del río hasta los techos ocres, la luz dorada retrataba el mundo en un estado de exilio dulce, como si todo cuanto se movía en ese instante fuera conscientemente pasajero. Nadie, salvo los verdaderamente atentos, habría notado el suave aleteo de algo invisible flotando entre los helechos del jardín trasero de la casa de doña Ágata. Era el primer ángel de fuego de la noche.

Ágata no dormía desde hacía años, aunque en la fachada de sus párpados pesados se le notara una resignación soñolienta. Ella, como pocos en el pueblo, había aprendido a interpretar los cambios sutiles del aire: la falsa brisa que traía consigo el olor de quemaduras frescas, el parpadeo de los escarabajos justo antes de que las sombras se deshicieran en reflejos anaranjados. Esos signos la preparaban. “Vendrán”, le susurraba su corazón sin que ella le diera permiso.

El ángel apareció junto al limonero viejo, en el límite preciso donde la luz del farol caía a morir. No tenía forma clara ni cuerpo definido, pero la lengua abrasadora de su fuego se ató –por un momento– a la rama más baja. No hablaba, no cantaba; simplemente brillaba y aquel resplandor era suficiente para que la anciana se incorporara de su silla y avanzara con paso seguro hacia la criatura. La quemadura en su brazo, vieja como la propia memoria del barrio, comenzó a dolerle. Sabía por qué: era el anticipo de la visita de los profetas errantes.

Como en un sortilegio pactado de antemano, Ágata recogió el pañuelo blanco que siempre reposaba sobre su mesa, un trozo de pan y la pequeña campana de cobre. Tocó la campanilla tres veces, y la vibración se perdió rápido en la espesura, suplantada por otro estremecimiento más profundo: la tierra misma parecía recordar a los visitantes de otros tiempos. No tardó en distinguir figuras acercándose por el zaguán despoblado, apenas bultos envueltos en trapos, sus sandalias arrastrando polvo rojo. Eran los Profetas Errantes, aunque el pueblo nunca los llamaba así en voz alta. A veces aparecían un solo día en mitad del cielo nublado; otras veces su llegada coincidía con tormentas de sapos o con las noches larguísimas en que ningún niño podía dormir.

Esta vez eran tres: una mujer de cabellos grisáceos y ojos de agua sucia, un joven de rostro poroso y expresión recelosa, y un anciano que parecía un árbol seco, cuya sombra se alargaba mucho más allá de su cuerpo. Entraron sin necesidad de invitación. El ángel de fuego, aún encaramado en la rama, giró su atención hacia los recién llegados, emitiendo un zumbido apagado, como si les reconociera.

La mujer habló en primer lugar, con una voz que era al mismo tiempo trueno y caricia:

—Venimos a escuchar la música dormida en las raíces, doña Ágata. Dicen que solo aquí, bajo este limonero, la tierra aún conserva la memoria.

La anciana hizo un movimiento de asentimiento, tembloroso pero firme. Les entregó el trozo de pan y la campanilla, y ellos se sentaron sobre la tierra húmeda como si fueran parte inseparable del paisaje. La noche se espesó, y el ángel, sintiéndose quizás menos observado, descendió de la rama. Sus lenguas incandescentes rozaron el aire tibio y la fragancia ardida del limonero se mezcló con el incienso invisible de otro mundo.

En Valle Antiguo, la llegada de los Profetas nunca era anuncio de paz. Sucedían cosas después de su paso: matrimonios que se desmoronaban, cabras nacidas con dos cabezas, rios que invertían su curso por una noche entera. Pero lo que realmente atemorizaba a los habitantes, aunque no se atrevieran a confesarlo, era la danza de los ángeles de fuego. Eran heraldos de secretos: quienes los miraban fijamente aprendían cosas que luego deseaban olvidar.

El anciano profeta alzó la cabeza y, en una lengua que parecía arrastrar el eco de todos los vientos viejos, recitó:

—Hoy esta casa será testigo. Aquí se cruzarán los sueños de los hombres y las palabras inquemables de los cielos.

Cuando terminó, el ángel emitió un destello más intenso y las primeras cenizas cayeron girando lentamente como copos grises. Ágata, acostumbrada, no se protegió. Los otros tampoco: ni un movimiento de miedo. No eran cenizas mortales; eran recuerdos cristalizados, fragmentos ardientes de historias y premoniciones. En algunos lugares del mundo, decían, la gente los recogía y los mezclaba en leche caliente para curar el insomnio, o los deslizaban bajo la almohada de los moribundos.

El joven, que hasta ahora no había hablado, sostuvo un puñado de cenizas y las sopló sobre el corazón de Ágata. En ese instante, sus ojos relampaguearon como dos espejos vueltos hacia dentro.

—No temas lo que ves —dijo, y su voz era de alguna forma la de su padre y la de su madre y la de todas las abuelas del mundo—. Esta noche cruzarás por la puerta.

La anciana, asintiendo, cerró los ojos. Lo que vio no era distinto de sus recuerdos diurnos, pero tampoco igual. Caminó, en su mente, por la ribera antigua de su infancia, allá donde los sapos croaban himnos desmesurados y la sombra de su madre tendía manteles de colores imposibles. Los ángeles de fuego le habían prometido volver por ella cuando llegara el tiempo. Ahora comprendía: no había promesa, solo advertencia, y toda vida era una sucesión de avisos apenas escuchados.

Mientras Ágata transitaba por sus visiones, los profetas dialogaban en lengua muda. Solo el ángel —o lo que de él podía decirse que tuviera voluntad— parecía cambiar levemente, buscar un espacio más íntimo junto al candil.

El anciano profeta recogió las cenizas caídas y las esparció sobre la raíz expuesta del limonero. El árbol susurró con la voz del viento, apenas un crujido ensordecedor. Los sueños olvidados de la casa se remontaron con el vapor del aire; escenas perdidas de niños corriendo bajo tormentas de confeti, promesas dichas al pie del lecho y abandonadas en madrugadas de insomnio. La memoria de la casa —y del pueblo— se manifestaba en pequeños destellos anaranjados.

Nadie preguntó por el sentido de la ceremonia. El verdadero evento, lo sabía Ágata, siempre ocurría cuando los visitantes se marchaban y la vida debía continuar, llenando los huecos con palabras menos precisas.

La mujer profeta se levantó en silencio y se aproximó al ángel. Durante un instante, ambos se miraron —si mirarse podía describirse como el diálogo mutuo de dos entidades irreconciliables—. La profeta sacó de su fardo un pequeño espejo antiguo y lo sostuvo frente a la criatura. El ángel centelleó con furia, y en el reflejo, los otros vieron una parpadeante ciudad flotante hecha solo de puertas cerradas.

—Hay caminos que pueden abrirse solo una vez —musitó la mujer, como si el secreto acabara de elegirla como confidente—. Y no hay regreso.

Ágata despertó con la piel recubierta de cenizas. El ángel ya no estaba en la rama; el aire era más liviano, como un río deshabitado tras la crecida. Los Profetas Errantes recogieron sus cosas; el anciano le ofreció una bendición muda y la mujer se inclinó para besarle el dorso de la mano.

—Esta noche recordarás cómo eran tus sueños antes de que aprendieras a temerlos.

Al cerrar la puerta, Ágata sintió un cansancio antiguo pero no desagradable. Se sentó frente a la ventana y observó cómo el viento barría las últimas cenizas. La vecina de enfrente asomaba su cabeza y se persignaba al ver el reflejo rojo bailando en el vidrio. Pronto llegarían nuevos camiones, nuevos vecinos, nuevas historias; la vida encontraría formas de replegarse y olvidarse.

Esa noche, en el sueño soñado por todos los habitantes de Valle Antiguo, una multitud de figuras encendidas danzaba en el margen del río. Los profetas se internaban una vez más en la niebla; los ángeles, invisibles, marcaban el ritmo lento de la memoria. Nadie recordaría en la mañana que estuvieron juntos, pero tampoco olvidarían del todo la textura tibia de las cenizas sobre la palma.

Cuando el alba despuntó, el limonero era apenas un esqueleto dorado, y sobre la madera negra reposaba el pañuelo blanco de doña Ágata. Las huellas de los profetas y el aleteo del ángel permanecieron, indistinguibles ya, en el aire nuevo que traía el día. Porque nunca hay testigos verdaderos en los prodigios, sólo el silencio necesario que deja sitio a una verdad inasible y temblorosa: la que se esconde en la música oculta del horizonte.

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