Portada del relato Canción para un príncipe de silicio
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Fragmento:


—No quiero rehacer mi vida —responde Clara, finalmente—. Solo quiero que no la olviden.

Duración: 07:49

Canción para un príncipe de silicio
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Texto de ajuste de pausa.

El reloj del patio de las cigarras da las trece y un cuarto, pero nadie se atreve a mirar hacia arriba para comprobar si la aguja sigue su curso o si, como todas las noches, se ha detenido justo antes de la frontera del sueño. Del otro lado del andén, las farolas de bioluz desmenuzan la niebla, teñida de azul por la dispersión de polvo lunar. El último convoy interplanetario ha dejado un rastro de escarcha magnética y un susurro de cuentos en la estación. Aquí, en el corazón de Andrómeda-Vieja, las historias aún tienen la forma de carillones.

Clara camina con pasos mudos, dejando tras de sí huellas translúcidas, como si ella también fuese un residuo de pasadas eras. Su abrigo, de plumas sintéticas, se ciñe a su figura y se abrocha con botones de cobre forjado. Aún lleva, colgando del cuello, la llave antigua con que su madrina le regaló la libertad. No hay cerrojos ya en esta parte de la galaxia, pero la tradición pesa más que el vacío, y Clara no se atreve a desprenderse.

Al doblar el corredor del vestíbulo, la esperaba una figura: una mujer de cabellos encendidos, piel gris perlada y ojos que brillan como la aurora boreal de los viejos planetas. “Has llegado tarde”, dice ella, con la voz hecha de viento. Nadie sabía su nombre, pero sus seguidores la llamaban Solarina la Bruja, protectora de los trashumantes, constructora de portales y ruinas.

“He venido para cumplir una promesa”, contesta Clara, y extiende la mano donde descansa la llave.

Solarina sonríe y gesticula hacia el norte magnético, donde se alzan las torres fractales del Jardín de Autómatas. A lo lejos, olas de música mecánica resuenan, una melodía que recuerda el murmullo del agua y el crujir de los sauces. “¿Estás segura?”, pregunta la bruja, “Una vez crucemos, los cuentos nos tomarán la lengua y la memoria. Ningún mortal vuelve igual”.

Clara respira hondo. A sus espaldas, la estación se disuelve en un titilar de partículas. Frente a ella, una senda en espiral se despliega, cubierta de azules y lilas, con flores de metal que abren y cierran sus pétalos al ritmo de los vientos solares. “Siempre he pertenecido a otro mundo”, murmura Clara, y toma el paso que la lanza más allá de los umbrales del tiempo.

Mientras avanzan, Solarina agita el aire, dispersando polvo de espejismos que toma formas grotescas: un príncipe sin rostro que llora perlas líquidas, árboles que hablan en ecuaciones, ratones que bailan con vestidos de galaxias. “Todo cuento es real aquí”, explica la bruja, “y los deseos son bestias hambrientas”.

El Jardín de Autómatas emerge finalmente: una extensión interminable de figuras de silicio, detenidas a medio gesto. Damas de porcelana que miran eternamente a través de cristales, caballeros articulados que escondieron sus corazones en laberintos de cobre. En el centro, la Rosa Cantante: un puñado de filamentos fotónicos, suspendidos en la nada, que entona con cada estación una nana distinta. Fue para verla florecer que Clara cruzó sistemas y rompió pactos.

“Pide tu historia”, dice Solarina, pero Clara duda. La leyenda es clara: quien arranque un pétalo de la Rosa podrá rehacer su vida; quien la escuche entera, nunca más podrá mentir. ¿Qué buscaba ella realmente?

—No quiero rehacer mi vida —responde Clara, finalmente—. Solo quiero que no la olviden.

La bruja la mira, con sus profundidades cambiantes, y asiente. Toma de su bolso una aguja prismática y punciona el pulgar de Clara. Una gota de memoria cae sobre la Rosa, y esta empieza a girar, a cantar con una voz de mil matices: la breve historia de Clara se teje en ondas de luz.

Primero la niña que escapó del planeta sumidero, que aprendió a esconderse detrás de hologramas para sobrevivir; luego la joven que, en un bar de gravedad variable, conoció a Mara, la programadora de sueños, y aprendió a amar sin miedo y sin fin; y por último la peregrina que, al perderlo todo en el Incidente del Sol Roto, aceptó la llave y dejó atrás una vida de códigos y caricias.

Cada nota, cada imagen, hacen temblar las estatuas de autómatas. Un Caballero de Jade —nunca antes despertado— se mueve, abre los ojos, y clava su mirada de carbono en Clara. “¿Por qué vienes a nosotros, hija de los hombres?”, pregunta con voz fracturada.

Clara titubea, pero su lengua es música, no discurso, porque la Rosa la ha tomado. “No vengo a robarles su paz; vengo a dejar mi eco”.

Solarina observa, sin intervenir, mientras los autómatas despiertan uno a uno, envueltos en una penumbra dorada. Danzan lentamente, como hojas en el agua. Se acercan a Clara, tocándole los cabellos, las manos, leyendo en su piel la partitura de su paso por los mundos. De repente, la Rosa detiene su canto.

“Debes elegir”, susurra Solarina. “Quedarte aquí y convertirte tú en leyenda, parte del Jardín, o regresar sin memoria, llevando en el pecho una promesa rota y un vacío nuevo”.

Clara ve ante sí dos futuros: uno donde se disuelve en la música de las criaturas eternas, su historia contada una y otra vez en el canto de la Rosa; otro donde vuelve al mundo común, incapaz de recordar para qué cruzó portales, pero acaso con el don de inventar nuevos cuentos, siempre a punto de ser olvidados.

En ese momento, un susurro se escapa del Caballero de Jade: “Si eliges quedarte, tu pena será inmortal; si partes, será efímera, pero humana. Solo los que son olvidados de verdad conocen la dicha de existir”.

Solarina saca un espejo minúsculo de tinta condensada. En él, Clara ve no solo su rostro, sino todos los posibles: la niña, la joven, la amante, la fugitiva, la viajera. Se ve dentro de la pupila de Mara y fuera, en la mirada de la estación perdida.

—Elijo regresar —musita, pese a la extraña tristeza que la acompaña—. Pero dame una sola mentira para llevar conmigo, un hilo de cuento, para no vaciarme del todo.

La bruja habla por fin, y su voz resuena como un chasquido de estrellas: “Te concedo la mentira piadosa: que fuiste amada en todos los mundos y que cada mundo te esperará”.

De pronto, el jardín se replegó. Siente que camina hacia atrás, entre estatuas inmóviles, la música desintegrándose en partículas que ya no entiende. La llave vieja pesa en su pecho, fría y ajena. Solarina le sonríe, la despide con un giro de su capa, fundiéndose en las nieblas del amanecer sintético.

Clara despierta en un tren vacío, fragmentos de canción adheridos a la garganta como si fueran restos de un sueño. El reloj marca las trece y un cuarto. Afuera, la estación se despereza, y un mendigo silicio le pide una moneda.

—¿Vienes del Jardín de Autómatas? —pregunta el mendigo, pero Clara no recuerda el nombre, aunque en su corazón siente bruscos tirones, como hilos de una música distante.

—Tal vez, sí. Tal vez no. Solo sé que tengo una llave y un deseo de ser recordada.

El mendigo sonríe:

—Eso basta. En este mundo y en todos los que se cruzan cuando nadie más mira.

Clara camina hacia la salida, sin saber que en algún rincón olvidado de la galaxia, la Rosa Cantante repite en susurros una historia sobre una niña sin miedo al olvido, y que cada vez que alguien escuche esa canción, un mundo se inclinará suavemente, rozando su existencia, con la ternura que solo ofrecen los cuentos de hadas para quienes han mirado de frente al vacío.

Fuera, bajo la luz mezclada de lunas rotas, Clara se aventura hacia la próxima terminal, creyendo —por un instante— que la espera una cita en algún jardín imposible, donde espera aún la promesa de una nueva historia, un eco, una mentira piadosa, y el amor que, aunque quizá nadie recuerde, alguna vez fue suyo.

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