Portada del relato El Murmullo del Olvido
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Fragmento:


La noche en que todo cambió, la luna bañaba el bosque con una luz pálida y temblorosa. Elara, perseguida por sueños que susurraban de almas perdidas y caminos enredados, se adentró en el bosque siguiendo una voz que solo ella podía oír. Era un canto casi inaudible, como el suave lamido del viento contra las hojas. La voz tiraba de ella, como una corriente que la arrastraba hacia lo desconocido.

Duración: 05:50

El Murmullo del Olvido
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Texto de ajuste de pausa.

En un rincón olvidado del mundo, más allá de las montañas que rozaban el cielo y los bosques donde los árboles hablaban en murmullos verdes, yacía el antiguo reino de Eldoria. Era un lugar sumido en misterios y leyendas, donde las nieblas danzaban al compás de hechizos olvidados y las sombras guardaban secretos que solo unos pocos elegidos podían desentrañar.

Entre todas las leyendas, la más inquietante era la de los Profetas Ciegos, una orden mística formada por aquellos que habían intercambiado la vista del mundo por una visión más profunda de la realidad. Decían que sus ojos, vacíos de luz, eran como espejos que reflejaban el futuro en el entrelazado tapiz del destino.

En una aldea perdida, donde la tierra crujía bajo el peso de los siglos, vivía Elara, una joven que no temía desafiar las sombras. En su pecho latía una inquietud insaciable, un deseo de explorar aquello que yacía más allá del horizonte de sus sueños.

La noche en que todo cambió, la luna bañaba el bosque con una luz pálida y temblorosa. Elara, perseguida por sueños que susurraban de almas perdidas y caminos enredados, se adentró en el bosque siguiendo una voz que solo ella podía oír. Era un canto casi inaudible, como el suave lamido del viento contra las hojas. La voz tiraba de ella, como una corriente que la arrastraba hacia lo desconocido.

Las sombras del bosque parecían cobrar vida, arremolinándose a su alrededor con un murmullo propio. Pero Elara, a pesar de la creciente incertidumbre, continuaba adelante, guiada por un impulso que no podía ignorar.

Finalmente, llegó a un claro iluminado por un cielo de estrellas como punzadas de plata en un manto oscuro. Allí, alrededor de una hoguera que despedía un resplandor sobrenatural, se encontraban los Profetas Ciegos.

Sus rostros, tallados por el tiempo y la sabiduría, eran serenos, sus ojos vacíos se dirigían hacia un punto más allá de lo tangible. Elara se estremeció al contemplar la vasta paz que emanaba de ellos. En ese momento, supo que había encontrado lo que durante tanto tiempo había buscado.

—Bienvenida, hija del destino —dijo una de las figuras, con una voz que era al mismo tiempo antigua y joven, portadora del peso de la historia y la frescura del amanecer—. Has sido llamada, y aquí estarás.

Elara, sintiendo el peso de sus palabras, respondió:

—No busco respuestas fáciles; solo anhelo la verdad que escapa a los ojos.

La profeta que había hablado sonrió, sus facciones se suavizaron.

—Las verdades que anhelas son las que trascienden la visión. Cada uno de nosotros, aunque despojado de la luz terrenal, ve con claridad el fluir del tiempo y sus innumerables posibilidades.

Otro profeta, con una voz tan suave como el susurro de las hojas, le habló entonces:

—Cada elección es un tejido, cada destino, un hilo. Y en nuestras mentes se entretejen las posibilidades infinitas del porvenir.

Elara se dejó caer sobre el musgo a sus pies, fijando su atención en las llamas que danzaban al ritmo de una melodía secreta.

—¿Puedo aprender a ver como vosotros? ¿A entender esos hilos del destino?

—Puedes —respondió el primer profeta—. Pero debes estar preparada para pagar el precio, un precio que no se mide en oro ni en tesoros mortales, sino en sacrificio y abandono de lo que eres.

Elara tragó saliva, su corazón latía con la intensidad de una guerra en su interior.

—Estoy dispuesta. He sentido siempre que algo dentro de mí resuena con lo desconocido. No temo al sacrificio.

Durante las semanas que siguieron, Elara se sumergió en el aprendizaje bajo la tutela de los Profetas Ciegos. Cada lección era una puerta hacia lo desconocido, una revelación que agitaba su comprensión del mundo. Aprendió a escuchar el susurro del viento y a interpretar los signos ocultos a plena vista.

Elara se vio desdibujada y vuelta a formar, cada día un poco más parte del tejido que intentaba descifrar. Las noches eran momentos de profunda meditación, donde las estrellas parecían hablar solo para ella, y los días, un tapiz de experiencias tan nuevas como desconcertantes.

En su última noche, rodeada por los Profetas, Elara enfrentó la prueba final: abandonar todo lo que conocía y aceptar la ceguera como un don. Dentro de la inmensa y silenciosa oscuridad, más allá de los miedos y las dudas, surgió un paisaje nunca antes soñado.

Podía ver los hilos del destino, cada uno tintineando con un brillo propio. Se movían, entrelazaban y separaban, formando un tapiz infinito impregnado de amor y sufrimiento, de risas y llantos, donde cada ser tenía una historia, un camino, y un propósito.

Sin embargo, había sombras profundas, tumultuosas mareas de sufrimiento y destrucción que amenazaban con engullir el destino de Eldoria. Elara sintió una agitación dentro de ella, una llamada poderosa.

Despertó de la visión, su frente perlada de sudor, entendiendo finalmente su propósito. Se levantó con una nueva determinación ardiendo en sus venas.

—El destino de Eldoria pende de un hilo frágil. La oscuridad se acerca, pero no todo está perdido —anunció mientras los Profetas la observaban, sin emoción visible.

—Has visto la verdad, hija —dijo el profeta mayor—. Ahora, tu decisión definirá el camino.

Elara se giró hacia el horizonte, con el corazón lleno de una luz inextinguible. Sabía que su viaje apenas comenzaba, un trayecto guiado no por lo que sus ojos físicos podían ver, sino por una comprensión interior que iluminaba cada paso.

Con la sabiduría de los Profetas Ciegos y la fuerza de su propio espíritu, Elara emprendió su camino de regreso al reino, dispuesta a enfrentarse a las sombras que había entrevisto y a tejer un nuevo destino para todos aquellos que habitaban bajo el cielo de Eldoria.

Así, se convirtió en la guardiana de hilos y sueños, siempre atenta al murmullo del destino, y encontrando en cada giro inesperado la oportunidad de transformar la oscuridad en luz.

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