A veces, al anochecer, la ciudad parece encogerse sobre sí misma, y los tejados se doblan, formando pequeñas carpas de piel de asfalto, y debajo, las casas encorvadas susurran leyendas entre sí. No es que la ciudad tenga voz, pero cuando el aire se espesa y los faroles parpadean más allá del vidrio, hay quienes aprenden a escuchar su idioma. Eilin, que nunca creyó haber nacido del vientre de mujer, sino más bien de una raya de sombra bajo la cama de alguien, era una de las pocas que entendía a la ciudad.
Eilin vivía en el Barrio de los Huecos, donde las esquinas eran más anchas de un lado que de otro, donde cada ventana tenía una pestaña de hollín, y donde los gatos no maullaban, sino que murmuraban palabras en el sueño. Dicen que Eilin fue niña durante siglos y anciana sólo durante un miércoles, aunque nadie recuerda qué miércoles. No se sabe cuántos años tenía, y tampoco importaba, porque ese tipo de preguntas es peligrosa en la ciudad: sabe a miel envenenada, a fechas que se deslizan, a relojes que despiertan hambrientos.
Fue en una de esas noches de viento tembloroso que Eilin escuchó a la ciudad llorar. Acudió al zaguán y vio que al pie de la farola más vieja del barrio había dejado crecer una piscina de luz líquida, una lágrima fosilizada que vibraba lentamente. Eilin bajó las escaleras, se encogió en una gabardina prestada por una sombra, y se acercó. Tocó la lágrima y, sin quererlo, la empapó en los pliegues de su palma, y la ciudad—o lo que en ella habitaba—vió en sus ojos una decisión: llevaba demasiado tiempo guardando cosas bajo tierra.
Aquella noche no volvió a casa. Caminó hasta que las farolas se quedaron ciegas y los charcos dejaron de reflejarla. Al rato llegó al río que atraviesa la ciudad, aunque no figura en ningún mapa, el Río Limbo, que corre inverso: bajan por él los olvidos que la ciudad decide no volver a nombrar.
A orillas del Limbo, Eilin se encontró con Sias, el pescador cuyos anzuelos solo atrapaban secretos. Sias tenía la piel surcada de grietas, como si alguien lo hubiese tallado demasiado pronto y luego se hubiera cansado de terminar la talla. Sias le mostró su red de cordones trenzados con risas olvidadas, y Eilin, que reconocía el ceño oculto de cada mentira, supo que debía entregarle la lágrima de la ciudad.
—Ella llora, porque no sabe qué más perder —dijo Sias, dejando que la noche lamiera sus palabras—. Este río se ha llenado hasta la boca de promesas y nombres.
—¿No bastaría con vaciarlo? —preguntó Eilin, pero Sias negó con la cabeza.
—Vaciar el río sería inundar la ciudad de todo lo que ha querido dejar atrás.
El pescador puso la lágrima en una de sus redes, y en el reflejo del agua Eilin vio las caras de aquellos que ya nadie recordaba: danzarines deformes, poetas decrépitos, un perro con dos colas y un niño que dormía abrazado a una linterna. Sias sacudió la red, y la lágrima se convirtió en un pez que nadó contra la corriente.
—Alguien tiene que cruzar las aguas, llevarle esto a la Reina de Hueso.
Pese al miedo atornillado en sus costillas, Eilin accedió. Cruzar el Limbo era peligroso, pero Sias tejió para ella una balsa de palabras nunca dichas y le entregó una lámpara que sólo iluminaba las cosas perdidas. Antes de que partiera, Sias le advirtió:
—La Reina de Hueso odia a los vivos. Ella te recibirá, pero no la mires a los ojos, y bajo ninguna circunstancia aceptes sus manjares.
Eilin remó, y tomó forma la travesía. El Limbo transcurre a través de las arterias subterráneas: un laberinto serpenteante bajo la ciudad, donde el agua canta versos atroces y peces de cuatro ojos cuentan historias a los ladrillos. La lámpara de cosas perdidas iluminaba hormillas diminutas que una vez formaron ejércitos, y dedales de costureras que nunca encontraron su aguja.
Cuando la corriente fue suficiente para arrastrarla sin necesidad de remar, apareció la Ciudad de Barro, un cúmulo de torres y pasillos levantados de recuerdos húmedos y promesas rotas. El aire olía a dientes de leche guardados bajo almohadas y a las cartas jamás enviadas. Las figuras que la habitaban se arrastraban con cautela entre charcos de olvido.
La Reina de Hueso esperaba sentada en un trono hecho de mandíbulas torcidas y vértebras alisadas a besos. Tenía un vestido tallado de escamas transparentes, y su piel brillaba con lunares de leche agria. Ojos, no tenía: sólo cuencas profundas y valientes. Había un hambre en la Reina, una desesperación, el ansia de poseer lo que los demás no sabían que alguna vez quisieron.
—¿Vienes a traerme la súplica de la ciudad? —preguntó, y su voz era el eco de todas las sillas que alguna vez crujieron bajo un ausente.
Eilin, recordando la advertencia, inclinó la cabeza y entregó el pez-lágrima, que temblaba entre sus dedos.
—Vengo para comprender —contestó.
La Reina sonrió, y en la comisura de su boca brotaron pequeños dientes nuevos, afilados. Se puso de pie y llevó a Eilin a la Sala de la Digestión, donde animales y personas sentados a una mesa de barro esperaban ser recordados. A la cabecera, una niña de papel sorbía una sopa hecha de párpados, y un gigante de plomo troceaba aún su propio nombre.
La Reina, sabiendo el motivo de la visita de Eilin, desplegó sus manos y mostró una esfera, pequeña y brillante, que latía como un corazón: era el núcleo del Olvido.
—La ciudad —dijo la Reina —desea desprenderse de sus dolores, pero no puede sin abandonar también sus fuegos. No hay modo de cerrar una herida sin borrar también la piel que recuerda la caricia.
Eilin pensó en el barrio de los Huecos, en los gatos que murmuraban, en las esquinas torcidas que guardaban secretos. Si la ciudad se despojaba de todo, ¿qué permanecería? ¿Un esqueleto, como la Reina, o menos aún?
La Reina ofreció a Eilin un asiento y le puso delante un cuenco de raíces deshilachadas.
—Solo pruébalo y me dirás si vale la pena olvidar.
Eilin, desobedeciendo a Sias, hincó la cuchara en el cuenco. Al probar la sopa de raíces, sintió deslizarse sobre su lengua todos los besos que nunca había dado, las palabras ahogadas en arrestos de timidez, los rostros de quienes se cruzaron en su vida solo para evaporarse en una curva del tiempo.
Entonces comprendió: el Olvido era dulce, pero sordo; era una niebla que aliviaba el dolor, pero arrancaba del alma cada matiz conquistado. Si todo dolor se borraba, ¿qué quedaba de lo vivido? El placer era insípido, los recuerdos se difuminaban en instantes huecos.
La Reina, viéndolo en sus ojos, preguntó con esperanza rota:
—¿Quieres que la ciudad olvide todo?
Eilin negó. Salió de allí silbando una melodía imborrable, dejando la lámpara apagada y la balsa de palabras amarrada en los muelles de Barro. Caminó, o tal vez flotó, de regreso por el río Limbo, y al llegar de nuevo a la superficie, encontró el barrio algo cambiado: los gatos ahora contaban historias en voz baja, las farolas esbozaban pequeñas sonrisas, y las ventanas reían.
Pero los charcos temblaban, y de cuando en cuando lloraban, porque el dolor aún acechaba. Sin embargo, en cada lágrima brillaba un destello distinto: un pequeño chispazo de sentido, una evidencia amarga y dulce, un recordatorio de aquello que la ciudad había sido, y de lo que nunca debía volver a ser, bajo el precio inmenso y reluciente del Olvido Antiguo.
Y por eso, cada anochecer, cuando la ciudad se encoge y susurra, Eilin siembra bajo el polvo de las baldosas una semilla de recuerdo. No para que duela. Sino para que, aunque la Reina de Hueso siga esperando en su trono de vértebras, nunca pueda comer del todo los nombres de la ciudad, y siempre haya una Eilin—u otro, u otra—escuchando el rumor del dolor, y decidiendo, aunque tiemble, recordar.
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